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   Psicoanálisis y Género

La homosexualidad femenina en los estudios de Judith Butler
  Por Santiago Thompson
   
 
Los así llamados “estudios de género” están comandados por una doble vertiente: por un lado, apuntan a generar un corpus teórico acerca de la identidad sexual y la elección de objeto. Por otro lado, tienen históricamente un sesgo distintivo que apunta a reivindicar los derechos de la mujer, así como los de las llamadas “minorías sexuales”. Contemplan entonces como uno de sus objetivos, despatologizar todas aquellas elecciones que se apartan de la norma heterosexual. Nuestra práctica se edifica sobre tal despatologización como un dato de entrada, por lo que en cierta medida es tributario del movimiento político producido alrededor de los estudios de género. Nos centraremos en este trabajo en las consideraciones de Judith Butler, la autora más destacada en este campo, respecto de la homosexualidad femenina.1

Butler no se presenta únicamente como una referente académica: es una militante que se reconoce ella misma como homosexual. En sus trabajos explicita el vínculo entre su vivenciar como militante y sus postulados teóricos. Habría allí una juntura entre el testimonio y el intento de formalizar una experiencia.
Uno de los elementos basales de sus trabajos es considerar la identidad sexual, no como algo fijo, sino como algo variable, sujeto constantemente a la experiencia y a los encuentros. En sus palabras, esto equivale a decir que el género es performativo.) En tal sentido, lleva al extremo la idea de Simone de Beauvoir de que “la mujer se hace”. En términos de Butler “se hace, todo el tiempo”.

Los semblantes homosexuales


Butler ubica la “performatividad” entre el lenguaje y su soporte corporal. En términos de Lacan, podríamos decir que liga la performance a un discurso sostenido en un semblante:

el acto discursivo es a la vez algo ejecutado [performed] (y por tanto teatral, que se presenta ante un público, y sujeto a interpretación), y lingüístico, que provoca una serie de efectos mediante su relación implícita con las convenciones lingüísticas. (…) el discurso mismo es un acto corporal con consecuencias lingüísticas específicas. Así, el discurso no es exclusivo ni de la presentación corpórea ni del lenguaje, y su condición de palabra y obra es ciertamente ambigua. Esta ambigüedad tiene consecuencias para la declaración pública de la homosexualidad, para el poder insurreccional del acto discursivo, para el lenguaje como condición de la seducción corporal y la amenaza de daño.”2

Se ocupa de rescatar semblantes homosexuales de la mujer de su asimilación a una parodia de las posiciones propias de la heterosexualidad. La emergencia de construcciones heterosexuales dentro de las culturas homosexuales –afirma- desnaturaliza y pone de manifiesto el carácter completamente construido del supuesto original heterosexual. Así, sostiene que el «ser» del género que es un efecto, una construcción, lo que no significa que sea ilusorio o artificial. Retoma en este punto de Simone de Beauvoir la afirmación de que no se nace mujer, sino que se llega a serlo. Entiende que es en parte cierta, ya que mujer es de por sí un término en construcción, una conversión constante, en la que no se puede situar ni un inicio o un final. Se trata de una práctica discursiva en curso, abierta a la intervención y a la resigníficación. Opone esta concepción de lo femenino a la idea de un género congelado en formas reificadas. Tal «congelamiento», señala, es una práctica persistente, mantenida y regulada por distintos medios sociales.
Sostiene, en tal sentido, que no es posible distinguir sexo y género, ya que los cuerpos están culturalmente construidos. Y los cuerpos se limitan en función de su permeabilidad erótica:

La construcción de límites corporales estables se basa en lugares fijos de permeabilidad e impermeabilidad corpóreas. En contextos homosexuales y heterosexuales, las prácticas sexuales que abren superficies y orificios a una significación erótica y cierran otros circunscriben los límites del cuerpo en nuevas líneas culturales.3

