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   Colaboración

Esa voz... (la histeria, el cuerpo y la voz)
  Por Liliana Baños
   
 
“Si sonase la voz, volvería el dolor”.
César Pavese

Resulta difícil decir algo nuevo sobre la histeria; durante años ha sido elogiada, vituperada, interrogada, encarnada, perdida y recuperada en infinitas lecturas, relecturas, múltiples puntos de vista.
Pocos temas han sido tan transitados en Psicoanálisis como la histeria, es decir, como corresponde a esa estructura, no ha pasado desapercibida, precisamente exigiendo siempre una mirada más... una escucha menos.
Intento entonces recorrer dos fragmentos de análisis, situaciones clínicas en las que aparecen en juego la histeria y la voz.
Momentos donde la voz toma cuerpo y el cuerpo toma voz.

Momentos donde la histeria evidencia el cuerpo como lugar privilegiado para el síntoma. Un cuerpo que escenifica la insuficiencia de todo cuerpo para una satisfacción plena, que denuncia la imposibilidad de la relación sexual y que hace un llamado a un padre que debería “remediar” esto siendo Amo del deseo, aportando garantías contra el goce.
Es en esta apelación y tributo a la omnipotencia paterna donde se evidencian los límites de esta función, la insuficiencia de todo padre. O sea, verificamos nuevamente esta afirmación lacaniana “La histérica necesita un Amo sobre el cual reinar...”

Stella sueña antes de su cumpleaños que está parada ante su padre, él es joven, ella tiene su edad actual, ella le grita que es la hija negada, él no contesta y se le caen unas lágrimas.
La paciente tiene permanentemente problemas de afonía, y este síntoma ocupa un lugar privilegiado en su consulta. Antes del sueño tuvo dolor de garganta, tos, disfonía. En la sala de espera del analista ella se anuncia con su tos.
El padre se va de su casa cuando ella es muy pequeña. En algunos encuentros esporádicos él le da largas explicaciones de las que no recuerda más que la escena, como si su padre hablara solo moviendo los labios, no sabe qué le decía, ella permanecía callada, no podía responder ni preguntar. Curiosa escena donde no sólo faltan las palabras, sino fundamentalmente ha desaparecido la voz.
Su queja en relación a la madre es que nada le pertenece, todo es de la madre, incluso ella y su hijo.
Ella no tiene “ni voz, ni voto”. Ella interpretó fantasmáticamente el abandono del padre como ilegitimidad de su condición de hija. Si el Nombre del Padre se eclipsa en la ilegitimidad aparece ausente el Padre que nombra (ambos padres se condicionan pero no se superponen).

Cuando se queja de que su padre no la llama para su cumpleaños (supuestamente por teléfono) esto se desliza a que no la llama, no la nombra.
Estos lugares donde se desvanece el Nombre del Padre como función la llevan a un sometimiento silencioso.
Días antes de su cumpleaños acompaña a sus síntomas vocales y laríngeos una entrega sexual anónima y literalmente por nada, sin ningún pago. Este acting-out (o pasaje al acto que se transforma en acting en análisis) pone en escena su ubicación como objeto en el límite entre el resto y el deshecho. (Resto: causa de deseo-deshecho: causa de goce). Sumisión como oferta de goce a un Padre originario al que parece sostener de este modo.
Imposibilitada a darle su carencia un sostén simbólico de representatividad, pendiente por la cual la histeria se pervierte.

Aparece aquí una gran diferencia entre este acting y lo que sería su afonía (reverso del gritar en el sueño) como síntoma que interroga al límite de la función paterna, fundamento de la posición histérica.
Esta paciente freudiana, tributaria de lo freudiano, hasta en su estilo de histeria antigua, ingenuidad no intelectualizada que tiene como horizonte otra época, vuelve a poner sobre el tapete dos cuestiones que retoma Paul Laurent-Assoun y me parece importante señalar: la virtualidad afónica de la voz, hecho que la histérica pone a prueba y comprueba; “el orador que aclara su garganta”; “el temor al blanco de la voz”, “prueba de que mi voz tiene sus caprichos y que yo no poseo sino su usufructo”.

