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   La era de la compulsión generalizada

La intimidad está en otra parte
  Por Diana Sahovaler de Litvinoff
   
 
Cuando alguien revela algo de su intimidad siempre se expone: hacer ostensible deseos y debilidades propias o el modo en que busca ser querido o considerado por el otro, supone el riesgo de develar la vulnerabilidad o sufrir el dolor de un rechazo. Ahora, ¿qué sucede cuando esa exposición podría dejarlo a la vista de cientos potenciales ojos curiosos?
La intimidad circulando por la web, la posibilidad de ser espiado, extorsionado o gozado en un medio expuesto a la masividad impersonal como la red cibernética, supone un ingrediente adicional a la exposición. Sin embargo observamos una proliferación de confesiones a cielo abierto y una estimulación del exhibicionismo. El deseo de exhibirse y la curiosidad complacida parecen oponerse al concepto de privacidad, ¿es que estamos asistiendo a un “fin de la intimidad”?
Nadie imaginó en un principio que las computadoras se transformarían en soportes para la circulación de erotismo, (desde el intercambio romántico de mails hasta el más descarnado “cibersexo”), ni tampoco para la necesidad de compartir miserias y dolores. Este fenómeno inesperado da cuenta de la necesidad de romper con las barreras del aislamiento y el individualismo característicos de las sociedades actuales.

Esta forma de interrelación tiene sus cualidades específicas, es producto de la época e impacta también en la modalidad de los vínculos. Una de sus consecuencias es el cambio y la ampliación del concepto de intimidad. Una intimidad colectiva parece una contradicción en sus términos, sin embargo la realidad virtual en la que transcurre, al igual que la realidad psíquica, tiene la virtud de crear un ámbito fantasmático pero efectivo, a la medida de los deseos y transferencias. La realidad virtual cabalga entre realidad y ficción, y el anonimato, la distancia, la palabra escrita, crean el clima propicio para la confesión del secreto.
El límite entre lo decente y lo indecente, entre lo que resulta destructivo para una reputación y lo que no pasa de una anécdota más, es un producto cultural y actualmente se ha corrido ostensiblemente. Las imágenes eróticas se han hecho tan frecuentes, que la misma masividad les ha quitado importancia y trascendencia. La mayor libertad actual para expresar los deseos y la autorización a mostrar el cuerpo, son logros en los que ha participado el psicoanálisis. Cargar las tintas sobre las consecuencias de una foto o video fuera de control, no hace más que apelar a viejas culpas y prejuicios que ya no tienen la fuerza de mancillar el honor de las niñas o los muchachos.

La intimidad es no sólo el “refugio del amor”, es también el escondite de miserias y goces.1 Toda pareja, toda familia, todo sujeto, guarda de miradas ajenas aquello de lo que goza y padece y en lo que le resultaría humillante o vergonzoso ser “descubierto”: formas de satisfacción infantiles, sádicas o masoquistas, perversiones mayores o menores que siente que debe ocultar. Sin embargo ahora la intimidad parecería surgir “a cielo abierto”, la tentación de mostrar cómo se goza rompe las barreras de la lógica conveniencia. Exhibir intimidades, pone en juego desde el deseo de mostrarse para ser reconocidos y amados, hasta la oscura necesidad de ser castigados. Situaciones de agresión como violaciones o torturas, han sido también fotografiadas, filmadas y subidas a la web por los mismos agresores, pese a la autoinculpación que tal acto conlleva. Cuando la tendencia de la época es convertir la vida privada en un show, cuando las noticias se presentan y hasta se editan para resultar más atractivas, se confunde la línea que separa ficción de realidad, de modo tal que se achica el espacio entre lo público y lo privado.

