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   La función del diagnóstico en psicoanálisis

Diagnóstico de un psicoanalista: entre cuerdas, cables y bigudíes
  Por Osmar Barberis
   
 
Mi preocupación e investigación acerca de cómo diagnosticar las psicosis, fundamentalmente cuando el desencadenamiento nunca había tenido lugar, tuvo sus consecuencias en mi clínica. Inicialmente recibiendo esos casos que muchos ya no querían atender y que quizás no entraban en la clínica habitual de los consultorios pero que, sin embargo, demandaban ser escuchados. Posteriormente acogiendo la consulta de algunos colegas que intuían que cierto impasse en alguna cura que conducían, se debía a un error de diagnóstico. Ambas situaciones enriquecieron mi clínica y aumentaron mis preguntas acerca del valor y de la función del diagnóstico en psicoanálisis.

Muchas veces me tentó la posibilidad de descubrir nuevos criterios para diagnosticar ciertos casos que, si bien no creaban una estructura diferente de las ya canonizadas por los círculos lacanianos, sí ampliaban la posibilidad de su diagnóstico. Siempre tuve el recaudo de no proponer una nueva categoría, y hasta me resistí a pensar lo inclasificable como clasificación. Abordar la clínica con la noción de categorías comenzaba a interferir con mi escucha. En ocasiones, fueron las minuciosas descripciones de la psiquiatría clásica las que me ayudaron a aguzar el oído. Me abrían las puertas hacia lo desconocido y me permitían, desde el marco teórico brindado por el psicoanálisis, elaborar nuevas conjeturas para direccionar una cura con nuevas herramientas conceptuales.

Por supuesto que participé de las discusiones obligadas acerca de la veracidad del postulado de las tres estructuras clínicas como un legado lacaniano, y de la pertinencia de la noción de diagnóstico para el psicoanálisis. No tardé mucho tiempo en encontrarme con la brecha entre la propuesta lacaniana y la que a Lacan se le adjudicaba, y ahí comencé a marchar en la multitudinaria peregrinación hacia los nudos. Como muchos, pensé que eran la propuesta superadora, y que abordar la clínica –por no decir la realidad toda– con las infinitas posibilidades de anudamiento RSI, con o sin sinthome, borromea o no borromeamente, era el eureka de nuestros tiempos. Ensayos agotadores con diversos elementos. Cables, cuerdas y hasta pintorescos bigudíes para permanentes se habrían paso entre pilas de libros –seminarios editados e inéditos, en francés y en español, algunos otros que los comentaban, algún libro de mathematical knot theory, y el navegador de la notebook con varias pestañas abiertas en los apartados knot theory de los topology web sites.

Los bigudíes fueron el aporte generoso de la empleada que trabaja en mi casa. Los había rescatado de sus años de peluquera para ver si me podía facilitar algo de esa tarea en la que desde hacía días me veía muy apasionado devanándome los sesos, según su expresión. “Yo no entiendo qué es lo que Ud. está haciendo con esos cablecitos, pero yo tengo algo que me parece que le va a resultar más práctico”. Por supuesto que encontrar algo práctico y manipulable para hacer nudos no era poca cosa y acepté su cooperación. Un día, mientras merodeaba por mi escritorio con la excusa de sacar el polvo de la biblioteca, pero con la clara intención de observar con el rabillo del ojo qué era lo que estaba haciendo con sus apreciados bigudíes de goma, le fue imposible contenerse. Con su modismo típico del noroeste argentino, tímidamente rompió su abstinencia. “–Don Osmar, perdón que lo interrumpa. ¿Puedo hacerle una pregunta? –Sí, por supuesto Liliana. ¿En qué la puedo ayudar?”, pregunté ingenuamente. “–Yo he visto que Ud. está desde hace días con esas cosas y quería preguntarle ¿cómo hace para ayudar a sus pacientes con esos nuditos? ¿Porque Ud. trabaja de eso, no, de ayudar a la gente que sufre por sus problemas?” Su pregunta simple e inocente, pero con una indudable pincelada de sabiduría, no entorpeció mi labor. Por el contrario, me ayudó a no terminar maniatado entre cables y cuerdas y con mi cabeza colorida y rizada a causa de los bigudíes. ¡Gracias!

