Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   La era de la compulsión generalizada

“Le toca al pan romper al hombre”1
  Cuando el alcohol deviene dispositivo anti-sublimación
   
  Por Silvia Cossio
   
 
A veces pareciera que el arte apermisa el consumo de alcohol con su bohemia. Pero sólo para el que mira desde afuera, porque el artista comprometido con su oficio, no deja de sentirse íntimamente defraudado ante su obra, cuando sabe que el alcohol –que así inscribe un exceso– ha facilitado algo allí.
Otra escritura se auto-acusa sin prosodia, el acontecimiento del arte –rumiado de costado– brota demasiado hondo en un demasiado a salvo.
En ocasiones, el sólo hecho de querer hablar de eso, pone en entredicho la coartada: Los más resueltos saben que haciéndola litura2 exorcizan de algún modo el estigma fatídico que escribió su dipsómano destino, y entonces literan la marca de su quebranto.
A veces, sin embargo, se repite la escritura de una alianza onerosa con el alcohol, para admirar los objetos de ese arte cual si fueran los residuos de una industria sin nombre.
Las botas3 se vuelven espesas y pegajosas, no como aquellas –que espectrales– supieron suspenderse de la nada.

La traza sublimatoria. ¿Toda creación es sublimatoria? ¿Toda sublimación es artística?
Forjar una obra no es lo mismo que crearla. Crear implica el proceso metapsicológico de la “sublimación de la pulsión” y este proceso involucra la barradura del sujeto con el concomitante costo y posterior elaboración de la castración. La sublimación para el psicoanálisis no es un artificio exclusivo del arte. Su alcance es fundacional del sujeto.
Después de Lacan –no sin Freud– aprendimos a entender que la sublimación es la posibilidad por excelencia de la pulsión4 o, mejor dicho, que es la que enlaza la pulsión con lo posible. Nos preguntamos si la pulsión se satisface y nos respondimos que la pulsión se satisface en Otro lugar, situado en el sujeto mismo. Se trata de cierta manera de hacer llegar un trazo al punto de partida habiendo transitado el espacio de un trabajo de transformación, de pérdida y de recupero.
Chapoteo vinculante que de salto en salto hinca en la chispeante salpicadura que acontece sobre los puntos de fuga del sujeto a devenir: una legítima “Bindung”5.
Esta sublimación implica así la apertura de un espacio en un lugar no precisamente “extenso”, sino “topológico”, donde rodeamos un vacío que permite nuestra deriva constituyente. Por lo que la sublimación entendida de este modo, es subjetivante del ser, devuelve sujeto.
Quien sublima se revela ante la uva de su propia cosecha.

Para pasar entre los montruos. En clave de sublimación, escuché a muchos artistas decir “tomo para crear” e ineludiblemente el problema pulsional quedó planteado.
Paul Valery lo sabía: “el ser humano crea así como respira, pero el artista se siente crear, su arte compromete todo su ser”. Esta verdadera exhortación replica la cualidad indispensable de un artista: es necesario dominar, de algún modo, lo que está en juego a la hora de crear, para ponerlo en juego a la hora del arte, para que crear sea más que una expresión, para que sea un acto: uno a cargo de la responsabilidad del ser que se pierde y se recupera en su propia obra. El dominio del no dominio: el “agenciamiento6”, sostenido de cierta clase afanosa de fides de lo oscuro, encendiendo un camino que aún no tiene ningún bosquejo.
El artista le pone marco a la instancia subjetiva por excelencia elevando lo que para el resto de las personas sucede también… pero siempre de un modo oportunamente incauto7. En este sentido Lacan hubo de llamarnos la atención sobre la pulsión entendiéndola como “trazado en acto”. Sólo como trazado despliega su más exquisita propiedad. Esta expansión –siempre “intempestiva”8– instala la posibilidad de un topos del tiempo subjetivo necesario para plasmar la existencia.
Cuando el alcohol es instrumento “para crear”, esa pseudo-creación vuelve como fracaso, como dimisión, como obra maldecida. El individuo sabe que no está implicado en ese acto, en realidad siente que no hubo acto, pero además es su objeto el que está ahí, ajeno, des-perteneciéndolo.