En definitiva, presenta el campo de la identidad sexual como un territorio susceptible de movilidad y contingente en cuanto está ligado a la experiencia del cuerpo. Butler considera que la identidad sexual es el resultado, nunca acabado ni cristalizado, de una performance, que incide sobre el cuerpo erógeno.4

La homosexualidad femenina


En el campo de la homosexualidad femenina, Butler, coherente con su línea argumental, se preocupa por romper con las identidades preestablecidas o fijas.
Evita ubicar el lesbianismo como una suerte de consagración de la feminidad. Más bien su interés está dirigido a mostrar como las “prácticas sexuales no normativas” cuestionan la estabilidad del género como categoría. Es decir, poner en evidencia como ciertas prácticas sexuales ponen en tela de juicio qué es una mujer y qué es un hombre. Entiende entonces al lesbianismo como una práctica esencialmente subversiva respecto de la sexualidad normativizada, y por lo tanto, al servicio de la puesta en cuestión del género normativizado.

Subraya que la heterosexualidad no es la única expresión obligatoria de poder que inspira a la sexualidad. Que hay estructuras de homosexualidad psíquica en las relaciones heterosexuales y estructuras de heterosexualidad psíquica en las relaciones y la sexualidad gay y lésbica. Se rebela, como señalamos, contra la idea de, en la medida que existen con frecuencia roles situables como “masculinos” y roles femeninos, la homosexualidad femenina es una parodia de la relación heterosexual.

Precisa que la “yuxtaposición disonante” dada por una “masculinidad” que se manifiesta en relación con un “cuerpo femenino” culturalmente inteligible, así como la tensión sexual que produce la transgresión que implica, son elementos que componen el la escena erótica. Ya que el objeto del deseo de la lesbiana femme no es cualquier cuerpo femenino ni una identidad masculina, sino la desestabilización de ambos términos cuando entran en la interacción erótica.
Concluye que en las identidades, así llamadas, butch y femme se pone en duda la noción misma de una identidad original o natural. El cuestionamiento encarnado en esas identidades se convierte en sí mismo en una fuente de su significación erótica. Por lo tanto, no hay en Butler simplemente un rechazo de las identidades sexuales establecidas, sino una lectura de cómo ellas sirven y se resignifican dentro del erotismo homosexual. En este marco, abre el juego para combinaciones diversas. Concluye entonces que no se puede predecir la orientación sexual a través de la identidad de género. De hecho, sostiene “a veces es la misma disyuntiva entre la identidad de género y la orientación sexual -la desorientación del modelo transposicionalista mismo- lo que constituye para algunas personas lo más erótico y excitante”.5
Partiendo de su idea de que el género es performativo, planea que las historias de vida implican un devenir de elecciones constante. Incluye, entre las variables que considera, la posibilidad de que los cambios en la orientación sexual se den como respuesta a parejas concretas, por lo que la bisexualidad se entrama a una historia particular tributaria de ciertos tipos de experiencias. No solo la elección está condicionada por las experiencias sexuales adultas, sino que estas no se cristalizan en una elección fija. La mujer no nace, se hace. Y se reinventa constantemente.

El falo lesbiano

Judith Butler dedica un complejo escrito a exponer la idea de “un falo lesbiano” tomando la noción lacaniana de falo, extraída del texto “La significación del falo”. Si bien se extiende en críticas al Lacan de los años ´50, a las que daremos lugar en un trabajo posterior, retoma sus términos resignificándolos.

El falo lesbiano se erige para Butler como “el emblema de un movimiento que se opone a la relación entre la lógica de no contradicción y la legislación de la heterosexualidad obligatoria en el nivel de lo simbólico y de la morfogénesis corporal”.6
Se sostiene en el carácter desplazable del falo, “su capacidad de simbolizar en relación con otras partes del cuerpo o con otras cosas semejantes al cuerpo”, para introducir la noción del falo lesbiano: éste combina el orden de tener el falo y el de ser el falo; ejerce la amenaza de castración (y en tal sentido es una manera de «ser» el falo) y sufre la angustia de castración (si «tiene» el falo, teme su pérdida).

