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   Avatares de la asunción sexual

Sexualidad y adolescencia
  Por Daniel Paola
   
 
1. Entre el niño y el adolescente. Si tuviera que definir cuál es el acontecimiento más importante que sucede en el pasaje adolescente, diría que por primera vez se cuestiona la verdad de una propiedad, que tiene al cuerpo como irreductible. Por primera vez, a la manera de un cogito, un adolescente comprende que la propiedad es supuesta.
Es a partir de esta necesidad que se juzgan las funciones parentales: de la madre como cuidado y su valencia negativa en su falta, y del padre como vector de una incorporación de la ley. De esta forma, el cuidado materno encuentra en el adolescente su falla a través de la propiedad supuesta del cuerpo. Y la ley del padre supuesta como propiedad inalienable fracasa, al quedar en suspenso el destino del cuerpo porque el deseo irrumpe.
Dice Lacan en “Dos notas sobre el niño” lo que diferencia al infans del adolescente. Entre el Ideal de Yo formado en la ley paterna y la posición del deseo de la madre, el niño se convierte en objeto cuya función revela una verdad. Así el niño se realiza como objeto a en el fantasma de sus partenaires. Esto es lo esperable y es natural que una madre o un padre lo reconozcan como propio.

Los niños quizás cuidan en el juego tanto la pelota como la muñeca, en una dimensión que escapa de la cuenta, y en cambio en el mundo adolescente no se cuidan tanto los objetos teniendo al cuerpo como base.
Está entre el niño y el adolescente una transformación del objeto a que pasa de una realización en el fantasma de otro (madre y/o padre), a un desprendimiento para ubicarse como activo de un discurso amo donde por primera vez se produce como caída. Los niños cuentan las figuritas y los adolescentes sueñan con ser figuras de espectáculo suponiendo al cuerpo como pérdida de su propiedad para ser transformado en utopía colectiva.
La pubertad es el pasaje caracterizado por una falta de aviso, donde la autonomía del objeto a sufre una transformación, por el desprendimiento de un fantasma cuya verdad representaba, a una propiedad supuesta del cuerpo que se arroja al colectivo de las utopías.

2. El himen como atributo.
Desde siempre el himen es un atributo de la propiedad de la posesión y los adolescentes sueñan con su perforación, más allá que se encuentren adoptando un falsus que se entromete con la religión o con cualquier tabú. Tanto la religión como cualquier tabú se entromete con su valencia prohibiendo todo acto que denote falla.
Ese falsus es un primer momento del falo y es necesario que el adolescente lo incorpore para ir en contra. De esta manera la adolescencia es la dialéctica de la propiedad del cuerpo cuando deja de ser transmisión verdadera de lo real del fantasma parental.

De la inexistencia de la propiedad, privada si se quiere, se asume en el sentido positivo de una ideología marxista o en el negativo de su negación, un camino que deviene síntoma.
Si la propiedad del cuerpo llevó a una falta de conciencia antropófaga de manera primitiva, el culto moderno no ha eliminado aún el asesinato metafórico del padre o la comida totémica. El fenómeno reactivo de anorexia y su contracara de bulimia parecieran ser rechazo del adolescente a la identificación histérica al padre.
Vale decir que el pasaje de la muerte del padre como metáfora hacia una nueva que implica otra dimensión, sufre un stop cuando se construye un fantasma porque de inmediato deviene un síntoma. En ese pasaje hay fenómenos que dan cuenta de la imposibilidad de la mentalidad en formar un imaginario “puro” porque siempre habrá un resabio de identificación al padre que lo impide. De la misma manera capturar un “real” se hace imposible, porque el cuerpo tiene una capacidad para la suposición que siempre va ser simbólica para darle valor de posible.

3. ¿Habría captura de falo? Se podría afirmar que en la adolescencia hay captura de falo porque se capta el sentido que da existencia al cuerpo como caído de una posesión. El momento preciso es la conjunción de la angustia con el fantasma, es decir la irrupción de un sentido propuesto por un significante.
Comienza el lapsus por primera vez a operar entre un imaginario fallado por la represión y un real atestado de representación que tiende a un vaciamiento que despierta. Diría que los cuentos despiertan y desde un real asustan porque no hay aceptación del cuerpo que cambia sin permiso.

La angustia pasa a ser un sinónimo que da, por primera vez, existencia al cuerpo. Si se fuerza el extremo del vacío de representación, surge como fenómeno reactivo una falsa creencia en la percepción y a menudo las drogas hacen pie, para devolver el peso de una letra a-perceptiva que se instala con fuerza arrasadora.
Es tal la fuerza, que la mimesis social surge de manera intempestiva, negando la verdad de una ley de gravedad que anuncia la caída definitiva del objeto a y la aparición súbita de una culpa super-yoica ligada a la sexualidad autoerótica.
Propongo, como he descripto en mi libro Transadolescencia (Editorial Letra Viva, 2007), que habría dos tiempos en la orientación del falo: 1) se inscribe como falsus, en contra, y 2) verdadero creando el falsus en el pensamiento.
No tendría que suponerse ningún arquetipo iniciático en el sellado del fantasma cuando el falo hace su aparición. La lógica binaria no puede descartarse en un tiempo falso primero y verdadero después, que se superponen yendo en contra de la ley instituida y al mismo tiempo instaurando un cogito que demuestra una falsedad para todo ser hablante: omnis homo mendaz.

