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   Desencadenamientos

Lapsus de nudo sin desencadenamiento. ¿De qué estructura se trata?
  Por Silvia Amigo
   
 
Se considera, con razón, uno de los méritos más importantes de Lacan el haber sentado claramente una diferencia tajante entre la psicosis y otras estructuras clínicas. Postula para constituir una psicosis la forclusión del Nombre del Padre. En su célebre escrito “De una cuestión preliminar…” añadía, sin embargo, para autorizar al clínico a diagnosticar psicosis, una eventualidad que haría patente a dicha forclusión, añadido habitualmente descuidado. Para el maestro francés se trata de que, a la mentada forclusión se le añada la aparición de Un-padre en lo real, en oposición simbólica al sujeto. Imposibilitado de hacer frente a esta aparición, el sujeto psicótico desencadena. Esto es, el significante aparecerá fuera de la cadena, en lo real, como fenómeno elemental, alucinatorio. Y el cuerpo se ha de perder, estallando. Sólo après-coup del des-encadenamiento podrá afirmarse que el sujeto habrá sido psicótico. Este Nombre del Padre aparece en la fórmula de la metáfora paterna como el significante que, poniendo bajo la barra al Deseo de la Madre, permitirá deducir la x de su deseo como fálico. Es el Nombre del Padre quien asegura, pues, la significación fálica. A esta metáfora la hemos de llamar el primer hito del filum del padre. Más tarde Lacan elaborará diversas escrituras del padre, lo que no implica que cada una opere aboliendo las anteriores. Nada de eso. Los bordes de esas escrituras intentan cernir por diferentes sesgos lo real del “operador estructural” (así llama Lacan a la función del padre) que hace de puerta de entrada a la cultura, único territorio que cuenta con esa filiación. Enumeraremos rápidamente los otros hitos de este filum. El segundo: el par ordenado S1-S2, donde el unario “traduce” al falo significante asegurando que vire de su función de goce a la de castración y devenga paradojal por excelencia, significante maestro. El tercero: sus fórmulas de la sexuación donde la existencia que dice “no” al goce fálico es el Uno único, otra cara del padre, fantasma de padre del goce que basamenta la posibilidad del “paratodeo” en la función fálica. Aún debiendo ser atravesado hacia el fin del análisis, el fantasma, lugar nuclear donde el Padre existe, asegura la entrada en la neurosis. Cuarto hito: la escritura borromea. En la vasta obra el Nombre del Padre, además, se pluraliza en los nombres del padre, sin que por ello quede abolida la utilización, en singular, del sintagma Nombre-del-Padre. Explícitamente afirma Lacan que “el” Nombre del Padre equivale al modo borromeo de anudamiento1. Sólo a ese modo de nudo. Haciendo esa salvedad, no siempre tenida en cuenta, acto seguido introduce la noción de mentalidad, clínicamente inmensa de consecuencias. Esto es: la capacidad de mantener las cuerdas juntas, o, dicho de otra manera, de no desencadenar (que salga de la cadena un significante, que llegue como alucinación desde lo real, que se pierda el anillo imaginario). Henos aquí frente a un hallazgo de formalización: puede haber mentalidad conservada, lo que excluye el desencadenamiento, y al mismo tiempo lapsus forclusivo de nudo. Esto es, forclusión del Nombre del Padre. Pero entonces, en ese caso… ¿frente a qué estructura clínica nos hallamos? Lacan se vio compelido por su quehacer clínico con este tipo de situaciones al dictar su seminario “Joyce le sinthome”2. Despliega allí sus hipótesis sobre la pertinencia o no de llamar “loco”3 (sic) al literato irlandés. Lo hace basado en la lectura del conjunto de su obra, y sobre lo consignado en la detallada biografía de Richard Ellmann4, sin cuya ayuda muchas de sus afirmaciones podrían parecer peregrinas. Insistiendo en su concepto de mentalidad allí se afirma que Joyce la conservó durante toda su vida, a pesar de (siempre según las hipótesis, muy bien fundadas del analista francés) padecer de una interpenetración donde simbólico y real anulan, el uno respecto del otro, los respectivos agujeros reales. He aquí cómo fracasa el Nombre del Padre. De estar en funciones, en