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   La era de la compulsión generalizada

El adicto y el amor
  Por Elina Wechsler
   
 
Redes sociales, teléfonos móviles, sujetos siempre conectados, degradación de la autoridad tradicional, lazos precarios, caída del ideal, autismo, depresión generalizada, impulsión al goce.
Otro tiempo. Y con él, otra oportunidad renovada para el Psicoanálisis, siempre que no desestimemos los parámetros de nuestra época. Pues aún en estos tiempos modernos, el síntoma sigue siendo el síntoma. Con su enigma que llama para que un psicoanalista lo descifre cuando se haga insoportable. Nuevas envolturas sintomáticas pero siempre la misma búsqueda: la atemporal búsqueda del amor.
Toda demanda es demanda de amor, escribió Lacan en sus Escritos. No hay amor natural. Lo hay porque se habla, porque hablar es demandar.

La pulsión es reverberante, culmina sobre el cuerpo propio, se cierra sobre sí misma. La búsqueda amorosa se refiere, muy por el contrario, al deseo del encuentro –imposible– con el deseo del Otro, búsqueda de la plenitud aunque el resto de lo no realizable se imponga. En las adicciones, el amor queda sustituido por la compulsión a la sustancia.
Rompiendo la serie de los posibles objetos de deseo, viene a instalarse el objeto amoroso como único. Y en único, grandioso, se convierte también el propio Yo. Signo inequívoco, maravilla de “el encuentro” que Freud abordará en términos de imaginario reencuentro en sus “Tres ensayos”.*
Una mujer entre las mujeres. Un hombre entre los hombres.
Como contrafigura de las historias que nos cuentan esos hombres y mujeres que de ello, veladamente o no, siguen viniendo a delatar en los divanes como malestar de amor, disfrazado de adicción en estos tiempos modernos. Pues de amor, como genialmente intuyó y más tarde conceptualizó Freud, se trata. Pero cada uno a su manera. Uno por uno, siempre, aunque se pretenda borrar las diferencias por la homogenización del goce: “los gays”, “los depresivos”, y en nuestro tiempo de empuje al goce: “los adictos”. Pues la adicción es también, aunque no lo sea en apariencia, un problema de amor.

Hombres adictos. Una madre en defecto. Juan, que nació y vivió en Estados Unidos hasta hace unos años, me consulta porque dice “tener una adicción”, más explícitamente “una adicción al sexo vía Internet” según lo han diagnosticado varios psiquiatras a los cuales consultó en su país de origen.
Le pido que me cuente de qué se trata. Y me cuenta que se conecta por Internet con prostitutas, preferentemente extranjeras, de manera regular, a las que invita a su casa. Lo más curioso que aparece en las primeras entrevistas, es que no se acuesta con ellas, sólo le toca los pechos antes de despedirlas. A esta escena repetida por años, que no puede evitar, sigue invariablemente una sensación de hastío, tristeza y auto reproche.
Juan presenta una impulsión al goce. Contando con su buena capacidad asociativa, su peculiar repetición en transferencia: “Con usted podré hablar más libremente porque habla otro idioma y cobra caro”, le indico un análisis con la hipótesis de que la compulsión es sólo el iceberg de su fantasmática edípica.

Entonces comienza a relatar su dolor infantil. La madre abandonó a su padre y a él a sus tres años por otro hombre. El padre, dice, desde allí “lo asfixió” con tanto amor. La madre siempre lo vio regularmente, pero él nunca la perdonó.
Tras un tiempo de análisis relata una escena inédita: recuerda a su madre desnuda de cintura para arriba haciendo la maleta para irse definitivamente y a él, corriendo de un lado a otro de la habitación. Entonces construyo que el resto del episodio traumático de abandono (vivido pasivamente como objeto) se saldó con los pechos como objeto causa de deseo, llamados por él en la impulsión activa y su particular manera de decirle a la madre –y a todas las mujeres, incluso a la analista que cobra caro– que son unas putas.