La sexualidad lesbiana, sostiene, está dentro de la economía del falocentrismo, ya que la está tan construida como cualquier otra forma de sexualidad. Entonces lo que cuenta no es si el falo persiste allí como un principio estructurante, sino cómo persiste, “cómo se construye y qué ocurre con la condición «privilegiada» de ese significante en el marco de esta forma de intercambio construido”. El falo lesbiano constituye “un sitio ambivalente de identificación y deseo que es significativamente diferente del escenario de heterosexualidad normativa con el que se lo relaciona”.7 Si el falo opera para Lacan como algo velado, se tratará para Butler de interrogar cuál es la lógica de lo velado y lo expuesto que emerge con el intercambio sexual lesbiano en relación con la cuestión del falo. Arriesga que lo que se «devela» es el “deseo repudiado, el deseo abyecto, excluido, por la lógica heterosexista”. En cierto sentido, afirma “lo develado o expuesto es un deseo que se produce mediante la prohibición”.8 Expresa un deseo que nunca se libra plenamente de las demandas normativas que condicionan su posibilidad y que sin embargo procura subvertir. El falo producirá un efecto de situación inadecuada, el cual, en el contexto de las relaciones lesbianas, se asimila a un desvío inadecuado de lo supuestamente auténtico. Es, por lo tanto, fuente de vergüenza.

Entonces el falo lesbiano implica un deseo que procura subvertir las demandas normativas dentro de las cuales emerge. Es decir marca la inclusión del lesbianismo dentro de la lógica fálica, como el elemento subversivo dentro de esa lógica. Desde una lectura lacaniana, podría haber dicho: se inscribe en la lógica fálica, pero se inscribe como no-todo. Producen, dice Butler, un efecto de “situación inadecuada”, de algo fuera de una norma a la que sin embargo permanece ligado. “El falo lesbiano” define para Butler “una resignificación lesbiana del falo”9 que cuestiona tanto la morfología masculina como femenina. En definitiva, parece ubicar un elemento transgresor que funda el deseo. En esta línea, propone que “la relación con el falo es constitutiva; se hace una identificación de la que inmediatamente se reniega”.10 Reconoce en el lesbianismo, por lo tanto, una relación constitutiva con el falo, que consiste en una identificación inicial: el cuerpo de la mujer se inscribe en la lógica fálica. A esta, sobreviene una renegación inmediata: lo específicamente femenino se define por estar por fuera del ordenamiento comandado por el falo. Y “esta identificación renegada es lo que sustenta e impulsa la producción de una morfología femenina «distintiva» desde el comienzo”.11 Es decir que para Butler (al igual que para el Lacan de los años ´70) no hay constitución posible de la morfología femenina sin una inscripción inicial.

El falo lesbiano supone entonces “un desvío de una erogeneidad que incluye y excede el falo, una exposición de un deseo que da fe de una transgresión morfológica y, por lo tanto, de la inestabilidad de las fronteras imaginarias del sexo”.12 Implica una sexuación femenina que incluye y excede el falo (lo cual, nuevamente, no está muy lejos de lo que Lacan ubica como la mujer como no-toda tomada por la lógica fálica).
Observa que la división que Lacan hace entre lo masculino y lo femenino en función de ser o tener el falo es subvertida en el encuentro lésbico:

Consideremos que el hecho de «tener» el falo puede simbolizarse mediante un brazo, una lengua, una mano (o dos), una rodilla, un muslo, un hueso pelviano, una multitud de cosas semejantes al cuerpo deliberadamente instrumentalizadas. Y que ese «tener» existe en relación con un «ser el falo» que es, a la vez, parte de su propio efecto significante (lo lesbiano fálico como potencialmente castrador) y aquello que encuentra en la mujer deseada (como quien, al ofrecer o quitar la garantía especular, ejerce el poder de castrar). Que este escenario pueda invertirse, que el «ser» y el «tener» puedan confundirse, desestabiliza la lógica de no contradicción en la que se basa la idea de que tiene que ser una cosa o la otra, propia del intercambio heterosexual normativo.”13