cambio, esta interpenetración estaría interdicta, y los agujeros reales de cada registro conservados. Y… ¿cómo es que no desencadena el irlandés, cómo es que no pierde al anillo de lo imaginario, cómo no le vuelve desde lo real ese significante forcluído? Responde Lacan que ha logrado construir una suerte de gancho, un anillo, un ego5 (a falta de un imaginario) que mantiene juntas las cuerdas, otorgándole una mentalidad que no ha de perder. A ese anillo, anudado de manera no borromea en el caso del literato, lo ha de llamar sinthome Y… ¿por qué medios lo habría logrado? Lacan se inclina por la escritura: hecha con y contra el inglés, lengua del conquistador, a la que inmortaliza aniquilándola. Venganza sutil de su gaélico perdido. Literatura donde se basa en los ideales estéticos de su amado Santo Tomás de Aquino (de allí el sinthome madaquin6), católico, para, abominando de esa iglesia, sus rigideces y su Papa, arremeter contra el protestantismo del opresor. Una Irlanda sobre la que se la pasa escribiendo… para denunciar como traidores y acomodaticios a sus líderes y sobre la que escribe… en otras latitudes, como eterno exiliado. Sobre esa escritura Joyce se yergue, como sobre su escabeau7 (su tarima, su belleza). Nos permitimos añadir, a nuestra cuenta y riesgo otras hebras que tejen, junto con la escritura, su sinthome. De su trama es también hilandera Nora, su mujer, esa que “no sirve para nada”, cuasi analfabeta, dispuesta a seguirlo sin chistar en su errancia, la que soporta su alcoholismo y su falta continua de dinero, su precariedad esencial. Ella le hace de “guante dado vuelta”8. Lo envuelve y lo contiene para que no se le escabulla el cuerpo. Cada vez que se embaraza, el “botón” del guante (esto es: cualquier distracción de su función de sostener a su hombre, cualquier falicismo propio) hace notar la molestia, la falta de encaje perfecto como vaina englobante. Joyce manifestará un disgusto ante esos niños9 de los que poco se ocupa y que distraen a Nora de su función de sostén. Llega a manifestar, en sus cartas a Stannislaus, su hermano y proveedor, que quizá debiera abandonar a su mujer junto con esa carga, ese fardo. Para hacerse de un cuerpo requerirá a Nora y al alcohol, sin cuyo flujo de farmakon (veneno, remedio) no puede encarar un día de su vida. Diríamos así: su escritura, su mujer, el alcohol, le permiten tener un cuerpo, un ego, hacerse un nombre, mantenerse “mentalizado”. Todo esto sin que hubiera acudido en su socorro analista alguno. Este sinthome no borromeo, con su mentalidad conservada no borromea, no neurótica, es espontáneo. Su misma espontaneidad le da ese carácter sólido, que no necesita “retoques”. Percibiendo la novedad de estas formalizaciones, los analistas lacanianos no tardaron en desatar una polémica. Basándose en estas formidables tesis se lanzaron a afirmar que daría lo mismo que el nudo que sostiene al sujeto sea borromeo o no lo sea. Bastaría que la mentalidad se mantenga. Si se mantiene sin necesidad de la cualidad borromea… ¡nos habríamos librado del Nombre del Padre! ¡Sin siquiera habernos servido de él! Estaríamos en los umbrales de un pase generalizado y una superada prescindencia de ese vejestorio: el Nombre del Padre. Creemos que no es así, no es eso lo que la clínica nos deja colegir. En principio detengámonos en Joyce: si aceptamos que, de padre a hijo, lo que se transmite es el falo10; esta transmisión ha de fallar si el Nombre del Padre, que asegura la emergencia de la función fálica, padece una “verwerfung de hecho”. Sin que podamos sacar conclusiones indiscutibles (lejos de ello) de datos dispersos de la vida del escritor, nos permitiremos subrayar que Giorgio, su hijo, fue un alcohólico sin remedio y sin hallar un qué hacer en su existencia. Lucía, su hija, padeció una esquizofrenia desencadenada. A ambos hijos su padre, a falta de poder brindarle verdaderos “cuidados parentales” en el justo “medios”11, los creyó genios. Al hijo alcohólico, un tenor de dotes extraordinarias e incomprendido. Lo imbuía la certeza de que su hija Lucía tenía dones telepáticos que, por supuesto, nadie aquilataba. Digamos que con esa mentalidad algo “no pasa”.

