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El sueño, el significante y lalengua
  Por Amelia Haideé  Imbriano
   
 
El sueño es la realización de operaciones que organizan un campo: lo real. Su formalización alude al concepto de transposición, repetición y trauma.

La transposición en Freud. La operación transpositiva es una categoría fundamental inherente a la noción de representación en Freud. Implica mutar una cosa por otra, en donde lo que se muta no es lo original, pues eso falta a la representación. La representación, producto del trabajo de las retranscripciones, implica una traducción-traición. Y, traducir supone una transposición de un mismo contenido vertido de acuerdo a otras convenciones simbólicas, donde siempre queda algo retenido, indócil a la traducción. Su elucidación constituye la metapsicología como una particular teoría: aquella que lleva la marca del “ombligo del sueño”. Con el nombre de das Ding, Freud se refiere a un punto de características muy particulares: lo propio e inaccesible.

Los sueños ocupaban un tema de interés para los científicos y filósofos de la época, y la teorización freudiana se distingue de otras justamente por explicitar ese lugar en donde todo descifrado encuentra su límite: el llamado “ombligo” en su estatuto de objeto perdido. La interpretación de los sueños se escribe a la luz de los primeros elementos metapsicológicos.
En el “Proyecto”, se conceptualiza la “vivencia de satisfacción” como una experiencia de valor fundamental en que se constituye el desear. Los mecanismos asociativos permiten la articulación entre vivencias en el propio cuerpo y el pensar organizando ligaduras entre la imagen perceptual del objeto satisfaciente, la imagen motriz de desinvestidura ligada a la satisfacción y la diferencia de los registros de la tensión. La reaparición del estado de tensión lleva una atracción hacia la huella mnémica del objeto satisfaciente, y la reanima1, posibilitando un modo de satisfacción alucinatorio, o sea, a través de imágenes. Los restos de estas vivencias son de máxima significación para el decurso de la función psíquica, pues le dejan como secuela la búsqueda de la identidad de percepción que conforma una “compulsión repetitiva”. Así se conforman los estados de deseo y los objetos de deseo. La deducción freudiana concluye que “la investidura-deseo primaria también es de naturaleza alucinatoria”2.
La Carta 52, plantea la hipótesis acerca de la composición del aparato psíquico como un sistema de inscripciones en términos de signos: el perceptivo, el inconsciente y el preconsciente, que difieren por sus criterios asociativos (simultaneidad, causalidad y semejanza), y por su contenido. Ningún signo psíquico, ni siquiera el primero en constituirse, es una trascripción exacta de lo percibido3. El signo perceptivo incluye un elemento ausente en la percepción. Al registrarse el estímulo como signo, se le adhieren otros elementos por asociación simultánea, motivo suficiente para aceptar que el signo perceptivo no es idéntico al objeto percibido.
El signo inconsciente, (equivalente a la representación-cosa), corresponde a una retranscripción de lo inscripto. De tal modo que el sistema correspondiente al signo inconsciente, segunda trascripción, ordenada por nexos causales, consiste en una transformación de lo inscripto como signo perceptivo.

El preconsciente es la tercera retranscripción, y está ligada a representaciones-palabra.
Las transcripciones se siguen unas a otras constituyendo la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida y en la frontera entre dos de estas épocas se produce una traducción del material psíquico. Y, Freud agrega: “me explico las peculiaridades de las psiconeurosis por el hecho de no producirse la traducción para ciertos materiales, lo cual tiene algunas consecuencias”4.
La representación-cosa, otro de los conceptos de 1895, consiste en la investidura, no de la imagen mnémica de la cosa, sino de huellas mnémicas más distanciadas y derivadas de ella. Su inscripción se efectúa en una articulación entre la serie presencia-ausencia con la serie placer-displacer, conformando complejos perceptivos que muestran dos fragmentos: uno que se presta al trabajo de discernimiento y otro que se sustrae a ese trabajo. Uno corresponde a las variaciones que pueden comprenderse mediante trabajo mnémico a noticias del propio cuerpo; sobre estos elementos, los predicados, es posible establecer identificaciones. El otro fragmento, el núcleo invariable constante e irreductible como tal, se sustrae a la actividad de discernimiento, en la medida en que, como resto, corresponde a lo no asimilable. Este punto de irreductibilidad, es lo que Freud sitúa como das Ding. La cosa es imposible en el trabajo de representación. La cosa –das Ding– se constituye sobre la base del complejo del semejante como su núcleo. Desde todo punto de vista es interesante notar que la representación-cosa, se constituye en la tentativa de representar lo imposible de inscribir en relación al prójimo.

