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   La función del diagnóstico en psicoanálisis

Palabras maestras: Clasificar no es diagnosticar
  Por Juan Vasen
   
 
“Un chico pasea subido a un globo aerostático y el viento desvía su rumbo. Logra descender un poco y ve a un médico de guardapolvo blanco. Angustiado y a la vez esperanzado le pregunta:
—Dr. ¿Me puede decir dónde estoy?
—Como no muchacho: estás en un globo aerostático”.

Así es como operan las clasificaciones. No describen falsedades pero son engañosas pues plantean verdades parciales que no conectan más que descriptivamente con las lógicas del sufrimiento o del extravío.
Importa considerar esto porque una nueva epidemia clasificatoria de nombres impropios pretende colonizar la infancia con nuevas palabras maestras y nuevas etiquetas. Lo hace desde una perspectiva supuestamente neutra que oculta sus fundamentos tecnocráticos, objetivantes y mercantilistas.(1)

Esta objetivación tiene su musa inspiradora en el DSM. Seguir su embeleso supuestamente a-teórico nos permite adquirir la convincente certeza de que es en el cerebro donde radican las estructuras subyacentes a los síntomas y en los genes donde se localizan las causas. Y con toda coherencia entonces podríamos concluir que es en los fármacos y las modificaciones de hábitos conductuales donde afincan las esperanzas de resolución.
Una clasificación encabezada por el “mal” llamado ADD o ADHD. Mal llamado pues no se trata de una atención deficitaria o una inquietud excesiva sino distribuída de otra manera y respondiendo a otras inquietudes. Acompañada por los Trastornos Generalizados de un Desarrollo muy mal comprendido, por los descontextualizados Trastornos Oposicionistas y por ese afanoso y frágil constructo que es el Trastorno Bipolar Infantil que debe su popularidad a la supresión de las Psicosis infantiles, los cuadros border line de la infancia y la desaparición misteriosa de las Neurosis en el bíblico manual clasificatorio.
Estamos ante un caso de clasificación “chatarra”. Que, como esa comida, trae consecuencias en el organismo y la vida de los niños, entre otras cosas porque las nuevas formas históricas de la subjetividad (los chicos de hoy por ejemplo) son recogidas por la nosografía de un modo que las aplana.
Aún en tiempos de clasificaciones tecnocráticas que etiquetan padecimientos sigue habiendo otras cosas que clasificar de modo mucho más útil. Y no son justamente las personas sino “en todo caso, las tendencias que presionan sobre ellas o les abren espacios para el advenir de una experiencia propia”.(2)


Clasificar tendencias


“No se si habrás visto el mapa de una mente. A veces los médicos dibujan mapas de otras partes de ti (…) pero no es tan fácil trazar el mapa de la mente de un niño. Que no sólo es confusa, sino que gira sin cesar.”
J. M. Barrie. Peter Pan.
“Habíamos nacido después de la guerra. Éramos la espuma que queda después de la marejada”.
Erri De Luca

Llamamos subjetividad a nuestros modos de ser y a lo que que creemos que somos. Es un territorio complejo de tendencias contradictorias que muchas veces unificamos ilusoriamente bajo la sigla “uno mismo”. Y a veces también creemos que siempre hemos sido así. Pero tampoco la crianza y la educación han sido parecidas en otras épocas. No somos siempre espuma de las mismas olas.
La familia sostenida en sus funciones por el derecho compartió, en Occidente y durante siglos, sus prácticas formativas con la iglesia. Dios, Patria y Hogar se inscribían como los ideales. A estudiar, rezar y trabajar entonces. Actualmente el escenario familiar ocupa un lugar decreciente en relación a otros ámbitos de socialización formales (escuela) e informales (medios masivos de comunicación).
La socialización de los niños transcurre cada vez más fuera de la esfera doméstica. La familia deja pues de ser una institución y los padres guían cada vez menos. Se convierte así en un lugar de encuentro de vidas privadas entre quienes proveen y quienes son proveídos.

