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   La función del diagnóstico en psicoanálisis

Una clínica posible: el desmontaje pulsional
  Por Amelia Haideé  Imbriano
   
 
“El único alcance de la función de la pulsión (…) es poner en tela de juicio este asunto de la satisfacción. (…) Los pacientes no están satisfechos (…) con lo que son. Y no obstante, sabemos que todo lo que ellos son (…) tiene que ver con la satisfacción. Satisfacen a algo que sin duda va en contra de lo que podría satisfacerlos, lo satisfacen en el sentido de que cumplen con lo que ese algo exige. No se contentan con su estado, pero aun así, en este estado de tan poco contento, se contentan. El asunto está justamente en saber qué es ese que se que queda allí contentado (…) aquello que satisfacen por la vía del displacer, es, al fin y al cabo, la ley del placer (…) para una satisfacción de esta índole, penan demasiado (…) este penar demás es la única justificación de nuestra intervención (…) los analistas nos metemos en el asunto en la medida en que creemos que hay otras vías (…) nos referimos a la pulsión justamente porque el estado de satisfacción se ha de rectificar a nivel de la pulsión”.*

Frente a la clínica actual, en donde la forclusión del Nombre-del Padre en la cultura empuja a la fuerza constante de la pulsión hacia lo a-dictivo y lo a-ditivo, el analista no debe retroceder respecto de su ética, más aún, desde ella deberá estar a la altura de su época.
En la clínica de nuestros días, es frecuente, recibir pacientes en quienes constatamos que como sujetos se encuentran irremediablemente solos frente a la pulsión, arrasados por ella, padeciendo, a veces sin saberlo, de las más diversas formas de un modo de goce encarnado que puede llegar hasta el máximo: un goce hecho cuerpo. El sujeto en juego se encuentra objetalizado –como objeto de consumo y consumido–.

Frente a la gran variedad de fenómenos que evidencian el kakón, como mal de sobra que los afecta, consideramos que el analista en su praxis, debe orientarse por el modo de goce en cada una de sus singularidades.
Si se pregunta por el diagnóstico, lejos de utilizar al mismo como etiqueta, solo le recomendaríamos que se oriente por el metabolismo del goce y la economía en el asunto, así como también si preguntara por un tratamiento posible le señalaríamos que se trata de construir una cont-a-bilidad.
La pregunta por los fundamentos del psicoanálisis nos lleva a cuatro conceptos: inconsciente, repetición, transferencia y pulsión, ordenados en una estructura en donde el significante introduce –a modo de corte– la dimensión de lo perdido como función. De tal modo que, lo perdido es lo que abre la posibilidad de búsqueda, motor de la pulsión en su trabajo: satis-facere, –demasiado trabajo–.
¿Por qué trabaja demasiado?

La metapsicología freudiana, desde sus inicios, nos ofrece la respuesta: el trabajo del aparato psíquico consiste en escribir algo allí donde no hay, trabajo de escritura que hace posible representar aquello que no tiene representación, aquel objeto –das Ding–, en tanto un real perdido.
Esta falta se convierte en causa de la constitución subjetiva en donde la pulsión es un intento de articulación, a modo de aparato ficcional, para armar vestimentas, a costo de construir un artificio o gramática singular para cada uno. Y, trabaja mucho porque no hay posibilidad de complementariedad entre ella y el objeto. El trabajo en cuestión está marcado por la imposibilidad de la pulsión en capturar su objeto, arrojando al sujeto a la repetición, al volver a pedir por el objeto. Este objeto es puesto en acto en la construcción de la transferencia, en donde se evidencia el movimiento de la pulsación pulsional: la pulsión no captura su objeto, la repetición no alcanza su meta, y la transferencia solo es un logro mancado. En esa aventura de la pulsión, en el goce que la misma conlleva, puede ocurrir un “truco” por el cual el sujeto queda atrapado en una mortificación letal –sujeto de goce– organizando formas de acomodación entre lo que anda bien y lo que anda mal para alcanzar su propio tipo de satisfacción. La dirección es de búsqueda y el encuentro es siempre fallido, y, al dar con su objeto la pulsión se entera de que no es así como se satisface. Pero mientras algo (ello) exige un tour entre lo pretendido y lo hallado, y el sujeto puede quedar anclado a una gramática pulsional, que si bien le otorga alguna identidad, también puede organizar su drama: la objetalización hasta de su carne y la consecuente suspensión subjetiva.