La afonía que en Freud es un hecho clínico fundamental, en Lacan es una verdad de estructura. La voz está sujeta a la invocación.
Cito: “Si la pulsión invocante se cataloga como lo más próximo a la experiencia de lo inconsciente, es porque expresa un modo de ‘comunicación’ altamente paradójico. El sujeto comprueba que se remite, asigna al lugar del Otro lo que no es susceptible de asumir de su propia enunciación”.
No quedará ajeno a esto lo primario de la pesadilla de quedarse sin la voz, la voz casi inau-dible de la anorexia o la mudez de “lo femenino”, imagen de lo insondable, enigma de lo que permanece intocado por la sexualidad que ineludiblemente aparece ligado a la muerte.
¿Dónde ubicar una separación tajante entre la histeria y la femineidad?

Otro estatuto de la voz:
Ana tiene vértigo; ella llama así a episodios en los que parece caer por un túnel sin fin, “... pierdo la cabeza-dice-pierdo el cuerpo, no es que no lo controle, siento que no me pertenece. Tengo la sensación de que yo estoy muerta o que todos los demás están muertos, es algo horrible que no puedo parar...”
Otro padecimiento no parece más benévolo, intensos episodios de angustia donde según su relato la angustia la toma y ella no puede soltarse.
En otras ocasiones se drogaba y con bajas dosis emprendía viajes de los que no podía volver.
Un día pide una sesión, está muy mal, tiene ideas y voces que se le agolpan en la cabeza y dice con desesperación: “Siento que estoy a punto de escuchar voces”.
Rastreando lo que desencadena este episodio, aparece lo siguiente: el fin de semana ha ido a su pueblo, estaba engripada y su padre le dice en tono grave: “Ana tenés que cuidarte porque tu cuerpo es nuestro”.
¿Qué significa este nuestro, más allá de la supuesta pertenencia a él como padre y a su madre?
Esta apropiación paterna (acting que parece escenificar la mostración de una relación sexual) la sumerge en un momento de vacilación del fantasma. Queda a merced de un goce pulsional arrastrada a confundirse en un todo-origen, abigarrada en el fondo, donde en un más allá de lo imaginario cae en un fenómeno de mimetismo.

Es la irrupción de este padre obsceno y feroz en la escena la que amenaza con la emergencia potencial de la voz bajo una forma separada, exterior, ajena, como no perteneciente al sujeto.
Esto entra en consonancia con caer por el túnel sin fin del vértigo, por el agujero. Ella dice con este síntoma la verdad, su cuerpo no le pertenece, es prestado, lo tiene sólo por momentos.
Escuchando esta afirmación que la abisma “están todos muertos o yo soy la muerta”, nos remite a la pregunta que no puede formular: “estoy viva o estoy muerta”. Esto corresponde a un punto ciego materno de un duelo no tramitado por una hermana de la paciente muerta antes de su nacimiento.
Ana oscila entre “tener todo”, tener demasiado, hija única colmada debe dar, regalar, compartir, porque se vive como apropiadora y su aproximación a la castración, a la femineidad a su no-tener donde se desliza a no tener derecho a “tener-nada”.

Tomar contacto con su falta era irse por el agujero, por no poder justamente, constituir los ribetes de una falta anclada en lo simbólico.
Una economía regulada por la privación y no por la castración.
Otras formas de “no-tener”: perder consistencia, perder control sobre su cuerpo. Ella no pide, jamás fantaseó con tener un hijo, es decir la maternidad como una de las posibles formas de resolución de la castración. En cambio se apropió de un síntoma materno: el vitiligo. Ana sostenía que las manchas en la piel de la madre le decían algo. Digo apropiación porque no decían algo de la madre sino que le decían algo a ella, es más, en un momento de su análisis reprodujo parcialmente este síntoma que desapareció en poco tiempo.
Volvamos al lugar de la voz. Nos interesa esta distinción que Lacan hace entre el habla significante y la voz. La voz como objeto a, como aquello que no puede decirse, o sea como aquello que siendo del significante no participa del efecto de significación. Decimos entonces que la voz se oye, el significante se escucha.
Es allí que nos ubicamos en esa amenaza que se presentifica en Ana: “Estoy a punto de escuchar voces”.