La fantasía del “hogar nido” se ha resquebrajado. Los medios invaden la cotidianeidad y ponen en evidencia las múltiples fuentes e influencias que gravitan en la crianza y la educación. Lo que a veces resulta abrumador. Este contrapunto ciudadano-consumidor, con el creciente predominio del lazo que el consumo instituye, marca aquel pasaje. Y lo hace porque produce dos subjetividades distintas. La instituida por el Estado y la producida por los medios y el consumo. Una configuración de intereses ideales y emociones que llamamos informacional o mediática. Bart Simpson lo enuncia sin vueltas: -“A mí me crió la televisión”.
Porque si antes cada hogar disponía de posibilidades de regular a través de horarios y espacios la presencia mediática en el seno de la familia, hoy ese filtro se ha roto.
Es la publicidad quien se encarga de dar imagen y significación a las marcas que marcan ese territorio donde parece haberse alojado no sólo las huellas de experiencias vitales sino también las marcas de las marcas comerciales. Nuestra subjetividad ya no alberga solamente los arrorroes y mimos, los olores y las voces, los nombres y apellidos. También ha sido colonizada por las marcas. Horadada la roca moderna del hogar nido, nuestra intimidad en esta era del Big Bang mediático se ha tornado cada vez más ex-timidad.(3) ¿O cuántas de las primeras diez palabras que aprende un niño se las enseñaron sus padres?
“En la era de la instituciones el lugar precede. Ese lugar (Estado o Mercado) instituye subjetividad pero a la vez obstruye la subjetivación.” (4)
¿Puede el psicoanálisis de niños ante este panorama ofrecer una perspectiva enriquecedora? Creo que sí siempre que sea “capaz de poner de relieve la alegría de la diferencia. La prevalencia de la experiencia y la primacía del juego como profanador de los pensamientos sacralizados.” (5)

Formas de inexistencia: las formas debidas


“Todo es menos de lo que es.
Todo es más”.
Paul Celan

Melvin el obeso soldado norteamericano destinado a Irak, protagonista de Una Forma de Vida se expresa de este modo: -“No se preocupe, no la tomo por una psicóloga. No son psicólogos lo que falta aquí. He probado con varios. Les hablas durante tres cuartos de hora en el más profundo de los silencios y luego te recetan Prozac. Me niego a tragarme eso. No tengo nada contra los psicólogos. Sólo que los del ejército norteamericano no me convencen. Lo que espero de usted es otra cosa. Deseo existir para usted. ¿Es pretencioso? No lo sé. Si lo es lo siento. Es lo más auténtico que puedo decirle.; deseo existir para usted,” (4)
Ser tan sólo un buen soldado era vivido como una forma de inexistencia. Dejando entrever que la existencia estaba alojada en lo que excede al deber y la programación.
Inteligencia Artificial, la película cuyo guión se basa en el relato Supertoys last for ever, de Brian Aldiss, nos presenta a David, un sofisticado autómata con aspecto de niño que es “adoptado” por una familia cuyo hijo está en un coma que parece irreversible. Lo que ocurre es que, fuera de programa, David se enamora del Hada del cuento de Pinocho que su “mamá” le relata amorosamente. El muñeco de Gepetto quería ser niño. David también comienza a anhelar ser humano. ¿Por qué querría un muñeco subjetivarse como niño? ¿Por qué exponerse a la finitud si contaba con pilas que le iban a durar for ever? Tal vez la respuesta esté en que los muñecos no crecen. Y David no quería ser un clon, una sombra, un suplente, sino hijo y en tanto hijo, como niño, además de recibir amor quiso crecer. Por eso juegan los chicos. Porque quieren hacerse adultos, alterar su condición de promesa. Y tener futuro.
El autómata era una figura extremadamente popular en los inicios del siglo XIX inmortalizada en muchas imágenes y relatos. Quizás el más popular entre los “psi” sea el Hombre de Arena.(5) Allí el personaje que concentra la curiosidad del protagonista resulta ser una máquina, una muñeca.

