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   Colaboración

Amor de transferencia y masoquismo
  Por Daniel Braun
   
 
Corre el año 1961. Casi una década de enseñanza. A lo largo de esos años, Lacan se ocupó de diversos temas: las psicosis, Juanito, las formaciones del inconsciente, la ética y el deseo. Es el momento de la transferencia, es el momento de la interrogación por el analista mismo: ¿qué es el analista?

En la clase del 31 de mayo de 1961 desagrega esta pregunta en tres:
1) “¿Cómo situar cuál debe ser el lugar del analista en la transferencia?
2) ¿Dónde sitúa el analizado al analista?
3) ¿Dónde debe estar el analista para responderle convenientemente?”1
Más tarde, en la misma clase, luego de haber mencionado “Psicología de las masas”, en relación a la comunidad de los analistas, Lacan afirma que “el analista ocupa para el analizante el lugar de su ideal del yo”. Es decir, toma como punto de partida de una interrogación, que permita situar la posición más conveniente para el analista, el lugar en el cual éste es situado por el analizante; ahora bien, ¿qué implica que el analista ocupa el lugar del ideal del yo? Lacan utiliza aquí un término acuñado por Freud, vayamos, pues, al texto freudiano citado por él en esta clase, para ver cuáles son los alcances de esa afirmación.
En el capítulo 8 de Psicología de las masas, titulado “Enamoramiento e hipnosis”, Freud escribe que en el marco del enamoramiento llama la atención que el objeto del mismo es eximido de toda crítica y sus virtudes son más apreciadas que en las personas a las que no se ama, produciéndose una suerte de espejismo. Refiere que el juicio está falseado por la idealización, y, dado que el objeto es tratado como si fuera el yo propio, es evidente que sirve para sustituir un ideal del yo propio no alcanzado.

¿Qué efectos produce esa sustitución?:
“(…) Rasgos de humillación, restricción del narcisismo, perjuicio de sí, están presentes en todos los casos de enamoramiento (…); todo lo que el objeto hace y pide es justo e intachable. En la ceguera del amor uno se convierte en criminal sin remordimientos (…) La situación puede resumirse cabalmente en una fórmula: el objeto se ha puesto en el lugar del ideal del yo”.2
Humillación, perjuicio de sí, ¿no son acaso formas de nombrar el masoquismo? Dado que en la transferencia el analista es tomado como objeto, en el análisis se produce el despliegue de una serie de manifestaciones de masoquismo.
Continúa, más tarde, Freud:

“El trecho que separa el enamoramiento de la hipnosis no es, evidentemente, muy grande. La misma sumisión humillada, igual obediencia y falta de crítica hacia el hipnotizador como hacia el objeto amado. La misma absorción de la propia iniciativa; no hay duda: el hipnotizador ha ocupado el lugar del ideal del yo”.3
De manera que el lugar que ocupa el analista es, según Lacan, el mismo en el cual Freud dice, en este artículo, que es colocado el hipnotizador. Teniendo en cuenta que la obediencia al líder es también una de las características de la conducta de los integrantes de la masa, que “(…) el vínculo hipnótico es una formación de masa de dos (…)”.4 Quedan delineados así el lugar, la relación que establece quien transita un análisis, con ése al que ha consultado por su sufrimiento: los hipnotizadores ya no usan capa y galera, ya no hay objetos brillantes ni mirada fija. Ahora somos nosotros los así tomados, dado que todo aquel que es colocado en el lugar del ideal del yo es investido de un poder cuyo correlato es la sumisión del sujeto, su obediencia y también (…) un suplemento de parálisis, que proviene de la relación entre una persona de mayor poder y una impotente, desamparada (…).5

“Psicología de las masas” es un texto de 1921, apenas posterior a Más allá del principio del placer de 1920. Estos son también los años de los textos sobre el masoquismo. Freud ya se había referido al mismo en Tres ensayos..., en 1905; en 1919 lo retoma (en Pegan a un niño), pero es en 1924, con El problema económico del masoquismo, donde amplía considerablemente su alcance, distinguiendo diversas formas, y completando el movimiento que lo lleva a considerarlo como inherente a la constitución subjetiva misma. La posibilidad de una elección masoquista es, por lo tanto, permanente, así como la “tentación” de someterse, de gozar del maltrato, correlativa con el intento de delegar en otro la responsabilidad por los propios actos.
La idealización del analista conlleva una demanda de amor a la cual no podemos ceder, ni aún en sus formas más nimias, como sería, por ejemplo, elogiar los logros de un analizante. Si cedemos, alentamos la creencia allí implícita en el poder curativo del amor, creencia que el analizante trae tempranamente a la cura: quien idealiza soslaya las dificultades de su deseo, que suele ser más laborioso, más ‘incómodo’ que la pertenencia a la masa, al rebaño y a su moral. Oponerse al rebaño, que desautoriza todo lo nuevo, lo inhabitual, implica separarse de él, pasar por una experiencia de soledad que es evitada con angustia. Implica resistir a la tentación de obedecer.