La clínica denota diferentes modos de trayectos pulsionales, y muchos de ellos muestran una ruta: la dormidera inercial. De modo muy evidente podemos afirmar con la posición de Lacan en el Seminario 11, que la historia del sujeto es la historia de los objetos de la pulsión. Y, en la actualidad, que nos enfrenta a la clínica de los fenómenos consecuentes de la posmodernidad y su mutación discursiva, en un análisis, se tratará de que el sujeto pueda entrar en la cuenta y contar, porque las más de las veces ya no cuenta sino que actúa. Y, en los tiempos actuales, ya no se trata del juego del carretel del niño del fort-da freudiano, pues podríamos decir que se come el carretel y se queda sin la posibilidad de intervalo entre el fort y el da.

Sabemos que el sujeto camina entre dos murallas: el no cese de la pulsión y el deseo como imposible, no obstante la clínica hoy muestra sujetos amurados a la pulsión ofrecidos como su objeto partenaire.
Es por ello que podemos considerar la historia del sujeto como la historia de un trabajo en demasía, trop-de-mal, que en forma amordazada y hasta muda, es la historia de los objetos de la pulsión.
La clínica no es sino una clínica de la gramática pulsional. El término Trieb designa un dato radical de la experiencia analítica, es un concepto ligado al pudendum, a las “interioridades íntimas” del sujeto, a los fundamentos de aquellos interiores que, las más de las veces, están un tanto al aire mostrándose bajo las más diversas formas del sufrimiento: modos de encuentro con el objeto que fatalmente taponan la posibilidad del advenimiento del sujeto en relación al deseo.
En un psicoanálisis lo que está en tratamiento es la pulsión de muerte, que se manifiesta a través del sujeto de goce atrapado en las consistencias de los objetos tapón. En este sentido, un psicoanálisis se trata de un giro de fondos del ello pulsional al inconsciente, de una liquidación del valor de objeto, bajo el intento legítimo de que el sujeto asuma algún valor de deseo. Para ello, el analista, en su recurso, deberá saber acompañar al paciente hasta el límite extático del “tú eres eso”, donde se revela la cifra de su destino mortal, donde comienza su verdadero viaje.

Por ello consideramos que un psicoanálisis implica la destitución del sujeto en tanto que subsumido por la pulsión de muerte y el advenimiento del sujeto con relación a un deseo decidido, a un deseo advertido para no desear lo imposible.
Cabe preguntar: ¿Cuáles son las consecuencias éticas que entraña la relación con el inconsciente tal como lo descubrió Freud? Y, frente a ello, se trata de saber qué puede, qué debe esperarse de un psicoanálisis. Tarea que impone como necesario articular la pregunta por la eficacia del Psicoanálisis, por aquello que produce consecuencias, o sea, por aquella intervención del analista que, por añadidura, al decir de Freud, incida sobre el sujeto: que lo despierte, produciendo el cese de esa aventura letal de la pulsión que en su tour no es más que su sufrimiento.

Ya Freud nos advirtió al respecto de que si de pulsión se trata, lo que está en juego es la “vuelta a lo inorgánico”: la muerte, dice sin reparos. Cuando el sujeto está tomado por lo pulsional se encuentra en un nivel muy alto de “acomodación” en relación a la muerte, posiblemente bajo las distintas formas de las desgracias del ser. El costo es alto, y él no sabe cuánto. Ha caído en las más grandes de las trampas: las satisfacciones del padecer. Sufre, pero como sujeto se encuentra enredado en las marañas de una embriaguez mortífera. Frente a esta evidencia de agonía del sujeto, para el analista, el único alcance de la función de la pulsión será poner en tela de juicio ese asunto de la satisfacción. Entonces, si hay una clínica de la pulsión será en tanto una clínica del goce orientándose por una dirección: el acotamiento del goce y la asunción de la incomodidad, por parte del sujeto, de la diferencia entre lo pretendido y lo hallado.
La clínica psicoanalítica se sostiene en una diferenciación: la instancia de la letra como signo de goce o el lugar del deseo. Si el Trieb funda al Psicoanálisis como praxis, ¿qué justifica la intervención de un analista? Una respuesta posible: zarandear el goce de la pulsión. ¿Cómo orientarnos?

