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Los visitantes nocturos en la pesadilla
  Por Raúl Yafar
   
 
Nuestra referencia será el magnífico (y erudito) libro de E. Jones sobre la pesadilla. Nuestro intento será diferenciar nítidamente el escenario que la caracteriza de otros sueños de angustia. Es decir, trataremos de especificar aquello de lo que se trata. También debemos aclarar que se tratará de las pesadillas configuradas según la descripción clásica –no tomaremos el tema de las pesadillas “panicosas”, de corte más posmoderno–, es decir, que estaremos siempre muy cerca de la práctica freudiana.

El libro de Jones es de 1910. Está encabezado en la célebre lámina de J. H. Fuseli de 1782, donde vemos una doncella dormida, recostada en posición de abandono y sumisión ante la presencia de un demonio. Se ve nítidamente como ella soporta durante su pesadilla la agobiante presión sobre el seno de un picaresco visitante de muy puntiagudas orejas. Las formas del ente, vagamente masculinas, no son demasiado definidas, pues asemeja un bulto casi esferoidal –como una pelota peluda– en la que se destacan dos ojos tensamente inquisidores. Según Borges –ver infra–, a la muchacha le aterra ver sobre su vientre, recostado, un monstruo “pequeño, negro y maligno”. Ese monstruo es la pesadilla misma. La connotación fálico-sexual de la descripción del monstruo por parte de Borges es apreciable.

Según los que la padecen, la pesadilla se presenta en personas que duermen de espaldas, comienza con terribles sueños, aparejados de respiración difícil, violenta opresión en el pecho, palpitaciones, sudor frío, y absoluta privación de todo movimiento voluntario. Estado de aplastante agonía, paroxismo de desesperación, es un terror que deja, para colmo de males, un resqui­cio de conciencia sufriente de la situación. Usualmente existe una encarnación del espíritu del mal, cuyo peso corta el aliento y cuya mirada, fija, mortal e incesante, petrifica y horroriza. Esa sensación de sofocación e impotencia deja al sujeto al capricho, al arbitrio de semejante maldad: no puede respirar, caminar o correr, y traba­do al luchar, jadea o se esfuerza en vano. La percepción es de un intenso realismo: impo­sible escapar de tremenda escena de terror.

Basándose en esta detallada descripción Jones establece tres características principales de la pesa­di­lla:
1) “Un miedo mortal”, agónico, que es nombrado muy específica y exactamente por un vo­ca­blo alemán: angst –traducido siempre en la obra de Freud por “angustia” –. Lo elige pues­to que denota la precisa combinación –intraducible en otros idiomas– de “apren­sión temerosa, terror pánico y angustia tremenda”. Se trata de una combinación de te­rror y de angustia. Su rasgo dominante es la fuerte intensidad.
2) “La opresión que dificulta en forma alarmante la respiración”, de corte asfixiante, sentida en el pecho, como si se tratara de un peso agobiante que impidiera respirar, llegando hasta el límite de lo insoportable. Inhibición respiratoria profunda (ahogo), unida a una sensación de opresión física a la altura del plexo solar, típica sede de las manifestaciones físicas de la angustia.

3) “una convicción de completa parálisis”, con un extremo sentimiento de impotencia motriz, única respuesta, más bien no-respuesta, del organismo al desesperado esfuerzo que realiza por librarse de esa opresión asfixiante. El sujeto ha perdido motilidad pero no sensibilidad, y tomado por esa des-posesión de su cuerpo, el horror y la angustia son crecientemente proporcionales.
El aspecto más característico de esa parálisis se refleja especialmente en lo que se refiere a la voz. La persona tiene conciencia de una absoluta incapacidad de expresar su horror median­te el grito. Su voz está sofocada por una inminente asfixia y su uso se reduce a un profundo suspiro o a una queja. A veces se siente que se está gritando con prodigiosa energía, pero se observa que los demás no se sienten alarmados por los ruidos que produce: es que esos gritos no son más que gemidos, emitidos con dificultad en medio de esa opresión que atenaza el pecho.

