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   Desencadenamientos

Margarita llamaba a mi consultorio cada primavera
  Por Élida E Fernández
   
 
Luego de varios años de tratamiento nos habíamos despedido de común acuerdo, pero… “¿Puedo llamarla cuando me está por venir la crisis?”, había preguntado. Se mostró aliviada cuando le contesté que en lo que de mí dependía me podía llamar cuando tuviera ganas.
Ella tenía el “aura” de sus desencadenamientos posibles. Primero eran ruidos, luego voces de mujeres que no lograba entender, hasta que empezaban los insultos.
Ocurría siempre para la misma época. ¿Coincidiría con el aniversario de la muerte de su madre? ¿Con la desa-parición de su padre? ¿Con el abuso sufrido por parte del marido de su abuela?
Ella era entonces muy pequeña. No puede historizar, tampoco quiere. A duras penas fuimos armando un cañamazo con hilachas de frases, partes del delirio, trocitos de fotos viejas: un collage.

Algo había ocurrido a lo largo del tratamiento con la tortura de las voces, en el medio de los insultos había aparecido la voz de Dios que le decía que podía confiar en mí. ¿Confiar? Para Margarita era imposible, sí obedecer la orden divina.
Venía puntualmente aunque no siempre podía tocar el timbre, a veces se quedaba paralizada frente a la puerta de mi consultorio y se iba cuando veía llegar al paciente siguiente. Me llamaba por teléfono a la noche y dejaba en el contestador su relato deshilachado.

Fui sabiendo que había presenciado el asesinato de su madre, la habían encontrado paralizada frente al cadáver, estuvo mucho tiempo sin hablar. Luego el juez la envió a la casa de la abuela paterna a quien apenas conocía. Se cree que la madre fue asesinada por un amante. Tiene borrosas visiones de hombres entrando y saliendo de su casa. Su papá ya no estaba.
Guarda recortes de diarios con la noticia del asesinato. Luego todo se diluye, no hay más noticias. Recorta entonces otros artículos de otros asesinatos. Después se pierde en las hojas del diario. Recorta frases que le gustan y las pega en un cuaderno. Es su “diario íntimo”.

En el momento de la consulta trabaja de vendedora en un local que “vende objetos que solo compran las mujeres”, dice. Cuando entra un hombre, (muy raramente), ella se va. Sus jefas la ven “rara”, pero su eficiencia, su puntualidad, su estilo callado hacen que permanezca en su puesto. El negocio queda a pocas cuadras de la pensión en la que vive, no podría ser de otra manera: ella que no puede compartir ningún espacio con un hombre, no viaja en colectivo.
En los primeros encuentros Margarita observaba todo el consultorio, rastreaba con la mirada. Luego me escrutaba a mí, siempre en silencio. Cuando le pregunto por qué viene dice: “Usted ya sabe”, y se levanta el flequillo que le cubre la frente. Me quedo perpleja tratando de ver “eso” que me muestra y no logro ver.

Recuerdo ahora el relato de Marguerite Duras1 cuando le “muestra” a su amiga en el hospital donde estaba internada, los perritos que –según ella– le habían puesto los enemigos en su bolsillo, y la amiga le responde “Por más esfuerzos que hago no logro verlos” y la escritora testimonia con alivio: “Algo ahí se dobló en mi razón”. En aquel momento aún no lo había leído pero atino a decirle “no sé qué me muestra”.
Sigue un largo silencio hasta que dice “vengo por las voces, están ahí, me golpean ahí”, y vuelve a subirse el flequillo. Así empezamos el tratamiento posible: Margarita, sus voces que tenían una presencia corpórea, material que se metían con ella, conmigo, con su venir a verme, y yo, a veces, estando analista.

Algo tenía claro: no quería que la volvieran a internar, eso la horrorizaba. Había estado varias veces internada, no recuerda cuándo. Mayormente en un hospital psiquiátrico del pueblo donde vivió. Las otras ocasiones… no sabe, no contesta. Estaba dispuesta a utilizar sus ahorros para pagarse el tratamiento si yo le aseguraba que no la iban a tener que internar nuevamente. Pastillas no estaba dispuesta a tomar tampoco: eran “veneno legalizado”, decía. Parientes no tenía. Sólo una amiga de la pensión que la había convencido de hacer una consulta.

