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   La función del diagnóstico en psicoanálisis

Agitaciones en torno al diagnóstico
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
El diagnóstico en psicoanálisis y sus “pero…”
Sobre el diagnóstico los psicoanalistas somos, en general, remisos a responder aun cuando no podamos prescindir de él en nuestra práctica. Transcurrido más de un siglo de vigencia del psicoanálisis, extrañamente se mantienen reticencias sobre ciertas cuestiones básicas. Una de ellas es el diagnóstico: algunas posiciones –que lo niegan, evaden, desvían o enmarañan– producen cierta perplejidad. ¿Por qué no puede ser despachado en pocas palabras? ¿Por qué el tema sigue produciendo agitaciones?
Es llamativo que, además de lo mencionado, en el caso de respuestas que reconocen su importancia, al vuelo tal afirmación se acompaña de algún pero. Transitaré la cuestión de ciertos “pero…” respecto al imprescindible diagnóstico, intentando dar cuenta de las agitaciones y oscilaciones que suscita.

1.- El diagnóstico en psicoanálisis tiene especificidad propia, “pero…”, es diferente al modelo médico.
Obvio. El psicoanálisis es una clínica, una teoría y una praxis que nada tiene que ver con el modelo médico. Aunque Freud partió de ese modelo rompió con él al descubrir el inconsciente; su paradigma quedó más próximo a la lingüística y, para Lacan, la originalidad freudiana es el recurso a la letra. El sujeto está atravesado por los laberintos de la letra y de los restos verbales que siempre le hablan, le susurran, le ordenan, lo que lo confronta con la embestida de lo real.
Si admitimos esto, ¿por qué, entonces, cuando hablamos de diagnóstico en psicoanálisis habría que reiterar la necesidad de diferenciarlo del campo médico? ¿Qué hay allí que precisa esta insistencia?, ¿acaso un paralelismo que porfía en resituarlo en ese campo al cual, sabemos, no pertenece?

Es frecuente escuchar la pregunta “¿cuál es la diferencia entre un tratamiento psiquiátrico y uno psicoanalítico si en éste también se habla de «cura»”? Sí, pero la cura en psicoanálisis no es ni de enfermedades ni de trastornos sino de padecimientos y malestares del sujeto. Cura por la palabra, sin medicación, imprescindible apuesta a la letra.
Mientras la semiología psiquiátrica –en su afán clasificatorio– dice procurar los signos “objetivos” (?) de los trastornos mentales se desentiende de la causalidad psíquica que se juega en el padecimiento humano y de la subjetivación del mismo, tarea ésta que incumbe al psicoanálisis. Suponer que mediante el diagnóstico psiquiátrico se obtiene la objetivación de la enfermedad mental es cierto que “pacifica” en tanto dicho diagnóstico se basa en encontrar los signos que menciona un Manual estandarizado. “No soy yo quien lo dice, es el Manual, y el Manual es «objetivo»”. No se trata aquí de la siempre compleja relación con la subjetividad, sino de un conjunto de “signos” (del paciente) que remiten a un performateado “paquete” de “trastornos” que el Manual establece; basta, pues, hacer las correlaciones y ¡el diagnóstico está hecho! (hecho por el Manual).

Las actuales clasificaciones psiquiátricas (v.g. DSM V) son apenas etiquetas que nada dicen del padecimiento de alguien, ante nada porque ese “alguien” es apenas un conjunto de “señales” que remite a la etiqueta la que, a su vez, remite a una medicación a prescribirse la cual será, para todos los que presenten un “paquete” similar, la misma. Obvio que con ello se borra la singularidad psíquica de cada sujeto y de su malestar. Pero es mucho más tranquilizador tratar con estandarizados “trastornos” que con sujetos que padecen y hablan. Alivia tanto en el diagnóstico como en la cura: para uno se apela a la “tábula”, para la otra a las pastillitas; ambos muy “objetivos”.
Freud, por el contrario, afirmó que su revolución tenía como destino “agitar el sueño de la humanidad”. Que ésta no gusta mucho de “agitaciones” lo demuestra la sempiterna tentación a confundir “rótulo objetivo” con saber objetivo; en verdad no hay uno ni otro: ningún rótulo es “objetivo” y ningún saber lo es. Admitiendo con Sófocles que “Nada más misterioso que el hombre”, Freud empeñó su lucha contra los convencionalismos tranquilizantes que insisten en reducir a ese bello enigma a lo biológico.
¿Será que remarcar la (obvia) diferencia del diagnóstico psicoanalítico con el modelo médico es una manera de no tentarse a aceptar su oferta? O acaso alerta de una tentación por aceptarla.

