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   Folie à deux

La puesta en acto de la locura
  Por Pablo Muñoz
   
 
Lo de hoy. Se ha hecho un lugar común llamar “patologías del acto” a diversos tipos de impulsiones, adicciones y abusos de sustancias, intentos suicidas, actuaciones, bulimias, anorexias y ataques de pánico. Esta conjunción de fenómenos clínicos tan heterogéneos se justificaría en el hecho de que estos pacientes presentarían serios obstáculos para la entrada en análisis debido a sus dificultades para articular una demanda. Pacientes “en posición de objeto” –se dice–, lo que los haría refractarios a la palabra. Con esta argumentación se propone que constituyen un desafío para el psicoanálisis pues operan con una modalidad resistencial que dificulta no solo la dirección de la cura sino que obstaculiza la instalación de la transferencia.
No es demasiado esfuerzo poner dicha expresión en serie con otras de igual o mayor difusión: “síntomas actuales”, “nuevos síntomas”, “nuevas formas del síntoma”, “nuevas patologías”, etc. Como se aprecia, lo actual se entremezcla con lo nuevo, lo cual es referido habitualmente a la época (otro término de moda que debe emplear con frecuencia todo psicoanalista que se precie de estar bien aggiornado). El leitmotiv en todos estos casos es que lo de hoy ya no funciona como lo de antes; se trata entonces de innovar. De allí resulta una extraña proliferación de cursos, seminarios y textos que pretenden “especializarse” en estas nuevas formas. Y, más extrañamente aún, de los psicoanalistas que se ofrecen como especialistas en estas pseudocategorías clínicas, lo cual los obliga a buscar obsesionados la patología actual que le traen a la consulta. Ha de estar allí, en alguna parte. Si esto resulta más extraño es porque el psicoanalista es más un generalista que un especialista. Y esto por una razón tan sencilla como con frecuencia olvidada: el psicoanalista se ocupa de la palabra, tal como Lacan sigue afirmando, insistentemente, incluso en intervenciones tardías como Apertura de la sección clínica.1 Es decir, acoge lo que se presenta –esa es la definición de “fenómeno”– y no puede ocuparse específicamente de la patología actual, aislándola de todo lo demás.2

Este facilismo burdo se asienta en un realismo nominal a partir del cual los aggiornados de siempre creen referirse a algo existente en lo real cuando nombran una “patología actual”. A mi modo de ver, no es más que un intento ilusorio de sentirse a la altura de la intimación de Lacan: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”.3 Intento que oculta desconocimientos y confusiones pues, para empezar, no sabemos qué entienden por subjetividad. Es cierto que la afirmación es contundente, pero se abusa de ella sin interrogarla ni contextuarla. Es uno de los problemas en la transmisión del psicoanálisis: cuando se insiste tanto en una cita quirúrgicamente extraída del cuerpo de un texto, se la convierte en un slogan, una marca de filiación teórica, lo que termina por matar a la idea (contrariando así la célebre frase que se atribuye a D. F. Sarmiento: “Las ideas no se matan”, pero que antes pertenece a Voltaire).
Con todo, resulta sencillo constatar que el uso de estas expresiones –y sobre todo su abuso (¿quizás deba agregarse al grupo de patologías actuales?) – ha ido mellando cada vez más la supuesta robustez de la categoría que se pretendió instituir. A punto tal que ya no se sabe muy bien qué se dice cuando se la emplea.

No es mi objetivo aquí discutir la aparición de nuevos fenómenos. Sería torpe pues por supuesto que los hay. El asunto es qué es lo nuevo, más allá de la presentación fenoménica, descriptivamente hablando.
Un recurso habitual para salir del atolladero descriptivo y clasificatorio en el que se cae, ha sido referir lo actual de estas patologías al pasaje al acto. Se trataría entonces de una gama de fenómenos que puede abordarse a partir de este concepto lacaniano. El problema que acarrea es equivalente: el pasaje al acto se convierte en el concepto que los explica a todos, perdiendo así su especificidad y su valor. Otra vez: cuando un concepto se convierte en algo tan poderosamente explicativo, es justo desconfiar.

