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   Folie à deux

Espiritismo à deux: un milagro foucaultiano
  Por Alejandra  Ruiz
   
 
La folie à deux es una rara especie. Se la ha propuesto como modelo cuasi-experimental* de lo que sería un episodio delirante, quizás porque permite aislar una coyuntura específica que concierne a lo que un sujeto desarrolla como sintomatología delirante. Ha sido definida como una entidad clínica que presenta la particularidad de poner en juego un sujeto auténticamente delirante, en general paranoico, y un segundo sujeto que, en cambio, no tendría una estructura psicótica. Este segundo sujeto, en una situación de confinamiento particular y en una coyuntura que excluye cualquier otra influencia exterior, adopta progresivamente la convicción del paciente delirante con quien convive. Hace suya la certeza del otro, retomando uno a uno los términos de su construcción delirante, llegando a ser literalmente aspirado por su convicción hasta incluso perder todas las referencias simbólicas que le eran propias. Por eso, la principal medida terapéutica tomada por los alienistas ha sido siempre, en primer lugar, separar ambas almas gemelas. El paciente que no era psicótico renuncia en poco tiempo a sus creencias delirantes, retomando sus referencias simbólicas, mientras que el otro mantiene intacta su convicción.

Lacan se interesa por la folie à deux tempranamente, renovando la teorización psiquiátrica con sus propias hipótesis. Podemos ahora retomar su fórmula: “delire à deux”, delirio de a dos (fórmula que sirve de título también a una fundamental obra de Ionesco). En la folie à deux se asiste a la desaparición subjetiva de uno de los dos protagonistas que deja todo el lugar psíquico que le era propio para ser literalmente aspirado por el Otro. Este primer punto parece esencial para esclarecer los episodios delirantes. No se trata propiamente de la muerte del sujeto –tal como Lacan interroga esa fórmula en “De una cuestión preliminar…”– sino de la desaparición, incluso transitoria, de uno de los dos sujetos que se desarrollan en la clínica de a dos.

Hace ya un tiempo me contaron un caso muy interesante que ilustra este proceso de manera precisa. Sucedió en 1920. Una joven española, Nicasia I., se enamora de un hombre divorciado, abogado y médico de la familia. Para la crianza católica de aquella época, se trata de una herejía. Su madre, hermana de un obispo, la echa de la casa con furia. Tiene 24 años. Queda completamente aislada de sus doce hermanos, a los que no volverá a ver hasta mucho más tarde. Recién pasados veinte años, vuelve a ver a su familia con su pareja, que era mayor. Sus hermanas la encuentran extraña, rara. No ha tenido hijos y vive en una casa en las afueras. Se ha convertido en espiritista. Con su pareja, practican ejercicios mediúmnicos. Los espíritus encarnan indistintamente en él o en ella. Si encarnan en ella, es él quien escribe. Si encarnan en él, es ella la que oficia de secretaria. Ellos se llaman a sí mismos médium parlante y médium escribiente, alternando las funciones entre sí. Es interesante observar que esta división de funciones sigue la lógica de una imposibilidad. En la medida en que las pulsiones no están reguladas por el falo, se produce en acto la partición entre lo que se escucha y lo que se escribe. En numerosas ocasiones hemos observado en los talleres de los hospitales psiquiátricos que, cuando el paciente está oyendo voces, es renuente a escribir o leer puesto que esto lo distrae de su goce. Cuando acepta la invitación, es porque gracias a la transferencia cede durante ese tiempo algo del goce (o cambia su estatuto).

En los escritos inspirados de Nicasia I. y Pedro G. se toma nota de los momentos en que se presentó la voz. Cuando encarna, el espíritu comienza a hablar en voz alta y hay que copiar ese dictado. Cristo, Dante Alighieri, el Doctor Allan Kardec, León Tolstói, anarquistas italianos, Goethe, Benjamín Franklin, cuyo testamento fue publicado en 1936 en la Revista Internacional de Espiritismo. No es un dato menor el hecho de que Pedro G., abogado y médico y seguro agente del delirio –como lo mostraremos más adelante– es también un anarquista italiano. Algunos textos están escritos en esa lengua. El glosario de los escritos utiliza palabras de cierta complejidad que no serían habituales en una mujer como Nicasia I. que tiene tercer grado (aunque, por supuesto, puede haber sido una autodidacta eminente). Transcribo, a continuación, un fragmento de un acta de las sesiones escrita en prolijo plumín de tinta negra. Todo ha sido cuidadosamente encuadernado. “Las misiones y sus obstáculos: las mistificaciones y los médiums”, por varios seres (un espíritu: Pedro G.): Esta noche veo a nuestra aura en un estado de semitranquilidad, de orden superior, mentalmente hablando, y esto nos favorecerá para nuestros especiales estudios de psicología trascendental. Yo he venido, simplemente, para abrir la puerta mediúmnica… Así preparáos mentalmente para recibirlo bien y que así sea!... Después de unos instantes, el maestro Kardec, por la médium parlante Nicasia I. dirigiéndose especialmente al médium escribiente Pedro G.: “Reconcentración al iniciar estas sesiones de importancia. Pedro, te es necesario llenar el vacío de tu vida y consagrarte íntegramente al Ideal…”