Las imágenes subidas a la web intentan cumplir con el ideal estético y erótico, las películas “caseras” de sexo explícito, muestran que “hay relación sexual”; la perfección de la imagen tapa la castración, reafirma la identidad. Otros contenidos que desafían los mandatos sociales, o desnudan los fracasos y soledades de la vida cotidiana provocan la identificación de miles de espectadores que corroboran con sus “entradas” el interés en la dramática explícita.
¿Qué es lo que fascina de la mirada del otro? ¿Por qué se la convoca a riesgo de quedar en descubierto? Nuestra humana indefensión hace que dependamos de la mirada ajena. “¿Qué desea de mí, qué debo hacer para complacerlo?”, son fundamentales en la elaboración del fantasma individual. La imagen del yo, construida en base al reflejo de la mirada del primer objeto se integrará dentro de la escena también visual, imaginaria, que constituye el fantasma. Es un espejo que completa la falta y por eso captura.

La intimidad se construye alrededor de la mirada y el deseo del otro, su núcleo es algo “proveniente del afuera”. “Extimia” es el nombre que usa Lacan para intentar dar cuenta de ese núcleo extraño e íntimo que nos habita.2 Cuando la intimidad comienza a circular en redes expuestas a miradas no hace más que develar este origen del yo en lo ajeno. Este develamiento, este “no hace más que…”, implica un sutil cambio de posición que hace a la diferencia, revierte la perspectiva. Esta diferencia es la que da cuenta de la aparente contradicción entre lo público y lo íntimo, o de una intimidad exhibida y que revela que estamos expuestos a la sanción del otro desde el inicio, que el núcleo de identidad más íntimo se relaciona con esa imagen externa. Y algo que presiona en la subjetividad de la época tiende a poner de manifiesto aquello que quedaba oculto.

El mercado de consumo, al estudiar las necesidades y deseos de los potenciales consumidores, parece remedar este proceso buscando construir un fantasma que responda al deseo del consumidor. Para ello precisa empujar hacia el exhibicionismo, todo tiene que estar a la vista, es preciso conocer sus gustos para ofrecer objetos que definan una pertenencia y solucionen fracturas de la identidad. Pero va más allá, e intenta luego moldear (a través del discurso publicitario y mediático) lo que se debe desear, quién se debe ser, qué se debe demandar.3 De “tener” una Barbie, a “ser” una Barbie con un psiquismo y demandas determinadas. La tendencia es crear una uniformidad que responda al consumo masivo.
La intrusión en la vida privada del consumidor se oculta bajo la forma de exaltar a mostrarlo todo como un “famoso” de quien quiere conocerse los detalles de su vida. La pérdida de intimidad tan censurada es así alentada por el ideario social. El éxito queda ligado no solo a la disponibilidad económica, sino a convertirse la persona misma en un objeto deseable que otros quieran consumir, en “ser popular”. Ya no somos espiados sino que deseamos exhibir todo para “existir”. Subir fotos o videos es apostar a participar del azar de resultar “elegido” en una vidriera apta para la satisfacción del goce exhibicionista y voyeurista.

Muchas veces el miedo no es ser descubierto, sino justamente ser ignorado, no ser visto y distinguido. Y hasta podríamos preguntarnos si uno de los aspectos del exhibirse no contendrá el repetir el acto de constitución del yo en imágenes y discursos puestos “afuera” y que son “devueltos” desde la pantalla, a la manera en que Lacan considera la alucinación onírica.4 A través de la pantalla se sueña, se alucina una identidad, un “personaje” ideal, y se busca una afirmación, una sanción de la identidad a través de la mirada del otro. Verse en las imágenes y leer lo que los otros dicen contribuiría a armar la intimidad, en un intento de reafirmar una identidad vacilante, perdida en la tendencia a la uniformidad consumista. Revela tanto la gran dependencia de la sanción del otro, como el intento de manifestar una singularidad y un recorte subjetivo.

Es necesario tener en cuenta que no todos los públicos son iguales, están los que no se “tragan” todo, los que discriminan y eligen, y usan como un juego esta oportunidad de satisfacer la curiosidad y el gusto por ser visto, los que incrementan el erotismo en la pareja creando un nuevo espacio compartido. También los que “hacen activo lo vivido pasivamente” y de modo apotropaico 5 dan vuelta el panóptico que lo controla mostrando la mínima banalidad de la vida cotidiana (lo que hace en cada momento, lo que gana, lo que gasta, cómo copula), como diciendo: “no tienes que espiarme, aquí está todo y es más, gozo con mostrártelo”.