El “alcohol para” pone en corto circuito al trazo, corrompe el vínculo necesario entre el objeto y el sujeto del acto. Por lo que el marco sólo cerca las astillas de una subjetividad desvencijada.
Así como a la hora de la subjetividad no hay elección sino arrojo –donde lo que importa no es el “hacia” sino el “desde”–; a la hora de la creación se hace necesario que el actor pueda sostener su apuesta con su propia desaparición.
El destino ist daheim9.
“En el movimiento que me disuelve, a partir de ahora soy lo que era antes… o lo que seré…
Veo el mundo a través de la ventana de mi muerte, por eso no puedo confundirlo con la silla en la que estoy sentado.
De otro modo no sabría que me derriba en el movimiento que me subleva, gritaría sin saber que nunca nada cruzó este muro de silencio.”10

Repetir el peligro. Pero si el hombre no tolera su propia diferencia, si condesciende a su más hondo peligro, ¿cómo podría entonces dejarse trascender por un devenir que –aunque airoso de su objeto” le trae, al sesgo, este mensaje oblicuo: “jamás serás idéntico a ti mismo”.
Un hombre que escribía alcoholizado, sazonaba su amargura diciendo cierta vez: “cuando tomo tengo una facilidad de palabra, escribo de corrido, yo mismo dejo de ser un estorbo…” ¿Se trataba de tomar para escribir o de que alguna escritura le hiciera lugar a sus restos?

Yendo más lejos, querer pensar en una adicción al alcohol, implica contemplar más de cerca la dimensión del cuerpo. Nuestro cuerpo –que no es nuestro organismo– guarda cierta relación con el vacío. Diremos heideggerianamente11 que no se trata de que el cuerpo tenga un vacío, sino de que el vacío tenga un cuerpo12 porque eso que llamamos cuerpo se organiza alrededor de él.
El alcohol es un inhibidor. Este hecho no lo hace adictivo. En su propiedad el alcohol inhibe y por lo tanto inhibe también aquellos factores que en la psiquis deben estar activos a fin de organizar aquello que llamamos: aparato psíquico.
Algunos autores sitúan el tóxico de las adicciones como “cancel” que asegura la vigencia del principio del placer amenazado por el dolor provocado por la excitación continua de la pulsión.13 Demás está decir que la temporalidad en estos casos está casi elidida, ya que como todo remedio usado a quemarropa, lo que al principio era “dolor-tóxico”, se vuelve, “tóxico antes del dolor”, es decir, ante la primera señal de peligro subjetivo –o simplemente abortándolas todas–. Esta alteración de los tiempos es pues, diría yo, el carozo de la fuerza adictiva de las drogas en general, situado por una desconfianza de base en los propios recursos ante la castración. En los casos de las drogas duras el tóxico viene a reforzar las barreras anti-estímulo, como quien trae un candado para una puerta rota. La defensa consiste en reforzar-se. Con el alcohol no sucede lo mismo. Convengamos que no estamos hablando del alcohol usado dentro de un conjunto de tóxicos, sino del alcohol, como único objeto de consumo –que a veces deviene adicción–.

La solución alcohólica se soporta en otra estrategia: borra las diferencias que hacen al incremento de tensión producido por elementos que no se corresponden. De modo tal que sea posible la convivencia de dichos términos sin el necesario costo que esto implique.
Rasura los relieves, ya que “después de dos copitas, todo da lo mismo”.
Precariamente, claro, y al mismo tiempo inutiliza las capacidades de discriminación y juicio, de registro e inscripción, entre otras. El alcohol apunta derecho a la extimidad, al foco oscuro del emplace subjetivo. La misma extimidad que hace de la diferencia su condición más clara.
Otro escritor, que pudo discernir que no toda su prosa destilaba ese estigma embriagado adosado a su vida, escribía el más sobrio de los textos: “que un (cuarto) hombre había llegado a dictar mis relaciones con otras personas, las relaciones logradas, cómo actuar, qué decir: cómo hacer al menos momentáneamente feliz a la gente… Esto siempre me confundía y me daba ganas de emborracharme, pero este hombre había entendido el juego, lo había analizado y ganaba y a mí su palabra me servía.
Que durante diez años yo casi no había tenido conciencia política salvo como elemento irónico en mi material. Si el sistema bajo el cual debía funcionar empezó a preocuparme de nuevo, fue porque un hombre mucho más joven que yo me despertó, con una mezcla de pasión y aire fresco.
De modo que ya no había ningún yo, ninguna base para organizar el auto-respeto”.14