Hay otros títulos. Muchos. “Psicología mediúmnica del ser”, “El éter cósmico” “Las altas jerarquías del espacio al servicio del progreso”, “Luchas, luchadores y nueva era”. Entre ellos, dos series se destacan por su construcción. Se trata de unos pocos libros que no están firmados por los espíritus sino por el propio autor. No puedo extenderme aquí en los detalles muy interesantes del caso. Por un lado, una serie de textos médicos que podrían ilustrar las mejores anatomías fantásticas: la vesícula tiene un lugar central. Por otro, diez tomos de una obra de teatro que, si bien ha sido inspirada por el propio Jesús, está firmada por Pedro G. “El hijo de Nazareth” comienza así: “Primer comunicado oficial dado por Allan Kardec a Pedro G. y a Nicasia I. funcionando ésta de médium escribiente y en su casa, a las 17.30 horas del 25 de julio de 1939: ¡Mis muy queridos discípulos, buenas noches! En el porvenir tendrán que llevar a cabo una misión muy fuerte a cargo de los dos unidos bajo mi protección y dirección inmediata: comenzar el plan de reforma social del planeta”. Se trata de rescatar la verdadera vida de Jesús de las falsificaciones a las que fue sometida por todas las religiones, creencias, instituciones, gobiernos, etc. La empresa es titánica. Unos diez tomos más adelante, leemos: “¡He llegado al final!... Mi impulso volitivo después de tantos e inenarrables sufrimientos, me ha permitido realizar el ensueño de toda mi vida: ¡hacer algo en pro de toda la Humanidad! Nicasia… la única savia de mi vida que ha alimentado mi espíritu durante mi inmenso dolor, no permitiéndole el abandono del cuerpo como parecía inevitable… ¿Cómo no pensar que Ella y mi obra no sean una vida sola?”. Una página más adelante, ella responde: “Duerme Pedro, descansa tranquilo apoyado en tu obra. Mi amor velará por ti y por ella… porque ella es tuya y mía,… ¡para todos los hombres de la tierra!”. Hay un último párrafo que quisiera considerar. Al concluir la obra, el autor es interpelado: “Sí… Jesús… ¡El mismo protagonista de la obra que acabas de terminar, la obra para cuya confección se ha necesitado un intérprete que debía estar capacitado para sentir en su propia carne, en su propia naturaleza de hombre, el martirio de todas las ingratitudes de que son capaces los hombres! ¡Era ardua la tarea pero tú la cumpliste con sinceridad, puesto que comprendiste que todo tu sufrimiento era parte de un trabajo preparatorio! ¡Con esta, tu obra, terminaremos de liberar el camino de todo lo que ha contribuido a oscurecer mi figura entre los hombres de la tierra!... Pedro, dirás claramente a los humanos que muchos deberán pagar con su propia vida la osadía de atacar a los lobos… ¡pero también le dirás que, después de renovados ataques con fuerzas menores, los pigmeos conseguirán vencer a todos los gigantes polifemos de la Tierra! La Humanidad Finestre necesita de su planeta Tierra para labrar su propia felicidad!”.

Pedro G. fallece repentinamente. No tengo el dato preciso, pero parece ser que fue alrededor de los sesenta años. El relato que escuché de quienes lo conocieron dice algo de su locura. Durante una de las sesiones mediúmnicas encarnó un oftalmólogo muy renombrado. Pedro G. le pidió una receta que resultó ser definitiva. Con esos lentes se subió a una higuera para perseguir algunos de sus frutos. El hombre vio la rama en un lugar diferente al que estaba. Apoyó el pie allí y cayó mortalmente. La realidad kantiana lo aguardaba debajo de la higuera. Puede decirse que el relato de sus familiares hace demasiado hincapié en la falta de adecuación de la locura. Quizás sea falso, pero su poética tiene el gusto del saber popular. Esa higuera dice, hay que destacarlo, algo del núcleo de verdad de la problemática que la libertad plantea a la locura.

