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   Folie à deux

Dos familias de locura
  Por Sergio Zabalza
   
 
“¿Para quién hablo yo? ¿Para las paredes?” Decía mi maestra de primer grado cuando se ponía loca porque no la escuchábamos. Y era así nomás: una loca con treinta chicos que la miraban tal como se mira a una sacada, mal. Después se le pasaba y todo volvía a la normalidad, la tarea, el murmullo, las idas y venidas, algún grito, una pelea, más murmullo, y de nuevo la loca que se sacaba.
Años después me entero de que mi maestra no era una alienada, justamente porque hablaba a las paredes. Y que aquel nosotros apenas era una ficción, compartida por varios que también hablaban –cada Uno– a los ladrillos.
La pared es lo que se interpone en la comunicación, diría el sentido común. Cuando en realidad, si hay algo parecido a eso que se llama comunicación, es gracias a ellas. Ese obstáculo permite interpretar la Voz del Otro de acuerdo con la resonancia que dicta mi deseo: y de la misma forma: registrar la Mirada según la sombra que dibujan mis fantasmas. Luego: es posible ese fantástico desencuentro que convoca a seguir hablando, a suponer al Otro, atribuir sentido, imaginar, amar, sufrir, etc. Al fin y al cabo, la caverna de Platón no era tan mal lugar para vivir.

Es que para los que habitamos la caverna, el espejo está roto y tras de él solo está la pared, lo que se interpone con el vecino. Y qué me importa de su vida y de lo que de mí piense, si cuento con el muro que me protege.
Pero sucede que algunos se quedaron en la intemperie, no tienen muros a quien hablar, más bien: están hablados. No hay resonancias singulares, hablan, pero están sonados. Tienen al vecino todo el día en el umbral.

Una voz y la Voz.
Dice Lacan que “… el grupo familiar, reducido a la madre y a la fratria, da lugar a un complejo psíquico en el que la realidad tiende a mantenerse como imaginaria o, a lo sumo, como abstracta. La clínica demuestra, efectivamente, que el grupo así descompletado [decomplété] favorece en gran medida la eclosión de las psicosis y que en él se observan la mayor parte de los casos de delirios de a dos”.
Hace unos meses tuve oportunidad de participar junto a una colega en el tratamiento de una familia. Se trataba de una paciente de treinta años y su madre. Ambas japonesas, ambas sin paredes. Por un problema edilicio atendíamos en el hall de la institución, de manera que, como no había espacio para la metáfora: sin paredes significaba sin paredes.
De aquella experiencia queda un registro: M. es una mujer de treinta años. Sufre porque su madre se entromete cuando ella está en el baño. Su terapeuta consideró que un tratamiento de familia podría ayudarla. Las entrevistas con M. y su mamá son muy raras. Los ojos de la joven suelen pasearse por el espacio del consultorio mientras la señora hace gestos como de que su hija está mal, loca o algo así. La madre también nos habla en secreto: se tapa la boca con las manos y aspira unas palabras incomprensibles. En ocasiones opta por dirigirse a su hija en japonés, a veces con tono imperativo, a veces con el neutro propio de una información. En esta escena, es difícil no sentirse afuera de algo. Optamos por hacerle a M. preguntas bien directas y concretas: “¿Te gusta cantar?”

La voz de M. es bella, bien finita como dicen los chicos. Y muy entonada. Suele cantar melodías de la iglesia, donde su padre colabora con el servicio religioso. En esos momentos M. habla de su familia en Japón. Dice que trabajan todo el día, que llegan a su casa a las siete de la tarde. Luego, M. vuelve a perderse, algo la intercepta, su madre vuelve a hacer gestos, da sus informaciones en japonés y nosotros: otra vez afuera, sin paredes.
Por momentos nos inunda una sensación bizarra, una extrañeza incómoda que se acentúa cuando no hay consultorios y las tenemos que recibir en el hall. La gente pasa mientras nosotros nos sentimos como... cantando en japonés. Sin embargo, cuando nos preguntamos acerca de qué sentido tienen estas entrevistas, advertimos que la única que habló de familia fue… M.

