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   Colaboración

Lo imprescindible en nuestro botiquín: curita, antibiótico, psicofármaco
  Por Martín. H Smud
   
 
Los psicofármacos son drogas sintetizables en laboratorios. El comienzo de una enorme maquinaria que lleva a que los psicofármacos ocupen un lugar imprescindible en el botiquín de todas las personas.
¿Qué encontramos en los botiquines lícitos?
Los tres nombres más pedidos en nuestro botiquín son: curita, antibiótico y psicofármaco.
(Faltarían las vacunas pero no las agregamos porque no están en nuestro botiquín sino en el botiquín del estado que no deja en las manos de cada uno, el emblema del sistema “salud para todos”).

1. La curita es la más vieja, el hombre muy pronto encontró esa especie de aspirina. La que llama a calmar, la que tapa para mostrar mejor el desenvolvimiento natural, la que da un marco y ayuda a desarrollar una cura sostenida.
La curita es una manera de espera conveniente para que algo que se abrió, lastimó, supuró, vuelva a su cauce, a su estado de fluidez, a su orografía de nacientes y desembocaduras normales.
El cuidado de las heridas no es una ciencia exacta, depende principalmente de la observación clínica y de la experiencia del profesional. Por este motivo, la buena formación y el cono¬cimiento de los profesionales de la salud siempre serán factores imprescindibles en el cuidado de las heridas.
Las heridas implican conocer los motivos y causas de esa lesión. Se trata de ir de lo superficial a lo profundo y, luego, de lo superficial a las fuerzas implicadas en la situación acontecida.

2. El descubrimiento del antibiótico fue el hallazgo de un sal¬vador. Lo más peligroso vivía en forma invisible. Se metía en el cuerpo y lo destruía por dentro. Y no había otra salida más que esperar la muerte que, antes de presentarse, hacía sufrir con miles de amagues y fintas. El dolor inaguantable. El antibiótico alargó la vida de los seres humanos en décadas.
¡Cuánto más tiempo hubieran vivido los pobladores origina¬rios de la América precolombina si hubieran tenido antibióticos! Fueron arrasados por los gérmenes del viejo mundo. (Gérmenes que el hombre del viejo mundo ya había hallado antído¬tos en su cuerpo viejo).
El uso generalizado de los antibióticos se remonta a la segun¬da guerra mundial pero su descubrimiento fue tiempo antes y, como en la mayoría de los casos de la farmacología, fue azaroso.

Así cuenta la leyenda:
El primer antibiótico descubierto fue la penicilina. Alexan¬der Fleming (1881-1955) estaba cultivando una bacteria (Staphylococcus aureus) en un plato de agar, el cual fue contamina¬do accidentalmente por hongos. Luego él advirtió que el medio de cultivo alrededor del moho estaba libre de bacterias, se sorprendió mucho y comenzó a investigar el porqué. Él había trabajado previamente en las propiedades antibacterianas de la li¬sozima, y por ello pudo hacer una interpretación correcta de lo que vio: que el hongo estaba secretando algo que inhibía el crecimiento de la bacteria. Aunque no pudo purificar el material obtenido (el anillo principal de la molécula no era estable frente a los métodos de purificación que utilizó), informó del descubrimiento en la literatura científica. Ya que el hongo era del género Penicillium (Penicillium notatum), denominó al produc¬o penicilina. Debido a la necesidad imperiosa de tratar las infecciones provocadas por heridas durante la II Guerra Mundial, se invirtieron muchos recursos en investigar y purificar la penicilina, y un equipo liderado por Howard Walter Florey tuvo éxito en producir grandes cantidades del principio activo puro en 1940. Los antibióticos pronto se hicieron de uso generaliza¬do desde el año 1943. El descubrimiento de los antibióticos, así como de la anestesia y la adopción de prácticas higiénicas por el personal sanitario (por ejemplo, el lavado de manos y utilización de instrumentos estériles) revolucionó la sanidad. Se ha llegado a decir que fue el gran avance en materia de salud des¬de la adopción de la desinfección. Se les denomina frecuente¬mente a los antibióticos: balas mágicas, por hacer blanco en los microorganismos sin perjudicar al huésped .

3. El psicofármaco fue el último en aparecer. Después del antibiótico, enseguida el psicofármaco. A partir de 1958, la psico¬farmacología comenzó su época de oro que, hasta nuestros días, marca de manera definitiva el tratamiento de pacientes con di¬versas “enfermedades mentales”.
A partir de esa época, el número de pacientes recluidos en instituciones psiquiátricas se redujo drásticamente; por ejem¬plo, en los Estados Unidos, en 1955 había 560 000 pacientes psi¬quiátricos hospitalizados; en 1986, el número se redujo a 120 000. Las observaciones que condujeron a la introducción del primer fármaco antipsicótico, la cloropromazina, se realizaron en el laboratorio de Henri Laborit, en Francia. Laborit estaba interesado en sustancias que pudieran antagonizar los signos y síntomas del estado de choque, manifestado por debilidad, angustia, sudoración, piel húmeda y fría, pulso rápido y débil, disminución de la presión arterial, relajación muscular, etc. Este estado se puede producir después de accidentes o hemorragias graves, de traumas quirúrgicos o psíquicos serios o en perso¬nas alérgicas. Laborit pensaba que este cuadro se debía a la li¬beración masiva de neurotransmisores y que se podía tratar a estos pacientes administrándoles antagonistas de los mismos.