Fue imposible dar con la historia clínica de Margarita: “estaba traspapelada”. Luego de demasiadas llamadas sin resultado dejé de pedirla. No había registro, nadie podía decir de ella, ni siquiera las autoridades que tienen la responsabilidad de hacerlo. Todo esto generaba que Margarita fuera una hoja apenas garabateada que había que descifrar tan sólo con su enigmática participación.
Por momentos se le hacía insoportable vivir. Las miradas masculinas se le volvían enemigas y persecutorias. Pero las voces eran femeninas. Los insultos provenían de una mujer o de varias.
Una de las veces que concurre en primavera, previa a su posible desencadenamiento, asegurada ya su transferencia conmigo (me agradecía, me traía algún regalo pensado “para mí”) le hago una nueva construcción: “los insultos no se refieren a ella, son el recuerdo de lo que debe haber escuchado proferir a su madre frente al atacante. Ella era muy pequeña y es probable que ante una situación tan límite ella pensara que se referían a ella”.
No importa –como nos enseña Freud– la verdad material, importa la histórica. Me parecía verosímil. Me escucha atentamente y dice “Tendría que haber hecho algo, me quedé muda y paralizada”.

—¿Tendrías que haber hecho algo? Era imposible.
—¿Imposible?
—Sí.
—¿Usted me lo asegura?
—¡Mirá vos, encontramos algo que te puedo asegurar!: para una nenita de la edad que tenías en ese momento era imposible hacer algo en esa escena, más que ser una testigo muda y paralizada, o cualquier manera parecida de no estar.
Esa fue la última vez que concurrió en primavera. Me quedaba preguntándome ¿por qué en primavera? ¿No era pensarlas desde la neurosis suponerle un efecto “aniversario”?
Volvió un invierno. Esta vez no venía con el aura. Por primera vez habló de su prima Vera. Que era linda, se había casado, tenía hijos, todo lo que ella no podía ni pensar, pero no era eso lo que le envidiaba según su relato, era que ella había tenido padres. A su prima, el padre, que ya había muerto, no la había abandonado. Margarita había ocultado algo cuando dijo que no tenía familiares, estaba esta prima, pero no soportaba verla, nunca había contestado sus llamadas. Prefería que la dieran por muerta. No pregunté ¿a quién?
Recibí muchos años postales para Navidad con palabras cariñosas.

La última decía “no me levanto más el flequillo, Usted ya sabe ¿no? Ella no esperaba respuesta.
Este apretado boceto clínico me sirvió para pensar, junto con otros casos y con muchos casos de colegas, que uno de los propósitos del tratamiento posible es tratar de impedir las constantes internaciones que se producen por cada desencadenamiento.

En nuestro país donde la Salud Mental está tan dejada de la mano de las autoridades de turno, las historias clínicas no están computarizadas, están arrumbadas, vaya uno a saber dónde, según cada institución y generalmente se pierden. Cada paciente que se recibe en internación en un hospital psiquiátrico, viene sin su capacidad de historizar o con imposibilidad de hacerlo en ese momento. La suplencia que deberían aportar los representantes de las instituciones que reciben a cada sujeto, traído generalmente por otros, de escribir y guardar los datos de cuándo, cómo y por qué fueron hechas las internaciones anteriores, si las hubo, generalmente no se hace. O se hace y se pierde.
No es lo mismo un primer desencadenamiento que un tercero o un cuarto.

¿Cómo fue pensado ese paciente por cada equipo tratante? La medicación que recibe, el alojamiento en la institución y el interés que despierta o no en los que lo atienden, depende de cómo es pensado, cómo es nombrado.
¿Cómo fue mirado por ellos? ¿Cuánto duró su internación? ¿Qué decía el sujeto en cada momento? ¿Se repite el factor que lo desencadena? ¿Cambia el delirio? ¿Hay signos de deterioro? Todos estos datos deberían estar consignados en la historia y pasados a computadora y por supuesto, leídos por el equipo tratante. Se ahorrarían muchísimos errores, angustias inútiles, tiempos muertos.