La boca desquiciada. Entre el cuerpo –mortificado por el significante– y el organismo –vivo– hay una desproporción.
Una esquizia15 necesaria permite que el cuerpo –encontrado en Otro lugar– se funde ante ese vacío concernido precisamente por esa no-relación. El sujeto dividido se soporta manchado.
De tal forma que entre el ojo y la mirada hay un cierto desfasaje que aísla el estatuto investido y pulsional del órgano. Es paradójico que sea el baño mortífero del significante sobre la carne lo que haga aparecer al hombre con cierta gracia y al mismo tiempo con alguna ignota humanidad. Y más aún que sea la nobleza de su corte lo que, en cierto modo mata eso que se le presenta como demasiado vivo. Pero el cuerpo como organismo vivo está perdido y esto es un real.
Desde que el hombre está atravesado por el lenguaje su estofa natural se encuentra sólo en la sombra. Por lo que a una boca erógena del cuerpo subjetivo no la antecede el orificio bucal del organismo sino que, en realidad, la antecede un vacío, una nada concernida en el resquicio que habita entre lo vivo perdido y la acción significante. Un tiempo detenido, donde lo humano se encuentra mortal entre el cuchillo que la tala y en la herida que la parte. El niño llega en tobogán, en uno que comienza en la especie y encuentra su final en el regazo materno. Se desliza en su linaje descendiente, hasta un final que es comienzo. Es un tajo el que despeña su caída… si en el umbral que lo lanza suena todavía el alarido arrancado del paso inaugural. Por lo que la boca es boca sólo si soporta la fosa de su hendidura.

Una boca sin abismo se presenta pues como “demasiado viva”. Cuando la diferencia se expulsa, cuando se ataca la facultad diferenciadora y particionaria que nos atraviesa, la esquizia queda aplastada, y el espacio y el tiempo del sujeto de la boca con ella. Y decimos “se presenta” porque –de igual modo– hay huella significante, por lo que en realidad se trata de una boca despojada, desnuda y desbordada.
La medida y el corte pasan de esta forma a inscribirse precariamente por la saturación del órgano ya que nada, en el seno del objeto tiene ahora borde, como tampoco lo tiene el orificio por el cual el individuo sigue “ingiriendo”. La boca se volvió agujero.

De lo que se trata en el alcoholismo nada tiene que ver con la nostalgia por una boca que se resiste a entrar en el olvido, sino muy por el contrario, de una necesidad de hacer cuerpo las pulsiones.
Aquel potencial diferenciador del significante indudablemente incitado por el contenido primitivo de la pulsión de muerte –fuerza mancomunada que recibe al hombre en la antesala del mundo– puede volverse amenaza porque el individuo “sabe”16 que esa entrada es su única salida.
Pero en el alcoholismo esta verdad se le revela sin velos.
El cuerpo re-aparece en la resaca cuando la función del alcohol ya no actúa. El tiempo de la resaca es aquel donde la saturación orgánica devino exceso en lo subjetivo. Para el espacio del análisis la “situación” de ese exceso, puede resultar –si el analista es buen agricultor– una prometedora semilla en dirección de la cura.
___________________
1. Char, R.: “A la salud de la serpiente”.
2. Lacan, J.: Otros Escritos.
3. Aquellas pintadas por Van Gogh que Heidegger maravilló en su dignidad en El origen de la obra de arte.
4. Lacan, J: El Seminario 11.
5. Este es el vocablo utilizado por Freud para remitir a la ligazón.
6. Agenciamiento en el sentido deleuziano.
7. Lacan, J.: Seminario 21.
8. Al modo en cómo piensa el tiempo Nietzsche en las Consideraciones.
9. Ist daheim: “está en casa”, esta es una expresión de uso en países como Suiza y Austria para remitir al lugar del sujeto. Ese lugar es el espacio (vacío) del ser, en tanto el ser esta deprendido de ese espacio, es su “molde” allí están sus marcas, marcas que cualquier Heim (hogar) no tiene.
10. Bataille, G.: La felicidad el erotismo y la literatura.
11. Vassallo, S.: “Heidegger rige en secreto la operación lacaniana de la causa”, El impasse conceptual de la causa en Lacan y las antinomias kantianas en: www.elSigma.com.
12. En paralelo con la elaboración de Heidegger acerca de la “cosidad” de la jarra en La Cosa.
13. Héctor López, en Las Adicciones reflexiona cuidadosamente en esa línea.
14. F.itzgerald, F. S.: Crack up.
15. Esquizia: Lacan en el Seminario 11.
16. El saber es un tiempo segundo.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Encerrados afuera. Borde, locura y alcohol 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | No hay más nada que saber 

 

 
» AEAPG
Agenda de Seminarios a Distancia 2019  Comienzan en Agosto
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com