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   "Cuplas" Patológicas

Fantasmas de Pareja
  Por Raúl Yafar
   
 
Podemos constatar, en los tiempos llamados posmodernos, las transformaciones de la posición del sujeto con respecto al amor –neo-narcisismo encapsulado, vaciado del sistema de Ideales del Yo, angustias “panicosas” sin señal, vida sexual errática y desimplicada subjetivamente, consumo de sustancias que invulnerabilizan al Yo–. Hay mucho para decir sobre ello.

Pero, un poco a contramano y buscando las luces –hoy penumbrosas– que iluminaban las candelas de los siglos pasados, cuando decir “prójimo”, es decir próximo, tenía otro sentido, voy a ser “anacrónico”1 o intempestivo, en términos de Nietzsche. Puede ser una forma de “docta ignorancia” más analítica…

Elijo pensar sobre situaciones de la vida cotidiana, situaciones más allá de épocas y geografías, modernidades y posmodernidades, situaciones donde cualquier lazo amoroso puede sumergirse en escenarios fantasmáticos ruinosos. Sencillamente porque es lo que me cuentan afortunadamente (también) todos los días mis analizantes.

I.
Resaltaré el aspecto escenográfico de las situaciones que quiero examinar y cómo esas tramas adoptan aspecto triangular porque nos transportan a los sucesos edípicos fallidos.2
Supon­gamos una actividad grupal cualquiera, donde hay hombres y mujeres. En ésta puede darse –vamos a elegir tanto a un hombre como a una mujer– la posibilidad de que alguien se sienta atraído por otra persona, pero resaltando que esta persona se constituye en alguien muy inquietantemente… especial. Con una salvedad, en el caso que estudiamos lo hace fundamentalmente a nivel de lo que se cultiva en sus pensamientos. Es decir, diría en mis términos, que comienza el trabajo automático de la fantasmatización.

Es un primer momento: el objeto va adquiriendo significación y, como correlato de ésta, se va haciendo presente cierta avidez por detectar signos que revelen si la otra persona le va a prestar recíproca atención, corres­pondiendo a su atracción.
¿Qué pasaba antes de ello? Sólo teníamos represión, lo que Lacan llama deseo-defensa. El muchacho soñaba imposibilidades obsesivas autorreferidas –tal vez compensándolas con alguna hazaña fantaseada–; la chica está insatisfecha de sí misma y lejana de todo goce sensual –aunque clásicamente “la culpa de todo la tienen los hombres”–.
Ahora el ojo de la mente comienza una proyección distinta, se asoma desde el borde de la neurosis el escenario fantasmático. Éste puede hacer su extática-trágica aparición.

II
. ¿En qué terreno pulsional aparece “ese algo más”, que desencadenará la extrañeza de la repetición? Pues, en este tipo de juegos alcanza gran importancia la cuestión de la mirada, es decir, el teatro escópico.
Por ejemplo, un muchacho está tratando de pescar si tal jovencita lo observa o no, y cómo lo mira, es decir, pequeños instantes que revelarían una cierta complici­dad, instantes cargados de pro­mesas. Al mismo tiempo, lo acompaña la sen­sación de no estar haciendo algo, quizás impreciso, alguna conducta extra que debería realizar para conquistarla. Esa cierta complicidad que busca nunca es del todo lograda, pende de un dato que no está, pero que se supone posible. Es un menos que queda del lado del sujeto y así se marca en él.

Podría ser también que una muchacha anhele a un muchacho y piense que debería haber­le mostrado algo más de interés o de seducción en la primera conversación, incluso “comportarse” de otro modo ante él. En las mujeres suele tratarse de algún atributo del que carecerían a nivel de su apariencia de mujer, de su atractivo, etc. Tenemos también un minus del lado de ella.
Este es un movimiento donde las usuales imposibilidades del deseo –como defensas de la vida pulsional–, marcándose como heridas narcisistas, avanzan hacia un circuito mucho más pesado. Un auténtico agujero en lo escópico por donde el sujeto será succionado dentro del vórtice de un huracán.

La contracara de esta omnividencia mental es entonces la sensación, en ambos ejemplos, de una fuerte pasividad culposa, una inmovili­dad y una deuda con el rol que se supone deberían cumplir. Los sujetos están bordados por una deficiencia. Esta avanza más allá desde la mera indisposición cabalgando sobre un trasfondo de angustia.
El neurótico se está por despeñar hacia su borde fantasmal.
Entonces, 1) los privilegios de lo visual y 2) la correlativa inacción corporal: resultando un lote de pensamiento desbocado, escindido de un cuerpo muy poco dispuesto al saber-hacer de la pulsión. Y los pequeños índices que jalonan la situación se retoman para que los sujetos, una y otra vez, resulten objetalizados en el cuadro adhesivo que se configura.
Al mismo tiempo, en la escena concreta no realizan ningún movimien­to en especial, están inmóviles, sedientos del otro, confusos, ardiendo dentro de sus cabezas, con lo que, obviamente, la desesperación es creciente y se acompaña de incertidumbre.