Toda la vivencia se ve acompañada de desordenadas manifestaciones corporales. Estos parecen sugerir una “especie de coito”, involucrado en su interior. A medio camino entre el “ataque” de angustia y el gran “ataque” de histeria, parece vislumbrarse una extraña y terrorífica fractura corporal, tan próxima a la necesidad del despertar, que vale preguntarse si el fenómeno no se halla más en relación al orgasmo que a ese supuesto coito.
El componente escópico de la pesadilla no es el más importante ni el que nos ha de interesar. En cambio, el tema de los gritos ahogados, silenciados, es un punto sumamente interesante. Se trata, por un lado, de poner en juego el tema de la respiración, que Lacan llega a considerar como una posible variante de actividad pulsional; por el otro, una magnífica descripción del afecto de la angustia invocante, es decir, aquella ligada al objeto a VOZ. Esto nos reconecta con el Seminario de la Angustia y con el “¿Che vuoi?” “... superyoico y cuestionador, manifestación típica del Goce del Otro. Señalemos dos cosas: la dimensión femenizante de ese goce-Otro y la imposibilidad o la abolición, en la pesadilla, de la articulación eficaz de la demanda: aquí no resta siquiera la dimensión del llamado, o aún, la del grito.

Aquí Jones apela a la primera teoría de la angustia de Freud, fundamentalmente económica, y relaciona la pesadilla con una anormalidad en la actividad sexual según el conocido esquema: deseo-represión-angustia. El angst es una libido “avinagrada”, pues se relaciona íntimamente con la “emoción sexual” y particularmente con la “represión patológica” de ésta. El sueño del sujeto, trabajado por desfiguración, sería, siempre para Jones, la realización imaginaria de un deseo sexual que, por incestuoso, crearía un conflicto y motivaría su represión. Pero solamente cuando este deseo reprimido se presenta en forma irreconocible puede acceder a esa gratificación imaginaria, pues cuando la desfiguración de esa realización imaginaria es insuficiente para mantener alejada de la conciencia la naturaleza del deseo reprimido, cuando el conflicto es de tal magnitud que impide cualquier transacción, el dormir se interrumpe: estamos ante el fenómeno del despertar.

Pero previo a ello, ante el sentimiento de la más vaga posibilidad de ver dominada la voluntad por una índole de deseos que el resto del psiquismo no acepta, se desencadena el más vivo terror. La pesadilla sería una forma de figurar esos deseos reprimidos que comienzan a triunfar sobre el psiquismo. Intensísimo conflicto: máximo intento de reprimir + pujante deseo incestuoso = figuración pesadillesca. Esta es la fórmula final de Jones.
Este toma nota de que aún en las pesadillas más terroríficas siempre hay en la angustia “vestigios de un carácter voluptuoso”. A veces, inclusive, no sólo vestigios. Si bien una angustia inmensa oprime al sujeto, al producirse un comienzo de asfixia, “las mucosas son acariciadas por un temblor de voluptuosidad” (Delassus), y se presiente el acercamiento de un amante extraordinaria­mente experto, que envuelve al sujeto, lo penetra, y lo refunde con él. El “goce” es, en ese momento, “alocado”. El carácter erótico se aprecia también en el hecho de que hay conversión bi-direccional entre la figura horripilante y los bellos y suge­rentes objetos de deseo sexual.

También sugiere que el predominio de la posición supina debe atribuirse “al papel pasivo desempeñado por el durmiente”, el cual se somete –a menudo en contra de su voluntad– a un deseo que siente como de origen externo, como algo a lo que se ve obligado: esta actitud es estrechamente afín a los componentes femeninos y masoquísticos de la pulsión sexual. Según él, sólo la represión del componente femenino de la sexualidad, y no el masculino, engendra las auténticas pesadillas. Por ello es más grave en el hombre y hasta quizás más frecuente en él, dada la obvia represión de ese componente por razones de neto corte edípico. Tenemos entonces que, en esta pasivización fascinada, el sujeto que sueña atraviesa por un estado de placer horroroso del que desearía salir imperativamente.