Inteligencia artificial puede pensarse como una metáfora donde la crianza, fundada hasta hoy en los lazos libidinales y el anhelo narcisístico de trascender en los hijos, es reemplazada por baterías y programación. Pura subjetividad instituida. Según el molde ciudadano o el del consumo y sin demasiado espacio para la divergencia. Frente a este panorama, ¿no será que en lugar de ponernos y ponerles a nuestros niños las pilas, se tratará en cambio de sacárselas?
David era un autómata. Pero muchos niños que padecen de cuadros severos de lo que se llama (y no ha de ser casualidad la elección del término) “espectro autista” sufren de una espectral desvitalización. Se viven como artefactos, no como cachorros humanos, como vivientes. Su existencia se ve limitada a sobrevivir como “máquinas” aparentemente desafectivizadas.
Espectro que al centrar su fundamento en el desarrollo soslaya que la humanización de una cría humana se da en un proceso de socialización que es, a la vez, un proceso de apropiación por parte del chico de lo que la cultura y la lengua inscriben. Y, en paralelo, de la apropiación amorosa del recién llegado por una familia y una cultura.
El lenguaje no está en los genes. Si un chico no habla no se trata de pensar en su labilidad genética para el desarrollo del lenguaje sino en la falla en los procesos de apropiación mutua entre el bebé y la cultura que lo recibe. No se trata de una falla de programación genética (aunque pueda haber alguna). La cría humana es la única que nace programada para ser reprogramada. Por los otros.


Formas de existencia: las formas de vida

“Todo pensamiento comienza por un poema”.
J. Alain

Comenzamos hablando de subjetividad como modo de ser. Modos de ser que se constituyen en determinadas circunstancias epocales. Y que son formados por determinados dispositivos sociales. La familia y la escuela en primer lugar, y ahora, cada vez más, los medios. Si pensamos de un modo mecanicista podríamos emplear el termino matrizar. Tiempos modernos y hombre máquina. Son el marco del cuadro.
“Entonces uno ahí se piensa a partir de un discurso que lo piensa, se piensa en la diferencia de cómo lo piensa la escuela, el director el dispositivo institucional.” (6) O la publicidad.
La subjetividad, en ese estilo matricial efecto de un dispositivo se contrapone, se diferencia de las posibilidades de subjetivación íntimamente relacionadas con la construcción singular de una experiencia Una experiencia cuya condición de posibilidad en lugar de depender de algo programado dependerá de que algo espontáneo y contingente se constituya como superficie de esa experiencia. Y por ende de existencia.
Una práctica o un espacio de subjetivación se legitimarán entonces sólo por las aperturas que ofrecen a lo posible, a lo improbable.
“Existir no es un estado objetivo pre-enmarcado sino un trabajo subjetivo”. (7) No basta el marco, hay que pintar el cuadro.
Si, siguiendo a Alain, todo pensamiento comienza por un poema la creación poética y lúdica de sentido es creación de pensamiento. De un pensamiento atravesado por la paradoja de que la ficción posea una verdad diferente de la pretendida objetividad de la historia.

La poiesis impulsa más allá de lo que la máquina de pensar pensamientos instituidos permite. Agamben lo enuncia de este modo: “La imaginación circunscribe un espacio en el que no pensamos todavía, donde el pensamiento se hace posible sólo a través de la imposibilidad de pensar.” (8) Pero, como reflexiona Steiner: “En el horizonte está la perspectiva de que los descubrimientos bioquímicos y neurológicos demuestren que los procesos imaginativos y cognitivos de la psique humana tienen una fuente en última instancia material. Que hasta la conjetura metafísica o el hallazgo poético más grandioso son (tan sólo) formas complejas de química molecular.” (9)
Parafraseando a Celan también puede ser que todo (parezca) ser menos de lo que es. O lo que tan sólo, como ente objetalizado, es. Y como psicoanalistas sabemos que, más allá de las apariencias y las formas clasificadas de la conciencia, “todo es más.” En ese plus habitan las posibilidades de una experiencia que nos haga existir.

Bibliografía
1. Vasen, J.: Una Nueva Epidemia de nombres impropios. El DSM V invade la infancia en la clínica y las aulas Noveduc Bs. As. 2011.
2. Lacan, J. “La Ética”. Paidos. Bs. As. 1989.
3. Rodulfo, R.: Padres e hijos hoy. Op Cit.
4. Nothomb A.: Una Forma de vida. Anagrama. Bs. As. 2012.
5. Hoffman, E.: El hombre de arena. Ediciones El Aleph. Bs. As. 2005.
6. Lewkowicz I.: Pensar sin Estado Paidós. Bs. As. 2004.
7. Idem.
8. Agamben G.: Ninfas Pretextos. Madrid 2011.
9. Steiner, G.: La poesía del Pensamiento. Bs. As. Siruela 2012.
 
 
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