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   La era de la compulsión generalizada

Anarcotizados: la subjetividad del discurso capitalista y su relación con las adicciones
  Por Alejandro Del Carril
   
 
En la cultura capitalista en que vivimos conviven distintos discursos: por lo menos los cuatro formalizados primero por Lacan (del amo, universitario, histérico y del analista) y el quinto llamado discurso capitalista, formalizado más tarde con el siguiente matema:


Discurso del capitalista

Que resulta de una modificación hecha al matema del discurso del amo:



Discurso del amo

En la modificación se ha realizado un enroque entre los elementos ubicados del lado izquierdo y se ha invertido el sentido del vector, además de haber desaparecido el que va del lugar del agente al del otro.
En el lugar del agente (del semblante) en el que antes se encontraba el S1, significante ordenador de la batería, que representaba al sujeto para el otro significante, ahora se encuentra el $, el sujeto en su máxima fragilidad. Al no tener qué lo represente debe estar permanentemente buscando algo que lo ayude a escapar de su frágil división. Ya no puede quedarse más o menos tranquilo a la sombra del amo. El desarrollo tecno-científico ha producido un aceleramiento en la producción de objetos y de relaciones laborales muy difíciles de subjetivar. Del instante de ver se pasa al momento de concluir casi sin tiempo de comprender.1

Es desde esa fragilidad angustiante, y para poder taparla, que el sujeto del discurso capitalista se engancha en la lógica de encadenamiento acelerado entre el significante amo (S1) que ordena producir para agrandar el capital y el saber (S2) que trabaja para hacer gozar al S1. Al estar el S1 en el lugar de una verdad con semblantes demasiado efímeros, el S2 se encuentra con muchas dificultades para retrosignificarlo. Es el cambio que se ha producido en el pasaje del capitalismo industrial al financiero. A Henry Ford, el saber hacer autos lo retrosignificaba como capitalista de la industria automotriz. Al financista actual ninguna actividad lo retrosignifica porque no tiene un saber hacer sobre un objeto determinado. Tiene un saber hacer dinero, que es el significante que mata toda significación al sólo ser consumible cambiándolo por cualquier otro, dejándolo en suspenso. El desarrollo tecnológico le ha facilitado los medios para invertir el capital en distintas industrias e ir variando sus inversiones con una gran velocidad, sin importar los efectos que dichos cambios produzcan en las industrias abandonadas y en la mano –e intelecto– de obra empleados. Otras figuras importantes de la cultura actual son los CEO de las corporaciones que cobran cientos de millones de dólares en comisiones sin importar los resultados de las operaciones que realizan.

En el lugar del producto está el a. El a pueden ser tanto los objetos, rápidamente perecederos, producidos por el mercado, los gadgets como los llamaba Lacan y/o los desechos. También es lo que Lacan llamaba el plus de goce. Creo que la producción de desechos se ha visto aumentada geométricamente en el discurso capitalista actual.
Es por eso que se acerca rápidamente a la ruptura del lazo social. El aumento en la producción de desechos es correlativa de la acumulación y reproducción de capital sin pasar por la producción laboral, es decir, sin pasar por los cuerpos gozantes y deseantes de la mayoría de los trabajadores, que quedan como desechos al perder su trabajo. Solo entran en ese discurso empleados bancarios, de bolsa y de otros mercados de “valores”, y los que juegan su dinero en ese juego, por ejemplo los que acumulan dólares, bonos, etc. Al igual que un cuerpo, una cultura que desecha lo que necesita incorporar va al muere o a la destrucción de una parte importante de sí. El ejemplo más palmario fue la crisis inmobiliaria producto del flujo de capitales virtuales, capitales que al no tener sustento productivo, pudieron crear realidades imaginarias sin sostén simbólico. Burbujas a punto de deshacerse con el primer soplido.

La producción de desechos no es un invento capitalista. Es propia del lazo social, es su excedente, su parte maldita, como la llamaba Georges Bataille. Me parece que las condiciones tecno-científicas que posibilitaron la aparición del capitalismo financiero la han exacerbado, intentando hacerla sistema. La velocidad que le imprime la tecnología a la vida cotidiana supera con creces la capacidad subjetivante de la inmensa mayoría de las personas. Sobre estas contingencias se montan los eternos condicionantes: la codicia de la mayoría de los empresarios y financistas y la tendencia a acomodarse de la mayoría de la masa humana.

