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¿Por qué me hacen acordar de lo que me quiero olvidar?
  Por Andrea Homene
   
 
La niña, de 9 años, impacta por un discurso atípico para su edad. Abunda en racionalizaciones propias de quien ha escuchado durante años distintas “explicaciones” de lo que le ha sucedido. Dice que quiere hablar “de mujer a mujer”, y cuenta que lo que un familiar cercano le ha hecho “cuando era chiquita” (a los tres años) es “inapropiado y abusivo”.
Desde ese entonces, ha hecho tratamiento psicológico “para que no le pase nada” y ha sido dada de alta hace un tiempo.
Pero en un momento asoma su queja: “¿por qué me hacen acordar de lo que me quiero olvidar?”. Su pregunta queda flotando en el aire, hasta que alguien, adulto, que no sabe cuándo debe callar, le responde que “hablar de eso es la manera de no enfermarse”.

Las denuncias realizadas, generalmente por las madres, de casos de presuntos abusos sexuales contra niños aumentan incesantemente. Tanto que se impone la misma pregunta que se hiciera Freud frente al relato de sus histéricas: ¿existen tantos hombres abusadores como mujeres que dicen haber sido abusadas? Su respuesta se vio inmortalizada en una carta a Fliess: “mis histéricas me mienten”.
De este modo, su trabajo con la histeria lo lleva de un postulado inicial de la existencia de un trauma sexual efectivo, ocurrido en la infancia, a situar la cuestión de la seducción por parte de un adulto como trauma psíquico, esto es, producto de la fantasía, el cual no por tal carácter deja de tener una fuerte influencia en la vida del sujeto.
Todo encuentro con el deseo del Otro es, efectivamente, traumático, ya que la excitación que produce en el infante supera sus posibilidades de tramitación psíquica. La seducción es una de las llamadas “fantasías originarias”, detectables en todo proceso analítico.

De ningún modo intento aquí desacreditar los dichos de los niños. Muy por el contrario, sus afirmaciones acerca de tocamientos y escenas de seducción forman parte de una realidad incontrastable, la realidad psíquica, única que existe para el sujeto. No obstante, en un contexto jurídico en el que la vida de un individuo se juega en la lectura de los “testimonios” y su valoración por parte de una autoridad judicial, se impone si la necesidad de agudizar la escucha e intentar discriminar aquello de lo que de la realidad psíquica se ha impuesto sobre la que podríamos llamar “la realidad efectiva”.
Por otra parte, también me pregunto lo que la niña citada se pregunta: ¿por qué hacerle recordar lo que ha querido olvidar? Especialmente, en aquellos casos en los que el presunto abuso denunciado no ha provocado padecimientos psíquicos o síntomas que le generen al niño / niña sufrimiento y malestar.

Se habla a menudo de las “revictimizaciones” a las que son sometidos los niños que podrían haber sido víctimas de abuso. Y se intenta extremar los cuidados para evitar justamente que los niños vuelvan a vivir aquello que habrían vivido. Sin embargo, ubicar a los niños en un “tratamiento” que se pretende “preventivo” no parece ser la mejor forma de resolver la cuestión. El psicoanálisis no es preventivo: opera con un sujeto sufriente para posibilitar desasimientos de escenas de goce de las que padece, y de las que activamente participa sin saber conciente.
Si el sujeto, sea niño o adulto, no padece, ¿qué lugar ocupa el tratamiento?

Cuando el psiquismo pone en funcionamiento mecanismos represivos, que “sepultan” la sexualidad infantil para dar paso al período de latencia que precede al segundo despertar sexual, ¿es lícito conminar a un niño a recordar aquello que caería bajo la represión? ¿Es la infancia el momento adecuado para reactualizar, revivir aquello de lo que se ha sido objeto?
En ocasiones me pregunto si algunos de los procesos penales llevados a cabo a partir de denuncias de presunto abuso sexual no son más que actuaciones al servicio de la satisfacción de mujeres adultas que instrumentalizan al niño para “vengarse” de desaires amorosos. No todos, claro está, pero en una gran proporción, los hechos denunciados se ubican en contextos de conflictos entre individuos a los que alguna vez los unió el amor, y luego, el odio.
La función del perito psicólogo no es en modo alguno la de determinar la “verdad” de los hechos que se investigan. Es función privativa del juez determinar, en función de distintos elementos probatorios, si existen pruebas suficientes para determinar la responsabilidad penal de un sujeto imputado por tan graves hechos.

El perito debe poner en juego sus conocimientos a los fines de realizar un diagnóstico del individuo y, en todo caso, señalar la existencia de indicadores que den cuenta de que un sujeto podría haber padecido situaciones potencialmente traumáticas, siendo harto difícil diferenciar si los síntomas asociados a traumas son de origen específicamente sexual, y si así lo fueran, si se corresponden con hechos “real-mente” ocurridos o fantaseados.
En lo que hace al estudio de los presuntos “abusadores” sucede algo similar: el perito es convocado a trazar “perfiles personalitarios” y a asociarlos al hecho investigado; es decir, la demanda generalmente está dirigida a que el perito se expida acerca de si ese individuo, debido a sus características de personalidad, podría presentar “desviaciones sexuales” que lo llevaran a cometer hechos como los investigados.

Paradójicamente, en el campo del Derecho, goza de mala prensa lo que se ha dado en llamar el “derecho penal de autor”, es decir, juzgar a alguien por sus características personales y no por el hecho presuntamente cometido. Sin embargo, cuando el requerimiento al perito es que informe sobre “cómo es ese individuo”, y sus conclusiones se utilizan para dar fundamento a la acusación, no se hace más que poner el énfasis en el autor y no en el acto.
Resulta llamativo observar el júbilo y la contundencia con la que algunos colegas aseguran que tal o cual niño/niña “ha sido abusado sexualmente por tal señor/señora”. El ejercicio de la Ley, reitero, reservado a los jueces, pareciera provocar un efecto de fascinación que lleva a extraviar el rumbo de la intervención pericial.

Los peritos no dictamos sentencias; nuestros dictámenes no son “vinculantes”, es decir, que de ellos no se desprende la obligatoriedad del juzgador de fallar en función de la pericia. Pero qué difícil ha de ser para el juez sustraerse de un informe escrito por un “experto”, en el que se le dice que tal o cual niño/a ha sido abusado “real-mente”.
Resulta imprescindible recordar de qué se trata nuestra función. Y volver al texto freudiano que, de manera tan fresca, nos ha enseñado que la única realidad es la realidad psíquica. Y que existen tantas realidades como sujetos. Cualquier otra “realidad” escapa al campo del psicoanalista, aún cuando trabaje como “auxiliar de la justicia”.

Autora del libro Psicoanálisis en las Trincheras. Práctica Analítica y Derecho Penal. Letra Viva, 2011.
 
 
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