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   La era de la compulsión generalizada

Sociedad post-moderna: subjetividad y violencia
  Por María Julia Cebolla Las Heras
   
 
No necesitamos más que transitar las calles, encender el televisor o leer los diarios para tomar conciencia de cuanta violencia y necesidad insatisfecha encontramos todavía en la sociedad. Mendigos durmiendo en las veredas, adolescentes drogándose, niños que venden flores o piden monedas entre coches que el semáforo detiene en una esquina, son entre otros, exponentes que dan cuenta de una situación social que aunque mejorada en los últimos años, dice de la existencia de una parte de la población que limita lo marginal, está inmersa en necesidades económicas y/o afectivas y se siente excluida del ejercicio de su condición de sujeto de derecho.

Partiendo de esta realidad social, ¿qué encuentra hoy el operador-psicólogo comunitario que trabaja en programas que atienden la problemática-escenario de actuaciones de jóvenes en conflicto con la ley penal?
¿A qué situaciones exteriorizadas en el espacio social, e incrementadas en las últimas décadas, nos referimos cuando hablamos de conductas conflictivas marginales? Reflexionemos.
Sabemos que la violencia y la marginalidad no existen ni pueden prescindir de su contexto social, ya que se alimentan de imágenes y de signos tomados del mundo circundante. Aún cuando por momentos, estos modifiquen parcialmente su significación, para que la imagen y el signo expresen una experiencia personal original o una historia familiar propia, a pesar de ello, los hechos conservarán las principales leyes y mensajes inconscientes de la sociedad en que habitan. Cuando hablamos de jóvenes en conflicto con la ley penal, nos encontramos frente a los usos especiales que el individuo hace de su entorno y que muchas veces en ellos representan esfuerzos esperanzados a nivel inconsciente para superar obstáculos que interfieren en su normal maduración y desarrollo social. Con su accionar, el adolescente nos pone de manifiesto, nos dice en el lenguaje de la acción, del fracaso de la socialización del niño y del joven, fracaso éste generado y mediado por su contexto social, especialmente por su entorno más cercano, portador de las funciones normativas que debe cumplir toda familia. Fracaso que implica a la comunidad misma pues dice de su imposibilidad de dar contención y formación a sus integrantes.

Ante el aumento de la violencia social, puesta a estudiar los cambios en el perfil de la población actualmente atendida por operadores comunitarios, y con el fin de pensar nuevas estrategias que permitan lograr mejores resultados a las intervenciones y una inclusión social responsable de los jóvenes, no puedo obviar realizar un análisis que intente profundizar acerca de otros cambios concomitantes. Es decir, aquellos que a nivel de la macroestructura se han producido en las últimas décadas, en nuestro país y en el mundo. Cambios que nos han afectado tanto a nivel individual como familiar y social.

¿Cómo podemos indagar la interacción determinante entre subjetividad, familia y sociedad? Diversos autores han reflexionado en torno a cómo las últimas transformaciones producidas en las sociedades, que pueden agruparse con los conceptos de globalización y post-modernidad están generando cambios importantes en los procesos de constitución subjetiva. Así como habría existido un sujeto moderno correspondiente al momento histórico de la modernidad, estarían produciéndose formas de subjetividad determinadas por la nueva realidad emergente. Hay que tener presente que toda sociedad genera un cierto discurso sobre sí misma en la dimensión que atañe al sujeto, discurso que, legitimado como saber, promueve prácticas y procesos de subjetivación individuales y colectivos que son coherentes con los modos de organización económica, política y cultural de cada sociedad particular.