La frustración amorosa, dependiente de la respuesta a la demanda de amor, quedó anulada por el dominio compulsivo del cuerpo femenino anónimo.
El objeto ya no es aquí resto que alimenta el deseo, no es re­presentación del objeto perdido articulador del deseo, como en el ejem­plo princeps freudiano, el chupeteo. El regis­tro simbólico quedó eclipsado frente al goce real, tóxico. Irrupción masi­va de la pulsión desatada.
El goce mórbido, de carácter autista y consumista, pretende, de últimas, negar el registro de la falta. La espiral adictiva no ofrece al sujeto que lo padece la satisfacción buscada sino su contrario; la llegada, una y otra vez, a lo inconsumible e imposible de la plena satisfacción. Porque el deseo humano no tiene objeto, ni oral, ni anal, ni fálico que lo complete y sólo pivotea alrededor de una falta que ningún objeto puede obturar.
Estamos en ese punto de su análisis. ¿Podrá virar la repetición hacia el amor de transferencia y desde allí al amor por una mujer? Es pronto para decirlo.

Una madre en exceso. Jorge me consulta por su hastío por las permanentes disputas con su novia. Exitoso abogado matrimonialista, teme terminar como sus clientes en litigio por divorcio, por eso no se casa, queja primordial de Ana. No sabe qué hacer con su demanda pero no quiere perderla. Jorge, hijo único ya cuarentón, sigue en idilio con su madre de la que sigue siendo paño de lágrimas por las reiteradas infidelidades del padre. Ella es muy religiosa, me cuenta, no puede divorciarse.
Hasta allí un material edípico demasiado claro. Espero. Pero un tiempo después Jorge me cuenta, cuando lo interrogo por ciertos indicios, que fuma hachís desde la adolescencia, dos porros diarios y mucho más los fines de semana y en vacaciones. En ese estado “soy feliz, me olvido de todo, desconecto, no podría vivir sin él”. Entonces le digo: “Usted está casado con el porro”. Se sorprende, dice que espera que yo no sea una moralista como la madre y como Ana, que desaprueban su “vicio” pero lentamente va procesando su forma de goce y la magnitud de sus efectos.

Pasado un tiempo deja a Ana y sigue fumando a sus anchas. Un año después se enamora “por primera vez”, dice, de una clienta a la que lleva el divorcio. Poco después, conciente de que el porro lo distancia de su amor, y por amor, deja la adicción totalmente… y se casa con ella.
El encuentro amoroso, posibilitado por el análisis, burló a la pulsión, siempre vuelta sobre él, para detenerse en una mujer, que rompió el Uno del narcisismo con la madre-hachís y que cortó la repetición del goce pulsional.
Deseo –siempre insatisfecho, errático, más allá de cualquier satisfacción– en busca de sucesor, en lugar del congelamiento de la cadena por el acto.

El deseo de la madre. Madres en defecto y en exceso, pero madres que operaron como Nebenmensch, tal como nombra Freud en el “Proyecto” a ese Otro que sostiene al cachorro humano en su primera indefensión.
Este auxilio exterior va más allá del objeto de la necesidad instintiva que queda perdida para siempre. El infans, en su camino hacia el objeto, se encuentra con las palabras, la voz, el cuerpo a cuerpo, signos primeros de lo humano que provienen de ese Otro que ejerce la función materna.
De allí en más, la demanda mata al instinto, pero como nunca podrá haber repetición exitosa de la vivencia de satisfacción, ese resto se transforma en búsqueda permanente, ese resto se constituye en germen del deseo y en su versión patógena, la compulsión.

