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   Folie à deux

Una locura familiar
  Por Paula Aramburu
   
 
En todos los informes de la municipalidad referidos a ellos se dejaba constancia de su mala voluntad y de la extraña obstinación que ponían en no moverse de allí.”
Marguerite Duras

El sólo pensar que alguien podría contagiarnos su delirio, arrastrarnos en su locura como una corriente de agua subterránea, oscura y silenciosa, nos produce escalofríos.
Aún así, es frecuente escuchar en nuestros pacientes ese “temor a volverse loco” cuando al momento de desplegar los avatares de su novela familiar aparece, como al pasar, el recuerdo lejano, impreciso, de una tía que pasó meses internada en un hospital psiquiátrico, una abuela que sufría de profundos y repentinos cambios de ánimo, un padre excesivamente celoso de la mano de una mujer sumisa, entregada por entero a su control y dominio. Sentimos escalofrío cuando una hija, luego de matar a su madre, relata que ambas sentían en la casa la presencia de los abuelos muertos, uno arrastrando su lento caminar en pantuflas por las habitaciones, la otra arañando con sus uñas el “contact” de las paredes. Lejos de asustarlas, esta presencia de los ausentes las calmaba1.

Allouch2 sostiene que gran cantidad de casos de folie à deux no son tomados como tales, quizás porque el delirio tiene la particularidad de apoyarse siempre en un rasgo de la realidad. Su verosimilitud, al menos por un tiempo, nos desconcierta.
Cuando a fines del Siglo XIX la Psiquiatría comienza a hablar de “enfermedad mental”, Falret y Lasègue (1873) reintroducen el término “locura” para referirse a un fenómeno particular de psicosis paranoica denominada “locura comunicada” o folie à deux, observada en pacientes que en su mayoría, pertenecían a un mismo grupo familiar.

Determinaron como condición de este tipo de locura, la existencia de un intenso vínculo afectivo, la influencia de un individuo sobre otro, el aislamiento de ambos de todo contacto con el mundo exterior, la vivencia de necesidades, experiencias y esperanzas en común, y la verosimilitud del contenido idéico delirante, su credibilidad.
Si bien existen varias clasificaciones de este tipo de psicosis –delirio inducido, locura simultánea, locura comunicada, locura de a dos, psicosis impuesta, locura colectiva– conservaremos la clasificación de la psiquiatría de fines de Siglo XIX y Siglo XX, basándonos en los aportes de Falret y Lasègue (1873), Regis (1880), de Clérambault (1923) y Lacan (1933).

Según Falret y Lasègue, la folie à deux consiste en la comunicación del delirio que sufre uno de los sujetos de la pareja (inductor o agente activo) de personalidad dominante y de mayor desarrollo intelectual, a su partenaire (receptor o agente secundario) pasivo, sumiso, dependiente, sometido. En estos casos, la sugestibilidad también opera como condición fundamental para que se produzca el contagio. La clínica nos enseña que el contagio más frecuente suele darse entre las parejas que conforman principalmente madre e hija, hermanas y hermanos, y los integrantes de la pareja.

Regis, por el contrario, no cree en la posibilidad de la comunicación del delirio, sino en la existencia de dos sujetos en estrecha convivencia, ambos portadores de un delirio propio, independiente uno del otro.
¿De qué modo podemos distinguir si se trata de una u otra? La clave estaría dada por la separación de la pareja delirante: en el caso de la locura comunicada, una vez separados los partenaires, veremos cómo con el tiempo el delirio sufrido por el agente pasivo se irá diluyendo. En cambio, en la locura simultánea, ambos individuos seguirán delirando, con el agravante de que tomarán como perseguidor a aquel que haya osado producir esa separación.