Las transformaciones de la subjetividad que se estarían produciendo como consecuencia de esta globalización serían uno de los rasgos fundamentales del nuevo mundo global signado por la organización socio-económica del capitalismo post-industrial. En ella, la figura paterna ha perdido presencia, tanto en lo real como en lo simbólico y con ello, su posibilidad de sostener la trama edípica, situación que impediría la instauración del conflicto interno que constituye al sujeto y lo dota de una mismidad interior autónoma y diferenciada. Se formaría así “un aparato psíquico sin complejidad interna, sin pretensión de individuación, con un ansia permanente de identificación externa, con una autonomía precaria. Las consecuencias serían un sujeto, que si queda solo queda en el vacío, abandonado a sus impulsos inmediatos, propenso a la manipulación y poca voluntad propia, viviendo al instante la oferta del consumo”. (Pérez, Carlos)
Desde esta conceptualización uno podría pensar las excesivas manifestaciones de violencia de nuestros días y los fenómenos de masa violentos, en las que los individuos parecen no tener conciencia de sus actos como manifestaciones de un aparato psíquico, cuya estructuración ha sido producida por las nuevas formas culturales generando pobres instancias psíquicas. Instancias como el superyó e ideal del yo que, a consecuencia de la existencia en el sujeto de un yo débil no totalmente estructurado, se han conformado frágilmente en la interacción con una realidad social con las modalidades relacionales del mundo globalizado y la post-modernidad. Esta subjetividad post-moderna, sería una forma enajenada de subjetividad, donde la reducción de su autonomía es funcional al desarrollo del capitalismo global y a su necesidad de manipular el consumo incesante de productos.

La post-modernidad nos sitúa desde los años 70 en un nuevo estadío de la historia del individualismo con características narcisísticas. Este nuevo sujeto social establece una relación con el tiempo que se reduce a una sucesión de presentes contingentes y desarticulados de toda tradición. El yo es centro de la atención pero al mismo tiempo se ha producido en él un vaciamiento, por lo cual pierde voluntad y capacidad para ordenar y jerarquizar la multiplicidad de impulsos del sujeto. Paralelamente se daría el surgimiento de una ética hedonista y permisiva, con inversión de libido en el del cuerpo. Hay expansión del ego y consumismo como forma de “incorporar o ser incorporado al otro”. Rasgo característico de estos sujetos sería la sensación de vacío, malestar difuso que lo invade todo y una incapacidad para sentir los seres y las cosas como “objetos diferenciados de sí”.
Para el psicoanálisis, el narcisismo es uno de los ejes organizadores de la subjetividad e identidad demarcando paradojalmente fronteras respecto a la producción del sentimiento de sí. Desde ese lugar de límite no siempre claramente establecido es que considero a la adolescencia, momento fundamental de pasaje, de cambio y resignificación estructural psíquica.

El proceso adolescente generador de movimientos progresivos y regresivos de libido se constituye en sí mismo en un revelador de las problemáticas de la infancia, dando cuenta de las identificaciones que se ponen en juego de los avatares del narcisismo primario y de las heridas producidas en la construcción subjetiva. Avatares que sin lugar a dudas tienen que ver con la historia personal de cada sujeto, pero que además estarán atravesadas por el tiempo social acaecido. Tiempo que en nuestros adolescentes en conflicto con la ley penal dice de vivencias de políticas globalizadas generadoras de insatisfacción y vacío. Si a esto agregamos que la conciencia de sí no puede ser concebida fuera del vínculo social, entonces, la capacidad de deslinde entre lo propio y ajeno se revela como fundamental, y la constante puesta de límites implica la construcción de sí y de los objetos. El logro de la diferencia y semejanza entre uno mismo y el otro se basa como bien sostiene Roberto Fernández en dos tipos de vínculos relevantes y sus representaciones: a) aquellos que aluden a la pertenencia (comunidad, parentesco) a un modo de inclusión en una clase y que tienden a preservar la estabilidad social; y b) aquellos que aluden a los intercambios recíprocos necesarios para obtener una finalidad, y que requiere e instituye variaciones en la movilidad social.