Los efectos de la fragilidad del semblante que opera en el discurso capitalista, arrasado por la velocidad que la tecnociencia le imprime a las operaciones, fue definida acertadamente por la Presidenta argentina como anarcocapitalismo. La lógica del mercado librada a su suerte corre hacia la anarquía, consumiéndose a sí misma. La concentración del dinero circulante en manos de unos pocos disminuye la capacidad de compra de los clientes, que al no tener dinero para gastar terminan perjudicando a los empresarios que quieren venderles. Se quiebra así la cadena de consumo.

La lógica de la producción y venta de objetos pone en evidencia algo señalado por Freud: la contingencia del objeto. A diferencia del instinto animal, la pulsión humana no se satisface con un objeto particular sino con aquel o aquellos que posibilitan la realización de un recorrido deseante de la pulsión. Los significantes que balizan ese recorrido se fundan en la primera infancia, entre el bebé y los encargados de su crianza, generalmente madre y padre. Significantes que se actualizarán con algunas variantes a lo largo de la vida de las personas. Estos significantes son los que le prestan al objeto una apariencia, un semblante determinado, que da consistencia al registro imaginario, y dejan un resto sin significar, un resto agalmático, que Lacan llamó objeto a, en torno del cual se organizan los significantes. Ese resto real, imposible de significar, puede según la ocasión funcionar como causa del deseo, como objeto de goce que tapone el deseo o como plus de goce: resto que escapa al goce develando su imposibilidad estructural de satisfacción absoluta, lo que, en ocasiones propicias, puede dar lugar a la producción de un goce inédito.
La proliferación productiva de objetos de consumo actual está destinada al tacho de basura. Los objetos se desechan, no por obsoletos sino para adquirir uno más nuevo, muchas veces sin haber aprendido a usarlos. Los usos y renovaciones de teléfonos celulares son paradigmáticos de este proceder.

Los objetos han adquirido un estatuto primordialmente imaginario. Como lo relataba un habitante de una villa del conurbano, que se había comprado un teléfono de última generación robado. Cuando le pregunté si usaba Internet me dijo: “no, eso es para ustedes, yo lo quiero para hacer facha.” Las relaciones “touch and go”, como los objetos hechos para el descarte, no son la resultante de la falta de valores morales en los involucrados. Lo son porque en ellas lo real del goce y del deseo casi no tiene participación, o por el contrario, la participación es tan masiva que, al encontrarse con la falta de satisfacción y su imposibilidad de subjetivarla, se les vuelve imperativo deshacerse del objeto a fin de relanzar el deseo. El circuito pulsional allí se ha reducido al mínimo por la pobreza simbólica y/o subjetivante de los involucrados. El problema no es que se tome al otro por objeto, ya que la mayor parte del tiempo tomamos al otro y a nosotros mismos como objeto porque la mayor parte del tiempo somos objeto de la estructura. Los actos de subjetivación son puntuales, efímeros en su ejecución aunque no en sus efectos. La dificultad estriba en la cualidad del objeto en juego. Cuando su consistencia es primordialmente imaginaria se volatiliza fácilmente. Cuando el imaginario se empalma con lo real puede hacer gozar intensamente así como virar rápidamente al desecho. Cuando lo imaginario y lo real se anudan también con lo simbólico y los actos subjetivantes del deseo, el objeto –en su triple anudamiento– ofrece una variabilidad que enriquece el juego con su diversidad de goces (sentido, fálico, del Otro). El objeto es uno y múltiple.

Los adictos nos muestran en forma descarnada lo real del goce que el consumo vertiginoso de objetos simbólico-imaginarios vela. Ellos no cambian de objeto como el consumidor de zapatillas y celulares. Siempre consumen lo mismo. Es que allí se trata de la repetición de lo real, lo que vuelve siempre al mismo lugar de la estructura. El goce del consumidor de shopping que no logra desplegarse en lo real porque lo ahoga lo imaginario, en el adicto está jugado a todo trapo. Allí el objeto carece de cubierta imaginaria, es la Cosa como la llamaba Lacan, agravada por los efectos que los tóxicos tienen en el cuerpo, principalmente en el sistema nervioso.
A veces, cuando son adolescentes, encarnan de la peor manera el plus de goce de los padres. Tuve la ocasión de atender a un chico de 15 años, hijo de un matrimonio de clase media. El padre tenía una amante de cuya existencia la esposa tenía conocimiento al modo de la renegación, es decir, “lo sabía pero aun así…”2.

