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   Avatares de la asunción sexual

Notas sobre la adolescencia
  Por Ilda Levin
   
 
La mariposa revolotea
como si desesperara en este mundo”

Kabayashi Issa (1763-1828)

Adolescencia, sinónimo de juventud, define un tiempo de vida que surge entre el fin de la niñez y el comienzo de la edad adulta. Un tiempo de vida turbulento, abierto a nuevas miradas y sentimientos, a nuevos conflictos, a nuevas formas de encuentro con los amigos y amigas, con las formas corporales propias y de sus otros, y también con los padres y hermanos, que dejan de ser los de la infancia. El nuevo tiempo, que concierne a un segundo despertar sexual según Freud (el primero fue en tiempos de infancia) no se desliza fácil ni sin contratiempos. Anhelar nuevas formas de independencia no significa que se hayan perdido los vínculos primarios, significantes, simbólicos, imaginarios. Al contrario, se actualizan produciendo turbulencias en lo real de la vida del adolescente y de sus familiares cercanos.

Quiero destacar que, al tiempo de ubicar coordenadas propias del tiempo del despertar a la adolescencia, a la hora de la clínica nos encontramos con la puesta en cuestión de la pretensión de instaurar un universal, porque los adolescentes, del mismo modo que cualquier sujeto, portan estructuras psíquicas tan diversas y singulares como las relatadas por Freud, por ejemplo, en relación con El hombre de las ratas o Catalina, o Dora, que nombran diferentes modos de las personas de abordar y sintomatizar el tránsito por su adolescencia. El segundo despertar, elaborado por Freud en sus Tres ensayos sobre la teoría sexual (1905), nos orienta respecto del tiempo de adolescencia y sus avatares sintomáticos y pulsionales. Por un lado, a la manera de una puerta de entrada hacia experiencias nuevas, conmovedoras e inquietantes en el fluir de la vida, por otro, mostrando que estas experiencias no se producen sin que impliquen al mismo tiempo, el pasaje por el duelo de la infancia, del cuerpo, los juegos, los vínculos de amor o de odio familiares y cercanos, los vínculos escolares, la maestra preferida, el amigo o amiga que sigue otro rumbo.

Esto no significa que el sujeto que habita en el adolescente atraviese estas circunstancias apoyado en un saber conciente, por el contrario, los nuevos cambios corporales, lazos sociales y rebeldías producidas por los cimbronazos del crecimiento y la necesidad de legitimarse, se enlazan, más allá de lo contingente y del azar –que también juegan un papel importante en la estructura– a determinaciones provistas por fuentes inconscientes que se actualizan ante las nuevas circunstancias.
Me refiero a experiencias tales como el destete, el control de esfínteres, el falo imaginario, el Edipo infantil que no teorizamos como si se tratara de un avance evolutivo continuo, sino de una modalidad singular de la estructura humana en torno a la castración, mejor dicho, a las castraciones fundantes de la incompletud del sujeto –cortaduras que instauran discontinuidad, intervalos, diferencias significantes– como causa y motor del deseo. La adolescencia indica un tiempo marcado por las cortaduras inconscientes que se enlazan a las que actualizan las referidas a las castraciones a través de las que se articularon las pérdidas de objeto que a su vez permiten nuevos encuentros y despliegues. Agrego el segundo despertar, el que concierne a la adolescencia como un tiempo nuevo que, en la serie discontinua mencionada, abre hacia nuevas experiencias sociales, corporales y anímicas, en la condición de soportar los duelos que conlleva. De las palabras amordazadas entre desfiladeros significantes, la función del deseo del analista implicará una lectura que desande los síntomas entretejidos entre significantes inconscientes y goces cifrados.

A veces aburrido, otras frenético, o tristemente desamparado, el tránsito por la vida actual no será ajeno a las marcas del duelo por las dependencias y las formas corporales que va perdiendo y por el anticipo de nuevas experiencias, horizontes nuevos y nuevos objetos de anhelo y deseo que entran como vorágines cuyo torbellino no es sencillo remontar, tanto más que las cuerdas de las primeras dependencias son puestas en absoluta cuestión en medio del trabajo de duelo. Entre la rebeldía y el desamparo, pivotea buscando, o alardeando con títulos que por otro lado no siempre se legitima en utilizar.