Claro que tanto trabajo no fue en vano. La posibilidad de hacer lazos con los colegas, de intercambiar modos de lectura, libros y hasta algunas experiencias clínicas siempre alivia la pesada tarea de escuchar poniendo el cuerpo entre las cuatro paredes de un consultorio. Pero, a la hora de estar a solas como psicoanalista con quien nos da un voto de confianza para ayudarlo con su sufrimiento, ¿para qué sirven todos los libros leídos, las discusiones sostenidas, los artículos escritos?
Tal vez personas que no cuenten con conocimientos “psi”, que no compartan nuestro bagaje teórico, nuestro vocabulario psicoanalítico, las anteojeras con las que muchas veces observamos a los otros, a las relaciones y a las cosas, puedan aportar a nuestra praxis algo más que algún elemento más o menos manipulable. Ayudar a las personas, claro que sí. De eso trabajo Liliana, y no me viene nada mal que Ud. lo mencione. Aunque hablemos de un más allá del principio del placer, de un goce mortífero, de un masoquismo moral, etc., etc., prestar colaboración a quien de algún modo le permitimos avanzar en su camino no deja de ser algo específico de nuestro quehacer como psicoanalistas (Cf. Lacan, Seminario 17, p.92. Paidós, 1999).

Recuerdo hace algunos años haber salido consternado de una ponencia en un encuentro de psicoanalistas cuando un público numeroso aplaudía fervientemente lo que en momentos de halagos posteriores se tituló como “Crónica de una muerte anunciada” –haciendo referencia al consagrado título de García Márquez–. Aunque algunos habíamos quedado desconcertados, la gran mayoría había quedado fascinada por la compleja teorización realizada ante el suicidio de un paciente. Un colega arrojó la primera piedra –y no por estar libre de pecado, sino para sacarnos del encantamiento–. “¿Para qué estamos, cuál es nuestra función ahí si ya sabemos que se va a matar?” Nos preguntábamos si no se podría haber hecho alguna otra cosa más allá de diagnosticar un inevitable trágico final, digno del teatro griego. Quizá quien presentó el caso haya tenido un fallido intento de abrir el debate entre colegas. Quedar fascinados por disquisiciones teóricas suele ser el riesgo que a veces corremos.

Hoy me pregunto si, en el afán de hacer un diagnóstico estrictamente psicoanalítico, muchas veces ligado al diagnóstico de estructura, no perdemos de vista un diagnóstico más amplio en el que estén incluidas cosas como los lazos sociales de una persona, la condición orgánica que podría determinar algún estado depresivo, la posición socioeconómica o la cultura en la que está inmersa, entre otras muchas cosas.
Me resulta desconcertante la soberbia de quienes desde sus “ismo” creen poder abordarlo todo. Mucho más cuando esto viene de la mano de quienes trabajan con la complejidad de lo humano. Aquellos que nos formamos en la clínica psicoanalítica a partir de la lectura de la obra de Lacan no estamos exentos. Muchas veces terminamos convertidos al lacanismo, haciendo de su enseñanza una doctrina que por momentos pareciera acercarse a algunas posiciones religiosas. No quiero detenerme en este punto, pero debo reconocer que he comenzado a incomodarme cuando escucho a quienes hacen del psicoanálisis una causa a partir de la cual quieren adoctrinar al entorno. ¿Quiénes nos creemos ser cuando proponemos al psicoanálisis como método con el cual vivir? Cuando los psicoanalistas nos apasionamos con las elaboraciones teóricas indudablemente producimos. Producimos nuevos conceptos, especificamos elaboraciones teóricas ya establecidas, introducimos nuevas formas de abordaje clínico. Pero, ¿no es ese mismo frenesí lo que eventualmente nos origina cierta sordera? ¿No es eso lo que aprendimos a la hora de leer el traspié de Freud con Dora?
Si algo aprendí de esas lecturas, de esas discusiones, de esas elaboraciones escritas, es de lo Real como aquello que se nos escabulle en el momento mismo de intentar nombrarlo, teorizarlo, formalizarlo, e incluso matematizarlo. Y aunque los lacanianos hagamos complejas elaboraciones en un intento de desdemonizar lo que nos convoca a una lectoescritura constante, lo Real seguirá siendo aquello que no cesa de no escribirse. Será la piedra con la que una y otra vez nos tropezamos todos los que nos dedicamos a hacer algo con el padecimiento humano. Piedra con la que será necesario tropezar porque será a partir de allí que podamos intentar imprimir un rumbo diferente. Será esa misma piedra la que, una vez hallada, nos permita darle una dirección a lo que desde el inicio se perfilará como fin de una cura.

