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   Comentario de libros

¿Sujeto supuesto al trauma?
  Comentario de Lo indecible. Clínica con lo traumático, de G. Insua y colab. Buenos Aires, Letra Viva, 2013
   
  Por Luciano Lutereau
   
 
Vivimos en una época obsesionada por el trauma. Sin embargo, este frenesí es el correlato de una teoría histérica en el discurso de varias disciplinas: la búsqueda de la catástrofe, lo cruel e inhumano que se impone a un sujeto-víctima con un efecto que dicen “arrasador”. En definitiva, una versión del Otro –aunque en este caso se lo llame “azar”– que habría actuado sobre un sujeto pasivo e inerme. Como ya lo dijera en cierta ocasión Colette Soler, la pasión contemporánea por las teorías del trauma se sostiene en un afán concreto: la búsqueda constante de responsables. Esto demuestra que se puede hablar mucho del trauma, incluso en versiones “psi” (cuando se lo llama “estrago”, lo “no ligado”, etc.), sin dar un solo paso.
En psicoanálisis es muy diferente, ya que a veces el gran traumatismo –seducción, violación, suicidio de un familiar, siniestro natural–, ha sido elaborado por el sujeto sin necesidad de ayuda psicoanalítica; y por el contrario, un acontecimiento menor, reformulado por el fantasma, adquiere una importancia capital. ¿Cuál es el carácter diferencial que permitiría “medir” lo traumático desde una perspectiva psicoanalítica, sin atribuirlo a un factor cuantitativo en sí o extemporáneo a la posición del sujeto en relación a dicho evento? Para dar cuenta de este aspecto crucial es que importa detenerse en un libro reciente: Lo indecible, de Gabriela Insua y colaboradores.


Acontecimiento traumático

Este no es un libro de teoría del trauma, sino acerca de la posición del analista. Cabe detenerse en ambas consideraciones: por un lado, que no se trate de un libro de “teoría” quiere decir que no analiza el trauma desde una perspectiva metapsicológica, es decir, no pretende hacerlo condescender al concepto, aunque sí fundamentar su validez a través de localizar coordenadas clínicas precisas. He aquí el trabajo de la primera parte del libro –titulada “De una lectura posible de lo traumático”, que recuerda el célebre escrito lacaniano sobre la psicosis (que es menos un artículo sobre una estructura que acerca de las condiciones del sujeto)– en la que G. Insua, a partir de ubicar el trauma como “efecto” y en función de ciertas “dificultades técnicas” (para la puesta en marcha del tratamiento), plantea una primera inquietud ética: el problema de la reducción del psicoanálisis a una psicopatología.

En lugar de intentar localizar una suerte “mecanismo” del trauma –la obsesión de la psicopatología es siempre determinar mecanismos–, importa mucho más cernir la forma de manifestación del sujeto traumatizado: la “llamada no significante” en que se hace presente, que permite deslindar la incidencia de una huella no inscripta y que –para recordar a Freud– si no fue jamás olvidada, tampoco podría acceder al recuerdo.
Por esta vía, Insua –además de cuestionar la metapsicología y la psicopatología– esclarece el trasfondo energético con que suele pensarse el trauma. Ese aspecto de permanente imaginarización (el “exceso”, el quantum, etc.) se ordena cuando el trauma puede ser pensado a través de la complicidad del sujeto con el azar, eso que Lacan llamaba “tyché”, y que no puede ser tematizado como una simple “casualidad”.
Sin embargo, las experiencias traumáticas no son el campo único de aparición de lo “tíquico”. También podría pensarse, por ejemplo, en la vida erótica, en ese margen en que un encuentro amoroso siempre queda suspendido de algún punto en que faltan las palabras. Pensemos, por ejemplo, en la situación cotidiana de toda pareja cuando, eventualmente, se pregunta: “¿Cómo llegamos hasta aquí?”. Lo cierto es que nadie puede decirlo, aunque no se trate de un evento casual; y para dar cuenta de este valor contingente cada relación se funda en una proliferación mítica que demuestra, como alguna vez dijera Lévi-Strauss, que todo mito es el conjunto de versiones en que se desarrolla.

He aquí, entonces, el motivo que permite distinguir el acontecimiento traumático del encuentro amoroso: la puesta en cuestión del mito (que siempre es más o menos fantasmático) que se expresa a través de la presentación desafectivizada. Insua lo resume en los siguientes términos:

“Este modo desafectito fue interpretado durante décadas por un psicoanálisis ortodoxo y dogmático, como un ‘falso enlace’ entre idea y afecto, concepto tradicional freudiano. Esta interpretación jamás ‘tocó’ al paciente que la recibía, pues no se trataba de eso. Una vez más fue intentar hacer entrar en la teoría al sujeto en lugar de repensar cuestiones de la clínica a partir del caso por caso y no encorsetar al paciente en un concepto teórico ‘prelisto’.”

De este modo, a partir de lo anterior, el trauma adquiere otra textura que la de los “hechos”, ya que se convierte en un modo de retorno, en una forma temporal. El trauma no es un hecho… sino un “acontecimiento”, es decir, una puesta entre paréntesis del desarrollo de la experiencia, aquejada ahora por un olvido imposible y un presente continuo.


