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   Marcas en la infancia

La palabra convoca a nuevos diseños, descorriendo telones de predestinación
  Por Alejandra  Frías
   
 
Cuando hablamos de infancia, un mundo mágico y enigmático se despliega ante nuestros sentidos. El lenguaje, es la primera impronta del humano. Los discursos del Otro del deseo y de los otros semejantes, marcarán un rumbo. La lengua en que se es nombrado desde antes del nacimiento, graba sus escritos en las mentes infantiles. Los matices de la voz generan, a poco de nacer, el reconocimiento de quien nos baña simbólicamente y nos brinda los primeros cuidados para instalarnos en el mundo. Palabras escuchadas y palabras habladas dejan una inscripción que formarán parte de ese block maravilloso de recuerdos, al que luego el sujeto retornará en una segunda vuelta cuando un nuevo suceso resignifique viejas escenas.
Diferenciaremos niñez de infancia y sostendremos la tesis de que toda neurosis es una neurosis infantil como señalara el maestro Sigmund Freud, y que es a partir de esas marcas, señales, improntas, sellos, acuñaciones que devendrá todo lo ulterior.

Entendemos a la niñez como un período específico donde funciones y desarrollo tienen conductas esperables que se acercan o se alejan de la media, para dar alguna visión de normalidad. Los contenidos pedagógicos de los diferentes niveles educativos están seleccionados de acuerdo a esas funciones, que se pondrán en movimiento según las características evolutivas del niño.
El niño debería aun hoy, para algunos docentes, formar parte del grupo homogéneo que responde a los aprendizajes establecidos en la grilla curricular según el grado que cursan, de acuerdo a su edad cronológica. No se entiende por qué la producción de algunos alumnos es escasa o nula, desdibujándose las singularidades, se trata de objetivar al niño.
La carga genética y los condicionantes adquiridos en la trama familiar conformarán seres únicos e irrepetibles que deberían ser innegociables-innegables a la hora de procurar destinos.
A poco de recorrer los pasillos de estas instituciones, educativas en general, encontramos que suele no tenerse en cuenta la noción de infancia, de los momentos constitutivos estructurales de la subjetividad infantil.
Si ampliamos bibliografía y dejamos la noción de inteligencia y productividad entre paréntesis, podremos ahondar en teorías que realzan la noción del infans como sujeto que construye su yo de forma paulatina, circulación de deseo mediante. Aprendemos que hay momentos inaugurales de la constitución subjetiva del humano en la que no quedan exentos los discursos familiares e institucionales. Donde la cultura familiar y social traza sus normas y características dando un sello, una impronta particular en cada época.

El humano atraviesa por avatares en sus relaciones con los objetos, donde responde a un sostén primordial, inaugurado en el encuentro con su madre, y de allí en más podrá acceder o no a su desarrollo psíquico. Escucha, habla, camina, eventualmente tiene terrores nocturnos, angustias y síntomas. Todos acontecimientos entramados en dramáticas y complejos infantiles que lo atraviesan dada su condición natural.
La ley de prohibición del incesto es fundante y el corte dual que realiza el padre en la relación simbiótica de él con su madre abre paso a la subjetivación de sus propios deseos. La interdicción paterna separa a ambos con el fin de que el niño no quede capturado en el deseo materno.
Corroboramos que el niño se nutre de alimentos y cuidados básicos, en conjunto con los ropajes de las palabras significantes de su entorno que decodifican sus deseos, descifrando –en algunos casos– sus demandas, facilitando ambientes donde pueda desplegar sus habilidades y que éstas no son producto solo de su inteligencia, ya que la misma logrará activarse cuando es el deseo del Otro el que lo aloja como sujeto y lo conforma en deseante.
Entender que la infancia es el pasaje en el que se constituye un sujeto es dar cuenta de las castraciones acaecidas, y que con su advenimiento muchas veces confronta dificultades, entre ellas las escolares, trocadas en síntomas que hablan de un padecimiento desplazado. Existe un marcado quiebre entre ambas conceptualizaciones que da a ver el vasto camino que falta por recorrer para unificar la noción de sujeto y enunciar las coordenadas de la infancia.
Francoise Doltó en su libro La causa de los niños realiza un exhaustivo trabajo respecto de qué lugar ocupó el niño a lo largo de la historia, delineando desde el siglo XV la transformación que “el adulto pequeño”, “sin cuerpo visible”, fue culturalmente despojado de los conceptos que lo ceñían, para dar libertad a su inocente desnudez de sentidos, plasticidad y juego creativo.
La sociedad y las ciencias fueron modificando la mirada acerca de la infancia, sus características particulares dieron lugar a un cambio de paradigma en el que, de ser objetos de derechos, serían considerados como sujetos del mismo.
Con los nuevos aportes se fueron estatuyendo nuevas consideraciones que permitirían al niño simbolizar en un exquisito juego de espejos, su dramática infantil.
Lo cierto es que tanto en el siglo XV como en los tiempos actuales, con sus diversos estatutos acerca de la infancia, marcaron con sellos indelebles el devenir humano.
Cada uno, con los recursos que proveyó su particularidad familiar y social, logró atravesar los complejos acontecimientos de su historia, o se detuvo ante ellos, quedando capturado en fanstasmáticas que le hacen padecer con diversas manifestaciones.
En el año 1914, Sigmund Freud, escucha a quien luego sería nombrado por él, como el “Hombre de los lobos”. Sergei, de 19 años, lo consulta para curar sus síntomas. Freud, advierte por los relatos de su paciente, escenas que en su infancia configuraron traumas, aquejándolo durante largos períodos de su vida.