Con respecto a los amantes terrorífico-atractivos, podemos resaltar entonces que, en primer término, el amante es completamente dominante, “envuelve” y “penetra” al sujeto, llegando hasta fundirse con él. Es decir, lo que denota la posición femenina ante el goce que éste le provoca. En segundo término, el goce en cuestión recuerda un “alocado” Goce-Otro sin límites, pues carece de la medida fálica. Aquí vemos la conexión entre el Goce del Otro “pesadillesco” y el posterior Goce-Otro de la Mujer en la teoría de Lacan.

Recordemos entonces que en el Seminario de la Angustia Lacan señala que “la angustia de la pesadilla es experimentada como goce del Otro” (12/12/62), pero sin olvidar que en ese contexto no se juega aún la cuestión de la femineidad, sino el valor paradigmático de enigma que la pesadilla comporta, valor que no se trataría de resolver, sino de situar. Los personajes de la pesadilla son profundamente interrogadores, inquisidores, y su pregunta atraviesa al soñante.
Por último, podemos plantear la pregunta de si la angustia del pequeño Hans –que tanto hemos explorado en nuestro último libro1–, tan ligada aparente­mente a su goce fálico, no se debe a que precisamente éste no se instituye, y las sensaciones orgás­mi­cas lo conducen “pesadillescamente” a un goce-Otro inaprensible, para el que no encuentra límite en nin­gu­na metaforización. La fobia, entonces, ordena ese goce –colocándolo en una lógica que lo enmarca–, per­mitiendo al niño cierta movilidad. En otros términos, se trataría de un recupero posibilitado por el síntoma de aquella actividad propia que en una pesadilla se le hurtaría, pues caería en las redes de un demonio. Este, sin hacer “nada”, se presiente en ella, de todos modos, subjetivamente, como el dueño activo de la situación. Es en las puertas de acceso a la motilidad, obturadas durante el sueño, donde se libra en las pesadillas una auténtica y silenciosa lucha.

Una breve reflexión: dijimos que Jones insiste en que la pesadilla se engendra a partir de la represión del componente femenino del instinto sexual y, a esta altura de la elaboración del psicoanálisis, éste sólo podía ser pensado como incestuoso. Hoy pensaríamos en los avatares de la relación del sujeto a la pulsión de muerte, que más bien lo alejan del incesto, trastocando su narcisismo. Recordemos que la pulsión es el eje de la causación del sujeto para Lacan. En cambio, Jones ni siquiera cuenta con la teoría freudiana de la pulsión de muerte cuando intenta esta interesante elaboración. Todos estos cruces interpretativos deben ser tomados en cuenta por nosotros, los lectores.
La pesadilla, entonces, es siempre el ataque sexual por parte de un demonio lúbrico y odioso. El tema es qué es lo que esconde: para Jones una figura incestuosa, para nosotros el carácter acéfalo de lo pulsión. Como sea, el mecanismo es el típico del trabajo de sueño, pero también el del síntoma, por eso Jones termina pensando en la pesadilla como una especie de fobia “soñada”.

Para terminar, Jones comenta que estos males fueron descriptos en la Edad Media, por lo que su ex­pli­ca­ción fue muy amoldada a los propósitos de la influencia teológica. Los datos que aporta son mara­villosamente graciosos hoy día. Parece ser que las mujeres eran más visitadas que los hombres, y que las viudas y vírgenes, especialmente las monjas, más que las casadas. Los conventos eran particularmente infectados y se registraban, en muchos casos, verdaderas epidemias. Una de las formas favoritas de disfrazarse que adoptaban los demonios era la vesti­men­ta clerical.

Vayamos a otro punto. Según Jorge Luis Borges2, no es inútil analizar detenidamente “los nombres de la pesadilla”. Planeando sobre ellos dice que el español no es demasiado “venturoso”, pues el diminutivo parece quitarle fuerza. Los otros idiomas, en cambio, se la restituyen: en griego, Efialtes es el demonio que inspira la pesadilla; en latín, el incubus oprime al durmiente para generar un efecto similar; en alemán, Alp es un curiosa palabra: significa “elfo” y asimismo su opresión, con la misma idea de un demonio provocador del fenómeno. El cuadro de Fuseli, que ya hemos nombrado, se inspira en esta última palabra. Pero la palabra “más sabia y ambigua” es el nombre inglés de la pesadilla: nightmare, la yegua de la noche. El propio Shakespeare la concibe así: “the nightmare and her nine foals” (la pesadilla y sus nueve potrillos). También Víctor Hugo encontró en ese término inspiración: él dice “le cheval noir de la nuit” (el caballo negro de la noche), para referirse a ella.