Locura colectiva
Mi madre me acompaña, pero la que conoce mejor el asunto soy yo.”
Lea V., paciente de G. G. de Clérambault

Será de Clérambault quien en 1923, contemple la posibilidad de la existencia de ambos tipos de psicosis, comunicada y simultánea, aún en el mismo grupo familiar. Suele referirse a estas psicosis como “locura colectiva”.
Resulta fascinante leer las presentaciones que hace de sus enfermos3: “Victorina H., viuda de V., 66 años. Leve deficiencia intelectual. Elemento pasivo de un delirio de dos, de forma imaginativa y ambiciosa. Su hija es el elemento activo. (…) En nuestra pareja de delirantes, el reparto de papeles es evidente. La hija es débil mental y está en vías de demencia. (…) Los mecanismos generadores de una psicosis existen en ella, y sólo en ella (…) la madre ha contribuido al delirio pero no ha creado la psicosis”4.

Al año siguiente describe: “Hermano y hermana viven juntos (…) Ambos solteros, viven juntos, nunca se han separado, salen poco no reciben a nadie. (…) Nuestros dos delirantes son de inteligencia desigual y de carácter muy diferente. La hermana, débil, temerosa, inexperimentada e inerme (…) Su hermano se muestra muy diferente: hipertónico e irascible, henchido de indignación (…) rectifica nuestras afirmaciones de continuo, toma a mal frases neutras, declara que nos burlamos de él. La génesis del co-delirio es clara: la hermana ha tenido la idea inicial de hostilidad, surgida de un automatismo mental más que de hechos reales; después de varios meses de resistencia el hermano ha adherido a esta idea”.5
G. G. de Clérambault plantea que sólo se transmiten los temas ideicos, y apenas una base afectiva como el optimismo, el pesimismo, la depresión, la ansiedad, los temores. Y confirma en sus casos las “Leyes de Falret y Lasègue”: “antes de todo delirio, la pareja de delirantes era una pareja de aislados, casi reclusos, unidos por el miedo a la vida en general”6, cuadro que predomina sobre todo en aquellas familias en las que se encuentra ausente “el jefe de familia”. Sostiene que sólo se transmiten los delirios (convicciones y sentimientos), no así las psicosis “ (esto es, los mecanismos genéticos de los delirios)”.

El 21 de mayo de 1931, Lacan realiza junto Claude y Mignault –sus otros referentes– la presentación de dos casos de “locuras simultáneas”: dos parejas constituidas por madre e hija en las que domina un delirio paranoico.
En 1933, producida la ruptura con su maestro de Clérambault, Lacan plantea que no existe el fenómeno elemental (automatismo mental) como un núcleo sobre el cual se enquistaría el delirio, sino que el delirio es por sí mismo un fenómeno elemental que contiene todos los caracteres de la estructura misma.7
En ocasión de comentar el crimen de las hermanas Papin, dice: “La pulsión agresiva, que se resuelve en el asesinato, aparece así como la afección que sirve de base a la psicosis”. El delirio, camuflaje conformado desde las exigencias y tensiones sociales, permite al sujeto negar o justificar la pulsión de muerte que lo habita, pudiendo mantener a distancia el pasaje al acto, o bien, realizándolo. Reconoce como primordial “tanto en los elementos como en el conjunto del delirio y sus reacciones, la influencia de las relaciones sociales incidentes…”8.


Locura criminal
Nunca está bien una extraña en el centro de la familia”.
Federico García Lorca

En La familia, Lacan destaca la frecuencia de la transmisión de la paranoia en línea directa familiar, y “la electividad casi exclusivamente familiar de los casos de delirio de a dos (…) los que mejor permiten aprehender las condiciones psicológicas que pueden desempeñar un papel determinante en la psicosis (…) hemos observado constantemente estos delirios en un grupo familiar al que designamos como descompletado –décompleté–, en aquellos casos en los que el aislamiento social al que es propicio determina el máximo efecto: nos referimos a la pareja psicológica constituida por una madre y una hija, o dos hermanas (véase nuestro estudio sobre las Papin), y con menor frecuencia por una madre y un hijo.”9
En los casos de folie à deux, la función del co-delirio es la de estabilizar los componentes psicóticos de los partenaires, lo cual permite mantener a distancia la ferocidad de la pulsión de muerte. En caso de fracasar, una de sus consecuencias puede ser el pasaje al acto homicida.