4. Iniciación sexual
. Ubicar la adolescencia, es encontrarnos con aquello que se ubica entre la pubertad y las consecuencias de una iniciación sexual, que se comprobará como inexistente, en cuanto al sin-sentido que aporta; el punto donde nos encontramos frente a un fuerte sentido de masa, determinado por lo mítico de un goce cuya propiedad unifica y eso otro que singulariza al sujeto con su cuerpo frente al partenaire.
Decir de “a uno” es negado por completo por ser la adolescencia esencialmente crítica al individualismo y esto determina un sí a la masa. Justo allí reside una circunstancia trágica entre los adolescentes porque más allá de la estructura en juego respecto a las variables de la castración, se trata del encuentro con el goce en su disyunción posible-imposible.

Se trata de la cita con el cuerpo en donde toda la masa previamente afirmada, se esfuma en un tiempo donde lo que vale es lo singular para afrontar un acto más allá del placer que determine. Se trata de la soledad del sujeto frente a la circunstancia del cuerpo propio y del parternaire. Se trata, al fin de cuentas, de lo que ningún significante previamente podría cubrir y, sin embargo, sólo determinado orden entre el sujeto y el Otro permite pasar en forma tolerable.
El protagonista central de la historia de cualquier adolescente, es un o una joven que cree poseer ciertas virtudes para el liderazgo. Hay una lucha por el que llega más lejos yendo en contra, y ese es el que más se droga o el más pendenciero, o la que más se encuentra disconforme con la sociedad.

El o ella quieren absorber todas las miradas, incluso en la inhibición donde se sueña seducir con valentías diversas. Siempre hay enfrentamiento ya sea entre populares y divinas o entre pandillas rivales. Siempre hay pasillos donde furtivamente se esconden. Siempre la escena callejera convoca a la policía y se exige libertad por creerla perdida.
Hay exigencia de ser héroe frente al encuentro con un panorama desolador. Por primera vez se conoce el gusto a la traición y con el amor por lo general no se quiere saber nada. Los incidentes se producirán como serie de una sucesión de pasajes al acto, porque la angustia irrumpe. Las peleas con los padres con la posterior expulsión del hogar son hechos frecuentes a consecuencia de la caída en el tiempo singular que hace renuncia a la masa que se creía salvadora. Se descubre que la vida se irá consumiendo en forma cada vez más acelerada.

5. ¿Hay un goce mítico?
Es patético el momento en que el sujeto descubre que la masa se ha perdido y comprende el goce mítico que la consolida. En ese instante parece esfumarse el héroe adolescente que anidaba como destino de un deseo “loco”. Allí se puede observar un universal que juega con el fin de la vida, frente al terror parental que lo mira caminado en una cornisa.
La desilusión de héroe es atroz cuando desaparece y lo es cuanto más se supone unidad a la masa donde todos los cuerpos se ilusionan en ser uno. El goce mítico se fragmenta y allí, de no mediar aquel significante denominado falo, no habría soporte a la posibilidad de sostener el imaginario como producto de esa pérdida y entonces el efecto de dramático pasa a catastrófico, de catastrófico a la posibilidad de suicidio.
Es necesario rescatar que todo sujeto adolescente alguna vez estuvo llamado por canto de sirena de ese goce mortal. Todos hemos hecho sonar una música donde se escucha un estribillo que nombra la palabra generación. Todos nos levantamos al unísono y como uno respondimos al canto que consagraba la unidad.

¿Qué queda de ese goce mortal después de la iniciación sexual? Si bien el falo aporta aquello que hace tolerable lo imposible, no por ello ese goce mítico y mortal queda reducido a nada. ¡Será cuestión de no morder el anzuelo!, me dirán. Sin embargo, cada quien quedará en algún punto entrampado y de esto será mejor estar advertido. ¿No es esto lo que el psicoanálisis propone como dirección de la cura?

6. Un recuerdo Como cada mañana llegaba a la Unidad de Adolescencia del Hospital Alvear, a fines de los ’90. Allí tenía función de jefe de Servicio. Un día fui sorprendido por la inmediata demanda de la dirección del hospital. Habiendo golpeado las puertas de mi amigo el director comenzó a sonar en mi mente una melodía tranquilizante pero nada auspiciosa: knock, knock, knockin’on heaven’s door.
En efecto, me aguardan porque una madre había presentado una queja sobre el tratamiento que estaba recibiendo su hijo. Rápido, pude explicar que en el día anterior ese joven no estaba internado y que debía haber sido incorporado a la sala durante la noche precedente.
Me dijeron que por supuesto, al no haber lugar en la guardia del hospital, se había decidido su pase a sala porque se trataba de una auto-internación. –Comprendo –dije–, ¿pero cuál es el problema que originó la queja? –interrogué curioso–. Me respondieron que la madre, que acababa de hacer la “denuncia” en el día de la fecha, se había quejado del largo de mi cabello. Por supuesto, cabe aclarar, que hasta mediados de la década de mis cuarenta yo los lucía en la mayor extensión que podía.

Resulta que la madre había convencido a su hijo que se cortara el cabello, dado que se iba a internar y los “doctores” seguro, no gustarían de la longitud por juzgarla tal vez fuera de lugar. El hijo al verme entrar a la sala esa mañana había solicitado a su madre la inmediata externación, cuando horas antes rogaba que lo internaran.
Una risa sacudía la escena y mi amigo el director no podía sino sentirse habitando una escena surrealista. Cuando fui a la sala, pedí disculpas primero al hijo y después a la madre. El joven me contestó que nada le pudo haber resultado mejor que mi aspecto pelilargo porque de lleno contradecía a su madre y que la causa de la internación había desparecido al demostrarle que los “doctores” eran como él era antes. El ya no quería suicidarse.
Cuando firmé el alta recordé otra canción, esta vez más relajada, que decía: almost cut my hair…
 
 
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