Pese a la importancia de la especularidad en el armado de nuestra identidad, no somos un espejo del otro, la subjetividad se construye a partir de la elaboración de cada uno, desde su propio cuerpo, en torno a modelos externos y de acuerdo al propio estilo, límites y potencialidades. Para que la imagen se constituya tiene que haber un corte, una separación con respecto al objeto: un “no soy el pecho” que genera al sujeto deseante que busca recuperar el objeto. La imagen especular precisa del espejo, pero para entender la imagen tiene que haber previamente castración, extracción del objeto, poder recortarse del otro. Hay una reserva libidinal correspondiente al propio cuerpo que integra el núcleo del yo, que no pasa al objeto. Lo que queda del lado del propio cuerpo, lo no pasa “al otro lado del espejo” y da origen al “sentimiento de sí”. La angustia es lo que impide que esa reserva libidinal complete al otro “robándose” nuestra intimidad.6
La información sobre sí mismos y sus conexiones brindadas por los usuarios de Internet queda también a disposición de usos políticos y espionajes varios. Cuando hay un “robo de identidad” tan en boga en la era digital, la angustia surge porque ya no hay separación entre sujeto y objeto, la persona pasa a ser un objeto, posesión del otro. Al sujeto le angustia no saber qué lugar ocupa para el otro, pero si lo ocupa como lugar absoluto, ya deja de “ser”, se entrega totalmente o es succionado por el objeto. Cuando se muestra “de más” o cuando un secreto es arrancado o vendido, en lugar de goce nos encontramos con la vergüenza y el miedo. El sujeto ha sido desnudado en su debilidad, la imagen se quiebra en la traición a la confidencialidad. La realidad virtual ha resultado desgarrada por la brutal intrusión de la realidad descarnada, alusión a la irrupción de lo real.

La intimidad implica la relación personal y exclusiva con el propio goce. Cuando una pareja se defiende de miradas externas, busca, además de cuidarse, no restarle fuerza al goce alcanzado en común; y sobre todo, no ser gozado por los otros. El análisis por su parte, acostumbrado a incursionar en “intimidades”, penetra en lo íntimo del paciente para develar el goce, y genera resistencias; el temor a ser gozado se transfiere al analista. El empeño en impactar con lo que antes quedaba oculto es hoy uno de los recursos para reafirmar la propia presencia y modifica lo que se consideraba íntimo. Sin embargo el exhibicionismo actual no evidencia que se ha perdido la intimidad, es que la intimidad está en otra parte y se sigue intentando preservarla pese a las presiones, tentaciones o mostraciones que buscan una confirmación de identidad.
La demanda de intimidad subsiste y se ha reprogramado con nuevos parámetros que no significan ausencia de valores o de secretos. Lo que muchas veces se exhibe no es la intimidad, es una fachada, un personaje ideal, erótico o agresivo. El empuje a la exhibición compartida y masiva crea nuevos territorios en los que se refugia la intimidad; no se muestra todo cuando “todo está a la vista”, es una ilusión aquella de poder descubrir y dar solución a los misterios del sexo, la muerte y el sujeto.
______________
1. “Íntimo” es etimológicamente “dentro del timo”, del griego: “corazón”, “deseo”, “vida”. El timo es un órgano que influye en el sistema linfático, en la respuesta inmunitaria defensiva del organismo y el desarrollo de las glándulas sexuales.
2. Lacan Jacques: El Seminario Libro 7 La ética del psicoanálisis (1959-1960).
3. Sahovaler de Litvinoff: El sujeto escondido en la realidad virtual (2009).
4. Lacan Jacques: El Seminario Libro IV La relación de objeto (1956-1957).
5. Freud Sigmund: La Cabeza de Medusa (1940).
6. Karothy Rolando: Seminario sobre la obra de J. Lacan (2005).
 
 
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