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   Saber de la historia

Onofroff en Buenos Aires (1895)
  Segunda entrega: Domingo Cabred y la telepatía
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
En esta segunda entrega ofrecemos una reproducción parcial de la entrevista que un matutino de la capital hizo a Domingo Cabred, en junio de 1895, a propósito del ilusionista Onofroff. Cabe recordar que Cabred era en ese entonces el director del Hospicio de las Mercedes, y que había seguido de cerca los pasos del magnetizador, al punto que lo había invitado a realizar sus experiencias en el hospital unos meses antes. En la próxima entrega hablaremos largamente sobre ello; por el momento nótese con qué entusiasmo el alienista defiende la existencia de la telepatía, y cuánto cuidado pone en salvaguardar el prestigio de Onofroff, que había sido “desenmascarado” hacía unos días. Todo ello debería servirnos para utilizar con más cuidado ciertas categorías que, de tan gastadas, apenas sirven para confundir. Por ejemplo, cuando se dice que Ingenieros o Cabred eran “positivistas”.

Repórter (entre sí): —Diablos! Diablos! Aquí tocamos la puerta de competentísimo individuo en la materia. (...) Dr Cabred. Aunque ya es tarde (las 6 p.m.) y V. va a salir, permítame hacerle un pequeño reportaje rápido.
Dr. Cabred: —Lo que quiera.
Repórter: —Se trata del caso del Sr. Onofroff y del Sr. García.
Dr. Cabred: —Mi amigo, puedo así sencillamente conversar, con respecto a uno no con respecto al otro.
He visto a Onofroff en el teatro, en el departamento nacional de higiene y ha ido al manicomio donde ha hecho algunos experimentos.
Repórter: —¿Y cree V. en la transmisión del pensamiento?
Dr. Cabred: —Pero esto es indiscutible; el pensamiento se transmite a la distancia. (...) ¿No mira V. con insistencia, por detrás, en el teatro o en un templo, a una persona que V. desea se dé vuelta para saludarla?

Al cabo de un rato, V. consigue su objeto, según el grado de sensibilidad del sujeto, y según su potencia de emanación de fluido nervioso. (...)
Tocamos en esto, con la radiación de la materia, fenómeno comprobado, tan comprobado que Williams Krookes (sic) construyó su radiómetro, instrumento admirable que no deja dudas al respecto.
El fenómeno íntimo, ¿cuál es, en su fuente productora?

No es más que la vibración de la célula cerebral; esta vibración, por más íntimo que sea el pensamiento, tiene forzosamente sus manifestaciones externas, es una vibración que agranda la onda, transformándola a veces en sus manifestaciones, pues V. tiene que un intenso trabajo cerebral desarrolla calor, lo que puede perfectamente medirse con las coronas termométricas, más otros aparatos.
No es esto sólo, la corriente de la sangre se altera y V. puede leer en el semblante del que piensa, lo que está pensando. Hay luz en los ojos, que revelan todo; hay palideces o coloraciones, hay vibración poderosa que estremece, que hace temblar las manos o los labios, hay una irradiación completa que surge de la actitud entera del cuerpo como la chispa eléctrica, hay una radiación poderosa que se lanza al exterior del organismo, con toda la impulsión formidable que se acrece al correr por todo el organismo, que se siente hasta en calor en el aliento o el tacto, en vibración completa que se comunica, sea por el ambiente, alcanzando los sentidos que reciben tal impulsión, sea por el piso mismo que para mí tiene gran importancia, pues es un medio que une las dos personas que están en comunicación.

(...) Pues un medio semejante de comunicación vibratoria no debe abandonarse por el observador. Atribuyo a esto mucha importancia, si hemos de tener en cuenta la mayor fuerza expansiva, diremos, de la onda original, y la mayor aptitud sensible en quien la recibe, pues no será nuevo para V. la hiperestesia sensorial, este sensibilísimo estado del organismo, que permite ver, palpar, oler, oír a un sujeto, lo que V. en su estado normal, o cualquier otro, no puede ni oír, ni oler, ni palpar ni ver.
Esto demuestra claramente, no sólo que hay la emanación del que piensa, en diversas intensidades, sino que también hay la facultad de percibir esas emanaciones, según sea sensible o no el sujeto.
Unos sienten más y otros menos.

Aquí creo haber concluido, con lo que respecta a la transmisión mental, que no niego y que firmemente sostengo.
(...) En cuanto a Onofroff, para mí es un sujeto, un hombre sensible a las impulsaciones que se le comuniquen, aunque bien pueda adornarlas de la teatralidad que se quiera, ya que trabaja en teatros, que se valdrá de todos los medios que pueda, inclusive el de ver, para conseguir mejor sus efectos de admiración popular.

Fallo definitivo, no puedo darle, por la simple razón de que no lo he visto hacer experimento concluyente para mí; aunque hubiera fallado en veinte, me hubiera bastado el número veintiuno.
Basta un solo hecho, producido un fenómeno controlado, en todo lo que el vigor de esta palabra significa, para dar por establecido ese hecho.
Ahora bien, he visto operar a Onofroff, con su venda antigua, con la que se dice que ve.
No pongo en balanza entonces ese dato.

La primera vez que con oclusión completa de los ojos, se ha presentado ante mí, fue en el departamento nacional de higiene (...).
Onofroff falló, también es cierto que algo acertó, y creo que después del tercer experimento, la venda no se había movido, estando completamente seguro de que en esos tres primeros, estaba intacta.
Bueno es tener en cuenta, todos los elementos de juicio. Onofroff me decía, que no se hallaba en su medio, que el sitio era estrechísimo, que estaba ahogado por la gente, que todos lo distraían conversando, que él necesita la amplitud, el espacio, para sus mismos movimientos y saltos, que entonces se siente bien, libre para seguir las impulsiones que recibe.

¿Puedo yo, por no haberlo visto con éxito a mi satisfacción, ese día, establecer que carece de la sensibilidad suficiente para recibir las impulsiones ajenas?
¡Indudablemente no! Los temperamentos varían, instante a instante, momento a momento, según el medio.
Porque V. no recuerde ahora mismo una cantidad, un nombre, un sitio, ¿puedo yo negar que ese recuerdo existe?
(...) Onofroff manifiesta que no estaba en su medio –hay que tener esto en cuenta.
Para establecer juicio definitivo, sería necesario verle en buen momento y con las seguridades de control que por primera vez se han adoptado con él, en el departamento nacional de higiene.

(...) Creo, o es muy posible, que Onofroff no estuviera en su día, lo que nos pasa con cuanto fenómeno somos capaces de percibir, según la disposición en que nos hallemos.
Que hay teatralidad es indiscutible, como es indiscutible también la transmisión sin teatralidad. No dudo que el artificio complemente el fenómeno, como no dudo que con artificio pueda producirse el fenómeno, sin darse cuenta su autor, de condiciones naturales que pueda tener. (...)
 
 
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