Nuevos despliegues de anhelos y deseos en los que el significante fálico y el objeto causa del deseo instauran (si todo va bastante bien) nuevos modos de relación al Otro primordial y a la palabra del padre, los que plasmarán en sus relaciones con sus pares de uno y otro sexo. La exogamia se abre como una puerta en la que la entrada no es sencilla.

Cambios en el cuerpo. La pérdida del cuerpo infantil es correlativa a las nuevas formas del lazo social y se articula en el armado de la estructuración psíquica y en la elaboración de las pérdidas concomitantes a este tiempo. Los nuevos vellos, las menstruaciones, el crecimiento y la aparición de excitaciones y fluidos inquietantes, los cambios en los genitales de los varones, en las glándulas mamarias de las niñas, producen junto a desarrollos, furias no sólo hormonales. Entre silencios y preguntas que no se hacen por pudor o vergüenza; o lo contrario: conversaciones desfachatadas, fiestas sin frenos, algarabías estruendosas, que alarman a los mayores (en el mejor de los casos) y se exteriorizan en las relaciones con amigos y amigas, con los padres y hermanos, forman parte de esta turbulenta e inquietante etapa. Y no van en correlato con una supuesta “maduración” sexual y psíquica.
El tiempo del crecimiento no impide que el joven o la jovencita no necesiten arroparse como si fuera aún un bebé y de pronto, como la mariposa que despierta y vuela, salga arrebatado hacia la exogamia en la que no le resulta sencillo desempeñarse social y sexualmente.

¿Qué nos aporta la clínica? Me decía una mujer de alrededor de 50 años hablando de su juventud: “añoro ese tiempo ya perdido ¡cuánto añoro esos felices años!” Y agregó: “Bueno, en verdad, me sentía a veces como una mariposa, llena de vida y ganas de revolotear, y sin embargo...”. Silencio. ¿Sin embargo? pregunté luego. Otro silencio, más profundo, íntimo, dio lugar luego al recitado del haiku del epígrafe. Luego: “Me sentía como una mariposa, liviana, revoloteaba ¿revoltosa? No sé. Sólo sé que de repente estaba vertiginosamente sin rumbo, desesperada, no podía encontrar un camino”. Mariposas, en este relato, era un término metafórico del ir y venir pulsional por los caminos de su vida, también por la finitud y los tiempos leves, rápidos, huidizos de la juventud e infancia perdidas. El miedo a nuevos goces la “embargaba”. Entonces, demandaba una vida “sin embargos” para contraponer, fantasmáticamente al tiempo que pivoteó entre sentimientos y pulsionales antagónicos y la idealización de su infancia perdida.

El placer causado viraba rápidamente en su extremo doloroso. Así se producían en su vida esas variantes que desde el placer de la liviandad y el movimiento fluido la llevaban, hasta lo vertiginoso del miedo a su sexualidad que brotaba y temía ante los posibles encuentros con el otro sexo. Se actualizaban marcas ambiguas, a sus cambios y movimientos, a nuevos encuentros. Que no son independientes, sino más bien interdependientes de los avatares del deseo del Otro tempranamente inscripto en forma de marcas fálicas y tanáticas cuyas huellas dejan trazas inconscientes, perdidas para el sujeto y que se actualizarán en tiempos de adolescencia, principalmente las que inscriben las diferencias sexuales, los modos de lazo erótico y también social a partir de los goces que engendran, las identificaciones, las idealizaciones. Evocaba la palabra indeterminada –así la vivía– de su padre tal como emergía en sueños y pesadillas.
Decía una joven que comenzaba su secundario: “Tengo miedo, voy a tener nuevos compañeros, no los conozco, tengo miedo de lo que no sé”. Sus compañeras del primario ya se habían besado con chicos, “yo no, no quiero todavía, quedo desubicada. Tengo miedo de cada día, voy a la escuela, no sé, no tengo palabras para decirlo”. “Me miro al espejo, no me gusta, me da vergüenza mirarme. Tuve miedo cuando sangré, no sabía qué era. Después mi mamá me dijo. ¿Por qué no me avisó antes? La odié. Sentí que era una extraña, mi mamá no me entendía, ya no podía hablar con ella, no me avisó, ahora me reta, me observa, quiere saber qué hago” me decía, angustiada a su vez porque de pronto nuevos encuentros y sensaciones la sumían en angustia y esta angustia parecía potenciarse por la extrañeza que surgió entre ella y su madre, donde antes el contacto parecía tan fluido, íntimo, casi perfecto...

