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   Avatares de la asunción sexual

Variantes de la “asunción” sexual
  Por Silvia Wainsztein
   
 
Las diferencias. Las comillas que encierran al término “asunción” nos indican lo ambiguo del mismo. Si acordamos con la discordancia entre la pulsión y su objeto, la sexualidad humana se define por ser errática. Eso no impide que en la pubertad, entendida como el tiempo en el cual se juega la posición del sujeto en tanto sexuado, se efectúe algún anclaje, el que requiere un viaje y vueltas que se recorren alrededor del drama edípico, de las identificaciones que se originan desde la primera infancia, de la relación del sujeto con el Otro y con los otros, sin olvidar el suelo cultural de cada época y de cada geografía.

La diferencia sexual plantea problemas teóricos que Freud, el fundador del psicoanálisis, nos legara a quienes somos sus seguidores, para dilucidarlos. A modo de ejemplo, afirma que hay una sola libido y que esta es masculina, pero también, que “hay bisexualidad”, y para confundirnos un poquito más, que la castración se lee en la mujer, en ocasiones en la madre. Lacan lee en Freud que el otro sexo es el femenino y respecto del goce, que no hay más que goce del cuerpo.
Entonces, ¿qué quiere decir la expresión “asunción” sexual?
El sentido expresa que hay dos sexos: el hombre y la mujer. Basado en la anatomía como destino de la diferencia sexual, no da cuenta para nada de las variantes que esa diferencia arroja.
Si hablamos de asunción sexual, la responsabilidad de la misma recae sobre el sujeto que la asume, lo que no equivale a pensar en las condiciones de producción de esa asunción, cuya temporalidad se define por el après-coup que en un análisis se despliega, en principio, en la “novela familiar”, condición necesaria pero no suficiente de la construcción del fantasma. Situar el objeto de goce de cada sujeto es indicativo de la orientación del mismo, articulado al deseo que lo causa. Esto no es sin la transferencia que un analista sostiene en cada cura que conduce.

Gracias a la experiencia de cada análisis podemos hablar de “variantes de la asunción sexual”. Pero si la resistencia del analista, determinada por sus ideales sexuales, no es abordada por él mismo en su propio análisis, la iatrogenia no tardará en imprimir sus nefastos efectos en el analizante.
En ocasiones, alguna víctima de dicha iatrogenia, que se nomina homosexual, recurre a un analista del cual se sabe que tiene esa identidad, para ser aceptado, para ser “comprendido”, y así evitar el rechazo a sus inclinaciones. El analista que se hace cómplice de esa demanda tiene como premisa la conocida “identificación al analista” como ideal de una cura, dejando fijado al paciente en la pertenencia a una clase, social podríamos decir, que paradójicamente por esa vía aspira a la diferencia sexual. Ser reconocido como sexualmente diferente. Aquí nos encontramos con una de las tantas variantes de la asunción sexual, la que tiene por eje asumir una diferencia.

Pero para el psicoanálisis, la diferencia sexual pasa por la operación fundante llamada castración, impronta que vale para cualquiera que se diga “homosexual”, “hombre” o “mujer” (nadie se nomina heterosexual), “travesti”, “transexual”, “transformista”, “fetichista”, “perverso”, “masoquista”… y la lista puede continuar hasta el infinito. El corte (de esta lista) lo proporciona la castración.
Hombre-mujer son significantes que entrañan, según la lógica de los mismos, la posición del sujeto entre significantes que lo representan. Pero nadie sale con una identidad sexual asegurada contra todo riesgo y de una vez para siempre.
Contingencias de la vida, encuentros ines-perados, amores y desamores, descubrimiento de otros modos de goce pueden llevar a un sujeto a cambiar de asunción sexual con el consiguiente estupor, en principio para sí mismo y para quienes lo rodean.
La entrada en la pubertad conlleva una ilusión: que la sexualidad se normativiza, aunque la experiencia enfrenta al sujeto y al otro cada vez, en cada encuentro, con lo equívoco de esa ilusión.
La salida de la adolescencia, que se da con el fantasma constituido, puede orientar contingentemente al sujeto respecto del objeto que lo causa y que se encuentra en el cuerpo del otro.
Si el goce es goce del cuerpo, éste no se define por ser “femenino” o “masculino”, como la psicología del género promociona.