El sueño de los lobos amenazantes frente a su ventana, las escenas erotizadas y temerosas provocadas por su hermana, la sentencia de su Aya en relación a la castración y la escena donde ve su dedo cortado, entre otras vicisitudes, conforman en él un entramado juego fantasmático que como marca, lo alojaron en un laberinto sin salida, con la consecuente aparición sintomática.
Sus rezos obsesivos y los improperios, las fobias a los animales, su crueldad con la mariposa, intentaron vagamente defenderlo de su angustia, por aquello que desconocía.
En el año 1918, Freud publica: “De la historia de una neurosis infantil”, (caso del Hombre de los lobos), enunciando como tesis, que aquello alejado, vivido en épocas infantiles, se fundía en el momento del análisis, en nuevos síntomas, conservando la misma raíz, la relación con los objetos del goce parental.
Amenazado en su integridad narcisista, una suerte de negociación de las instancias psíquicas, resuelve para éste niño, un devenir tortuoso que se resolverá en el inicio de su juventud.
Este precedente teórico será, junto a la acuñación del concepto de las series complementarias, un punto de clivaje, en el que nos situaremos para sostener que los trastornos infantiles y la consecuente aparición de la neurosis, tienen siempre sus raíces en el desarrollo de la sexualidad infantil.

Lo que permanece inválido es el deficiente andamiaje psíquico, este perdura a lo largo de la historia generando malestar. Eso silenciado, pero sabido inconscientemente, ergo reprimido, reanuda su apuesta con el fin de ser resuelto psíquicamente. El trauma acontecido se hace oír, a través del cuerpo, de la ideación o de la conducta del infante o del adulto, para dar fin a sus padeceres siempre que encuentre un ámbito propicio donde puede ser escuchado y descifrado.
En nuestra clínica de la infancia nos encontramos con detenciones, inhibiciones, angustias y síntomas que hablan de aquello que quedó larvado, amordazado, en algún rincón de la memoria psíquica. Ante las discapacidades que generan las consecuencias de lo no resuelto, llegan a consulta, derivados en general si son niños, para que el analista pueda operar con ello.
Las intervenciones y la técnica, que transforman demanda en preguntas y apertura, paren nuevas formas de subjetivar o revisar lo simbolizado precariamente, que hizo padecer hasta ese momento. En tanto el ser vacila por los derroteros de la infancia, en estado de angustia, dolor y desamparo.

Juan Ignacio, es arrancado a los quince meses del lado de su madre. No existen palabras en ese momento, que mediaticen la situación familiar. Sus padres se separan en esa fecha, violentamente. El juez otorga la tenencia al padre. Cuando llega a la primera entrevista, cursa su primer grado con riesgos de no promocionarlo. No aprende los contenidos establecidos. ¿Qué era lo que no quería saber Ignacio? ¿Qué era eso que no podía asimilar? Diremos, las críticas hacia la madre y el sentimiento de desamparo en que había quedado. Saberse sexuado, ser de deseo y de falta, por ende ser para la muerte.
Se expresa al padre, la necesaria inclusión de la madre del niño en el tratamiento. Él requería ser acunado por alguien, revitalizado con el afecto del que carecía hacía tantos años. Que madre y docentes le ofrecieran un terreno continente. Necesitaba nada más (y nada menos) que alguien ejerciera un maternaje full time, ser alojado en el deseo del Otro, que esperaran algo de él en una circulación donde los dones se intercambian y transitan.
La adquisición de los contenidos escolares vendría por añadidura, en tiempos en que el trabajo clínico lograra desanudar el momento en que se había detenido su andar psíquico. Transferencia e interpretación mediante, harían que el niño restituya la posibilidad de establecer el espacio de una palabra donde la demanda y el deseo inconsciente pudieran ser escuchados.

