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   Saber de la historia

Los hermanos Maglioni y la invención de una imagen (1891)
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Las historias de “invenciones” suelen ser tan sospechosas como las de “descubrimientos”. Sobre todo por la facilidad con que se prestan a los panegíricos superficiales. El recuento de los próceres de la medicina argentina da fe de ello. Así y todo, en estas entregas habremos de ocuparnos de la fabulosa creación de un médico local, Norberto Maglioni, recordado normalmente por su tesis de 1879 titulada Los Manicomios. En ese trabajo de juventud –algo insípido, como la mayoría de las tesis que por esos años redactan los egresados de la Facultad de Medicina, para lamento de algunos maestros– era difícil augurar que el autor, unos años después, sería el artífice de la acuñación de una imagen. Que las imágenes se acuñen es algo sobre lo que tendremos que volver; y estamos obligados sobre todo a insistir en el valor de ese tipo de actos, que no abundan, menos aún entre los doctores argentinos. Y Maglioni no era un médico que dudase de su identidad disciplinar: para convencerse basta con leer su obra de 1879, cuyo eje esencial residía en el postulado de la necesidad de que el asilo fuese un espacio absolutamente medicalizado, en el cual las órdenes del profesional del guardapolvo fuesen sagradas.
Entre febrero y octubre de 1891, Maglioni –que para ese entonces, a la manera de muchos de los médicos que hubieron dedicado sus tesis a problemas ligados a las enfermedades mentales, ya nada tenía que ver con la locura o el asilo–, sin darse cuenta, y sin dar ninguna importancia a lo que estaba haciendo, “inventa” un dispositivo que merece ser puesto de relieve, y al cual nadie ha prestado atención hasta el momento.

DOS
. La imagen-dispositivo –que de ninguna forma sería un dispositivo imaginario– está íntimamente conectada con los nombres de las dos mujeres a quienes tocó ser fugaces heroínas de una aventura trunca: Dolores del Moral, de 65 años, y Margarita Lafuente. Ya tendremos oportunidad de conocer sus historias y sus rostros. Gracias al inédito montaje efectuado por Maglioni en 1891, se han conservado las imágenes fotográficas de ambas señoras. El médico nos dejó sobre cada una de ellas una serie fabulosa –que el propio autor construyó a tientas merced a la secuencia de los dos artículos de los que habremos de ocuparnos–: primero vemos a cada enferma recostada en un lecho, con sus cuerpos monstruosos, deformados por un abultamiento que, mirado rápidamente, emula un embarazo avanzado. Luego tenemos las fotos de cada una de ellas, rebosantes de salud, vestidas de modo impecable, de pie en lo que fácilmente podemos reconocer como un estudio fotográfico; sus manos tocan un elemento siniestro –una de ellas parece apenas sostener desde atrás, casi con disgusto, esa esfera imperfecta que oculta su mano; la otra, actuando un gesto de triunfo, sostiene esa cosa (esta vez más repulsiva, carente del brillo de la primera) en una de sus manos, trayendo a nuestra memoria la pose de Hamlet con la calavera.

TRES.
Por esos años la medicina y la literatura de Buenos Aires ensayaban nuevas figuraciones de lo femenino. En Clara, el personaje de La bolsa de huesos, Eduardo Holmberg supo plasmar el carácter inquietante y terrorífico que recorría esas representaciones de la mujer. Dentro del terreno que más interesa a esta columna, comenzaban también a aparecer nuevos cuerpos, réplicas locales de experiencias que reclamaban desde hacía décadas la atención de los doctores europeos. En efecto, casi de improviso, en el último tercio de siglo estalla en Buenos Aires una verdadera epidemia de histeria –tal fue siempre el destino de las nuevas enfermedades mentales: irrumpir bajo el modo de una plaga–. Como ejemplo citaré una de las más tempranas descripciones porteñas de un cuerpo histérico, realizada nada menos que por Luis Maglioni, hermano de Norberto.* Candelaria, una joven española de 17 años, había presentado repentinamente una tos convulsiva, a raíz de lo cual se había mandado a llamar a quien todavía era un estudiante de medicina. Este último realiza de inmediato la comprobación que poco después, en Viena, recibiría por parte de Freud una especial atención: “En momentos en que administraba a una hermana suya una untura de linimento de Stokes [una droga casera] se halló de pronto acometida por la tos”. La prescripción de un vomitivo, bromuro de potasio y morfina, produce una mejoría momentánea. Pero a la mañana siguiente el panorama empeora: “… despertó presa de las más terribles convulsiones. Pretendía arrancarse el cabello, morderse las manos, darse contra el muro, gritaba, sollozaba, bastaban apenas tres personas para sujetarla”. Ante ese espectáculo, un despabilado Maglioni no duda en diagnosticar una histeria. Y actuó en consecuencia: asa fétida y bálsamo de Tulú disuelto en cloroformo, sumado a repetidos enemas con un poco más de asa fétida, cocimiento de semillas de lino y aceite de olivas. La enferma respondió perfectamente: “A las 3 p. m. tuve noticia de que la enferma estaba muy mejorada. La tos había casi desaparecido; conversaba, reía, conservándose sin embargo, en un estado de exagerada impresionabilidad”.

Candelaria fue apenas el primer nombre de una larga lista de pacientes histéricas que despertarán la impaciencia de los médicos porteños, quienes en sus múltiples textos alertarán sobre los caprichos e inconstancias que caracterizarían a estas engañosas mujeres. Esos cuerpos explosivos y simuladores no tardarán en adquirir en Buenos Aires las tristes dotes del automatismo: mediante una reversión perfecta, ese cuerpo histérico omnipotente, que todo lo podía, capaz de simular o encarnar las peores enfermedades, se transforma, hipnotismo mediante, en pura pasividad. Ahora es el médico quien, a través de su sugestión prestidigitadora, detenta un poder no menos caprichoso. Poco después de desaparecida la tos de la adolescente española, otro doctor de la ciudad presentará la primera reconstrucción local de un cuerpo à la Charcot, un cuerpo que gracias a la magia del magnetismo, obedece sin chistar las órdenes más disparatadas. Y ese recorrido es el que debe conducirnos, finalmente, al episodio capital de 1891, cuando veamos a dos pobres mujeres sosteniendo ante nuestra mirada dos trozos inertes de sí mismas.
_______________
* Luis Maglioni (1878) “Un caso de histeria - Tos histérica (neurosis torácica) seguida de accesos convulsivos”, Anales del Círculo Médico Argentino, I, pp. 497-502.
 
 
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