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   Avatares de la asunción sexual

Elección sexual: la ropa del síntoma
  Por Sergio Zabalza
   
 
En su observación sobre la fobia de un niño de cinco años, Lacan destaca el placer que Juanito experimentaba al contemplar a su madre caminar vestida tan solo con ropa interior, por oposición al asco que le causaba la visión de las bragas sueltas sobre un sillón o sobre una cama. Y concluye: Juanito jamás será un fetichista.

De la madre a la mujer
. Está claro entonces que, a la salida del Edipo, acontece una elección determinante en el ser hablante: una decisión que compromete la posición del sujeto frente a un objeto privilegiado. En efecto, gozar de la ropa sobre un cuerpo en movimiento transmite con bastante fidelidad el trabajo significante cuyo esfuerzo, al tiempo que estimula con un señuelo el deseo por la madre, reprime en el asco a las bragas la pregunta acerca de quién soy en el deseo de la madre. Se trata de un compromiso ético que resuelve un desencuentro con la pulsión: eso que está en el lugar de algo que no fue. Por eso, en el mejor de los casos, un niño es apenas el síntoma de la pareja parental.
Bien ¿Qué hay de nuevo, entonces, durante ese muy singular intervalo hacia la adultez cuyos avatares, dramas y tragedias terminaron por parir el nombre de adolescencia? No en vano, Freud traduce en términos de tiempo su definición del sujeto adolescente: “seres todavía inmaduros a los que no hay derecho a impedirles permanecer en ciertos estadios aunque sean desagradables”. ¿Qué se tramita entonces en ese agitado derrotero cuyo ulterior desenlace no supone felicidad alguna?

Según Eric Laurent, si en la infancia se suscita una elección de deseo (me quedo con el señuelo y no con el fetiche, tal como hace Juanito), durante la adolescencia hay una elección de goce. En otros términos: si en la infancia prima la pregunta acerca del deseo de la madre, en la pubertad asoma, en cambio, la pregunta sobre cómo goza una mujer.
En efecto, durante la adolescencia la madre deviene mujer y con ello, el asco a las bombachas no alcanza para reprimir el horror ante la castración del Otro. Luego las actuaciones, exabruptos y otras delicias que distinguen a este tortuoso período etáreo: “No sé qué pasa, antes hablábamos, me contaba cosas, yo le conocía a sus amigos, ahora ni siquiera me dirige la palabra. Me tiene como re-pulsión. (¡sí, de eso se trata!) El otro día me insultó. ¿Qué hago? ¿Le dejo el cuarto así desordenado cómo está? Por favor: dígame qué hago” Este es el testimonio de una madre cuyo drama consiste en que, en la realidad psíquica de su hijo, ella dejó ser madre y pasó a ser mujer.
Desde este punto de vista, la adolescencia es el período en que se suscita una decepción constitutiva: la extinción de la latencia deja al sujeto en total desamparo frente a la falta de objeto. En su lugar asoma un goce extraño, enigmático, y extranjero que no encuentra compañero ni partenaire que lo albergue. Ante esta soledad, cada Uno hace lo que puede, en el mejor de los casos: un síntoma con el que enfrentar esa singularidad para la cual no hay universal que la abarque ni la domeñe.

El macho tiene una nota al pie. Así, la elección sexual es el ropaje imaginario con que se viste la conformación de un síntoma. Es curioso escuchar gays más machistas que un sacerdote ultramontano o un militar recalcitrante: “no son floggers, ni emos, ni darks, son todos putos re putos”, decía uno. Así, El Macho es el universal que atiende las particularidades de cada sujeto a partir de su fracaso. Las notas al pie que figuran a lo largo y ancho del “Tres ensayos…” freudiano constituyen el mejor testimonio de este bienvenida decepción: el síntoma de Freud. No en vano, Colette Soler afirma que las regencia del Otro (la normativización edípica, El Macho o el nombre que se prefiera) terminan al pie de la cama. Entonces: más que el universal masculino a partir del cual hombres y mujeres se constituyen como tales durante la adolescencia, nos interesa la nota al pie que cada ser hablante adosa a su elección sexual.
Con satisfacción, hemos visto que en los últimos días las pantallas de cable han repuesto esa excelente película de Jean Champion llamada La Lección de piano Protagonizada por Holly Hunter, Harvey Kietel y Sam Neill, el film relata los avatares de una mujer muda, recién llegada a las costas de Nueva Zelanda para contraer matrimonio con un hombre que no conoce. Plena de un exquisito erotismo, una de las escenas muestra el gusto de esta dama por acariciar la cola de su prometido. Atribulado por el goce que las sabias caricias le provocan, el varón se niega a continuar con la fina atención que su partenaire le dispensa, lo cual termina por precipitar el fracaso de la relación. Vale preguntarse ante qué decepción se rebela El Macho, ¿se trata de su esposa o más bien esa mujer barrada que alberga lo más íntimo del ser hablante?

¿Son homosexuales los caballeros con barba y bigote que usan ropa interior de mujer y lucen trajes muy convencionales para conformar un semblante serio y circunspecto? Quizás convenga sostener la pregunta porque allí, donde las regencias del Otro y las clasificaciones fracasan, se abre el campo propio del psicoanálisis. Es que lejos de objetar la elección sexual de un sujeto, los analistas estamos más bien para propiciar que las ropas elegidas para velar el goce singular de un sujeto hagan lugar al lazo social.

