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   Volver a los sueños

El arbitrio del intérprete
  Por Roberto  Harari
   
 
I.- Si se trata de volver a los sueños en psicoanálisis, resulta obvio que estamos mentando, de manera implícita, la existencia de un desvío, cuando no el acaecer de una pérdida. Aseverado ello, cabe plantearse el lógico interrogante: ¿a qué puede obedecer esta circunstancia? Por otro lado, dicha situación ¿revela un estado de cosas tributario de la tan meneada “actualidad”, historicista gólem imaginario a quien suele adjudicársele la comisión, en los campos más diversos, de los hechos más dispares?

Ha de resultar mucho más simple encarar la respuesta al segundo interrogante; a tal fin nos valdremos, una vez más, de la autoridad de Freud. Así, en 1932, al plantearse una revisión de la doctrina atinente al sueño, y luego de subrayar su carácter “especial” (o “peculiar”, besondere) en virtud de poseer un rango excluyente en el corpus del saber del psicoanálisis, recuerda que había sido creada una sección diferenciada y permanente en la Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse destinada a publicar todo lo referente a los sueños. Pues bien, si al comienzo ese sector de la conocida revista se encontraba pletórico de contribuciones, con el transcurrir de los años su alcance se fue reduciendo hasta desaparecer por completo como sección estable. Y concluye su reflexión de esta forma: “Los analistas se comportan como si no tuvieran nada más que decir sobre el sueño, como si la doctrina de los sueños estuviera concluida”.1 Sorprende en 2007, a nuestro juicio, la llamativa “actualidad” de esa conclusión. Entonces, si las cosas se presentan con tantas similitudes luego de 75 años, no nos cabe sino deducir que los sueños configuran uno de los reductos más reiterados y mejor abroquelados para acoger y racionalizar la resistencia de los psicoanalistas al psicoanálisis.

Tendríamos, de esa forma, sentada una primera apreciación: ésta involucra el diagnóstico de la situación, cifrado en la presencia insistente de un síntoma de la teoría, y, más aún, de la praxis poiética del psicoanálisis. Síntoma, es claro, con riesgo cierto de caracteropatizarse, de transformarse en un confortable “es así”, o “si soy así, qué voy a hacer” –para volcarlo con aires tangueros–. Circunstancia donde resaltamos el acuerdo gozoso, egosintónico, con un déficit no señalado ni reconocido por los directos implicados en el mismo. Empero, una vez ceñido y declarado el síntoma, de todos modos perdura el interrogante: ¿a qué se debe esta tan particular resistencia? Este es el punto a dilucidar de inmediato.

II. - Por supuesto, para legitimar la búsqueda de respuestas debemos partir de una base, de un acuerdo compartido: apuntamos a sustentar la validez del análisis de los sueños. Este punto puede parecer obvio o inútil en su planteo; empero, no lo es debido a diversas justificaciones rayanas con la ignorancia, las cuales sostienen la impropiedad del mencionado análisis por cuanto el mismo inflaría con sentido –o con goce-sentido– la posición subjetiva de los analizantes. Como ya fuese expuesto, esas “posturas” –reconocibles, en particular, en las actitudes del neo-lacanismo, de vergonzante corte psicodramático e inductor en la dirección de las curas–, esas posturas, decíamos, forcluyen un dato recurrente y marcante de la clínica: es el suceder de un sueño –o de una serie de ellos– cuya incidencia subvierte por completo el decurso de un análisis en virtud de haber generado un cabal efecto conmocionante.2 Estos fuertes puntos de inflexión, estas mudanzas en la implicación subjetiva y en el decurso de la tarea analizante, no pueden ni deben ser omitidos por los analistas, so pena, si no, de sostener las curas en términos centrados en un hipotético “real” diseñado contratransferencialmente de acuerdo con los resbaladizos cánones integrativos de la realidad del fantasma del analista.

Bien, como a nuestro entender el análisis de los sueños configura un vector insoslayable y no negociable de una clínica psicoanalítica lacaniana, por eso nos sigue pareciendo válido y legítimo el interrogarnos acerca de la resistencia de los analistas a dicho análisis. Para reiterarlo: mentamos la resistencia sorda, larvada, no explicitada, a diferencia de las tesituras que, en nombre del “progreso”, desechan directamente su enfoque.

