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La Bella y la Bestia
  Por Florencia Fracas Nicolás Cerruti
   
 
Porque sólo hay goce en el ser que habla y porque habla. Y porque sólo hay palabra en relación con un goce que por ella es hecho posible a la vez que coartado”.
Néstor Braunstein

Cuando de cuplas se trata lo primero es preguntarse si se atiende a la cupla, a ese par de fuerzas, a lo que hace dos, a lo que nuevamente nos ilusiona. De dos hacer uno está lleno en el amor, y de amor también se trata en el psicoanálisis. Si bien occidente quisiera que todo implique una duplicidad, y su pensamiento se esmera en afirmarse en imágenes de dobles (bueno y malo, ser o no ser, res extensa/res pensante, ego-alter ego), los psicoanalistas como Freud y Lacan desarrollaron un más allá de la duplicidad e insistieron con el tres (incluso por el cuatro). Tres son las estructuras (neurosis, psicosis, perversión), tres son los registros (real, simbólico, imaginario), los nudos, el Edipo es un triángulo, cuatro son los discursos (aunque hay hasta cinco), cuatro también son los nudos. Pero eso no parece ser suficiente para romper la estructura de un dos, de un diálogo que quisiera transformarse en la experiencia de un sistema. Basta con que se experimente lo inconsciente para que enseguida se defina lo conciente, pues el mundo quiere, como el azar, encerrarse en una moneda que tenga su anverso y reverso; la vida reducida a dos opciones, 50 y 50.

Las parejas se piensan en dos, pero si nos detenemos en los fantasmas la cosa parece sobrepoblarse: a la histérica su Otra, y si tiene un fantasma don juanesco muy desarrollado sus otras y su otro; y ya que estamos en el terreno de la psicopatología, la cupla que se quisiera del obsesivo y la histérica no cierra, la de la histeria y el psicótico tal vez sí, un poco más, y la de los perversos sado y maso ya entendimos, desde Lacan en su seminario “La angustia”, y en el fabuloso estudio de Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch, lo frío y lo cruel, que no hay tal reciprocidad. Pero se insiste con la cupla. Por ejemplo, se habla de que en el comienzo existía el psicoanalista y la histérica, sus mutuas enseñanzas, y luego se descubre que en verdad no sólo es un reduccionismo sino que hubo más el psicoanalista y el histérico, y ni que hablar del psicoanalista histérico.

Pocas veces se tiene la oportunidad de atender a un paciente y que la pareja de este se atienda con la pareja de uno (lo que posiblemente despareje todo). Si bien el ámbito psicoanalítico parece que no lo quisiera, resulta ser muy endogámico, y uno termina derivando pacientes al otro que tiene más cerca. A nosotros nunca nos ocurrió, salvo por este caso, o mejor dicho, estos casos.
Para comenzar a hablar de estos nos gusta mucho lo que propone Néstor Braunstein cuando en su libro, El goce, un concepto lacaniano, habla de las cuatro bellezas de la histérica. El alma bella –la humillada, la víctima, la quejosa, la desventurada–, la Bella indiferente –la insensible, la insatisfecha, la desdeñosa–, la Bella durmiente –la soñadora, la paciente, la esperanzada–, y por último, la que nos interesa destacar: la Bella y la Bestia. Si bien cada histérica (y cada histérico) podría ser adjetivado en cada una de estas descripciones y, además, ser incluido su alter ego en lo que ahora vamos a profundizar, esta generalización solo sirve para el desarrollo de los casos y no como criterio diagnóstico.
En este caso hay la tal Bella y la tal Bestia. Bella era atendida desde el 2004, justo cuatro años antes de que su bestia reapareciera. Venía en ese entonces quejándose de la infidelidad de un otro, con él tenía su segundo hijo, y preguntándose –como toda histérica que se precie de tal– esta encantadora pregunta: “¿Cómo puedo hacer para completarlo?”. Su respuesta fue la separación, considerando que este otro estaba poco menos que muerto (en su deseo, lo que le hacía dificilísimo incluirse en su demanda), no sin recurrir en extremo a recobrar la ilusión con el que era el padre de su primera hija, su hombre de la adolescencia, el golpeador, el adicto, la fuente de todas sus penurias, la Bestia.

La Bestia era el fiel representante de un goce absoluto, sin castración, una excepción palpitando en cada uno de sus desmedidos tatuajes, el superior a todos, salvo a Bella, quien solicitaba su ausencia de castración para todos pero no para ella, ya que la necesitaba como un alimento, como un bálsamo.