2.- Se diagnostica en psicoanálisis en función de las vicisitudes del sujeto en transferencia y sobre los modos de la transferencia, “pero…” es preciso que al mismo tiempo el psicoanalista mantenga viva en el dispositivo analítico la atención flotante y su escucha no sea atrapada por un saber referencial que interfiera con la atención flotante.
Es cierto. El diagnóstico podría entorpecer la escucha, pero sólo cuando se considera definitivo y clausurante. De allí que en psicoanálisis el diagnóstico es una conjetura siempre en construcción. El analista, según Lacan, precisa desdoblarse entre aquel que produce efectos y el que, al producirlos, teoriza sobre ellos. Imprescindible desdoblamiento o, llegado el caso, tresdoblamiento –como proponía Theodor Reik– para “escuchar con el tercer oído”. Estas operaciones sólo pueden respaldarse en el análisis del analista quien ha de efectuar sus intervenciones en consonancia con ello.

3
.- El diagnóstico en psicoanálisis está referido a los padecimientos del sujeto en transferencia, “pero…” el sujeto es rebelde a cualquier clasificación de sus malestares.
Cierto. Sin embargo, a partir de las preguntas-respuestas del analizante sobre sus malestares en transferencia el analista puede obtener una brújula para ubicar los modos que presentan las referencias al deseo y/o goce del Otro del sujeto en análisis. Especificar “en transferencia” es dar cuenta de los modos del lazo analizante–analista: según la teoría que esgriman algunos analistas referirán desde allí a neurosis, perversión o psicosis.
Conviene recordar que, cuando Lacan formula el discurso del analista, destaca que, del lado del analizante, se produce una división subjetiva y, en esa partición, hay pathos (padecimiento-malestar), pero también hay logos (palabra). El analizante dispone de la palabra para aludir a su padecimiento, y ese sufrimiento no es clasificable, sólo puede ser capturado por el sujeto que lo padece y al que da variadas respuestas en transferencia en los distintos tramos de la misma e incluso, en una misma sesión. Fundamental, pues, que el sujeto se ubique ante sus malestares e interrogue en transferencia qué tiene que ver con los padecimientos que lo aquejan, lo que supone que se implique en esos padecimientos; en suma, que, pueda preguntarse ¿qué tengo que ver en esto que me pasa?

4.- “Pero…” al diagnosticar se arriesga borrar la singularidad de cado sujeto.
Sí, es un riesgo, que sólo se corre cuando el diagnóstico es tomado como un rótulo y no como un pentagrama que da cuenta de los modos de enlazamiento del analizante en transferencia, de la ubicación del sujeto producido en transferencia.
Al insistir en la singularidad de cada sujeto pareciera que hay tantos diagnósticos como sujetos, y así es efectivamente del lado del sujeto-analizante, quien en el decurso de su análisis en transferencia irá tomando distintas posiciones en relación a sus malestares y trazará múltiples preguntas-respuestas sobre esos malestares.

5.- “Pero…” los modos paradigmáticos de posicionarse en transferencia (neurosis, perversión y psicosis) no son fijos, tienen sus variaciones.
De acuerdo. Ningún neurótico, perverso o psicótico es idéntico a otro, ni siquiera a sí mismo, tiene sus fluctuaciones. Cada sujeto anuda en forma diferente según los tiempos de la transferencia y produce su sinthome cuando lo logra. El analista conjetura la universalidad en la particularidad. La neurosis reduce el deseo a la demanda y anuda en su singularidad; la perversión recurre a la voluntad de goce y anuda a su modo, y la psicosis logra el cuarto nudo y produce el sínthoma o fracasa en su producción y discurre desencadenada por los vericuetos del delirio y los fenómenos elementales.
“Pero…” esto corre el peligro de influir en la escucha y las intervenciones del analista. Cierto, como una escucha sin brújula corre el peligro de conducir a cualquier lado. El analista no puede menos que tresdoblarse. No transita libre (un imposible lógico) sino sujetado a sus teorías, a su inconsciente, a su época y discurre reconociendo sus sujeciones. Para ello el análisis del analista y las supervisones son fundamentales.
Por eso no sirve que el analizante reciba el diagnóstico. ¿De qué le serviría saber que es neurótico, perverso o psicótico? El único diagnóstico fructuoso del lado del analizante es el que le permite captar sus diferentes vicisitudes de complicidad con sus malestares y los ardides con los que cuenta para responder a esos malestares en transferencia.