Lacan nos enseña, en su reformulación del concepto de pulsión, que la misma es un montaje de elementos disyuntos, y en tanto tal, se puede desmontar. Entonces, la dirección de la cura, interna a la política del psicoanálisis e implicada en la estrategia que el mismo postula, deberá llevar adelante, a través de la interpretación, el objetivo de rectificar el estado de satisfacción a nivel de la pulsión.
La cuestión es que la interpretación no está abierta a todos los sentidos, y el trabajo de la lógica del análisis deberá hacer surgir ese significante irreductible, hecho de sin-sentido, y que sin embargo comanda el trabajo de la pulsión. Es esencial que el sujeto vea a qué significante-sin-sentido, irreductible, traumático, está sujeto como sujeto. Y, allí, se justifica la intervención del analista que se orienta por el objeto a que abriga la demanda que hay que interpretar, para que el sujeto goce lo menos posible, y despabile respecto de su deseo.
El psicoanálisis nos enseña que hay un ser de deseo y que el bien no es exterior al deseo que lo determina. La medida de la ética es la relación del deseo con la acción que lo habita, consideración que diferencia al psicoanálisis de cualquier otra terapéutica.

Freud señaló dos campos para el sujeto: actuar y hablar, delimitando para el tratamiento psicoanalítico un campo de trabajo que podemos enunciar como “recordar y no actuar”, en donde la experiencia analítica consiste en hacer hablar al sujeto. La asociación libre da pruebas de la posibilidad de que un significante represente a un sujeto para otro significante. En ese trabajo el goce se produce como pérdida y es en esta praxis, interna al dispositivo analítico, que el analista se aprovechará de ello para que los objetos de la pulsión pierdan consistencia, pudiéndose contabilizar, cont-a-bilidad posible, ocasión para la emergencia del sujeto en relación al deseo.

El análisis trata la restitución de una cadena simbólica con tres dimensiones: de historia de una vida vivida como historia, de sujeción del sujeto a leyes del lenguaje, y del juego intersignificante. Estas dimensiones son modalidades a través de las cuales la verdad entra en lo real e indican la ética de la dirección de un análisis. “Verdad no dicha pero sí sufrida”. Incluir al inconsciente en ese asunto es sostener que la verdad es inseparable de los efectos de lenguaje, o sea, que es su efecto. El lenguaje baña al sujeto, lo sostiene, lo invade, incluso lo desgarra por todas partes. Esto genera tensiones, suspensos, fantasmas y es a título de elementos del discurso como se articula. Por ello la dirección de la cura comienza bajo una exhortación: “que la verdad sea dicha” para que en ese trabajo se revele que no hay significante que diga al ser del sujeto, lo cual implica la caída de toda posible consistencia de objeto partenaire. Frente a esta revelación, relativa a que la satisfacción de la pulsión es un truco que puede ser maléfico, no queda más que acompañar al sujeto en el camino respecto de la pregunta por su ser, y el modo de hacerse cargo tomará las formas de la construcción de su advenir, única vía posible para la emergencia como sujeto en relación al deseo. Consideramos que intentarlo justifica el trabajo de un análisis.

Bibliografía:
Freud, S. “Más allá del principio del placer”. En Obras completas. Amorrortu. Buenos Aires. 2008.
Lacan, J. “El estadío del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. Escritos 1. Siglo XXI. Buenos Aires. 2008.
----------- El seminario de Jacques Lacan Libro 11. Paidós. Buenos Aires. 1986
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* Lacan, J. El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Paidós. Buenos Aires. Pág. 173.
 
 
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