Los residentes, concurrentes y aún los psicólogos de planta se “acostumbran” a trabajar sin la historia clínica, creyendo algunos, que esto los hace más psicoanalistas o los aleja de la supuesta sordera de los psiquiatras: ¡error!
La historia clínica escrita por otros suple el agujero en la historización de cada vida, de cada sujeto que va a parar a un servicio psiquiátrico. Nos puede aportar muchos elementos que permiten darle una dirección al tratamiento posible. Dirección sin la cual los jóvenes profesionales dejan pasar tiempo de internación, se angustian, reciben la exigencia de los jefes de dar altas lo más pronto posible, se desesperan, sin que el paciente encuentre carril alguno a su padecimiento.
Si estamos de acuerdo con la ley 448 de Salud Mental, si queremos acortar las internaciones, los profesionales deben estar mejor preparados para atender estos casos, los pacientes necesitan tener un registro de la evolución de su paso por las instituciones. Las autoridades deberían proteger tanto a los profesionales, asegurándoles una formación más pertinente o impertinente, pero que tenga relación con la clínica con la que se enfrentan; como a los pacientes no dejándolos a merced de su propia intemperie.

En mi consultorio escribo sobre cada paciente, cuando se va de la sesión, cuando relata un sueño, cuando algo acontece que merece a mi criterio quedar escrito.
El goce se fija al escribirse. De la escucha al escrito y de lo escrito a lo real, a lo imposible de escribir. La escritura es una utopía que nos enfrenta con la castración y el límite. Siempre se hace presente lo imposible de cernir por la palabra y la sorpresa de lo que queda escrito (un autor).

Margarita me había pedido que le leyera qué decía ella cuando empezó. Busqué en su historia, encontré un resumen de su primera entrevista y se lo leí. Escuchaba atenta aplastándose el flequillo contra la frente como si quisiera pegárselo a la piel. Cuando terminé la lectura exclamó: “¡Qué bueno que Usted escribe y guarda porque mi cabeza no puede!”.
Quizá no puede porque Margarita fue mal dicha, mal escrita, mal hablada.

Esto me pasó con varios pacientes graves. Me pedían que les leyera lo que había anotado de lo que me habían contado. Generalmente no se reconocen o tardan en hacerlo. No se acuerdan.
Jamás pusieron en duda que ellos habían dicho eso. A veces reiteraban el pedido, vez tras vez. Como si escucharse en mi lectura, en mi registro escrito, configurara algo parecido a la construcción de una “intimidad” que su inconsciente a la intemperie no les había permitido. Leerles era al mismo tiempo escribirlos y otorgarles una inscripción transferencial.
Esto me llevó a pensar en la importancia del registro escrito del analista sobre los avatares del tratamiento.
Recuerdo en mis años de estudiante en la UBA leer la propuesta de Liberman2, que nunca olvidé: para evaluar un tratamiento se podría registrar la primera entrevista y la sesión actual o la que cada analista propusiera como corte. Pensar desde el discurso del paciente qué había cambiado y cómo.

Liberman fue un prelacaniano. Consideraba que había dos tipos de investigación clínica: la que el psicoanalista desarrolla en la consulta y la que desarrolla después de la misma tomando en cuenta los cambios estilísticos producidos, de donde deduce los nexos entre las hipótesis metapsicológicas y los hechos clínicos. La composición de frases y relatos, el análisis del discurso, sus palabras, sus nexos de unión son los que van determinado las patologías que pueden estar presentes. Utiliza instrumentos semióticos y lingüísticos. Todo esto implicaba, daba por hecho, que el analista llevaba registro escrito de los encuentros con cada analizante.
Dice Marguerite Duras en Escribir3:

[…] “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho… Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro, como el último hijo, siempre al más amado. Un libro abierto también es la noche.”
Escribir de, acerca y desde la propia clínica es otra versión del deseo del analista.
____________________
1. Duras, Marguerite: La vida material. Plaza Janés Editores, 1988.
2. Liberman, David: La Comunicación en Terapéutica Psicoanalítica. Eudeba , Buenos Aires , 1971.
3. Duras, M.: Escribir. Editorial Créditos. 1993.
 
 
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