Es cierto que Lacan calificó de pasaje al acto a los más heterogéneos fenómenos (suicidios e intentos suicidas, homicidios e intentos homicidas, fugas, interrupciones intempestivas del análisis, la bofetada de Dora al Sr. K, la defecación del Hombre de los Lobos infans en la escena primaria, pero también la derivación por parte de Freud de la joven homosexual a una analista mujer, e incluso el cogito cartesiano pienso, luego soy, entre otros). Pero siempre lo hizo basándose en una razón estructural que permite ponerlos en serie, más allá de su aspecto fenoménico, sin por ello considerarlos en conjunto.4 Por esto mismo, es preciso volver a Lacan y restringir el uso del concepto de pasaje al acto para que su extensión indiscriminada no termine por liquidarlo (en el sentido incluso de Zigmunt Bauman).5 Pues lo nuevo de nuestra “modernidad líquida” liquida:
  • la racionalidad que para Lacan ha sido una exigencia;
  • el rigor conceptual que nos enseñó para que la transmisión del psicoanálisis no se banalice; y
  • su orientación ética indeclinable ante las necesidades comerciales del mercado.

Mantener con solidez estos pilares evitará que el psicoanálisis de hoy6 se convierta en –por decirlo en términos modernos– “finamente gasificado”.
Por mi parte, parafraseando un dicho popular: mejor viejo conocido que nuevo por conocer.

Lo viejo
. Antes que llevar los fenómenos de pasaje al acto al campo de las patologías nuevas o actuales, prefiero cruzarlas con un viejo término en desuso, pero que Lacan a lo largo de su obra, tímidamente, rescata: la locura. A pesar de ser un término que ha quedado excluido del debate científico desde que la psiquiatría lo remplazó por otros considerados “técnicos” y menos vulgares, como el de psicosis, Lacan se ha esforzado, en muchas oportunidades, por distinguirlos e incluso oponerlos, aunque también a veces los hace coincidir.7

Rescatar este término del saber universal tiene el sentido de retomar una verdad. Hacer hablar a la locura –como hiciera Erasmo de Rotterdam en su célebre Elogio– es un gesto que tiene por fin no recaer en los prejuicios que desde los estoicos en adelante ligan la locura al extravío de la razón –lo que ha llegado a la modernidad y opera en los discursos jurídico, psiquiátrico y psicológico–. La locura está entre nosotros desde que hay lenguaje y por lo tanto razón. Que esta pueda verse alterada, perderse o mutar, no significa que la palabra del loco deba invalidarse a priori.

Lacan califica esto como “deshumanización”, entendida en términos de subjetividad deseante. Pues el confinamiento asilar del loco o su resguardo por la persona del médico, no se limita a la condición subjetiva de aquel sobre el cual recae el juicio de locura, sino también sobre los actos que el juez, con el aval del psiquiatra, borra con la inimputabilidad. Cuando el acto criminal recibe esa marca, se deshumaniza, porque se reduce a una pasión extraterritorial al dominio estoico de la razón que califica al hombre como libre. El loco o aquel cuyo acto participa de los rasgos de irracionalidad de la locura, queda irremediablemente confinado a la psiquiatrización deshumanizante.
Si Erasmo hace que la locura hable, si ella toma la palabra en su letra y declama: “Yo, la locura, les hablo”, que se la escuche abre la dimensión ética de la apuesta al sujeto. Esto es lo que el discurso psicoanalítico tiene de diferente para ofertar al loco de siempre.

El enloquecimiento del pasaje al acto. Cuando este dato común de la locura, su irracionalidad, sale del terreno de lo deliroide o de lo meramente discursivo y llega a la acción, se presenta bajo la forma de actuaciones, decisiones, reacciones que se nos antojan “locas” por ser discordantes e irracionales, por incomprensibles o inexplicables, aún para aquel que está actuando, a punto tal que muchas veces ni siquiera sabe de qué se trata, ni de dónde proviene, ni hacia dónde apunta lo que está haciendo. Se trata de acciones que no se eligen; más bien el sujeto se encuentra ejecutándolas o con los efectos de su ejecución. Quién no ha calificado de “loco” a quien ha cometido alguna acción impensada, cuando no es el mismísimo autor que confiesa “me volví loco”, “no sabía lo que hacía”, “no era yo”.

