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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

¿Qué es el deseo del analista?
  Por Luciano Lutereau
   
 
Habitualmente, la expresión “deseo del analista” suele entenderse de un modo vago e inespecífico; por ejemplo, al afirmar que se trataría de un “deseo de analizar” sin más –propuesta que, en definitiva, intenta resolver un problema y produce otro, solución típica del obsesivo–, o bien cuando se sostiene que el deseo del analista consiste en cuestionar las certidumbres del analizante. En esta última circunstancia, para el caso, no se trataría más que de una intención histerizante, una suerte de pasión por poner todo en cuestión que, por cierto, suele traer ciertos problemas por los cuales algunas personas demandan un análisis. De este modo, cuando se extravía la necesidad de una definición ajustada, aparecen las versiones neuróticas del concepto.

En la enseñanza de Lacan, la expresión “deseo del analista” tiene un uso concreto, propuesto a partir de determinada época y frente a problemas clínicos específicos. Por ejemplo, en un escrito como “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958) Lacan afirmaba lo siguiente: “Está por formularse una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo: para poner en su cúspide la cuestión del deseo del analista.”1
Sin embargo, es a partir del Seminario 8 que una delimitación precisa de este concepto comienza a desarrollarse. Asimismo, este movimiento se realiza en el marco más amplio de una reelaboración de la noción de deseo. Si en “La dirección de la cura…” el operador del deseo era el falo, y aquel se entendía en términos de falta de objeto –como metonimia, a su vez, de la falta en ser del sujeto–, a partir de este seminario el deseo comienza a presentar una dimensión enigmática e irreductible.

En este contexto, el deseo oral y anal son formas de relación con la demanda; en el primer caso, respecto de una demanda al Otro que, frente a su contrademanda, se afirma como rechazo; en la segunda circunstancia, en el cumplimiento de la demanda del Otro que, frente a la aparición de su deseo, se consolida como retención. Dicho de otro modo, por esta vía Lacan esclarece las formas neuróticas privilegiadas de posicionarse respecto del deseo: la histeria, que rechaza la demanda del Otro; y la obsesión, que reniega del deseo del Otro. No obstante, estas formas defensivas del deseo no son excluyentes. En todo caso, se trata de formas fálicas del deseo, es decir, que exponen lo que Lacan llama la “paradoja del complejo de castración”: que haya una discordancia entre la demanda y el deseo o, mejor dicho, que el deseo requiera de la falta para poder manifestarse. He aquí, entonces, el lugar que corresponde al falo.

En términos generales, hasta este seminario Lacan se refirió al falo como el significante que indicaba la falta de significante. Sin embargo, en esta argumentación comienza a vislumbrar un nuevo estatuto: el falo como signo. El falo se instituye como suplencia respecto del desfallecimiento del Otro. Por eso Lacan sostiene que “lo que nos revela la experiencia analítica es que más precioso aún que el propio deseo es conservar su símbolo, el falo”.2 El neurótico se afirma en el falicismo del deseo como un modo de defensa respecto de un deseo de otro orden. En este punto se introduce la noción de signo: “Presten atención ahora a no confundir tampoco este objeto fálico con lo que sería el signo, en el Otro, de su falta de respuesta. La falta de la que aquí se trata es la falta del deseo del Otro. La función que adquiere el falo […] no es la de ser idéntico al Otro en cuanto designado por la falta de un significante, sino la de ser la raíz de dicha falta.”3
A partir de lo anterior, entonces, el falo en su dimensión de signo es diferente a la interpretación fálica del deseo en que consiste la neurosis. Al mismo tiempo, en esta perspectiva, no indica una falta en el Otro sino su raíz o, para utilizar un término posterior (del seminario 10), su causa. Ahora bien, ¿cómo pensar esta dimensión del deseo que es irreductible al deseo fálico?

“Ver el deseo como signo no supone acceder a la vía por la que el deseo es captado en una cierta dependencia.”4
El deseo como signo, entonces, circunscribe una dimensión diferencial que resiste a su interpretación en función de una falta; en todo caso, el neurótico hace de la falta en el Otro una versión cómplice de su neurosis. Por eso, de lo que se trata en un análisis es de instituir, por parte del analista, la causa de esa falta, reconducirla a su fundamento. Por esta vía, entonces, es que Lacan introduce la función del deseo del analista: “Aquí ven ustedes cómo se insinúa el camino que trato de abrir hacia lo que debe ser el deseo del analista. […] Sin duda, siempre está más allá de todo lo que el sujeto sabe, sin poder decírselo. Sólo puede hacerle signo.”5

El analista, por lo tanto, encarna una función más o menos inquietante, que no debe ser entendida histéricamente como una puesta en cuestión continua. En todo caso, esta posición suele enunciarse eventualmente bajo la forma de cierto extrañamiento. “Qué cosas decís vos”, decía una analizante en cierta ocasión; al exponer de qué manera esta función del analista restituye el acto enunciativo. “¿Por qué me decís eso?”, es decir, no se trata tanto de una precisión respecto del contenido semántico del decir del analista –muchas veces, es por esta vía que el obsesivo, por ejemplo, degradada el decir analítico: “Ah, sí, ahora entiendo” (aunque también, por el contrario: “No entiendo, explicame lo que decís”); o bien la histérica seduce de forma aquiescente: “Sí, muy interesante” (y su contrario: “Nada que ver”)– sino de una presencia que indica que apunta a la causa de ese decir (“Por qué”), punto en que se proyecta la intención fantasmástica y la interpretación fálica del deseo del Otro como efecto de ese decir enigmático: “El signo que hay que dar es el signo de la falta de significante. Es, como ustedes saben, el único signo que no se soporta, porque es el que provoca la más indecible angustia. Es sin embargo el único capaz de hacer acceder al otro a lo que es de la naturaleza del inconsciente…”6

De este modo, el decir del analista no se presta a la comprensión, aunque tampoco debe entenderse este carácter de enigma como si se tratase de un oráculo más o menos ingenioso. En absoluto a un analista le cabe ser ingenioso, a menos que desde ese lugar pueda interpelar a quien habla. Asimismo, también puede deducirse de lo anterior que el silencio muchas veces no es la mejor respuesta, en la medida en que puede producir un claro efecto de sugestión. No hay nada más sugestivo, nada que enlace más a una suposición de saber, y un desconocimiento de la propia posición subjetiva, que la espera que el silencio suele promover.

Por último, es notable que Lacan afirme que el signo que da el analista tiene una doble incidencia: por un lado, provoca la angustia; aunque, por otro lado, también produce la apertura del inconsciente. De esta doble consideración se desprenden dos observaciones: en primer lugar, que la angustia de la que habla Lacan no es un afecto fenoménico (no es lo que llamamos “estar angustiado”) sino que implica una coordenada específica de aparición del sujeto; en segundo lugar, el inconsciente tiene como requisito la localización de esta coordenada. Volveremos sobre la angustia en la próxima ocasión.
_________________
1. Lacan, J. (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002, p. 598.
2. Lacan, J., El seminario 8: La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2004, p. 264.
3. Ibid., p. 251.
4. Ibid., p. 266.
5. Ibid.
6. Ibid., p. 267.
 
 
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