La Bestia había vuelto y se decía cambiado; detrás de toda bestia se esconde un príncipe, dice el cuento. En ese tren de cambios accedía a todos los pedidos de la Bella, incluso dejar de ser de a ratos bestia: la acompañaba a eventos culturales, se preocupaba por esa hija que había abandonado hacía más de diez años y que ahora, en su adolescencia, en su desarrollo femenino, complicaba a Bella sobradamente; y por fin querer lo que nunca, casarse y, como si no fuese suficiente, tener otro hijo e iniciar un análisis. ¡Bingo! cantamos nosotros.

Definimos a la histérica como insatisfecha cuando por el deseo la definimos. Aunque estructuralmente el deseo sea insatisfecho, e insista en la falta que porta en parte, también hay de la experiencia de satisfacción en la que el deseo se encabalga. A esto tal vez lo llamemos goce; en este caso, bestial. Pero lo decisivo es que el deseo articula la falta como insatisfacción, y muestra que lo que no falta es el propio deseo. La histérica busca un amo que pueda responder por el ser de la mujer, busca recusar el falo, que esa normalización sexual, esa solución para todos, no lo sea para ella, sino que sea de ella –haciendo del significante fálico, objeto–, o serlo, ya que en esa está, ella misma.
La vida quiso que le diera otra oportunidad a ese ser tosco y violento que fue el padre de su primer hija. Y cuando su hija adolescente comenzó a cuestionarla, a interrogarla por la sexualidad, por ser mujer, Bella volvió a quedar embarazada, y a querer contestarse quién era, pero ahora en su rol de madre.

La Bestia llegó al consultorio con un aire de suficiencia y una experiencia en el boxeo que lo predisponía a la lucha de a dos casi eternamente. El desafío y los fantasmas cruzados atentaron contra el espacio analítico cada vez que le fue preciso. Celos, fantasías de confesión, de una relación que éste mantenía con su Bella, retazos de relatos, francas ocultaciones.

Quería y no quiso encarar la problemática de su identidad, coqueteando con ser hijo de desaparecidos. Quería y no hablar de sí mismo cuando hablaba incesantemente de la mujer que hacía a todas sus complicaciones. Hasta que por fin se le aclaró que la decisión no estaba tomada y que estas entrevistas preliminares podían concluir en no tomarlo en análisis; desesperado por sentirse fuera entonces comenzó a analizarse.
Bella sostuvo un relato lleno de fantasmas masoquistas, agresiones, desesperanzas, encontronazos, hasta que esto cayó. Una “solución” fue más inmediata que otra, primero quedó embarazada, casi repitiendo la historia de su adolescencia, la segunda fue separarse definitivamente de esa Bestia que, revelándose como perversa, careció de todos los atributos del padre que ella buscaba.

La Bestia por su parte tenía que hacer todo dos veces para acreditar su fracaso. Haciendo y deshaciendo, volviéndolo a intentar. Repetir la historia una y otra vez como modalidad de un goce que siempre pedía la desautorización del otro. Un goce que cultivaba cuando Bella se esmeraba en reprimirlo. Hasta que quedó fuera del fantasma del otro, y la bofetada final lo dejó sin lucha, porque la recibió debajo del ring.
Ambos dejaron de venir, ambos retornaron. Pero cuando lo hicieron algo se había trabajado. La Bella quería no responderse más a través del hombre, de un hombre que se constituía en amo, de una Bestia.
La Bestia, por su lado, insistía en sentirse tan alejado como podía, recurriendo a la internación como última modalidad de la proeza. Dándose cuenta del daño, se había encontrado con un goce incesante que podía conducirlo a matarse. La internación en la misma clínica donde había estado su hija lo resolvió para desaparecer.
Qué decir entonces de estas demandas de saber que se le hacen al analista para que resuelva no sólo los conflictos maritales, sino los fantasmas, los goces, la súbita aparición de la castración. ¿Qué decir de la pregunta que quiere taponarlo todo?

Decir, sólo si va de la mano de poner en acto la ignorancia. Un decir de no sentido. Un decir que no busca la palabra acertada, porque la histérica lo sabe mejor, toda palabra no dice el ser. Un decir sobre la falta a la que está identificada. Un decir y puesta a punto de un deseo. Un decir imperfecto.
 
 
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