Es así que la locura se caracteriza esencialmente como una pérdida de sentido, que puede llegar a la vacilación despersonalizante; aunque también puede asumir su forma opuesta extrema: un exceso de sentido tan devastador que el sujeto no puede ignorar –por ejemplo en algunas formas en que las voces del superyó más salvaje ordenan la muerte–.
Sea como fuere, cual sea la forma que asuma, siempre hay una imposición amenazante: ya que amenace enrareciendo la percepción de sí mismo del yo y de los semejantes, o bien que amenace con arrojarlo fuera de la escena del mundo en la que estaba. Cuando la locura asume estas formas, se nos acerca al pasaje al acto, que muchas veces se presenta como un enloquecimiento.
Pero no se trata solo de una cuestión fenoménica la que habilita este acercamiento sino de una razón estructural. El concepto de pasaje al acto que Lacan delimita en su enseñanza tiene coordenadas precisas: lo inscribe en la matriz de la angustia en el Seminario 10 y lo vincula con la estructura del fantasma, en su función de respuesta del sujeto al deseo enigmático del Otro. De este modo, subvierte su concepción psiquiátrica inaugural, porque lo articula con la noción de sujeto en psicoanálisis y lo extrae de la referencia clásica que solía restringirlo al campo de las psicosis y de la delincuencia.

La consecuencia más notable es que lo convierte en un concepto clínico que se puede aplicar a una enormidad de acciones humanas que sería imposible ordenar en una clasificación, de modo que pueden considerarse tales fenómenos comunes y corrientes, incluso cotidianos, que en el marco de la criminología quedaban fuera. Sin embargo, un rasgo distintivo los caracteriza aún en su variedad: la ruptura, el quiebre, el corte de la escena del fantasma.
Ello hace que el sujeto quede –según Lacan– identificado al objeto a como resto y entonces se vea expulsado del sostén que dicha estructura le proveía, sostén en el que se afirmaba o creía afirmarse en la escena del mundo. Clínicamente, esta salida de la escena implica un cambio en la temporalidad del sujeto, algo del orden de una urgencia que sobreviene, se impone y precipita como acción, con un carácter de sorpresa, tanto para aquel que se encuentra ejecutando o habiendo ejecutado un pasaje al acto, como para el analista.

La fenomenología de la locura que Lacan construye en su trabajo de 1946 Acerca de la causalidad psíquica, ligada a la hinchazón de lo imaginario, se asienta en tres figuras hegelianas: 1) la “ley del corazón”, a partir de la que el ser no reconoce su participación en el desorden del mundo que vive, correlativa de la segunda figura; 2) la acusación al Otro del “alma bella”, vale decir el desconocimiento de su participación en su “destino”, y 3) el “delirio de infatuación”, efecto de la identificación del yo con el ideal sin mediación simbólica.

El aforismo de Lichtemberg –“Si un hombre que se cree rey está loco, igualmente loco está el rey que se cree rey” – lo ilustra. Pues efectivamente la locura no consiste únicamente en la no coincidencia de la creencia en lo que se es con la realidad material (por eso está loco el que no es rey y cree serlo), sino también en la creencia en lo que se es (el que se cree rey siendo el rey). “El momento de virar –afirma Lacan– lo da aquí la mediación o la inmediatez de la identificación y, para decirlo de una vez, la infatuación del sujeto”.8 Es decir que la locura depende de un rasgo de la identificación: de la mediación o inmediatez de las identificaciones ideales, de la mediación o no entre sujeto e ideal. Esta mediación es la de un lugar tercero: el Otro entre sujeto e Ideal. Habrá locura si entre ambos no mediatiza el Otro. La realización plena de la identificación del sujeto con el ideal sin dicha mediación, le da al ser la ilusión de la libertad: ser lo que es sin el Otro. Identificación inmediata al Ideal, libre de las ataduras del Otro que, dialécticamente, hacen del sujeto un sujeto dividido. Es por ello que Lacan sostiene que Napoleón no estaba loco, que no se creía Napoleón, porque sabía todo lo que le debía a Bonaparte.
Si la locura supone desconocer esa mediación, no aceptarla e incluso rechazarla, puede pasar al acto cuando ese desconocimiento se traduce en una salida abrupta de la escena del Otro. Si la locura es la libertad, el pasaje al acto es la liberación del Otro pero en el sentido de la caída del Otro (en los dos valores del genitivo), un desanudamiento del Otro que es caída veloz, destitución subjetiva salvaje. La que sigue del encuentro con las inconsistencias del Otro que, por intolerables, empujan al sujeto fuera de los márgenes del sostén fantasmático. En ese sentido es respuesta a la angustia, pero una respuesta que comporta la desestabilización-disolución del sujeto que ya no puede sostenerse como historia en una escena y pasa a lo real.