La repetición en Lacan. En el Seminario 11, a través de los conceptos de Automatón y Tyche5, se diferencia la insistencia de la cadena significante (automatón), de lo que se produce más allá, como des-encuentro con lo real, la distyche o encuentro fallido. La repetición, que implica un automatismo del significante, está regida por el principio del placer, atañe a una cadena significante sin sujeto que la ordene. La falla de la repetición en su encuentro con lo real abre un espacio, otra cosa más allá del principio del placer, más allá del significante: es la Tyche. Ella es lo que escapa a la representación, como real imposible, como “acontecimiento traumático” (Freud) cuyas características son la fragmentariedad (algo visto, oído o percibido), el carácter aparentemente accidental y la resignificación inagotable. Esta resignificación que no se agota, muestra lo que está más allá del principio del placer, muestra lo inasimilable en la representación, y por ende se ubica como un traumatismo, haciendo que lo accidental se vuelva necesario6.

En el Seminario 17, Lacan reformula la cuestión, como la repetición del S1, del rasgo unario como medio de goce7. El significante como aparato de goce, erogeniza, introduce voluptuosidad marcando el cuerpo. Y, el rasgo unario representa al sujeto y a la vez es marca de goce, lo que posibilita pensar un sujeto que se identifica como objeto de goce. En el gozar “es palpable la equivalencia del gesto que marca y el cuerpo, objeto de goce”8 . “La repetición es una denotación del rasgo unario, un palote, un elemento de escritura, un rasgo que conmemora una irrupción de goce. Por eso es concebible que el placer sea violado en cuanto a su regla y a su principio, por eso cede al displacer9. Es la repetición del S1-a, letra gozada, como se conforma la conjunción entre el significante y la pulsión. “Lo que no cesa de escribirse en el síntoma releva de allí"10, en una letra (simbólico) que singulariza un goce irreductible (real). “Lalengua” es el material en que la repetición corporal del goce se inscribe y suple el goce todo que no hay. Recordemos que el síntoma es la satisfacción sustitutiva de la satisfacción plena que no hay.

Goce irreductible especificado por una letra, de una lengua que el niño recibe por la madre, letra que no comprende pero que manipula y sabe que le atañe11. Al tiempo que le habla, la madre erogeniza el cuerpo del niño. Así el humano es traumatizado por el lenguaje, no por su significado, sino por la escritura en el cuerpo (erogenización). Esta escritura es a-semántica, y está en relación con impresiones del infans. El lenguaje afecta al cuerpo, se entromete, lo perturba, implicando una pérdida inicial de goce (no todo-goce), y lalengua hace de suplencia a ese goce todo que no hay; fija y repite un goce singular, un modo inolvidable e irreductible de satisfacción de la pulsión a modo de conmemoración.
Lalengua, hecha de letra gozada, hecha de huellas que no tienen ligadura, ha fijado un modo de goce en donde lo que cuenta es el monto de excitación. Su repetición no proviene del retorno de lo reprimido, sino del más allá del principio del placer, como repetición de huellas no ligadas12. Lo verdaderamente traumático no son las escenas de seducción, castración o la visión de coito entre los padres, sino la relación a lalengua13. O sea, a esa escritura asemántica de una cantidad de excitación que ha provocado la lengua materna, de la cual solo quedan restos. Freud, en el “Moisés”, remite a restos de vivencias, impresiones o percepciones sensoriales del cuerpo propio, las más de las veces relativas a lo visto y oído, que pueden ser accidentales y contingentes, que funcionan como dolorosas pues el aparato psíquico no las puede tramitar, exigiendo al mismo un trabajo infructuoso de ligar lo no ligado14.