Sea como sea, observamos, dice Borges, que en todas ellas existe la idea de un origen demoníaco, la idea de que un demonio causa la pesadilla. Y para él, no se trata de una superstición: hay “algo de verdadero en este concepto”. Al pasar define los “elementos de la pesadilla”: episodios de malestares físicos, de persecución y de horror sobrenatural. Y sobre este elemento se detiene: el horror de la pesadilla es peculiar, no deriva de esos momentos en “que nos abruma la realidad” –desencadenando lo que nosotros llama­ría­mos nuestros duelos cotidianos, con su fondo de tristeza y/o desesperación– pues estos nunca aparecen en las pesadillas. Ese horror peculiar, que Borges destaca, puede expresarse en múltiples formas fabulosas; pero, por sobre todo, es el que da su sabor a las pesadillas. De ese horror nunca se habla, según él, en ningún tratado. La interpretación teológica con la que culmina vendría a estar de acuerdo con la etimología: siempre encontramos allí algo de eso “sobrenatural”. Pues bien, culmina: “¿y si las pesadillas fueran grietas en el infierno?”

Unas palabras imperdibles sobre estos demonios. Se los llama íncubos y súcubos. Tomaremos las definiciones de la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, de Michael Page y Robert Ingpen:
Íncubo: espíritu o demonio masculino que realiza el acto sexual con las mujeres mientras duermen, sin que estas se despierten por su fantasmal abrazo, aunque pueden sentir la experiencia en sueños. Su nombre, del latín incubare, significa echarse encima. La mujer violada por un íncubo a su debido tiempo da a luz un niño con facultades sobrenaturales. Se dice que Merlín, el mago, nació de los amores de un íncubo y una monja.

Súcubo: espíritus o demonios femeninos particularmente lascivos, probablemente descendientes de Lilith, reina de la noche o emparentados con ella. Están siempre ansiosos de caricias masculinas, pero al igual que sus equivalentes varones, los íncubos, sólo se sienten atraídos por los mortales. Los súcubos son demasiado horribles para atraer a los hombres, pero resuelven el problema seduciéndolos mientras duermen y practicando el acto sexual con ellos. Al ser incapaces de provocar auténtico amor tienen que seducir a los hombres en extrañas formas fantasmales, induciéndolos a toda clase de perversiones nocturnas, hasta que el durmiente despierta exhausto, descontento y avergonzado. Su nombre se deriva de la palabra latina sugo que significa chupar, porque chupan la fuerza de los hombres durante la noche. Disfrutan especialmente atormentando a hombres virtuosos que han hecho voto de castidad y que opinan que el contacto carnal con mujeres los despojará de sus poderes espirituales. Los demonios visitan a esos ascetas mientras duermen, los arrastran a fantasmagóricas orgías y los seducen con los mismos éxtasis que juraron no disfrutar.

Un última reflexión, relativa al tema que decidimos no tocar: ¿en qué se ha transformado nuestra vida pulsional que las pesadillas que describen hoy nuestros analizantes se pueblan sólo de desamparo, de pánico, del sobresalto de no poder terminar de despertar, de ser engullidos por un real puro no personificable? ¿Qué nos ha pasado que nuestros demonios nos han abandonado? ¿Es que el Goce del Otro... ya no es goce y ni siquiera hay Otro, sino el desierto de la mera y egocéntrica “individualidad”? ¿Ya no hay “qué” temer, pues ya no hay nada que entregar? Todo tiene hoy la misma significación: el tiempo de la constitución del sujeto ha dejado de importar.
El sexo, la muerte y la angustia ya no interpelan la vida del neurótico. Es mucho peor, sólo se dibujan en el horizonte los huecos plenos de una miseria, que por opulenta no deja de ser una hilera de imágenes vaciadas. 

_____________
1. Fobia en la Enseñanza de Lacan, Letra Viva, 2004.
2. Siete Noches, Jorge Luis Borges, Tierra Firme, FCE, 1980, capítulo 2.
 
 
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