El diagnóstico queda del lado del analista y surge de la trayectoria de las posiciones del sujeto en transferencia, posiciones que, efectivamente, son variables en el trayecto de la misma. De allí que el diagnóstico despliega un decurso, nunca estigmatiza con una etiqueta. Decimos estigmatiza porque un rótulo siempre termina amordazando a la subjetividad.

6.- “Pero…” si no se logra establecer la transferencia ¿cómo sostener el supuesto análisis?, y ¿cómo diagnosticar?
Cuando no se localiza la transferencia, no es posible un análisis ni arribar a una conjetura diagnóstica de las posiciones del sujeto. Allí es preciso dejar en suspenso el diagnóstico. ¿Entonces? Se sostienen entrevistas preliminares que, a veces, abren la puerta a la transferencia, otras no. En psicoanálisis no se hacen milagros.
En ciertas ocasiones debe darse un tiempo de espera. La posible instalación de la transferencia habilitará el diagnóstico… o la interrupción de las entrevistas.
Hoy, y cada vez más frecuentemente, tenemos que pensar en un paso previo en las entrevistas preliminares: trabajar la re-subjetivación de alguien que llega a consulta casi como un autómata, desubjetivizado individuo producido por el Mercado, privado de deseo y palabra. Atiborrado de goce consumista y de obediencia ciega al mandato del mercadeo neocapitalista; casi me animaría a decir que estos individuos –desubjetivizados– están de alguna manera “fuera de discurso” sin ser psicóticos; por tanto, es imperioso tomarnos un tiempo para trabajar, en las entrevistas preliminares, su posible re-subjetivación. No es poca cosa hoy lograr la re-subjetivación, es una vía de humanización que abre el psicoanálisis.

7.- Se diagnostica en psicoanálisis sobre modos paradigmáticos de posicionarse en la transferencia (clínica borromea o estructuras clínicas), “pero…” se corre el riesgo de psicopatologizar la clínica hasta terminar aniquilándola.
Tal pero desatiende que en psicoanálisis la psicopatología y la clínica crecen conjuntamente. En “Psicopatología de la vida cotidiana” Freud brindó una frondosa clínica de las variadas producciones del inconsciente como lapsus, acto fallido, olvido, equívoco, actos casuales y sintomáticos, y con ello no aniquiló las producciones del sujeto del inconsciente, al contrario, las desplegó. Si la psicopatología se plantea como conjetura en torno a los movimientos y dificultades del sujeto en el eje inhibición, síntoma y angustia, la misma será complementaria a la clínica, y no ha de ahogarla, como tampoco ha de aniquilarla el diagnóstico. Es más, entre aquellos movimientos y dificultades Lacan incluye el acting-out, el pasaje al acto y el acto mismo. Todo un conjunto de movimientos que permiten ampliar los modos de las neurosis, perversiones y psicosis, para no hablar aquí de las locuras que no habitan en las psicosis.


Para concluir.

Los “pero…” pueden ser innumerables, pero nada puede salvarnos del riesgo de nuestras agitaciones, del riesgo del equívoco o el error… salvo más análisis. Tanta reticencia para abordar el tema del diagnóstico en psicoanálisis no puede sino reflejar nuestro temor a la incertidumbre, más que salvaguardar al analizante de las etiquetas mortíferas que a nada conducen.
Siempre el diagnóstico en psicoanálisis requiere cautela, pero una cosa es la cautela y otra cosa el impedimento.
Son tantos los recaudos que se esgrimen en psicoanálisis en torno al tema del diagnóstico que puede llegarse al extremo de renunciar a él, lo que implicaría avanzar a ciegas… o exacerbar la pretensión diagnóstica hasta intentar preveer lo imprevisible. No hay remedios para la incertidumbre, y no es posible, merced a no tomar posición, evitarla. El legado freudiano fue el de la agitación de nuestros sueños, de nuestros deseos, no hay pax culturalis para los analistas. Lacan, tomando en cuenta la apuesta de Pascal considera que es preciso apostar por el Otro a pesar de su indeterminación. Apostamos pues al diagnóstico en psicoanálisis, es una cuestión de confianza en nuestra clínica y, claro está, de agitaciones.
 
 
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