La voz mantiene con el sujeto una relación de exterioridad-interna, será la función del Nombre del Padre la que permitirá el decir, o sea que la voz como objeto permanezca articulada en el habla. Si esto no funciona la amenaza consiste en que este efecto voz se revele bajo su forma separable, lo que proviene del exterior, lo que proviene del Otro.
Para nosotros, analistas, la voz importa porque resuena en un vacío (no espacial) en el vacío del Otro como tal. Se constituye ex-nihilo.
Lacan usa una bella expresión cuando dice de la voz “... ese objeto que creemos conocer bien bajo el pretexto de que conocemos sus deshechos, sus hojas muertas, bajo la forma de las voces extraviadas de la psicosis, su carácter parasitario bajo la forma de los imperativos interrumpidos del super-yo”. (Seminario: La angustia).

En cada caso debemos interrogarnos por el modo como cada sujeto mantiene articulado o no su deseo, o sea la relación del sujeto a la falta, al objeto a, este no objeto tan particular, elidido, separado, siempre en otro lugar.
Diríamos entonces en este caso, ¿Ana podría haber hecho un delirio histérico?
Podemos plantear con Melman que en esta solidaridad que la histérica mantiene con el padre, ella puede proponerse a través de su queja, como la misma voz del padre original (imaginario), adquirir fuerza y pasión para ofrecerse como inspirada, venida desde el más allá para hablar en Su nombre, y decir Su dolor.

Esto posibilita que muchas manifestaciones extravagantes o locuras histéricas no sean necesariamente psicóticas, no provengan de una forclusión del Nombre del Padre sino que sean “un esfuerzo por amplificar su voz”.
Ana me llamaba por teléfono con frecuencia, decía que escuchar la voz de su analista le permitía calmar la angustia, quizás mi voz acallaba otra Voz.
En ambas pacientes es notorio cómo en determinados momentos clave de su vida o de su análisis el circuito que comunica la pulsión invocante con la demanda oral se interrumpe (el lugar del acting-out o el pasaje al acto).
También, ambas pacientes sostenían de maneras diversas una sumisión casi sacrificial al Padre, no muy diferente como posición fantasmática al sometimiento al goce del Otro materno.
Quizás desde este planteo podemos pensar esta afirmación de Lacan de que el fin del análisis de una mujer es quedar ahora abierta al azar. Es decir, posicionada diferente frente a los mandatos superyoicos y sus voces.
El azar en tanto encuentro fallido interrumpe el vínculo paranoico con la madre. (Esta interrupción funciona en sentido inverso al de la interrupción antes mencionada, entre la pulsión y la demanda).

Voces entonces. Voz con modulaciones, voz colorida si está articulada subjetivamente, voces monótonas, monocordes en las alucinaciones y en los mandatos superyoicos, voz sublimada en el canto lírico, voz siniestra, voz loca en tanto separada de un cuerpo, la propia voz que perturba mi hablar.
La histérica intentará permanecer encantada con la voz de su analista, es decir no escuchar nada, valga aquí la enseñanza lacaniana: el analista presta a la interpretación no sólo a su voz, su entonación, su énfasis, allí radica su verdadera enunciación.

Referencias bibliográficas
Jacques Lacan, “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”.
Paul Laurent Assoun, Lecciones psicoanalíticas sobre la mirada y la voz.
Jacques Lacan, Seminario X – “La angustia”.
Charles Melman, Nuevos estudios sobre la histeria.
 
 
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