Ni indispensable ni prescindible. Creo que el diagnóstico es una categoría necesaria para cualquiera que se dedique a hacer análisis de cualquier tipo, aun de lo psico. Es lo que permite entender lo que está pasando, ver qué podemos hacer con eso, direccionar hacia un fin. Un buen diagnóstico es lo primero que hace aquel que tiene buen oficio. Quizás el diagnóstico se convierta en una categoría perimida para el psicoanálisis, cuando se piense como suficiente, sobre todo en su ligazón a la noción de estructura. Muchas veces escuchamos: “Todo nos lleva a pensar que es una neurosis”, o “aquí encontramos el fenómeno que da cuenta de la psicosis”, o “esto pareciera ser una perversión”. ¿Y? ¿Acaso con eso podemos dormir tranquilos creyendo que ya hicimos nuestro trabajo? ¿Ya sabemos todo acerca de qué o de quién? ¿Es con estas tres categorías que se agota la necesidad de un diagnóstico? Quizá sí vengan a nuestro auxilio los nudos y no sean tres sino cuatro –R S I y sinthome– aquellas con las que podemos comenzar a pensar algo, no todo.

El transcurso de un tratamiento que utiliza como método de investigación el análisis hace diagnóstico en su andar. Un diagnóstico complejo, que incluye muchas de las infinitas variables con las que el devenir humano se puede tropezar, aunque como psicoanalistas no podamos abordarlas todas. Sabemos que intentar explicarlo todo, abordarlo todo, diagnosticarlo todo es un bungee jumping desde la posición del analista hacia la posición neurótica. Pero creernos que todo puede ser abordado desde la perspectiva psicoanalítica probablemente no esté muy lejos del masturbatorio goce del idiota.
Freud, con las más elementales de sus indicaciones –tratamiento de ensayo y atención flotante– mantiene vigente para quien se autorice a sentarse en el sillón no muy cómodo del analista una propuesta que no reduce el diagnóstico a categorías psicopatológicas.

Es claro que nuestro trabajo se delimita a partir del recorte del inconsciente como objeto. Pero quizá muchas veces detenernos en eso nos haga perder la riqueza de una vista panorámica, en perspectiva. Tener en cuenta que frente a nosotros hay una persona que no es sólo un sujeto del inconsciente quizá humanice una práctica que, de no hacerlo, en el más optimista de los casos, sólo se animarán a sostener aquellos que quieran ser practicantes.
La queja que solemos escuchar en los legos de que lo único que le importa a los psicoanalistas es si hago un fallido o el último sueño que tengo, probablemente no esté tan lejos de la de muchos profesionales del ámbito psi respecto de los médicos. “Ellos no pueden tener en cuenta más que un corazón si son cardiólogos o un riñón si son nefrólogos”. Aún seguimos sosteniendo, en ocasiones injustamente, que la medicina excluye al sujeto, sin preguntarnos qué excluimos cuando lo único que nos interesa es sujetar el inconsciente a un esquema teórico mediante el cual intentamos domesticar lo Real. ¿No será ésta una función del diagnóstico que sólo tranquiliza y permite tomar distancia del sufrimiento humano, y por qué no decirlo, de la posición del analista? ¿Será que no siempre estamos a la altura de las circunstancias cuando el dolor del otro nos convoca a poner el cuerpo? Probablemente no siempre podamos soportar sobre nuestras espaldas el fenómeno de la transferencia. Pero no tengo dudas de que poder hacerlo, leyendo lo que allí sucede, es lo más específico de nuestra praxis. ¿Acaso sea el más preciso y precioso diagnóstico que podamos hacer? Aquel que nos permita direccionar una cura hacia un cambio de posición subjetiva que posibilite al humano –parafraseando a la Bersuit Vergarabat–* hacerle el baile de la gambeta a esa Parca que detesta al displicente vividor.
_______________
* “El Baile de la gambeta” y “No seas parca” en La Argentinidad al Palo: Vol. 1. Universal Music Grup. 2004.
 
 
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