No en vano, uno de los puntos más conflictivos en la tarea con adolescentes consiste en determinar si un sujeto está en condiciones de absorber una intervención propiamente analítica. En otros términos, si la decepción ante la falta de objeto ha logrado conformar esa formación de compromiso que llamamos síntoma. Al respecto, en la clase dedicada a la dialéctica de la frustración que figura en el seminario sobre La relación de objeto, Lacan especifica que “el niño como real ocupa para la madre la función simbólica de su necesidad imaginaria”, tras lo cual observa que, en un momento dado, el niño se da cuenta de que lo amado no es él sino cierta imagen. Es que, durante la adolescencia, el acceso a la tramitación simbólica de esta decepción marca el destino del sujeto. Un caso freudiano nos revela sustantivos datos a tener en cuenta.

La decepción. En efecto, el caso de la joven homosexual ilustra en forma ejemplar los efectos de una decepción amorosa en un especial y delicado momento de la vida de una adolescente. Esta muchacha, que según el relato de Freud había probado transitar una vida equilibrada entre sólidos lazos familiares, se desbarranca a partir de un preciso momento ubicado dentro de una serie de bizarras situaciones, cuyo término final es el malogrado intento de suicidio que la conducen al consultorio de Freud.
Para no abundar en detalles: la joven había trabado relación con una mujer diez años mayor, a la que dispensaba todo tipo de galanterías y favores sin guardar reserva alguna. Cuanta más desaprobación obtenía del entorno familiar, más insistía la muchacha en su desconcertante y provocativa actitud. El final se desencadena cuando ambas mujeres se cruzan en la calle con la mirada fulminante del padre de la festejante. En forma inmediata, la mayor comunica a la muchacha su decisión de abandonar la relación, cuestión que empuja a la adolescente a dejarse caer sin más –cual recién nacida en un parto– desde uno de los viaductos del ferrocarril que circunvala la cuidad de Viena. Para Lacan, se trata de un acabado acto simbólico que remite al deseo de tener un hijo del padre.

En efecto, el controvertido pero interesante análisis reveló que a los catorce años, cuando el padre –más allá de su función de interdictor– cobraba para la joven valor en tanto objeto de amor, la madre queda embarazada de su esposo. En otros términos: la ecuación simbólica que transitaba desde la decepción –a causa del falo denegado por la madre– hasta el anhelado hijo otorgado por el padre, se vio interrumpida con el resultado de sumir a la púber en el tipo de amor narcisista cuya raíz descansa en la relación especular con el otro.
Precisamente, en su abordaje del caso, Lacan pone la mira en la declinación que el lugar del padre experimenta en la subjetividad de la joven: del registro simbólico al imaginario, tránsito común –por otra parte– a toda estructura perversa. La llegada de un hijo real desplaza al padre del Otro simbólico y lo arroja en el eje imaginario donde queda reducido a ocupar el lugar del término contra el que la hija juega su maltrecho narcisismo. Por lo pronto, el resentimiento demostrado hacia el padre durante las actuaciones en que la joven hacía gala de su amor por la cocotte así lo demuestran. “Mira cómo se debe amar” es el mensaje que su mostración parecía enunciar. Una vez más, la decepción que media entre la función privadora de la ley y el trabajo psíquico propio de la sustitución metafórica, que propicia la apertura hacia nuevos objetos de deseo.

Al respecto, no estaría mal –para seguir con la escena que nos brindan las tribus urbanas– preguntarse si el culto a la imagen que los medios cibernéticos facilitan a nuestros adolescentes descansa en esta necesidad de afirmación a partir de la imagen de las ropas, si se quiere. Sospechamos que tan sólo el caso por caso arroja alguna conclusión efectiva respecto a qué tan lejos lleva este cultivo de la imagen que, actualmente, constituyen la ventana desde donde un adolescente incita y tolera la mirada del Otro.

Otra interesante derivación de estas consideraciones, se desprende al tomar en cuenta la comparación que Lacan efectúa entre la joven homosexual y Dora. En efecto, la tensión entre ambos casos nos permite advertir la distancia que media entre quien cuenta con cierto acceso a la sustitución metafórica que habilita el desasimiento de los objetos incestuosos y quien, por el contrario, en este caso, sigue adherida al amor paterno.
Para Lacan, el trabajo significante de la joven homosexual no pasa del nivel de la metonimia. Si la ruptura que Dora precipita con el cachetazo al señor K deviene nueve meses después en un embarazo simbólico, es porque efectivamente –frente a la decepción– la muchacha cuenta con el recurso significante que posibilita la sustitución del falo paterno por el niño que entrega otro hombre. Desde el estricto punto de vista de “la latencia que adolece todo significable”, Dora ya cuenta con una significación con que domeñar –bien o mal– la irrupción pulsional: tiene un síntoma que organiza su cuerpo de deseo. Decimos, entonces, que Dora no es una adolescente.
Todo lo contrario para el caso de la joven homosexual, el pasaje al acto que supone dejarse caer ella misma como un niño recién nacido la sitúa como “el último término, el término suicida que expresa en la homosexual lo que está en juego, el único motor de su perversión, a saber, de acuerdo con lo que tantas veces afirmó Freud sobre la patogénesis de cierto tipo de homosexualidad femenina, un amor estable y particularmente reforzado por el padre.”
 
 
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