Tras vivir veinticinco años creyendo ser hija adoptiva de quien en realidad era su madre biológica, y una vez que se devela la verdad de su origen, Emilce mata a su madre de un golpe en la cabeza. Una vez más, una pareja conformada por madre e hija. Una madre y una hija que convivieron en lazo estrecho, intenso, con los abuelos maternos de Emilce, quienes aún después de muertos las seguían visitando por las noches. Una madre y una hija que se aíslan del mundo exterior, se niegan a relacionarse con otros, a salir. Cuando salen, nunca lo hace una sin la otra. Ambas duermen en la misma habitación, tomadas de la mano, una cama junto a la otra, pegadas. Ambas cosen ropa. Ambas comparten desde hace años las mismas alucinaciones visuales y auditivas. Ambas hacen de su casa un bastión al que hay que proteger de todo extraño. Hay que velar por la armonía del hogar.
Hasta que un día, la madre de Emilce sale sola a hacer las compras, sin la compañía de su hija. A su regreso, Emilce no la reconoce: “Ya no te reconozco, no sé quién sos”. Una idea se le impone: su madre ha salido para encontrarse con un hombre, un hombre que “no se sabía si era para mí o para mi mamá”, un hombre que estaría abusando de su madre, la seduce, tiene relaciones con ella, la filma, la extorsiona, la hace partícipe de una secta. Lo ha escuchado en la calle: con un oído escucha a su amiga, con el otro, escucha “otras conversaciones” cuya procedencia no puede determinar. Luego de la muerte de su abuelo –que acontece cuando tenía seis años–, y a partir de la presencia de este intruso devenido perseguidor, el mundo femenino que habita Emilce se derrumba.
Desde la muerte de sus abuelos, madre e hija quedan a solas, frente a frente, sin un tercero en quien hallar alivio a una tensión imaginaria que comienza a profundizarse de un modo letal. Una tensión agresiva, pasión mortal, en la que se pondrá en juego la idea de “o yo o el otro”, idea incontrolable, que literalmente se le irá de las manos.
Lacan formula el Estadio del espejo como un instrumento que le permite explicar la constitución del yo a partir de la imagen el otro. El yo, desde un inicio, es otro, se funda a partir de una dualidad que produce una tensión imaginaria, agresiva. En el caso de la paranoia se produce “una invasión imaginaria de la subjetividad (…) una impresionante disolución del otro en tanto que identidad”, lo cual da lugar a la fragmentación de la identidad propia10.
Emilce y su madre parecen ser Una. Cualquier situación que implique la más mínima distancia entre ellas resulta intolerable. Ante la caída de este mundo que conforman, surge el delirio de Emilce en un intento –fracasado, insuficiente–, de darle una nueva significación al orden perdido.
La disolución del yo en el otro hace del contexto familiar un entorno siniestro, ominoso, ante el cual el sujeto entabla una lucha a muerte para encontrar una salida. Paradójicamente, el pasaje al acto homicida fue la salida que encontró Emilce, modo violento, atroz, de hacer cesar una escena en la que quedará como resto de ese goce incestuoso, un cuerpo despedazado11.
________________
1. Ver Emilce, la costurera. Homicidio, locura y subjetividad, reeditado próximamente por Letra Viva.
2. Allouch, J., “tres faciunt insanian”, en El doble crimen de las hermanas Papin, Allouch, J., Porge, E., Viltard, M., EpeEle, Libros de Artefacto, Méjico, 1995.
3. de Clérambault, G.G., Automatismo mental. Paranoia, editorial POLEMOS, Bs. As., 2004.
4. Ibid, Pg. 155.
5. Ibid, Pg. 160.
6. Ibid, Pg. 162.
7. Arnoux, D., “La ruptura entre Jaques Lacan y Gaëtan Gatian de Clérambault”, Litoral 16, Edelp, Córdoba, 1994.
8. Lacan, J., “Motivos del crimen paranoico: El crimen de la hermana Papin”, en De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, siglo XXI editores, 1998, Méjico.
9. Lacan, J., La familia, Argonauta, Bs. As, 1997.
10. Lcan, J., Seminario 3, Las psicosis, Paidós, Bs. As., 1988, Pg. 141
11. Ver Emilce, la costurera. Homicidio, locura y subjetividad, el cual será reeditado próximamente por Letra Viva.
 
 
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