Propone entonces que en el encuentro lésbico mismo puede jugarse también el interjuego entre el ser y el tener el falo. Y en ello ubica una subversión lésbica de la significación del falo:

Si una lesbiana «tiene» el falo, también está claro que no lo «tiene» en el sentido tradicional y su actividad promueve una crisis en el sentido de lo que significa «tener» el falo. La posición fantasmática del hecho de «tener» se rediseña, se hace transferible, sustituible, plástica; y el erotismo producido dentro de este tipo de intercambio depende tanto del desplazamiento desde los contextos masculinistas tradicionales como del redespliegue crítico de sus figuras centrales de poder.”14

Ubica por lo tanto un erotismo propio de la puesta en cuestión del sentido de lo que es “tener el falo”. Coherente con sus ideas, propone que la significación del falo es performativa. Puesto que el falo significa, siempre está en proceso de ser significado o resignificado. No es el fundador de una cadena significante, sino que “es parte de una reiterada práctica significante, abierta, por lo tanto a la resignificación”.15
El falo lesbiano, entonces, evoca y al mismo tiempo desplaza su raigambre masculina. Y reproduce anatómicamente el espectro del pene sólo para provocar su inconsistencia. Abre así la posibilidad de considerar la anatomía como un sitio de resignificaciones proliferantes. Sitúa que el falo como ella lo entiende incluye el enfoque de Lacan (del Lacan de 1958), excediendo sus alcances.

Dado que el yo corporal producido a través de la identificación no está miméticamente relacionado con un cuerpo biológico o anatómico preexistente, el “esquema imaginario alternativo” que propone tiene como fin abrir la puerta a nuevos sitios de placer erógeno. Butler vocifera que, como no hay proporción sexual, hay un campo abierto a diversas identidades, elecciones y recortes erógenos del cuerpo. Ni siquiera objeta radicalmente la lógica fálica. En el fondo, la sostiene, tratando de recortar de modo rudimentario el campo del no-todo dentro tal lógica. Por otra parte en el recorrido emerge la reivindicación de la homosexualidad femenina como una elección con sesgos propios, no atribuibles a una suerte de parodia del encuentro heterosexual, y caracterizada por una peculiar relación al falo como ordenador.
Entendemos, para concluir, que su trabajo ubica un punto de partida interesante para el abordaje clínico del campo (poco explorado en el ámbito psicoanalítico) de la homosexualidad femenina, si partimos de la conjetura de que la relación con el falo podría ordenar distintas posiciones subjetivas.


1 El presente trabajo se inscribe en una investigación relativa a las formas clínicas de la homosexualidad femenina, que el autor lleva adelante en conjunto con Lujan Iuale y Luciano Lutereau. La misma se enmarca en un proyecto con sede en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES).
2 Butler, J. (1999). “Prefacio (1999)”. En El género en disputa. Buenos Aires: Paidós, 2007, p. 31.
3 Butler, J. (1990). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Buenos Aires: Paidós, 2007, p. 260.
4 “Así como las superficies corporales se representan como lo natural, estas superficies pueden convertirse en el sitio de una actuación disonante y desnaturalizada que descubre el carácter performativo de lo natural en sí”. Butler 1990, Op. Cit., p. 284.
5 Butler, J. (2004). Deshacer el género. Buenos Aires: Paidós, 2006, pp. 119-120.
6 Butler, J. (1993). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós, 2008, p. 107.
7 Ibíd., p. 135.
8 Ibíd., p. 136.
9 Ibíd., p. 137.
10 Ibíd.
11 Ibíd.
12 Ibíd., p. 138.
13 Ibíd., p. 139.
14 Ibíd.
15 Ibíd.
 
 
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