Apresuremos, entonces, nuestra respuesta: los sueños conforman un ámbito del hablaje del analizante –calificado por Freud como “inofensiva psicosis”– 3, ámbito, entonces, ante el cual el analista se encuentra singularmente confrontado con la castración. Aludimos, es claro, no al fantasma sino a los principales caracteres componenciales del complejo de castración. O sea: se trata de la finitud, del límite, del corte –como cortadura, y no como emasculación–, de la insuficiencia, de la diferencia, de la incompletud, de la pérdida –por cierto, no necesariamente de lo que se ha tenido–, de la imposiblidad de recubrir lo Real por medio de lo Simbólico, en suma. Y estas notas, es claro, no “evolucionan” ni se “modernizan” ante el hipotético ascenso de las cacareadas “nuevas patologías” a ser encaradas con “otros recursos”, por cuanto conforman, según referíamos, trazos inexcusables, insoslayables, recurrentes, del hablante.

III. - Ahora bien, si leemos con un mínimo de cuidado y de discernimiento reflexivo las invalorables puntuaciones de Freud atinentes al análisis específico de los sueños, podremos verificar la pertinencia de nuestras dos tesis. Las recordamos: ese análisis constituye uno de los ámbitos privilegiados de la resistencia de los psicoanalistas, y ello se debe a las dificultades de éstos para articularse fructíferamente con la castración. Sin duda: tal articulación no convoca la resignación dolida ni la fuga hacia adelante, sino el diseño de instrumentaciones –de un saber-hacer-allí-con– para poder entonces contar-con.

Vayamos, pues, a las puntuaciones freudianas. Las mismas se encuentran diseminadas en textos diversos, mas en todos late un designio común, a cuya muy breve y parcial dilucidación nos abocaremos.
Comencemos por la puesta a punto de aquello que, a nuestro juicio, señala el proceder inequívoco del analista-sinthoma:4 se trata de su posición en orden al desatamiento, en primer lugar –pulsión de muerte–, y al atamiento o enlace diferencial –Eros–, después. Y ello toma su apoyo en la nominación misma de nuestra disciplina, por cuanto analizar es “desatar”. La indicación de Freud, congruentemente, apunta de inmediato a descomponer el sueño, sin intentar otorgarle al mismo una suerte de intelección al modo gestáltico, holístico. Primer punto, pues, de confrontación limitativa: no vale el mántico e intuititivo “su sueño quiere decir tal o cual cosa”, como respuesta automática e inmediata del analista ante el relato onírico del analizante. Pues bien ¿cómo trozar el sueño? ¿Por dónde comenzar? ¿Qué privilegiar? Además ¿cómo seguir, una vez iniciado el respectivo análisis? Allí se inscriben las certeras y sostenidas respuestas freudianas: podemos abrazar el cómodo expediente de la cronología, de la sucesividad, o recortar un “[…] elemento destacado del sueño […]”, sea por su nitidez, sea por su condición llamativa, sea por su posible conexión con los acontecimientos de la víspera, o cabe directamente prescindir del contenido manifiesto para indagar al analizante con respecto a los lazos factibles de ser precisados entre el sueño y los aconteceres de la vigilia, o, inclusive, es viable partir de un dicho inserto en el texto, o, en fin, se puede dejar librada a la contingencia del analizante su encare del sueño. Resultado por demás castrante: “No puedo aseverar que una u otra de estas técnicas sea preferible y ofrezca en todos los casos resultados (o “efectos”, Ergebnisse) mejores”5.

Otro ítem decisivo: ¿dónde se encuentra el soñante en el sueño? ¿Qué decir acerca de su lugar y de su posición en el mismo? Por supuesto, el sentido común no duda: el sujeto se encuentra representado, presente con explicitud en el decurso manifiesto. ¿A qué viene este interrogante, por ende? A lo siguiente: el sueño pone en crisis la reafirmación imaginaria de la identidad y de la mismidad, por cuanto el soñante, a partir del psicoanálisis, muestra encontrarse, desdoblado, en todos y en cada uno de los personajes del texto onírico, a más de situarse invariablemente, agrega Lacan, como mirada. Dicha poliposicionalidad6 da cuenta de cómo Freud ya había captado, en estado práctico, la diferencia vigente entre el sujeto de la enunciación y el yo del enunciado, tal como se desprende de los ejemplos donde un pensamiento del sueño, al igual que “[…] un pensamiento de vigilia […] [da cuenta de cómo] el yo se descompone en sujeto y objeto […]: ‘Cuando yo pienso en lo que yo le hice a ese hombre’ y ‘Cuando yo pienso que yo fui niño una vez’.”7