Volvamos ahora a nuestra clínica cotidiana. ¿Se sostiene en ese ámbito que cualquier mentalidad es equivalente? Sin dudas contar con un sinthome no borromeo resulta facilitador de la vida de quien padece de un lapsus forclusivo de nudo. No siempre vale esto para su entorno más cercano. ¿Cuántas veces nos hallamos ante una “paranoia” (si vale el término cuando no desencadena) que se mantiene anudada gracias a un sinthome criminal o perverso? ¿Cuántas nos enfrentamos a una melancolía forclusiva12 que evita el pasaje al acto suicida por medio de un partenaire caótico cuando no estragante al que nos cuidamos de no cuestionar demasiado? Cuando Lacan formalizó su sinthome diferenció dos eventualidades: que éste fuera borromeo o que no lo fuera. Las mentalidades serán en un caso la mentalidad neurótica (cuando el nudo es borromeo, claro). ¿Y en el otro? A pesar de no ser lícito hablar de psicosis de no haber desencadenamiento, no creemos que frívolamente podamos dar un paso (hacia el abismo) y afirmar que entonces estamos en una situación clínica de igual valencia que la neurótica, en una suerte de todo vale. Es cierto que Lacan preconizó, pero para el final del análisis, su tesis mayor sobre el abandono de la religión del padre. Religio, del verbo latino religare (ligar, unir) nos devuelve a la atmósfera del nudo donde las cuerdas no se sueltan. Con esa ligadura al padre el neurótico mantiene su lazo. Para quien transita el final del análisis Lacan exige que halle un modo de ligar las cuerdas entre sí, y también de ligarse a los otros, que ya no se apoye en la “roca viva” del temor del Padre. Sin dudas, es así. Por ello al atravesamiento del fantasma (ese que mantiene vivo al Padre excepcional, quien nos castiga, el Uno único) que preconizara en su célebre proposición del 9 de octubre, ha de añadir (sin abolir esta premisa, claro) el recambio de inhibición, síntoma o angustia como retenes del Nombre del Padre que desfallece, el alcance de la construcción de un sinthome borromeo. Ha de lograrse así una mentalidad borromea de fin de análisis. Que prescinda del padre… sirviéndose de él. ¿Acaso las formidables formalizaciones de este período final de su obra implican el barrido del hito fundante que mencionáramos al inicio? ¿Podemos frívolamente decretar una suerte de exit de la función del “operador estructural” paterno, equivalente al modo borromeo de anudamiento, como si se tratara de una antigualla? Leemos por el contrario en el ya anciano maestro, un sí rotundo a la posibilidad de resguardar un lugar aún vivible en la cultura, buscando, con el padre, la forma de mantenerse ligado, mentalizado, sin sostener con él una religio infantil.
___________________
1. Así lo hace, explícitamente, en la clase del 11/2/ 75 de su seminario inédito “R. S. I.”.
2. Lacan, Jacques. “Joyce le sinthome”. Seuil, Paris, 2005.
3. Ibid nota 2, Clase del 10/2/76.
4. Ellmann, Richard. James Joyce; Anagrama, Barcelona, 2002.
5. Ibid nota 2 Clase del 11/5/76.
6. Ibid nota 2 Clase del 18/11/75.
7. Lacan, Jacques Autres écrits, Seuil,Paris 2002.En francés escabeau nombra a la pequeña tarima o escalerilla. Dentro de su grafía está contenida la palabra beau, bello. Lacan subraya el valor de la escritura para hacerse de un ego, para respaldarse narcisísticamente.
8. Ibid nota 2. Clase del 10/2/76. La noción del guante dado vuelta es tomada por Lacan de Kant, pero también evoca la correspondencia con Nora. Véanse Cartas de amor a Nora Barnacle (sobre todo la de las fechas 12 y 21/7/1904) Leviatán, Buenos Aires, 1992). La falta de significación fálica, ausente en Joyce, hace escatológicas, obscenas, a falta del velo del pudor, a sus misivas.
9. Ibid Nota 2 Clase del 10/2/76.
10. Véase de Héctor Yankelevich “De padre a hijo” en Du père à la lettre, Erés, Toulouse, 2003. Ha sido traducido en Argentina por la revista Conjetural.
11. Tal es la tarea que Lacan describe para el padre real, agente de la castración. R.S.I. Clase del 21/1/75.
12. Diferenciamos melancolizaciones neuróticas y psicóticas en Clínicas del cuerpo, Silvia Amigo. Homo Sapiens, Rosario, 2007. Capítulo tercero.
 
 
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