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   Colaboración

Horizonte actual de la clínica psicoanalítica
  Por Leopoldo M. Piazza
   
 
El horizonte… donde no se llega, lugar de utopías, hacia donde uno mira, hacia donde uno va…

En una cita ya clásica de “Función y Campo de la Palabra y del Lenguaje en Psicoanálisis” (Informe del Congreso de Roma septiembre 1953) escribe Lacan:
“Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes. Para las tinieblas del mundus alrededor de las cuales se enrolla la torre inmensa, que deje a la visión mística el cuidado de ver elevarse sobre un bosque eterno la serpiente podrida de la vida.”
Cuando leí por primera vez este párrafo, debo confesar, me produjo miedo (pánico dirían algunos de mis consultantes), pensé: ¿Ser el eje de tantas vidas?, ¿de cuántas?, ¡con la demanda que hay en la municipalidad!; ¿estaré uniendo mi horizonte a la subjetividad de la época?, ¿cuál es la subjetividad de la época?
Entonces, y como Yo lo leo, repartamos los tantos: horizonte para mi, subjetividad para la época. Delimitemos la época.

Me contaba mi amigo Carlos Ruiz que un día provocó un revuelo en una reunión de analistas al preguntar si la época de la que se hablaba era la que se inicia con los Presocráticos. Convengamos que esto no es un despropósito, ya que en aquellas escuelas filosóficas y en sus contextos históricos podemos pesquisar el inicio de nuestra civilización actual.
Podemos referirnos al paso que va de lo mágico, el momento en el que los humanos abandonamos la causa eficiente que caracteriza la Magia, y comenzamos a orientarnos por la causa final (escatológica) de la Religión. Luego fue el turno del paso a la razón científico cartesiana caracterizada por la causa formal. Allí surge el Psicoanálisis, cuya causa es material. La clave es la relación del sujeto con la verdad.

Siglo XXI recién inaugurado y tantas veces anticipado.
Dice la poeta porteña contemporánea Cristina Bernasconi en el tango Te Robaron La Corona: “¡No hay líderes que salgan al balcón!/ ¡no hay ideales… no hay ilusión!,/ las heroínas sólo están en un sendero/ entre las calles de Puerto Madero./ ¡Che Buenos Aires!, ¿qué está pasando?/ la indiferencia te está matando,/ era de bronce, y esto no es broma,/ Reina del Plata te robaron la corona.
Ideales e ilusión, dos cuestiones que es conveniente precisar. La inexistencia actual de ambos no debiera confundirnos.

Según Freud (en “El Porvenir de una Ilusión”) “llamamos ilusión a una creencia cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en esto prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión misma renuncia a sus testimonios.” La distingue del error. En esto podemos englobar ciertos aspectos de una supuesta anedonia o abulia contemporánea. Y sería bueno no confundir la compulsión al consumo (más propio de la repetición de lo mismo, digamos, sin placer) que aspiraciones por conseguir por ejemplo “el techo propio”.
Voy a tomar como sinónimos ideales e ideologías. Hoy no hay ideales absolutos, totales. Parece como una relación inversamente proporcional: se globalizan los modos de organización cultural, se extienden y generalizan las asociaciones entre países, mercados comunes, e inversamente los referentes ideológicos pareciesen quebrarse en mil espejos irrecuperablemente distintos. Ya no hay ideologías que totalicen grandes porciones de la humanidad. Es difícil delimitar al modo de la época de la “Guerra Fría” dos bloques en el mundo. O sea, me parece que siguen existiendo ideales, pero pequeños, más próximos a cada usuario. También las asociaciones económicas son inestables, y se habla de mercados de capitales volátiles.
“Contradictoriamente” uno ve modos de consumos globales (¿totales?) al punto tal, por ejemplo, de comer una hamburguesa sin saber en qué ciudad uno se encuentra (dado que la forma de cocinarlas y presentarla y el local en su conjunto, remite a estrictas normas de la franquicia), vistiendo jeans que pudieron ser comprados iguales en cualquier rincón del planeta. Estas referencias, no alcanzan a constituir ideales, apenas son imágenes genéricas, al estilo de identificaciones con la forma de la especie (esa que se realiza a través del rostro de la madre). Quizás con el tiempo se constituyan en ideología, entiendo que para ello falta tiempo y un antagónico que aun no toma forma. Es que para que se constituya una ideología, siempre se produce en oposición a otra.

Mi idea es que las cuestiones de “estructura” hacen a la condición humana. De faltar o modificarse, estamos en presencia de mutaciones, y estas solo se dan en largos períodos de tiempo, y para esos tiempos no hay acelerador de la historia que valga.
En un reportaje a Dolina en Página 12 leo: “el artista es su época”.
O sea, estamos en pleno proceso de cambio. ¿Cuándo no? La acción es cambio, mutación. Y es real, real a ser cincelado por el significante produciéndose imagen.¿Cuándo ese significante estará disponible? El devenir de la historia, esa que vivimos hoy, que constituimos hoy es cambio, es real, que va produciendo su significancia, a ser leída en un porvenir al que apuesto con ilusión.

Este momento de la empresa de la humanidad, me parece altamente propicio para el Psicoanálisis. El que no existan ideales totalizantes, favorece las lecturas de lo singular.
Sin embargo nuestro horizonte como analistas: parece incierto. Por ejemplo en lo tocante a la formación. Han surgido nuevos modos de ofrecer la formación teórica sistemática. Institutos en Buenos Aires que se multiplican al infinito, calcando unos a otros programas mínimos de enseñanza de conceptos básicos (¿formación?). En nuestra polis esto está más limitado. También surgen ofertas académicas de enseñanza de la Teoría Psicoanalítica. ¿Alcanza a producir esto transmisión? ¿Son formas menos totales y más posmodernamente segmentadas? Y esto sólo referido a una de las tres “patas” de la formación. Resta inventariar qué acontece con el propio análisis del analista y el análisis de control.

Pueda parecer extraño, pero al momento de concluir con estas afirmaciones, se que podría enunciar lo opuesto, aprovechándome de las mismas argumentaciones. Probablemente éste sea otro efecto del interjuego de la segmentación y la globalización ofreciendo la posibilidad de la coexistencia de la diversidad, también en razonamientos y opiniones.

Finalizo con una cita del libro de I. Vegh (oportunamente citado pagina187) “No estamos en el umbral del Apocalipsis; en la historia de la humanidad hubo otros momentos en los cuales una cultura avanzó por el tobogán del goce creyendo que podía desanudarlo del amor y del deseo. ¿No es acaso la historia de la decadencia del imperio romano y el comienzo del cristianismo, propuesta ascética que tendía a suspender un goce que no encontraba anclaje en relación al deseo y al amor?”.
Una apuesta optimista al futuro que estamos construyendo hoy.

Nota: El presente texto se basa en el trabajo de lecturas y debates que en el ámbito de Convocatoria al Psicoanálisis, los integrantes del Seminario “Síntoma y Cultura” realizamos durante cuatro años; y en mi lectura del libro de Isidoro Vegh: “Las Intervenciones del Analista” (Ed. ACME agalma Bs. As.1997) capítulo “La Práctica del Psicoanálisis y sus Interrogantes Hacia Fin de Siglo”. Constituye una re-creación de la presentación que realicé en dicha Institución en Noviembre de 2011.

 
 
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