Los tres tiempos de constitución del trauma son: fijación, significación posterior y repetición. Éstos construyen el modo en que lo contingente se vuelve necesario para un sujeto. Un “necesario” que logra rememoración del goce justamente allí donde se produce el encuentro fallido.
La cura analítica plantea la posibilidad, vía la transferencia y el deseo del psicoanalista, de que lo necesario pase a contingente, única vía posible por donde el sujeto puede abrirse paso a la invención. En el desarrollo del trabajo de la cura, el sueño podrá encargarse de notificar al sujeto sobre “su pequeño goce” y, en tanto pueda, transferirlo al significante. En el desarrollo de la transferencia, el trabajo permitirá una transferencia de valor de goce a través de un giro al inconsciente, un modo posible de tramitar algo de lo traumático real. Allí su medio será significante y el sujeto lo interpretará. Lo “propio” es que quien lo descifra tiene que interpretarlo, y ese es el trabajo del sujeto en análisis.

Relato de un sueño. Se trata de una paciente que consulta porque “he solucionado problemas de un mal matrimonio y sin embargo no estoy bien”, “el ánimo no me permite estar tranquila”, “tengo demasiado odio, no tiene ningún fundamento”, “lo único que puedo tener es culpa porque yo lo dejé”.

Durante el transcurso del análisis tiene una serie de sueños recurrentes, que relata así: “Desde que me divorcié tengo terribles pesadillas con mi marido. Vuelvo a soñar una y otra vez, que nos peleamos como era costumbre. Él está parado en frente a la cama, yo quedo abajo, en la cama y él parece muy alto, discute gritando y mientras mueve un brazo de arriba hacia abajo permanentemente y con fuerza, señalándome, hace ‘así’ con el dedo (mueve mano extendiendo el pulgar y el índice). El grita mucho, no deja de mover el brazo, pone la mano así (repite movimiento), y grita fuerte. No entiendo lo que dice, solo escucho el grito que no termina y veo la mano haciendo ‘así’ (repite movimiento)”. Hasta aquí el sueño. Continúa el relato: “éramos muy buenos compañeros y podíamos resolver todo tipo de problemas hablando de frente. Pero solía pasar que discutiéramos a la noche por tonterías, cuando estábamos acostados mirando la tele. Yo nunca entendí qué pasaba, yo le discutía por idioteces y luego cuando él se enojaba, yo no podía responder. Él se paraba y comenzaba a caminar frente a la cama. Hacía lo mismo que apareció en el sueño. Me angustiaba muchísimo, quería contestarle pero no podía porque me angustiaba y me ponía a llorar como si fuera a pasar algo terrible y tenía miedo.”

La paciente es hija de padres secuestrados cuando ella tenía alrededor de 3 años. Durante el transcurso del trabajo analítico, recuerda algunas escenas, que ella supone como “la noche del secuestro”: “Lo que recuerdo es estar mirando entre los barrotes de la escalera lo que pasaba abajo, yo estaba en cuclillas, para que no me vieran, sin respirar, sentía miedo. Se escuchan gritos de hombres, quizás desperté por los gritos. No veía a quienes gritaban, solo veía un pedacito de mi mamá que estaba contra la pared. Un hombre vestido de verde estaba de espalda y la tapaba, se movía, movía el brazo, se veía un revolver, se escuchaban otros golpes y gritos. A mi marido el grito le quedó del liceo, no se cómo me casé con alguien del Liceo Militar”.
“Lo real hay que buscarlo más allá del sueño”15

___________
1. Freud, S. “Proyecto de una psicología científica”, en Obras completas. Amorrortu, Bs.As., 1976, tomo I, p. 364 y 374.
2. Ibíd., p. 386
3. Freud, S. Carta 52. Ob. cit., tomo I, p. 275
4. Ibíd., p. 276
5. Lacan, J. El seminario. Libro 11, Paidós, Bs. As, 1986, p. 61-72
6. Giussani, D. La peste freudiana, I-Rojo, Bs. As., 2006, p. 37-39
7. Lacan, J. El seminario. Libro 17, Paidós, Bs. As., 1992, p. 51
8. Lacan, J. Ibíd., p. 52
9. Lacan, J. Ibíd., p. 82
10. Lacan, J. El seminario. Libro 22, inédito. Clase del 21-01-75
11. Lacan, J. Conferencia en la Universidad de Yale, 25-11-75. Publicada en Scilicet 6/7, París, 1975, p. 38-41
12. Freud, S. “Mas allá del principio del placer”, en Obras completas, Amorrortu, Bs. As., 1980, tomo XVIII, p. 36.
13. Lacan, J. El seminario. Libro 24, Clase del 19-04-77
14. Giussani, D. Ob. cit., p. 45.
15. Lacan, J. El seminario. Libro 17, ob. cit., p. 68
 
 
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