Un tercer punto decisivo alude a la completud de la interpretación –tema castrante si los hay–, lo cual ilustra un propósito en apariencia legítimo y necesario del practicante. Desde ya, ello no se inscribe tan sólo en el rango deontológico, sino en sus implicancias como soberbio antídoto contra la castración. Al respecto cabe aseverar, sin temor a equivocarse, que las continuas ejemplificaciones de Freud en esa rúbrica apuntan casi con exclusividad al intento de morigerar las expectativas “todistas” –el “todo” de la interpretación– propias tanto de analistas como de analizantes. Propuesta de fondo, abarcativa: cuando se logra renunciar a la pretensión de obtener una interpretación “completa”, de hecho “[…] no se renuncia a nada asequible (o ‘alcanzable’, Erreichbares)”.8 En otros términos: no se trata de refugiarse en la impotencia en tanto “razón del fantasma” –pues la misma sería reversible, vía el futuro, vía el análisis de control, vía el propio análisis, vía el estudio de los textos–, no se trata de la impotencia, entonces, porque estamos mentando, con Lacan, la incidencia efectiva de una imposibilidad lógica.9 Y ésta, en la estimación del inventor del psicoanálisis, no determina la contracción de ninguna “deuda”. Por cierto: la deuda abre el campo al remordimiento gozoso, al autorreproche, a las incalculables contabilidades –y a la busca de las equivalencias– libidinales de corte anal, cuando no al fantasma de retaliación y/o de abandono. Sin duda, se trata del mismo límite no deudor nominado por Freud “ombligo del sueño”, donde éste –o mejor: su interpretación– se sumerge en lo incognoscible. En lo Real, es claro, capaz de ponerle tope a lo Simbólico. Recomendación subsecuente para los analistas: “Uno se conforma cada vez con los resultados interpretativos que pueda obtener en una sesión […]”.10

Ahora, el último y cuarto ítem de esta presurosa revisión. Por cierto, las resistencias de los analistas al análisis de los sueños no alcanzarían el referido nivel si los textos respectivos ofertados por nuestros analizantes no tuviesen tal grado de absurdidad, de ridiculez, de oscuridad, de incongruencia, de falta de sentido, de violación, en fin, de todas las convenciones sígnicas por cuyo intermedio creemos comunicarnos los hablantes. Mas el sueño pone en acto, de manera privilegiada, esa referencia elíptica y –por qué no– conmovedora del Lacan cercano a la muerte, cuando afirmase en 1980: “Soy un traumatizado del malentendido”.11 Y sí: ese traumatizado es el analista prácticamente ante la escucha y la audición de cada sueño recogido en, y por, la práctica diaria. Claro: allí debe articular su respuesta. En efecto ¿qué le ofrece el sueño? Al estar de Freud: “imprecisiones”, “indeterminaciones y ambigüedades”, “multivocidades”.12 Sin embargo, esto no torna inviable la interpretación, si bien exige del interpretante el dominio de un criterio instrumental en virtud del cual podrá no declinar su responsablidad por la decisión a ser adoptada. Se trata, pues, de la máxima soledad a ser enfrentada por el analista; así, no resulta extraña en lo más mínimo su reacción respectiva en orden a sucumbir ante el paralizante horror del acto. Este horror, en la ocasión, es un horror ante quien lo convoca, como decíamos, a responder en, y desde, ese lugar. Allí se juega el riesgo de la castración, en apariencia vadeado por quienes forcluyen gravosamente, en su clínica, el análisis de los sueños. Vale aclarar, en este orden, lo siguiente: la mencionada decisión del analista no se sostiene en el mero “capricho”.13 En efecto, esta palabra constituye la opción de J. L. Etcheverry para volcar al castellano el vocablo Willkür, escogido de manera continua por Freud –en las “Conferencias de introducción al psicoanálisis”– para dar cuenta de la posición del analista ante las complicaciones lógicas generadas por el análisis de los sueños. Por consecuencia, contestando las críticas que podrían ser formuladas a la interpretación del analista, el creador de nuestra disciplina propone hacer a un lado la presunta arbitrariedad en juego para resaltar en el practicante, como desiderata, “[…]su destreza, su experiencia, su comprensión […]”.14 Ahora bien ¿ello nos aparta negativamente de otros emprendimientos encarados responsablemente por los hablantes? Nada impide, agrega, que en tantísimas actividades juegue el factor personal; por obvia consecuencia, alguien ha de manejar mejor o peor que otro cierta técnica. Por eso, lo reiteramos, no se trata del capricho, en tanto éste connota algo no fundado en una causa razonable, sino de otra locución también derivada de, y compuesta por, Wille, “voluntad”. Así, la posición del analista ante la producción onírica lo sitúa como ejecutor de su freier Wille. Vale decir: un practicante capaz de poner en acto, sin horror al mismo, su “arbitrio”, su pequeña cuota de libertad –Freiheit– lograda, conseguida. Sí, porque este vocablo transmite la circunstancia de gobernar sus propios actos y de hacerse, por ende, responsable de, y por, ellos. Y, cabe advertir, es el mismo vocablo utilizado por López-Ballesteros para traducir el mencionado término freudiano en la primera versión al castellano.15