Cuando muere Pedro, Nicasia deja por completo las prácticas espiritistas. Ni siquiera las menciona frente sus familiares. Sus hermanas dijeron que volvió a ser la que era. Comenzó a ir a misa. Se ganó la vida como enfermera y ocasionalmente daba masajes a algunas amigas. Se convirtió en una gran narradora de cuentos para los niños de la familia, cosa que atestigua su sobrina, quien me hizo partícipe de esta historia.
Decíamos, al comienzo, que la folie à deux ha sido considerada como un modelo cuasi-experimental de lo que sería un episodio delirante, puesto que aísla algo de su coyuntura específica. Al entrevistar a un paciente psicótico o a alguno de sus familiares, a menudo suele surgir una pregunta: ¿cómo el Otro ha hecho pasar algo de su estructura? O, al contrario, muchas veces en una misma familia un hijo psicótico carga con el delirio de la madre o del padre, mientras que su otro hermano lo ha resuelto con una neurosis. A veces, estas diferencias se explican por el azar de un mal encuentro, por ejemplo, alguien nace inmediatamente después de la muerte de dos hijos, como en el caso Aimée. Pero, en otros casos, no se puede ubicar ese mal encuentro y es preciso aceptar que el delirio del padre o de la madre ha afectado a uno y no a otro. Decir que primero está el Otro, como lo afirma Lacan, implica no desconocer que hay allí un dato de estructura. Sin embargo, subrayar solamente –como se ha hecho en las primeras descripciones de la folie à deux– una concepción imaginaria que enfatiza el “contagio del delirio” enmascara lo que hace a la particularidad de esta entidad. Estos casos vienen más bien a revelar algunas formas extremas de “servidumbre voluntaria” de cualquier sujeto respecto del Otro. Se trata de una clínica que nos permite ver en efecto cuántos de los anhelos más íntimos de un sujeto pueden ser, no tanto liberarse del yugo, de conocerse o de realizarse, sino un anhelo de servidumbre. Ese deseo, en ciertas condiciones específicas, puede manifestarse como una demanda del sujeto de ser alivianado de la propia división, quiere decir, abolirse como tal.

Creemos que la división de funciones entre médium oyente o receptor y médium escribiente se presta, en algún sentido, a poner en escena, justamente, un anhelo de ser relevados de esa división que afecta al sujeto en su estructura. Por supuesto, es una puesta en escena trunca que conlleva un viraje. El franqueamiento de este límite viene a señalar, en el seno mismo de la pareja, el pasaje del goce fálico al goce del Otro. Este registro conduce a uno de los protagonistas, en la folie à deux, a ser literalmente aspirado por el Otro, hasta el punto de desaparecer como sujeto, quiere decir, a realizar el mito de Aristófanes: hacer Uno con el otro.

Quizás estos textos inspirados nos ofrezcan un testimonio interesante para interrogar una posible folie à deux. No es fácil, en la medida en que sólo nos han llegado fragmentos de la historia y una serie de escritos, aseverar ciertas cuestiones importantes. Si bien los familiares coinciden en que ella dejó completamente de delirar cuando él falleció, no es sencillo confirmarlo sin haber tenido una entrevista personal. ¿Puede considerarse que la señora Nicasia carga a su cuenta el delirio de su esposo como propio, dejando de soslayo su propia división, o se trata de una identificación histérica, en donde se sostiene el delirio como falo imaginario del otro? ¿Por qué, contrariamente a sus otros escritos inspirados, Pedro firma una obra de teatro que le ha sido íntegramente dictada por otro? El interés de este material es que, lejos de aportarnos respuestas, nos invita a plantear nuevas preguntas. Michel Foucault hubiera hallado en sus páginas motivos suficientes para cuestionar con nuevos bríos la existencia del autor.
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* Nicolás Dissez, La folie à deux, un épisode délirant expérimental? Presentado en las jornadas de JFP “Les épisodes délirants”, Grenoble, 29 y 30 de noviembre de 2003.
 
 
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