El chico salía todas las noches a fumar porros, tomar fernet y cocaína en la plaza del barrio, con permiso y dinero del padre. Éste actuaba a través de su hijo el deseo de salir de la cárcel familiar. No faltaban argumentos acerca de la importancia de la libertad y otras yerbas a la hora de justificar su accionar. Era la libertad que él no se permitía respecto de su esposa. El hijo develaba el frágil imaginario articulado a un pueril simbólico de los padres. Salía de gira encadenado a la siniestra plaza familiar.

El pibe tenía el mismo lenguaje, ropa, apariencia, andar callejero, etc., de los “pibes chorros” que atendí en la villa y había intentado robar en un negocio armado con una pistola falsa.
Tenía casa pero no tenía hogar, tenía parientes pero no tenía familia, tenía dinero pero no sabía usarlo. En uno de sus momentos de mayor desolación se tomó un tren, solo, a las tres de la mañana para ir a una villa de la Capital a comprar y consumir cocaína durante toda la noche tirado en un pasillo con otros chicos que estaban en un estado similar. No es éste un caso aislado, he atendido a otros. Ellos muestran claramente que la miseria no es sólo económica. Mucho más letal es la simbólica que parece estar extendiéndose por todas las capas sociales. Finalmente una noche el muchacho, habiéndose quedado sólo porque los amigos se volvieron a sus casas, se dedicó a recorrer la calle céntrica del barrio pateando tachos y revoleando cosas hasta llegar a la vidriera de una peluquería, la que hizo estallar de un piedrazo. Ingresó a la misma y se sentó en la silla para los clientes ¿Era ésta una pobre metáfora de su sentimiento de estar volviéndose loco y del deseo de que le arreglaran la cabeza? Salió de la peluquería para dirigirse en línea recta hacia el patrullero que estaba en la esquina ¿con la ilusión de que los policías le pusieran el freno que no le ponía el padre?

Mejor suerte corrieron algunos de los llamados “pibes chorros”. Uno en particular que atendí que con el dinero robado además de consumir drogas y ropa deportiva lo usaba también para aportar al sostenimiento del hogar familiar. Intentaba, sosteniendo a la madre, anudar el goce del cuerpo a través de las drogas al imaginario que le brindaba la ropa deportiva. Las actividades que realizó en la institución a la que fue derivado por el juez y el tratamiento psicoanalítico le sirvieron para advertir parcialmente las paradojas en las que estaba encerrado, las limitaciones de su madre y del marido de ésta, así como pasar al acto buscándose un trabajo que le permitiera ganarse la vida, sin desperdiciarla con las drogas, en una cárcel y/o en un tiroteo con la policía.

No muy distinta resultó la subjetividad de un hombre de más de cincuenta años que marchó siendo joven a vivir al extranjero. Con un ritmo hipomaníaco, sostenido por la ingesta de grandes cantidades de alcohol, sin que éstas alteraran su semblante ni su eficacia laboral, trabajó durante treinta años liderando modernizaciones en bancos internacionales y empresas de envergadura. Siempre a la sombra de algún capitalista al que le juraba lealtad. Ganó mucho dinero y así como lo ganó lo gastó. El dinero entraba y salía. En ocasión de un llamado de la hermana a raíz de un infarto del padre, se negó a viajar a visitarlo aduciendo que tenía que cerrar un importante negocio en 48 horas. Unos años más tarde, cuando el padre estaba muriéndose decidió volver a vivir a la Argentina para acompañarlo. No sin que antes el superyó le hiciera perder absolutamente todo lo que no había gastado antes, a través de descuidos, estafas sufridas y ex esposas a las que pretendía contentar con dinero. Es que el dinero nunca tuvo ningún valor para su inconsciente. Todo lo realizado parece haberle pasado como el alcohol, sin alterarle el semblante. Pero como vivir sólo cuesta vida (Solari dixit), lo que se rechaza en lo simbólico retorna en lo real, y los excesos de alcohol le cobraron de peaje una enfermedad en el sistema nervioso que afecta su motricidad. El tratamiento analítico le está permitiendo subjetivar, no sin dificultad, el dolor de existir, del que ha estado huyendo desde tiempos inmemoriales.
____________________
1. Según la lógica temporal para las subjetivaciones planteada por Lacan en su escrito “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”.
2. Parafraseando la expresión de Octave Mannoni.
 
 
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