Fue atravesando sus escenas fantasmáticas, simbolizándolas, con dibujos y con palabras. Recordó sensaciones de abandono, tristeza y soledad con sus consabidos miedos. Contrapusimos palabras amables a las escenas violentas que lo habían asustado y culpabilizado en sus primeros años. Fueron descifrándose sueños que delataban su enojo con ambos progenitores, en los que ellos morían aun cuando él luchaba en pos de su rescate. Aceptó, no sin celos, tener una madre compartida con sus hermanos pequeños y empezó a sentirse parte de su nueva familia, ahora ensamblada. Pidió más tiempo con su madre. La primera risa vino de la mano de sus primeras palabras leídas. Iba perdiendo su miedo de “saber”, de aprender. Su historia se poblaba de escenas nuevas que lo amalgamaban, se iba construyendo y articulando casi con cada fonema dicho en voz alta. Ya adolescente, inició un nuevo análisis para despejar su elección vocacional, la madre acompañó éste proceso.

“En el caso de los bloqueos en la escuela, el saber que el niño rechaza es otro tipo de saber que el estrictamente escolar. Es el saber que concierne a la escena primitiva, al nacimiento de un hermano, la sexualidad, la diferencia de los sexos, la castración de la madre. A menudo estos niños se encuentran con una gran soledad frente a sus deberes escolares y esta sensación de soledad tiene que ver con otras razones, pero se desplaza sobre el trabajo escolar”. (Rosine y Robert Lefort).
La familia, la escuela, cumplen como instituciones, una doble función de formación y corte endogámico, socializando al infante para una mejor vida. Al menos eso sería lo esperable. Tienen poder suficiente para delinear con sus trazos indelebles, sentimientos de aceptación o segregación. Convocan a la búsqueda y procuran ideales o amordazan las palabras sumergiendo las condiciones de la infancia a las más oscuras situaciones; coagulando su desarrollo. La fragilidad del humano, necesita de firmeza y suavidad al unísono, para sentir terreno firme donde sentirse sostenido y desde allí volar en busca de sus propios sueños.
Hasta aquí, marcas que no son visibles más que por la aparición de formaciones inconscientes, descifradas en el ámbito de la clínica. Escritura de destinos que, a veces, el afecto de alguien atento a sus grafos, socialización mediante, pueden salvar.

Transitan por los consultorios otros referentes culturales que se entraman en el lazo social. Dejando capturados a diversas generaciones ávidas de modelos, se relatan las historias de la literatura y el cine infantil. Harry Potter, y el rayo grabado en su frente, que como estigma comandará sus desventuras por ser portador de una ascendencia. Un rasgo que además de identidad le da un lugar, un mandato a cumplir: “destruir el mal”. Nemo y sus angustias por el desentendimiento con su padre. Zeze y su desamparo, meciéndose en su amigo-planta, con quien comparte sus desdichas.
Como en una rueda que representa la vida social, todo gira en torno a la batalla que supone avanzar sobre trazas implacables y sostener los ideales con el esfuerzo que implica. Un mundo de creencias abre caminos para quedar alojado, protegido, y continuar en búsqueda de destinos.

Hay otras marcas, la portación de rasgos en las discapacidades, las marcas de la desnutrición alimentaria y afectiva, las de la explotación infantil, las que comportan los niños en las calles, los abusos que generan violencias, las pobrezas estructurales que desatienden los derechos. Los abandonos y las indiferencias. Los excesos y los desamparos. Todas ellas, entramadas en el lazo social convocan a ser cada día más responsables de una infancia que está a nuestro alcance, para ser socorrida desde el lugar que nos corresponde. Una intervención a tiempo, un compromiso sostenido, posibilitará, seguramente, recursos para que escriban su historia en los andamiajes sociales, restituyendo un lugar del que pueda apropiarse por ser portador de un espíritu inclusivo que le permita formar parte de un mundo que les pertenece por derecho.
 
 
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