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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

¿Qué es la angustia en psicoanálisis?
  Por Luciano Lutereau
   
 
La angustia es un motivo central de la práctica analítica. Su participación en el dispositivo indica mucho más que la presentación de un afecto. Dicho de otro modo, no es la indicación de un estado emocional o una “experiencia vivida” –en el sentido fenomenológico de la expresión– lo que se menciona cuando se intentan precisar las coordenadas de división subjetiva que dicho término impone. Asimismo, hay modos de la angustia en psicoanálisis: no es la misma angustia en el comienzo del tratamiento, cuando quien la padece refiere un relativo extravío de su posición en el padecimiento (si es que incluso puede reconocerse en función de un malestar) que la angustia que se presenta una vez ya iniciado el análisis y, en todo caso, cuando se verifica la inercia del síntoma en una especie de “Ya sé, pero aún así no puedo evitarlo”.

A esta última coordenada del padecimiento es que está dedicado el Seminario 10 de Jacques Lacan. Aunque su título sea precisamente “La angustia”, no se trata en este momento de la enseñanza lacaniana de realizar una descripción de todos los modos de la angustia en la experiencia analítica, ni de ofrecer una definición exhaustiva que valga para cualquier fenómeno que se presente en estos términos, sino de delimitar un momento crucial de la práctica: la angustia en la vía de la realización del deseo. Esta propuesta de Lacan es particularmente interesante, ya que ubica que no sólo la inhibición como el síntoma (así como el acting out y el pasaje al acto) son defensas contra la angustia, sino que esta última ya es de por sí una defensa. De ahí que recupere el planteo de la angustia como “señal”:

“El sentido que puede tener el término peligro interno está ligado a la función de una estructura que se debe conservar. Es del orden de lo que llamamos defensa.” (Lacan, 1962-63, 174)

De este modo, la angustia implica las coordenadas de realización del deseo y una respuesta defensiva –propia de la neurosis–: “Nos enfrentamos con ello en la angustia en un momento lógicamente anterior al momento en que lo hacemos en el deseo” (Lacan, 1962-63, 175).
Para dar cuenta del modo en que la angustia tiene una función anticipatoria y defensiva respecto del deseo, Lacan se refiere al caso paradigmático de Edipo, en un esclarecimiento que permite entrever la posición del neurótico respecto de la causa del deseo:

“Ve lo que ha hecho, y a consecuencia de ello luego verá […], un instante después, sus propios ojos, hinchados por su humor vítreo en el suelo. […] Y sin embargo, no deja de verlos, de verlos en cuanto tales, como el objeto causa, por fin develado tras la concupiscencia, la más extrema […] la de haber querido saber.” (Lacan, 1962-63, 176)

Ahora bien, ¿cuál es la angustia de Edipo? En principio, la de verse confrontado con la causa de su deseo, esto es, su curiosidad en el deseo de saber. Si bien podría decirse que la investigación de Edipo estaba al servicio de esa forma del Otro que es la Polis, lo cierto es que el fundamento pulsional de su empresa se le escapa. Dicho de otro modo, mientras que Edipo cree que actúa al servicio de un Bien, desconoce el soporte de su indagación en esa forma de la satisfacción escópica que es el amor al saber. Así es como la posición del rey de Tebas puede ser declarada como contundentemente neurótica; a él podría aplicarse lo que Lacan dice del religioso en “La ciencia y la verdad”:

“Digamos que el religioso le deja a Dios el cargo de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo…” (Lacan, 1965, 851)

No habría más que intercambiar la palabra “religioso” por “neurótico” en este contexto y obtener una expresión grávida de sentido. El neurótico es el que le oferta al Otro la causa de su deseo. En el caso de Edipo, la curiosidad, el deseo de saber, tiene un objeto que lo causa, que no es ningún objeto concreto, sino un circuito pulsional velado. De ahí que los ciegos bien puedan gozar de la mirada, o que algunas histéricas –como Dora– puedan espiar con las orejas. En este punto, entonces, volvamos al momento de la angustia de Edipo:

“¿Cuál es el momento de la angustia? ¿Es acaso lo posible de ese gesto con el que Edipo se arranca los ojos, los sacrifica, los ofrece en pago por la ceguera con la que se cumplió su destino? ¿Es esto la angustia? ¿Es la posibilidad que tiene el hombre de mutilarse? No, es propiamente lo que me esfuerzo en designarles mediante esta imagen, es la imposible visión que te amenaza, de tus propios ojos por el suelo.” (Lacan, 1962-63, 176)

De esta indicación se desprenden dos observaciones: por un lado, que en la angustia que importa en este contexto se trata siempre de la encrucijada respecto de alguna forma de imposibilidad, esto es, el analista debería poder reconstruir la situación de encuentro con un imposible que denota la cesión de una parte del cuerpo (un modo preciso de satisfacción) cedido al Otro.* He aquí, entonces, la concepción del objeto a como cesible. Por otro lado, es notable que Lacan destaque que la angustia no concierne a la posibilidad de mutilación, es decir, por esta vía se disocia la angustia de cualquier tipo de amenaza –“La angustia debe situarse en un lugar distinto que la amenaza de castración” (Lacan, 1962-63, 181)–. De este modo, Lacan hace de la castración una operación estructural que no requiere de un agente específico (en el fantasma neurótico, el padre) e incluso su incumbencia pierde preponderancia al convertirse en un modo de separación del objeto entre otros: la castración es un modo de corte, y cada objeto tiene su forma precisa. Volveremos sobre este aspecto en una próxima ocasión, aunque para ilustrar la cuestión de la cesión neurótica del objeto al campo del Otro consideremos un breve fragmento clínico:

María se presenta un día afirmando “No puedo nada sola”. La frase ya de por sí reclamó mi atención, por el posible cambio de vía que admitía y su ambigüedad, especialmente porque se trata de una mujer que hace muchas cosas en su vida diaria en la que se combinan la docencia, la militancia y la gestión en una importante empresa. Es lo que podríamos llamar una “mujer actual”, que reparte sus horas en diferentes actividades en las que ejerce un notable liderazgo. Sin embargo, esta afirmación remite a otra circunstancia, la de haber empezado y dejado ya por tercera vez clases de danza los jueves a la noche. Desde chica siente una pasión ostensible por este arte, y en el comienzo de la juventud se le presentó la alternativa de continuar y profesionalizarse o iniciar sus estudios universitarios. Eligió esto último, en función de los intereses familiares. En este punto le digo que no debe ser sencillo ir los jueves a la noche a danza después de todo un día de trabajo. Así, su impotencia (“No puedo…”) –que ella significaba como “falta de motivación”– se resignificó en función de las varias cosas que ya podía y retornó como “cansancio”. Así, María continúa con el esfuerzo que le requiere estar resolviendo problemas cotidianos en actividades que implican un gran reconocimiento pero que ella sabe que no le incumben directamente; que en un principio asumió como un medio, pero que ahora se han vuelto un fin en sí mismo. “¿Cansada de cumplir?”, le pregunté. Por esta vía, María ubicó la “incómoda sensación” que le produce otra elección: dejar de hacer lo que se espera de ella para ocuparse de sus intereses, a los que degradada como “hobbies” o relega para cuando le queda algún momento libre. Nada más angustiante que una elección. Sin embargo, el tiempo no sobra.
_____________
* “Ahí está la clave más segura para lo que podrán encontrar siempre en el fenómeno de la angustia” (Lacan, 1962-63, 177).
 
 
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