Pero no solamente se trata de la idealización: si tomamos El yo y el ello, dos años posterior a Psicología de las masas..., veremos que allí el ideal del yo es considerado por Freud como análogo al superyó, a tal punto que se refiere a ambos como una instancia única. Más aún, encontramos una nota al pie en la que, hablando de la dificultad que implica para la cura el sentimiento inconsciente de culpa, dice:

(…) “quizás también dependa de que la persona del analista se preste a que el enfermo la ponga en el lugar de su ideal del yo, lo que trae consigo la tentación de desempeñar frente al enfermo el papel de profeta, salvador de almas, redentor. Puesto que las reglas del análisis desechan de manera terminante semejante uso de la personalidad médica, es honesto admitir que aquí tropezamos con una nueva barrera para el efecto del análisis (…).”6
El analista, entonces, ocupa una posición paradojal: su presencia es condición necesaria para el desarrollo de un análisis, pero es también obstáculo para la cura. Es quizás inevitable que el analista sea tomado así: en la regla fundamental misma resuena cierto eco de la orden del hipnotizador. Cuando le decimos a alguien que en entrevistas preliminares ya ha podido dar forma a una demanda, “diga todo lo que le ocurra”, o mejor, “diga cualquier cosa que se le ocurra”, también le estamos indicando el camino por el cual se ocupará exclusivamente de la persona del analista. Y lo hará de esta manera: situándolo en el lugar del ideal del yo-superyó.

Observemos que, además de su articulación con el masoquismo, la cuestión del superyó presenta una enorme complejidad: prefigurado en la obra de Freud desde los albores, ya en Para introducir el narcisismo dice que no sería sorprendente encontrar una instancia psíquica que cumpla tareas de vigilancia, de constante observación y comparación de la distancia entre el yo actual y el Ideal. La construcción del concepto no es lineal ni unívoca, está compuesta por afirmaciones muy diversas, frecuentemente antitéticas entre sí; así como también en Lacan encontramos cuestionamientos a la denominación de superyó, para más tarde retomar y reavivar su utilización. Como instancia paradojal que es –ordena lo imposible de realizar–, su desarrollo teórico no podía escapar a esa lógica. Casi hasta el final de su obra, Freud continúa intentando dar cuenta del superyó: Malestar en la cultura y Moisés y el monoteísmo son importantes hitos en este serpenteante camino, sin olvidar la mención que realiza en “El humor”, de 1927, donde se refiera a una cara benévola del superyó.

De manera que, dadas las raíces e influencias del superyó, que el analista sea situado por el analizante en el lugar del ideal del yo/superyó producirá múltiples consecuencias; tomemos sólo dos de ellas:
- Por un lado, el analista es “invitado” a ocupar el lugar del que juzga y censura, del que prohíbe y ordena; si no está advertido de esto, si no está advertido de que su voz es tomada como la voz de la conciencia moral (el superyó es fundamentalmente eso, una voz) puede acabar fomentando el desarrollo de un fantasma masoquista en la transferencia.
- Por otro lado, es importante tener en cuenta que, como instancia del sujeto, el superyó nace del ello, pero también, en la construcción de Freud, es el heredero del padre; la “invitación” es también, por ende, una de las vías por las que entra en el análisis la relación con el padre, y el lazo filiatorio, del cual el superyó es también una interpretación.

En rigor de verdad, la cuestión del padre estaba ya involucrada desde la perspectiva del ideal del yo: desde Introducción del narcisismo, la nueva instancia no está sólo relacionada con la idealización de las identificaciones (la añoranza del padre, de Totem y Tabú) y el cuidado por la satisfacción narcisista del yo, sino que tiene también una vertiente crítica, hostigadora, en tanto reguladora de la distancia entre el yo actual y el ideal. Doble faz del padre, en la encarnación del ideal oscila siempre entre la cara maravillosa y la opresora.
De manera que aquella frase de la que partimos (“el analista es tomado como ideal del yo” –ahora lo llamamos ideal del yo-superyó–) implica que se inviste al analista con las perfecciones que le faltan al sujeto, se le demanda que sea maestro y censor, pero también, en correlación estricta con lo anterior, se le otorga el poder de someter al sujeto, que es el rasgo más propio de la sugestión. Paradojas de la transferencia: somos requeridos para curar por amor, y debemos operar en la dirección opuesta, en una desidealización que evite el sometimiento y no soslaye las dificultades del deseo. Lacan lo formulará como “deseo del analista”: el enamoramiento conjuga ideal y objeto, que deberán ser máximamente separados por la operación analítica.

Ahora bien, es importante tener en cuenta igualmente que, al situarnos en el lugar del ideal del yo/superyó, pasamos a formar parte del inconsciente: el inconsciente como ley, como ley insensata, su faz de regularidad, no aquella chistosa, divertida, sino la relacionada con la compulsión de repetición. De esta manera, el sujeto despliega su división, más exactamente, su división contra sí mismo. Podríamos dar un paso más y decir que es la manera en que se manifiesta la pulsión de muerte.
De esta manera, comenzamos a aproximarnos a una respuesta posible, necesariamente incompleta, a la segunda pregunta de Lacan, punto de partida para comenzar a despejar la tercera, la que se interroga por el lugar “atópico” donde debe situarse el analista.
_________________
1. Clase del 31 de mayo de 1961.
2. “Psicologia de las masas”, pag. 107.
3. Ibid. Pag. 108.
4. Ibid.
5. Ibid, pag. 109.
6. “El yo y el ello”. pag. 51.
 
 
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