Lo que diferencia al acto psicoanalítico del acto sexual es el efecto que cada uno de ellos arroja. Del primero surge un nuevo sujeto, mas del acto sexual nadie sale con una nominación.
Un joven cuya entrada en la adolescencia es un tanto tardía, según el discurso de los padres, se declara asexuado, no puede identificarse a su propio sexo. A las mujeres les tiene pánico porque ellas siempre se enamoran, lo que para él equivale a un fantasma de devoración. Cree que con un varón no le pasaría lo mismo, y como hoy la homosexualidad no es discriminada, incluso está protegida por organismos de defensa institucionalizados, la imagina como vía para cubrirse de la devoración del semejante. Como el semejante es un igual, no se lo va a comer, entonces incursiona por esa variante.
En una cena familiar escucha que el padre nombra a los gay varones con la palabra “comilones”. La marca de este significante se le torna signo, ya que entra por la ventana lo expulsado por la puerta, y decide nombrarse “asexuado”: ni con varones ni con chicas.

La postergación del acto tiene su montaje en la inhibición como uno de los Nombres del Padre en el registro imaginario, a la espera del anudamiento que la función Padre Muerto haga, según la Ley, a su eficacia.
“Comilón” es la voz del padre que sanciona el goce devorador del Otro cuando es imaginado como La Mujer, sin marca de barradura. Como letra, pacifica, atenúa y desplaza la opacidad de lo real del sexo, que el fantasma de devoración lo pone a distancia del encuentro con el partenaire sexual. Ese es el encuentro que deberá digerir en los tiempos del análisis, cuando el objeto oral de la pulsión esté bajo el régimen fálico, cuya operación fundamental recorre la vía de la separación –del órgano– del cuerpo para poder hacer uso del él.
En el caso de aquel joven, al declararse asexuado continúa sosteniendo el cuerpo como falo, salida sintomática a un fantasma enraizado en el tiempo de la pulsión oral, cuya frase gramatical es enunciada como “ser comido por el amor del otro”.
Tiempo después descubre en la relación con una mujer, la fascinación por el “sexo oral”. La operación verdad, no sin la alienación en transferencia, inscribe para este varón “no ser allí donde era”, verdad alcanzada no sin el saber, que como dice Lacan en el seminario sobre el acto, es incurable.

Las diferencias y la perversión. El término perversión está cargado de múltiples sentidos referidos a la sexualidad normal. En particular, a las diversas desviaciones de las normas de la conducta sexual, normas que determinan que hay un saber sobre el sexo, que además puede ser aprendido.
¿Cómo se explica, entonces, que un varón pueda gozar con el tacón del zapato de la mujer en cuestión, cuyo valor de objeto fetiche es imprescindible en cada encuentro amoroso? ¿O la fantasía de alguna mujer que durante el acto sexual se imagina que ella es otra, que el látigo es fundamental para su goce, y que mantiene erecto el deseo de sus partenaires?
Esos ejemplos, que muestran la singular condición erótica de cada sujeto, son entendidos, desde el Ideal de la genitalidad normal, como conductas perversas. ¿Pero en qué se diferencian unas de otras? El fantasma neurótico es perverso, siempre y cuando se trate de un fantasma, y es el sujeto del mismo el que hace la diferencia entre fantasía, juego, escena sexual y semblante de objeto.
No es lo mismo el fantasma que su realización. En el caso de las perversiones, como uno de los modos de responder a la eficacia de la castración, esta última opera sin resto que dé cuenta de la falta como fundamento de la estructura. El perverso se presenta como el Otro y el partenaire es habitualmente un neurótico cuyo fantasma se encuentra en estado de default. La escena que le ofrece el perverso le restituye por un instante la imagen de sí mismo, que requiere ser renovada cada vez.