En ese momento, una compañía farmacéutica francesa estaba probando fármacos antihistamínicos, uno de los cuales, la prometazina, ya había mostrado no sólo efectos antihistamínicos sino también propiedades sedantes y analgésicas importantes. Laborit ensayó esta droga en pacientes que iban a ser sometidos a cirugía y que eran, por lo tanto, candidatos a padecer un choque operatorio. La administración de la prometazina, siempre en combinación con el cóctel que el anestesiólogo acostumbraba administrar al paciente antes de la operación (el llamado “cóctel lítico”, que incluye analgésicos, relajantes musculares y ansiolíticos) no sólo disminuyó la incidencia del esta¬do de choque sino también hizo que, antes de la operación, el paciente estuviera más tranquilo y que su estado de ánimo fuera mejor después de ese suceso.

Estos resultados indujeron la búsqueda de fármacos más eficaces que la prometazina en relación con sus efectos centrales. Apareció entonces la cloropromazina. Laborit constató que este fármaco era más potente que la prometazina, menos tóxico y que, además de producir la reacción descripta anteriormente, producía cierta somnolencia y disminución de la reactividad del sujeto a estímulos ambientales, como si no les importara lo que sucediera a su alrededor, sin que hubiera pérdida del conocimiento. Laborit sugirió entonces su empleo en psiquiatría, particularmente en las curas de sueño en boga en esa época.

Fueron Jean Delay y P. Deniker, dos de los psiquiatras franceses más reconocidos de la época, quienes en 1952 ensayaron la cloropromazina, administrada sola, en pacientes psiquiátricos. Los resultados fueron extraordinarios. Varios tipos de alteraciones psiquiátricas, desde la manía hasta los síndromes depresivos o compulsivos, mejoraban considerablemente con la droga, a tal grado que muchos de estos pacientes pudieron retornar a su casa. Este tipo de resultados nunca se ha¬bían observado antes, y significó el destierro definitivo de las cadenas en los hospitales psiquiátricos, además de que contribuyó al reconocimiento de la enfermedad mental como una realidad objetiva susceptible de ser estudiada y tratada (refor¬zando la idea de organicidad) y no como un estado mágico o de origen divino.
En 1958 Janssen descubrió las propiedades antipsicóticas del haloperidol, una droga con estructura diferente a la de las fenotiazinas (familia de fármacos a la cual pertenece la cloropromazina); en este caso se trata de una butirofenona, familia que agrega nuevas posibilidades al tratamiento de pacientes psicó¬ticos y a otras alteraciones neurológicas.

Al mismo tiempo que los antibióticos y las vacunas, los psi¬cofármacos conseguían que la vida se alargara y, por tanto, que la existencia se volviera más compleja. Más tiempo en el mundo significaba más miedos y más conciencia de la propia finitud. El hombre pocas veces se encontraba ante alternativas tan complejas como en nuestro “siglo XX cambalache”.
La vida se alargaba y había que dejarse de joder con ese sempiterno miedo a la locura. El problema ya no era la sinrazón sino lo que podía pasar a lo largo de la vida, de nuestra extendida vida. Ya no importaba tanto la locura, ahora lo que quedaba en el medio de la palestra era la medicina y el lugar donde la familia ubicaba al botiquín familiar.

Esa familia había ido cambiando. Lo que quedaba de ese ideal de familia burguesa, luego de siglos de mudanzas y peleas, era la fragmentación familiar y como una de sus consecuencias: los psicofármacos cobraron un lugar estelar.
Padres e hijos compartían más tiempo en la tierra, entonces ya no eran tanto los padres quienes cuidaban a los hijos sino también los hijos cuidaban a los padres. Podían ahora los padres darle de tomar fármacos a sus hijos enloquecidos tanto como

los hijos podían dárselos a sus padres envejecidos. Locura y ve¬jez se emparentaban de una manera insólita.
El psicofármaco fue ganando “adeptos”. Si comenzó como tratamiento de la locura, hoy se prescribe mucho más para los desvaríos efecto de los ciclos de vida, para problemas de sole¬dad, ansiedad, angustia, miedos de toda calaña. Gracias a sus posibilidades y plasticidad se destinan para una cantidad cada vez mayor de contrincantes revelados o a revelar. Lo llamativo es que muchos de sus cambios se fueron dando sin diagnóstico previo y sólo se realizaron con posterioridad tomando en cuenta sus consecuencuencias.
Sus efectos, una fuerza que se enfrenta a una contrafuerza desvariada, exagerada, peligrosa; esos efectos no se detienen a evaluar primero sus prerrogativas, no se meten a curiosear por sus meandros, son una fuerza que no puede darse ni tomarse sin consecuencias.

Si gritamos, nos hacen bajar la voz; si nos quedamos mucho en la cama, nos levantan con ímpetus colonizadores; si estamos sin poder parar ni un minuto, nos enlentecen el ritmo. Si tenemos ataques de pánico bajan las revoluciones del corazón, si nos deprimimos levantan nuestros espíritus.
Un hombre va a su tratamiento psiquiátrico, le pregunta con exigencia al profesional acerca de lo qué será mejor tomar, si algo que le dé valor o algo que detenga su furibundo ataque de miedo. El psiquiatra le dice que el psicofármaco depende de cómo tomarlo, para qué y, sobre todo, depende de quién lo tome. Medita qué le prescribirá, piensa que tiene pocas oportunidades de mostrarle al paciente que con el fármaco no alcanza. Tenía la hipótesis clínica de que debía evitar darle demasiado rápido una medicación, debía evitar por un tiempo caer en esa encerrona que lo iba a dejar a él mismo por fuera de la posibilidad de continuar el tratamiento, debía no dejar que los psicofármacos ocuparan el lugar de las palabras necesarias de pronunciar.


Nota: el presente escrito se corresponde con desarrollos que el autor trabaja en su último libro El Dios químico como fin de la psiquiatría que cuenta con prólogos y epílogos de Vicente Zito Lema y es de Letra Viva Editorial. 2013
 
 
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