Germen de deseo que la ley de la cultura instaura como ley de prohibición de la madre –das Ding– que consagra a una perpetua derivación de objeto en objeto.
El cachorro humano demanda, entonces, amor, y también requiere ser demandado –amado por el Deseo de la madre, operador necesario en la constitución subjetiva, tal como lo nombró Lacan–. Ese Otro nominante, donador de significantes, decodificador del grito que se transformará finalmente en palabras.
El tercero intervendrá como freno. La función paterna evitará, en el mejor de los casos, el efecto estragante del goce materno, la otra cara del amor materno. Pero podrá operar sólo si hay algo para cortar: el narcisismo madre-hijo posibilitado por la inscripción del amor. La función paterna es interdicción de goce, no de amor, y operará siempre que el padre no duplique la apuesta materna y ocupe su lugar, lo que no ocurrió en el caso de Juan.
La madre o su suplencia es la que transmite el deseo pero también el amor. De los destinos de este amor primordial, necesario, se trata, de últimas, la posibilidad de un análisis.

Solo el amor permite al goce condescender al deseo”.
J. Lacan. Seminario 10.

Amor de transferencia. ¿Acaso el amor ordinario varía de la expectación de la del hombre o de la mujer echados en el diván? Espera de la interpretación que, en amor de transferencia, otorgará el don, la clave diferente para saber algo de la verdad de la compulsión.
La transferencia es amor. Ofrecerse como objeto de amor es constitutivo de la posición de analista. En la experiencia analítica amor y saber van juntos: se ama a quien se le supone el saber, dirá Lacan.
Interpretación, puras palabras, que sólo si son escuchadas desde esa especialísima posición podrán tener efectos de resignificación de la compulsión al goce.
Que sólo desde ese lugar, despegado ya de la sugestión prefreudiana, podrá, de últimas, introducir un cambio en el propio discurso amoroso del paciente.
Espacio privilegiado para hablar de amor con un Otro no gozante del sujeto en cuestión, aunque albergue sentimientos ante el analizante, sino animado, en el mejor de los casos, por el Deseo de analista, en un dispositivo marcado por la huella de una vieja y renovada abstinencia de los cuerpos, metáfora de la prohibición del incesto, universo de la palabra sostenida en los signos del amor.

Es el silencio del analista el que llama al fantasma a ser construido por vía de la libre asociación, pero llegado a un punto todo aquello que no pueda ser verbalizado, seguirá necesariamente la zigzagueante vía de la transferencia.
¿Por qué, más tarde o más temprano, de una manera o de otra, despertará? ¿Qué se repetirá, cuando despierte? No lo que pasó o dejó de pasar en la realidad con los objetos primordiales, sino justamente lo contrario: lo que no pudo pasar por la ley de prohibición del incesto en la cultura, aunque: ¿Qué pasó en el fantasma?
Este “qué” de la repetición, verdadera puesta en acto de verdad del inconsciente, deberá buscarse en esa indestructible posición del deseo inconsciente con respecto al Otro del que hace semblante, ahora, el analista. Repetición, sí, y creación. Un nuevo amor.
El deseo humano es, por la prematuración del infante y su inserción en el universo simbólico que lo precede, no deseo de un objeto, ya que el objeto “es” perdido en la estructura psíquica, sino búsqueda de otro deseo.
Por lo tanto, el pasaje del lugar del analista como el que supuestamente sabe, clave de los inicios de cualquier análisis, al lugar de la interrogación sobre la compulsión será, en sus avatares, el sostén del proceso analítico que, de llegar a su fin, quedará como un resto.
Las historias de amor también terminan.

Bibliografía
Freud, S: (1895): “Proyecto de psicología”, Buenos Aires, Amorrortu Editores,
_____ (1905): “Tres ensayos de teoría sexual”, Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. VII, 1976.
_____ (1910): “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre”. (Contribuciones a la psicología del amor I), Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol., XI, 1976.
_____ (1912): “Sobre la más generalizada degradación de la vida erótica”. (Contribuciones a la psicología del amor II), Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. XI, 1976.
Lacan, J.: Escritos. Siglo veintiuno editores. 1971
Wechsler, E.: Arrebatos femeninos. Obsesiones masculinas. Clínica psicoanalítica hoy. Letra viva. 2008.
______________________
* Freud, S. (1905): “Tres ensayos de teoría sexual”. El hallazgo de objeto. Buenos Aires, Amorrortu, vol. VII. 1976
 
 
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