Sade se rebela contra la ley porque cree que esa es su obligación, su misión en el mundo. Pero haber pasado gran parte de su vida en la cárcel nos dice que a través del castigo de la prisión busca el máximo rigor de la ley, por ende, que cree en la ley absoluta –de ahí que en Kant con Sade, Lacan diga que el perverso es el instrumento del Otro, de la voluntad del Otro–. Sacher-Masoch, en cambio, se hace objeto de la angustia del Otro y concibe que él debe crear la ley, cosa que hace a través del contrato que establece con Wanda, la “elegida”, por su condición de histérica.
El fantasma del neurótico es perverso porque no cree en la ley absoluta. Su disposición a las diferencias, sean sexuales o de cualquier otra índole, le permiten abordar la diversidad de “asunciones” sexuales sin darle necesariamente un estatuto de identidad sexual.

La pubertad.
En su ensayo sobre la “Metamorfosis de la pubertad”, Freud subraya las tres novedades que se producen en ese tiempo de la vida del sujeto, determinadas por la aparición de los caracteres sexuales secundarios:
El acto sexual es posible, para ello… la identificación a uno de los dos sexos es necesaria.
La reproducción como fenómeno dable, supone un pasaje del individuo a la especie.
El tema que ahora trato, el de las “variantes” de la asunción sexual, toca de lleno la cuestión de las identificaciones.
En la pubertad se produce la irrupción pulsional, la que afecta el anudamiento de los registros RSI, y así como el estadio del espejo es fundante de la primera identificación de la imagen del cuerpo, la especularidad vuelve a cobrar toda su importancia en este tiempo de la vida del sujeto. Esto se debe a que la identificación a uno de los sexos precisa que el imaginario sea atravesado por el trastrocamiento de lo real, que requiere de lo simbólico, de esa función contraria al signo.
La retórica que se juega en decirse “soy gay”, “soy travesti”, no es sin la lógica que la subtiende. Tal como nos enseña Lacan en L’étourdit, una cosa es el enunciado de dichas afirmaciones, o sea, el dicho, y otra muy distinta es el decir, la enunciación. Esta sitúa al sujeto del enunciado: quién lo dice, a quién se lo dice, por qué lo dice, etc.

Un joven se presenta en la primera entrevista diciendo que es bisexual, “por las dudas”, por las dudas que tiene en abordar eróticamente a las chicas y por haber practicado el onanismo en grupo con otros varones. Decirse “bisexual” está dirigido al analista, que al no encontrar su complicidad, puede establecer algunas medidas. La escena grupal con los otros varones es interpretada como un modo de medirse con ellos la potencia fálica y reírse de la diferencia de los órganos de cada uno, en la búsqueda de una identificación viril.
Este caso descubre la importancia que tienen los pares en la identificación al sexo, solo después pueden darse las distintas variantes de la asunción sexual, las que no tienen la misma función en las diferentes estructuras clínicas.
El psicótico varón que se dice mujer intenta remediar con su delirio que La mujer no existe. El fetichista perverso (los hay quienes no lo son), niega la inexistencia del falo en la mujer, tal como Freud lo concibe. Con Lacan es posible decir que el perverso reniega que “no toda” la mujer está referida al falo. La lógica que sostiene es la de afirmar la existencia del universal.

El discurso social está preñado del concepto de género, que nos inunda intensamente. Si hablamos de género, tal como aprendimos en gramática, hablamos de masculino y femenino. Pero hay variantes de la asunción sexual que podemos situar en el transgénero. Así como lo transgénico es el producto de inocular un ADN extraño en un cuerpo biológico produciendo una modificación del mismo, éste resulta, en ocasiones, en la famosa figura de Frankenstein, una especie de monstruo cuyo cuerpo no está marcado por el lenguaje. Siendo objeto del experimento, su fragmentación se muestra en el remiendo.
La labilidad puberal es un campo fértil para generar experimentos. Entre los del mismo sexo, entre los que se dicen bisexuales, travestis, masoquistas o se “asuman” de cualquier otro modo, negando bajo su lógica el no-todo. A veces prueban de todo o de casi todo, porque todo… no se puede. Si están en análisis, requieren del analista la mayor de las cautelas, porque el riesgo de apresurar un diagnóstico puede estampar una identidad que aún está por inscribirse.
 
 
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