Así, en la actual cultura postmoderna se habría producido, al compás de la disolución de la familia clásica, una disolución de los vínculos del primer tipo relativos a la pertenencia y a la estabilidad. Esto generaría nuevas formas subjetivas con problemas significativos en su identidad debido a las profundas variaciones en las fuentes de reconocimiento que operarían como experiencias traumáticas para el yo. Todo esto asociado a las transformaciones culturales y en especial al decaimiento de la figura paterna y de la familia como espacio de tradición y de pertenencia capaz de brindar al sujeto un espacio autónomo de estructuración subjetiva y de identidad.
Volvamos ahora a nuestros jóvenes, adolescentes en conflicto con la ley penal. Qué encontramos en la mayoría de ellos: Sensación de vacío, relaciones adictivas con los objetos como prótesis de un yo débil y vaciado, problemas de conformación de una identidad en el establecimiento de ciertas funciones yoicas, dificultad de mediar psíquicamente las fuerzas pulsionales.

A modo de conclusión. Podríamos pensar como consecuencia y en función de lo expuesto que marchamos hacia una subjetividad social, en la que hay predominancia del narcisismo y de los estados límites de personalidad, estados que se muestran, sintomáticamente, con mayor intensidad en jóvenes en conflicto con la ley penal. También, que los cambios subjetivos producidos en nuestra población en las últimas décadas y que se manifiestan con mayor fuerza en adolescentes con vulnerabilidad social, son un reflejo sintomático de las marcas que dejaron vivencias traumáticas en nuestro país los años del terrorismo de Estado. Además y fundamentalmente, estos cambios tienen su raíz en las modificaciones sociales producidas por la globalización y la postmodernidad cuya pauta de funcionamiento es el consumismo, generando una brecha entre las clases sociales en cuyos extremos encontramos, en una, el exceso y en la otra la carencia, diferencias que generan malestar e insatisfacción y se traducen en vivencias de vacío y de plenitud que carecen del equilibrio psíquico y social necesario que hace al bienestar del ser humano. Por otra parte, acentúan fallas ya existentes en cuanto son portadoras de mayor escisión entre las clases sociales dificultando la comunicación e integración social.

Por eso, pienso que las modificaciones en las características de nuestra población de asistidos, no son más que un reflejo de la realidad social en que hemos vivido y que el eje de la subjetividad y de sus transformaciones no puede ser pensada fuera del análisis de los diversos fenómenos sociales que nos atraviesan. Es reconocible que la exclusión propiciada en nuestros adolescentes marginales por el consumismo suele gestarles frustración, rebeldía, dificultades en la construcción de ideales y un déficit en la capacidad de manejar las representaciones verbales, que se manifiesta en actuaciones como por ejemplo, (y entre otras, para nombrarles las más evidentes) la violencia, el embarazo adolescente y las adicciones. Ellas, como formas patológicas de gratificación compensatoria son hoy protagonistas, constituyéndose en signos del fracaso del proceso de individuación de los mismos y también, exponentes del malestar social.
Así pues, violencia y marginalidad, nos dicen de malestar, sufrimiento, dolor, puestos en acto muchas veces en la “rebeldía con causa o sin ella” del adolescente, que conciente o inconscientemente busca dar cuenta de su proceso de cambio, de abandono forzoso de una infancia que le desmiente su cuerpo reflejado en el espejo y su sentir a flor de piel. De salto de margen y de búsqueda de identidad en una sociedad a la que demanda como otro ordenador que lo clarifique y unifique en su búsqueda de sentido y en la que encuentra desorden y confusión.

Bibliografía
Carretero, Andrés: Los chicos de la calle, Ediciones Corregidor, 1996, Bs. As.
Domínguez L. J. Carlos: Los pibes marginados, Cuadernos del Caleuche, 1999, La Plata, Bs. As.
Fernández, Roberto: “Consideraciones sobre el sujeto de nuestro tiempo y su Patología” Tomo LV, No.4, Revista APA, 1998, Bs.As.
Lipovetsky, Gilles: La era del vacío, Edit. Anagrama, 1986, Barcelona.
Perez, Carlos: Sobre la condición social de la psicología (Psicología, Epistemología y política”, Edit. Lom, 1996, Santiago, Chile.
 
 
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