Locurasofía. Ante la falta del Otro, entonces, la respuesta enloquecida del pasaje al acto, o bien, “folisophie”. En el Seminario 23 Lacan propone este neologismo, construido equivocando “philosophie” –filosofía– por inversión homofónica del francés “philo” (filo) en “folie” (locura), lo que admite la estrambótica traducción “locurasofía”. Allí afirma: “pretendo prepararlos para algo distinto que podría decirles, intentando hacer una folisofía, si puedo decir así, menos siniestra que el Libro llamado de la Sabiduría, en la Biblia, aunque después de todo es lo mejor que puede hacerse para fundar la sabiduría sobre la falta, que es la única fundación posible”.9 Esta expresión, evidentemente irónica, subvierte la inspiración filosófica que guió al Lacan de 1946 en su definición hegeliana de la locura. El desplazamiento conduce de una locura filosófica que enfatiza la identificación apasionada al ideal –modo de obturar la falta, de no querer Saber–- a una locura folisófica, vale decir una locura que no esquiva la no-relación/proporción sexual sino que sabe-hacer-con ello: esa “grieta abierta en su esencia [la del ser]”.10 La “locurasofía” es la respuesta que Lacan encuentra, no sin el sinthome pero necesariamente más allá de él, la respuesta que –en términos de la lógica del acto– el psicoanálisis le puede ofrecer al analizante enloquecido por la falta.
_____________________
1. Texto de 1977 en el que Lacan se pregunta qué es la clínica psicoanalítica para responderse: “es lo que se dice en un psicoanálisis” (en Ornicar 3, pág. 37). Quizás Lacan insiste en ello para recordar a quienes olvidan que la clínica está constituida por los dichos del analizante en transferencia, por lo que “se dice” (el impersonal es muy atractivo en la fórmula pues alude más al decir que al dicho mismo), que no es una clínica de la observación del padecimiento corporal.
2. Es una temprana indicación de Freud: “el médico renuncia a enfocar un momento o un problema determinados, se conforma con estudiar la superficie psíquica que el enfermo presenta cada vez” (la itálica me pertenece) (Cf. Recordar, repetir y reelaborar, pág. 149).
3. Lacan, J. (1953d): “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. En Escritos 1, México, Siglo XXI, 2008 (Ed. revisada), pág. 309.
4. Tomo el término “conjunto” no en sentido vulgar sino matemático, tal como lo emplea Lacan para definir la estructura, vale decir, como la simple enunciación de una colección de elementos definidos pero que no implican ninguna totalidad. Cf. El Seminario 3 “Las psicosis”.
5. He intentado avanzar en ello en La invención lacaniana del pasaje al acto. De la psiquiatría al psicoanálisis, Bs. As., Manantial, 2009.
6. Resuena la PDA con la cual Lacan debatió en oportunidad de su La dirección de la cura...
7. Desarrollé este tema en Las locuras según Lacan. Consecuencias clínicas, éticas y psicopatológicas, Bs. As., Letra Viva, 2011.
8. Lacan, J. (1946): “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos 1, op. cit., pág. 161.
9. Lacan, J. ((1975-76/2006): El Seminario. Libro 23: “El sinthome”, Bs. As., Paidós.
10. Lacan, J. (1946/2002): “Acerca de la causalidad psíquica”. En Escritos 1, op. cit., pág. 162.
 
 
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