El sujeto de la repetición juega todas sus cartas en esta penosa tarea y deja al otro absoluta­mente librado en lo real. Es decir, mientras él habita su fantasma deja –ni más ni menos– toda la realidad a los semejantes. Nuestro sujeto abandona el campo de la acción libidinal objetal.3

III. Complejizo la situación edipizándola. Ubiquemos junto a la muchacha deseada o al joven anhelado un/a tercero/a. Por ejemplo, nuestro protagonista observa que él o ella, éste o aquel día, no estuvieron tan amables al saludarse, pero que además conversan quizás demasiado animadamente con un tercero/a, que no se sabe nunca muy bien quién es, ni de dónde ha salido, es decir, hasta ahora era un “ilustre” desconocido dentro del contexto.
Aquí el correlato corporal suele ser también importante. El sujeto puede sentir que en su ser existe algún tipo de déficit –demasiado petiso o poco entrador o, en el caso de ella, sentir vulgar su figura–. La cuestión es que siempre el pensamiento correlaciona la debacle narcisista con el hecho de que, en la imago corporal, algo anda mal, está mal cohesionado.

El objeto se va configurando de un modo que recrea un penoso círculo vicioso: es cada vez más inalcanzable, porque a mayor anhelo, más idealización e imposibilidad.
En general, esto remite a una identifi­cación con el progenitor del mismo sexo, y entonces el sujeto siente que es/está tan trabado con las mujeres como su padre, o la muchacha siente que es tan poco sensual como era su madre. Como contrapartida, el partenaire, al que se aspira se ubica en un lugar que no es de paridad con respecto al sujeto, en el sentido de que pudiese haber algún posible interjue­go sexuado.
Y cada vez es peor y peor, porque aquellos que operan de terceros en discordia, que se aproximaron y con quienes se conversa tan casualmente, pues lo degradan hasta el infinito. El sujeto se siente más estúpido, más infantil, más enamorado y más sufriente. A veces esto termina generando situaciones directamente calificables de acting-outs, por ejemplo, ir a tocar el timbre de la casa de ella a las tres de la mañana o hacerle un escándalo a él ante otra chica que, al final, era una prima, etc.

IV. Viene el segundo tiempo del fantasma: se encenderá en un momento inesperado uno o varios pequeños oasis: algunos mínimos pero inaugurales signos se transfor­man en algo hiperpreciado.
Por ejemplo: que ella se haya llevado sin querer su birome, o él… el encendedor de ella. Eso debe querer decir algo, en el sentido de que entre ellos existe una determinación fundada, recíproca, es decir, algo esencial e indestructible, a lo que se aspira desesperadamente, aunque se dude íntimamente de que sea verídico.

Cuando se alcanza esos instantes novedosos hay olor a fantasma en las inmediaciones. Porque este último detalle no es menor: la neurosis hace “borde” y se precipita hacia el inflado-estallido, abandona sus defensas previas y alcanza la lógica binaria del encendido-apagado, con su ritmo de ansiosa precipitación, breve cenit y derrumbe fulminante.
Estamos en el momento en que se suscita la gloria que precede a la repetición: un hito previo, una pausa remarcada, una casualidad que “seguramente” debe tener causalidad.
Una vez, quizás, los dioses permitieron que fueran a tomar un café o bailaran en una fiesta o se dieran un beso. Incluso un coito supra-inesperado. Acontecimiento que es elevado al rango de lo mítico –al modo de la Idea platónica–, de lo fundacional y probatorio de eso “especial” que los une más allá de lo social-simbólico, un dato acaecido pero perdido instantáneamente, que se enclava como punto cero o tiempo cero, desencadenante de toda la secuencia. Tal vez hubo una mirada especialísima algún día…, o aquel otro donde se suspendieron las clases y el grupo fue a tomar un café y ellos se entendieron de “otro” modo inefable: un no-sé-qué los recortó a los dos del resto, tan violento como efímero.
El fantasma llama a recuperar ESO originario, evanescente, fugaz, caído más allá del horizonte propio… que se ha de perseguir infructuosamente.
Un detalle que vale como certeza de lo que ocurrió y fugó luego hacia un atardecer huidizo. Nunca se trata del inicio de un movimien­to dialécti­co o la profundización de una relación, sino de un toque, un roce. Y ESO inaugural que se les brindó mágicamente, como no fue el resultado de algo que fue tramado o enhebrado, los sujetos no pueden reconocer que ellos mismos lo hayan creado. ESO tiene hechizo y así debe ser conservado: hasta los enorgullece que haya sido tan ajeno a sus procederes e intentos concientes.