Clínica con el trauma


Diferentes derivas de investigación se inauguran a partir de esta orientación: por un lado, en la reelaboración de la categoría de trauma puede establecerse la vía de concordancia con lo que actualmente se llama “Clínica del fenómeno”, es decir, aquellas formaciones de objeto en que el sujeto se muestra más allá (o, mejor dicho, en otra parte) que la articulación significante. Así lo demuestra el artículo de Mariana Howlin acerca de los sueños traumáticos, o bien el de Beatriz Cabral en torno a una presencia alucinatoria –que se cuida muy bien de diagnosticar precipitadamente una psicosis–. En otros términos, el efecto saludable que producen estas aproximaciones radica en que, antes que una “clínica del trauma” –un deseo de curar lo incurable, ¡el anhelo de toda psicoterapia!–, se instituye una clínica con los fenómenos de lo traumático.
Por otro lado, una segunda vía de continuidad se encuentra el tratamiento que María Pía Guerrico ofrece de otra formación que –por lo general– suele ser reconducida rápidamente al mundo de la psicosis: el delirio. Ahora bien, en lugar de la tranquilidad psicopatológica del erudito, ¿la clínica no comienza cuando comenzamos a distinguir formas de delirio y, por ejemplo, al ubicar que hay ciertos delirios que “tienen la función de que el trauma hable”? Sin duda, pero a sabiendas de que estas distinciones no se formulan sino a partir de las intervenciones del analista, de un modo discrecional de intervenir que, en estos casos, el artículo de Elizabet Susella expone en acto; o bien el de Verónica Meghdessian, cuando comenta la siguiente secuencia:

“De camino al consultorio, presencié, en la vía pública, el suicidio de una persona. Al rato, recibí un mensaje de Estela diciendo que iba a llegar más tarde. Dado que ella debía tomar mi mismo camino, supuse el motivo de su tardanza y le respondí que la iba a estar esperando. Al llegar a sesión, pidió disculpas por haberse demorado: ‘es que hubo un accidente en el tren y estaba trabado’. Le contesté que sí, que yo también había estado en el lugar del accidente, y que había supuesto que llegaría tarde por ese motivo. Al instante, me dijo: “¡Qué fuerte! ¿Usted está bien?”

Este breve fragmento no sólo esclarece respecto de los pases de investigación posible que este libro promueve –donde habría que contar también la cuestión del duelo–, sino que invita a reflexionar respecto la posición del analista. ¿No es acaso con intervenciones de este tenor que aprendemos que la neutralidad no es una versión de la indiferencia “sana” de quienes se refugian en la asepsia profesional? Por esta vía, entonces, comienza a dibujarse una función propia para esa particular presencia del analista: la del testigo.

De acuerdo con el título de un libro reciente (L’ére tu témoin, de A. Wieviorka) puede decirse que hoy vivimos en una época en que la función del testigo cobra una especial relevancia. Para el caso, no hay más que pensar en los diferentes autores que se han ocupado del lugar del sobreviviente después del Holocausto (por ejemplo, G. Agamben en su clásico libro Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo… en una dirección que conduce a las inevitables intervenciones de Primo Levi). R. Dulong, en su libro Le témoin oculaire (1998) define al testigo en los siguientes términos: “ser testigo no es solamente haber sido espectador de un evento sino declarar haberlo visto”. He aquí el núcleo de la secuencia de Meghdessian. De este modo, puede destacarse que el testigo no es un mero “espectador neutro” porque, justamente, en esa declaración se inmiscuye la cuestión de la marca de una transmisión.

En su célebre Vocabulario de las instituciones indoeuropeas, E. Benveniste relaciona la figura del testigo con la del superstes, definida como “aquel que subsiste más allá”. A su vez, en griego se lo denominada “martus”, cuya etimología conduce hacia la raíz del verbo “recordar” (en sánscrito “smarati”, en griego “mermina”, de donde deriva el latín “memoria”). De los diferentes vocablos del latín estudiados por Benveniste, cabe destacar también los siguientes, que amplían el campo semántico que delimita la función del testigo: arbiter (aquel que asistió); testis (quien participa como tercero); auctor (garante), siendo que esta última indicación conduce hacia el papel “de verdad” que ocupa el testigo.

Esta breve disquisición, por lo tanto, permite esclarecer el aporte que este libro de Insua y colaboradores propicia para redefinir la posición del analista en tanto tal, sin recaer en mera jerga técnica: “El trauma no se interpreta”, “Apostar a la creación significante”, “Localizar la verdad del trauma”, etc. Lo indecible da un paso más –y los artículos finales de María Florencia D’Onofrio y Marta Medina lo demuestran– en la medida en que tematizan –de acuerdo con una expresión de F. Davoine– el “psicoanálisis al revés” que el trauma impone para su tratamiento. Un analista-testigo es un analista que funciona como institución del recuerdo imposible, que acusa recibo de la pérdida y advierte que la suposición de saber (al Otro) no se consigue si antes no hay una hipótesis metodológica por la cual se le supone un sujeto al trauma.

Este reverso de lo que podríamos llamar posición “ortodoxa” no hace más que exponer el carácter impostado de esta seguridad. Todo psicoanálisis es heterodoxo. Por eso, antes que una especialidad, la clínica con el trauma enseña lo más propio de la clínica psicoanalítica, ese punto en que la rectificación subjetiva es menos una invitación a “hacerse cargo” que una ubicación en lo real del carácter extra-territorial de todo padecimiento psíquico.
Este libro no puede sino defraudar a los que busquen recetas terapéuticas o clasificación de un tipo de pacientes, dado que habla acerca de lo único que puede ser transmitido: esa forma de fallar el acto que, si hay encuentro, se convierte en estilo.




 
 
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