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Los “nuevos síntomas”, de los analistas
  Por Sergio Zabalza
   
 
Al abordar el controvertido tema de los probables efectos subjetivos por los cambios que la ciencia introduce en lo real de los cuerpos y en el campo de las nuevas prácticas vinculares, se suele decir que habrá que esperar los “nuevos síntomas”, para arribar a alguna conclusión más o menos fundamentada. Suena razonable, pero nada más.
Es que tal expectativa resulta poco conducente en virtud de que a las mencionadas prácticas se le están suponiendo una causalidad sintomática; cuando, en realidad, desde el punto de vista psicoanalítico, la singularidad del síntoma jamás participa de la dimensión de lo supuesto: el síntoma es certeza, de allí esa incómoda sensación de “cuerpo extraño” –tal como Freud lo calificó– que comporta el malestar sintomático.
Nadie duda al experimentar la imposición de lavarse las manos treinta veces cada mañana, ni tampoco cuando está constipado, sufre un desmayo o experimenta un episodio de impotencia: “Eso” está allí, habla en tercera persona, tal como observa Lacan1 para referirse al costado más pulsional de la formación sintomática.

Otra cosa es la “novela” que el sujeto despliega para explicar la ajenidad de ese malestar cuya causa está perdida y que, por lo tanto, abre el terreno a las suposiciones, las dudas y las conjeturas con que el paciente deja entrever su singular posición respecto al “cuerpo extraño”. De allí que poco favor nos hacemos los analistas si, a la hora de escuchar a un paciente, invadimos el campo del sujeto con nuestras propias ocurrencias y prejuicios: (“ah, no tiene compañeros, es que es el hijo de una pareja de trans, claro…”)
Entre otras cosas, porque acotar o reducir las consecuencias de la intrusión de la ciencia en lo real de los cuerpos a las personas directamente involucradas en tales prácticas, es desconocer que el ser hablante posee un cuerpo social atravesado por los discursos que, para bien o para mal, sostienen a una comunidad. Las operaciones quirúrgicas, el cambio de sexo, las nuevas modalidades de concepción y crianza de seres humanos y las prácticas vinculares derivadas del horizonte que el siglo abre con sus aún inexploradas derivaciones, nos afectan a todos.

Porque, hagamos o no uso de ellas, siempre estaremos interpelados por su cercana actualidad. La mujer de edad posmenopáusica que alquila un vientre para acceder a la maternidad, valga el ejemplo, constituye una inquietante interrogación para el resto de sus pares en similares condiciones. Reducir, entonces, los “nuevos síntomas” a quienes eligen concretar tales posibilidades, y dejar por fuera a los que –de una u otra manera–, optan por desecharlas, soslaya la riqueza que las distintas respuestas singulares brindan ante un dato de la época. ¿Es que el uso del Viagra o las cirugías estéticas, para citar otros dos casos, inciden sólo en aquellos que acceden a su empleo?

Considerar, entonces, que el crecimiento de un niño –advenido en un matrimonio gay o como resultado del alquiler de vientre que una mujer concretó para conformar una familia monoparental, por ejemplo–, porta una verdad similar al de un descubrimiento arqueológico, supone desconocer que una comunidad hablante conforma un corpus social en constante movimiento, donde la supuesta neutralidad del observador imparcial ya está afectada por el objeto de estudio. Las personas sólo somos siendo y nos hacemos haciendo. No se trata de ningún relativismo ético, sino de evitar el efecto de segregación precipitado por una expectativa mal orientada. Si de lo que se trata es que cada uno se haga cargo de su goce de forma tal de incluirse en el lazo social, mejor empezar por asumir que los únicos síntomas a los que un analista debe mostrarse expectante son los propios.

1 - Jacques Lacan, El Seminario: Libro18, “De un discurso que no fuera del semblante”, Buenos Aires, Paidós, 2006, página 24.




 
 
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