Recibí la consulta de una mujer que tenía alrededor de 40 años. Entre otros temas, padeció durante su juventud crisis y pesadillas, rebeliones y transgresiones que llevaron a sus padres a realizar una consulta psiquiátrica. Fue medicada por años, “sedada”. Cuando pudo decir basta, y decidió por su cuenta otro estilo de consulta, descubrimos que por suerte sus “mariposas” no habían sido totalmente dormidas y no significaban un problema psiquiátrico, sino un problema relacionado con mandatos y decires que la habitaban y a los que no pudo decir no.

Cuestiones de estructura. Las diferentes culturas establecen momentos y/o ritos precisos que marcan la entrada en la adolescencia. Es una cuestión de estructura ya que indica un cambio que se sanciona con el acto de iniciación, marca que legitima en lo social y cultural, la entrada en la sociedad de los adultos.
De este modo, toda cultura reconoce que no se trata sólo de los cambios hormonales fisiológicos. Por otra parte, desde el psicoanálisis, Lacan postula una estructura triple que no podemos omitir al hablar de adolescentes. Es claro que no se trata de la pulsión en lo psíquico, sino del modo en que la pulsión en torno al objeto se articula desde el campo del Otro y resuena en el cuerpo (Lacan, Seminario XXIII, “Le sinthome”). La mirada del Otro y sus improntas de goce, marcaron la vida del sujeto desde antes de haber nacido, y desde ahí ha enlazado o dificultado el armado de las vicisitudes pulsionales, las identificaciones y los efectos sintomáticos a considerar en y entre las vertientes antes mencionadas. Cada tiempo del sujeto pasa por experiencias de encuentros y pérdidas a través de sucesos vividos o fantaseados entre RSI.

La desorientación vocacional o de sexo es a veces la muestra más tangible de cuestiones inquietantes que conciernen a la intimidad, a la legitimación sexual, al reconocimiento del sujeto en pleno cambio y asunción de nuevas responsabilidades y anhelos. Es ahí que faltan palabras para decirlo.
Ante el avance de un real que atañe al sexo, la muerte, el lazo social, los posibles nuevos amores y relaciones, se actualizan marcas indelebles e inconscientes que polemizan y conflictúan la vida diaria y el horizonte futuro del adolescente. Poder ubicar y escuchar sus contradicciones apuntando a reducir goces, producir bordes significantes, atemperar fantasmagorías grandilocuentes o melancólicas, ubicar el lugar del sujeto, desamarrar de identificaciones y mandatos del gran Otro, ubicar su real deseo y orientación sexual y en la vida es parte de la dirección de la cura cuando nos consultan por problemáticas vividas y sufridas por adolescentes.

Si suponemos que la adolescencia transcurre en medio de revoloteos y alegrías, entre músicas e inconsciencias, entre transas sin cuidados, en rebeldías en función de un “crecimiento madurativo natural” podemos desubicarnos, perder el rumbo y la posibilidad de escuchar que si efectivamente se trata de un tiempo donde los cambios invaden la vida del joven o de la joven, también implican para ellos, para cada uno, alternativas cuyas circunstancias entre vida y muerte, entre sexualidad y deseo, entre mandatos y objeciones deben escucharse a la letra, y descifrarse en la singularidad de cada consulta y tratamiento psicoanalítico porque están en juego la vida actual y el destino del sujeto.
Ahí donde la palabra ancla, amordazada, la apuesta del analista apunta a escuchar entre líneas los goces y mandatos a reducir, poner en causa el real deseo del sujeto, sostener su legitimación, y que las mariposas revoloteen, entonces, sin desesperar.
 
 
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