Ahora advierto que, mientras duró el tratamiento, nuestras presencias e intervenciones hicieron las veces de pared entre M. y esta Voz que la interceptaba cada vez que se insinuaba algún arresto de singularidad. En especial, los momentos en que M. entonaba su voz, la Voz se disipaba y el vecino volvía a sus cuarteles. Quizás, incluso, algún silencio inaudito precipitó la interrupción de las entrevistas. Por lo pronto, nunca más pertinente citar aquel juego homofónico del que se sirve Lacan para trazar el imperativo superyoico: jouis (goza) y j’ouis (oigo).1
Pero hacer de pared tiene su precio. En nuestra experiencia no fue sin angustia. Como tantas otras veces, uno advierte en qué consistía el tratamiento meses después de finalizado. Es la pared, ¿vio?

Hermanas gemelas
. Las relaciones entre hermanos son sucedáneas de los vínculos con los padres. Es que lo fraternal no escapa a las reglas de juego que impone el Edipo. Así, suele suceder que el hermano mayor ocupa un lugar afín con la autoridad paterna –con el consiguiente saldo de recelo y admiración que tal distinción supone–, mientras que el menor de la familia deviene ese benjamín que todos se avienen en consentir con tal de encauzar la rivalidad entre pares.
Cuanta más simetría entre hermanos, más diluida queda esta disparidad organizadora, esta pared. La fuerza, la lucidez y la experiencia se equiparan cuando las edades se aproximan en el tiempo. La experiencia indica que hacer lugar a la diferencia –es decir la singularidad de cada uno y de cada quien – en la escena familiar, permite ordenar de alguna manera razonable los celos y las envidias entre hermanos.

Ahora bien: ¿qué hacemos cuando esos “locos bajitos” ya no son, ni parecidos ni cercanos en el tiempo, sino idénticos como dos gotas de agua? A veces el narcisismo de los padres hace resaltar esa paridad que aplasta la diferencia: se los viste igualitos, van al mismo colegio, comparten amigos, actividades, alegrías y tristezas, etc. En otros términos: sin paredes.
En muchos casos basta una observación sensata para desanimar esta malavenida orientación. En otros, el resultado puede ser la inhibición de todo atisbo de singularidad, pero también la represión de aquellos celos y resentimientos que la lucha por el amor del padre generó.

El pasado 14 de febrero, en la ciudad de Pico Truncado, una pareja conformada por una mujer y el hombre –preso por estar acusado de matar a su hermana gemela–, dieron el sí ante el juez. No sabemos los detalles que signaron la infancia de esta pareja de gemelas. Sí que la femineidad hace del enigma su costado más rico pero también el más sufriente; y que por eso, toda mujer encuentra en la Otra el referente obligado para asumir ese misterio irresistible. Cualquier observador atento sabe que una mujer se viste, no tanto para el hombre, sino para esa Otra que la mira desde algún sitio que la infancia dibujó entre reproches, odios o caricias. En esta vecindad, que como ninguna distingue a lo propiamente femenino, el hombre –dice Lacan– no es más que un “relevo”2 para que la mujer se relacione con esa alteridad gemela que la constituye. A veces de manera dramática y brutal.
Por eso resulta llamativo que, en las crónicas destinadas a cubrir la pericia psicológica a la que fue sometida la novia antes de la boda, sólo se haga mención de la desestimación de un posible manejo perverso por parte del varón, cuando también cabe la posibilidad de que pudiera haber sido al revés. Lo cual, por supuesto, no obsta para que se repita algún desenlace fatal. El está detrás de las rejas, pero en esta historia no sabemos quién cuenta con paredes.
________________
1. Jacques Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. En Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI; 1998, p. 801.
2. Jacques Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”, en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
 
 
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