IV - Es allí, en suma, donde encontramos al analista ante los sueños: poniendo en acto, en virtud de su asunción de la castración, el arbitrio del intérprete –arbitrio al que nominamos, a partir de Lacan, “forzaje”–16 con el goce sinthomal17 que le es propio e inherente. 


Referencias bibliográficas
1. S. Freud, “29. Vorlesung. Revision der Traumlehre”, en Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse. Neue Folge der Vorlesungen zurEinführung in die Psychoanalyse, en Studienausgabe (SA, en lo sucesivo), Fischer, Frankfurt, 1969, Band I, p. 451/452.
2. R. Harari, “Post-scriptum: Lo inconsciente forcluido: los sueños”, en El fetichismo de la torpeza y otros ensayos psicoanalíticos, Homo Sapiens, Rosario, 2003, p. 123/124.
3. S. Freud, op. cit., p. 459.
4. J. Lacan, Séminaire “Le Sinthome”, 23, clase del 13/4/1976, versión Association Freudienne Internationale, inédita.
5. S. Freud, “Bemerkungen zur Theorie und Praxis der Traumdeutung”, en SA, Ergänzungsband, p. 259.
6. R. Harari, “Evolución del concepto del ‘yo’, y sus consecuencias”, en Intensiones freudianas, Nueva Visión, Colección Freud ◊ Lacan, Buenos Aires, 1991, p. 197/227.
7. S. Freud, “Bemerkungen…” (cit.), p. 270, bastardillas del original.
8. S. Freud, “Die Handhabung der Traumdeutung in der Psychoanalyse”, en SA, Ergänzungsband, p. 153.
9. J. Lacan, “…Ou pire”, en Scilicet: 5, Seuil, Collection Champ freudien, Paris, 1975, p. 9.
10. S. Freud, “Die Handhabung…” (cit.), p. 152.
11. J. Lacan, “Le malentendu”, en Séminaire “Dissolution”, clase del 10/6/1980, en Petits écrits et conférences, s/r.
12. S. Freud, “15. Vorlesung. Unsicherheiten und Kritiken”, en SA, Band I, p. 231/234.
13. S. Freud, “15° conferencia. Incertezas y críticas”, en Conferencias de introducción al psicoanálisis, en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, t. XV, p. 209.
14. S. Freud, “15. Vorlesung…” (cit.), p. 232.
15. S. Freud, “XV. Incertidumbres y críticas”, en Introducción a la psicoanálisis, en Obras Completas, Santiago Rueda, Buenos Aires, 1952, p. 235/236.
16. R. Harari, La pulsión es turbulenta como el lenguaje. Ensayos de psicoanálisis caótico, Del Serbal, Colección Antígona, Barcelona, 2001, p. 30.
17. R. Harari, ¿Cómo se llama James Joyce? A partir de “El Sinthoma”, de Lacan, Amorrortu, Biblioteca de psicología y psicoanálisis, Buenos Aires, 1996, p. 208 y ss.
 
 
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