ESO es especial y así debe ser: sólo de ese modo tiene valor.
Como el sujeto no es responsa­ble de que haya sobrevenido ese milagro, tampoco puede creer en volver a re-crearlo: consagra su sentir a pretender, esperando pasivo que cuando se aproxime al área de la magia eso se reencenderá. Esta es la trampa en la que cae. Si esa situación fue tan espontáneamente “maravillosa”, ¿cómo hacer para reprodu­cirla sin arruinarla… intentando provocarla adrede? Ese sortilegio, pues, se apagaría…
El sujeto, lo que quiere, más que llegar a conocer al otro, es volver a recrear la resurrección de esa escena. Esa es la aspiración-debilidad del fantasma.

V. Falta el último instante, crucial, que define la repetición tal como Freud la describió en 1920. Tras la tensión pasiva inicial, tras el culminante y delicioso suceso de encuentro mágico, viene la caída, es decir, la crueldad inalterada del guión del fantasma.
El sujeto “sucumbe” (Freud) cuando se tropieza con la mismidad de la escena repetida hasta lo demoníaco: aguardó durante décadas su oportunidad, fulguró con su amor sublime una solitaria noche y, suponiéndola definitiva, vuelve años después, sólo para enterarse que el amado/a se encuentra muy enamorado de un “extraño”.
De la expectativa angustiada freudiana, tocando el cielo en su esplendor, para besar el humo de la ruina trágica.
Rasgos esenciales:
1) El sujeto se ha deslizado de la espera al portento y de allí al desastre, aunque siempre con una absoluta irresponsabilidad subjetiva de su parte. No hay operatoria de la castración alguna.
2) Lo que se ha constituido entonces es un estado gozoso y denso –ése es el clima fantasmático– que busca su realiza­ción totalizante, pero permaneciendo resumido dentro de un clima a-histórico y repetitivo.
3) Concreta o sugerida, la figura del tercero marca el ritmo de la situación: los hilos del trío los teje un Otro que somete al sujeto a su poder, impotente de reconocerse en el otro de su amor imposible.

VI. En general, conocer las “cosas” del otro, lo que le concierne, suele ser distante de lo propio: apaga la relación, la vuelve más trabajosa. En estos sufridos sujetos hay una tendencia a no querer trabajar en lo más mínimo. Por el contrario, conocer a otro seriamente implica mucha dedicación.
Aprender a conversar con alguien representa toda una labor, encontrar a alguien con quien se pueda hablar es más bien raro. Es un arte “entenderse” a partir del discurso, no de los gestos supuestamente significativos. Pero también es un arte el besar o hacer el amor: es un arte complejo el de disfrutar de la vida. Son responsabilidades que demandan dedicación y entrega, que tienen sus ventajas y desventajas, que se insertan dentro de un proceso, de una dialéctica, es decir: la idea de construc­ción y de labor concierne directamente a la sexuación en todos sus detalles.

Esbocemos una alternativa más simbólica, que sonará más “fría” desde el ojo del éxtasis, pero que es artesanalmente vivible. Pensemos en acto-de-besar como la efectuación de un trazado pulsional, como un arte. Hay arte erótico también: requiere paciencia, conocimiento, respeto por el otro, así como confianza y mucha práctica. Puede llegar a ser delicioso, pero nunca será extático.
Usualmente a los sujetos que están poseídos por el fantasma el funcionamiento que implica esfuerzo y contrariedades los apaga, les aburre. Con­ver­sar con una muchacha para conocerla –realmente– no les genera ninguna exaltación, por lo que desisten. Ellos manifiestan un desinterés total por el otro como “otro-de-ellos-mismos”, como alteridad.

“Sumido” en su guión, el sujeto renuncia al conoci­miento del pequeño otro real. Más allá de los malentendidos significantes este “próximo” es el único que se puede experienciar como hallazgo de la castración, el único espacio donde anida lo que uno puede degustar y, también, lo que, si pierde, puede extrañar, sufriendo al recordar­lo. Allí también se aloja lo inaccesible –pero fascinante– que motoriza la continuidad de la relación.
Esto no es terreno de goce fantasmático, sino un enhebrado de posibles memorias fechables. Hitos en la vida del sujeto, marcas que lo han transfigurado, productos de dolores fecundos.
Llamemos recordar a la evocación “sentida” de esas pequeñas cosas –diría Serrat–. Por ejemplo, cuando él silbaba y desafinaba espantosamente al ducharse, pero eso lo hacía tan, pero tan querible para ella. O el notorio gesto de contrariedad que esbozaba ella cada vez que se le quemaba esa comida, la que nunca alcanzaba a salirle del modo que se veía en la foto de la receta.
Pero ese platillo, pese a ello, él nunca dejó de comerlo.
Lo hacía sólo por ella.
_________________
1. “Ana-cronos”: situarse al borde del tiempo. No seguir su linealidad, es decir, ubicarse sincró­nica­mente en el instante del sujeto.
2. Prosigo las elaboraciones de mi último libro, Fantasma en-el-borde-de-la-neurosis.
3. A este proceso Freud lo llamó, a partir de un texto de Ferenczi, introversión de la libido, apuntando a definir la transferencia negativa.
 
 
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