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   Infancia medicada

Atentos, obedientes, resilientes:
  las trampas de la adaptación.
   
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
La psicología infantil y el psicoanálisis que en siglo XX hicieron gala de un marcado carácter innovador y progresista (antiautoritario, tendiente a reconocer y respetar a los niños como sujetos de deseo y sujetos epistémicos) han venido perdiendo su destino para dejar paso a una producción funcional a un sistema que reclama niños aptos, adaptados y obedientes. En cierto sentido los castigos corporales ya no disfrutan del prestigio que supieron tener en otras épocas, pero les han cedido el lugar a los psicofármacos y a las terapias conductuales-cognitivas al tiempo que un interrogante desplazó a otro: el interés por saber “cómo se puede domesticar a los pibes desobedientes, cómo hacer para que los desatentos presten atención”, reemplazó al interés por saber por qué los chicos no responden a las exigencias que parten de los adultos (la inscripción de esas exigencias), cuáles son las causas de esa desatención. Seguramente, estos cambios no han sido ajenos a los imperativos de un sistema neoliberal que promueve la libertad del mercado como Dios supremo y una infancia que le sea afín, de modo tal que las diferentes figuras de infancia que transitaron a lo largo de la historia de la humanidad por el imaginario social –el niño pecado de San Agustín, el niño equivocado de Descartes, el niño esclavo de los enciclopedistas, el niño hijo de Rousseau–, aunque no han desaparecido del todo, cedieron el lugar al niño objeto de consumo, al niño sujeto de consumo, al consumidor propio del capitalismo actual. Así, en este siglo XXI que recién comienza, en la etapa del capitalismo que nos toca transitar, parecería ser que solo como consumidores de mercancías –o como mercancías en sí mismas– se puede circular. Y la industria farmacéutica, los laboratorios que producen psicofármacos, por ejemplo, han puesto lo mejor de sí para construir una infancia como segmento de público potencialmente consumidor.

Haber descubierto a la infancia como segmento de público potencialmente consumidor se ha vuelto una fatalidad porque supone la necesidad de clasificarla, de psicopatologizarla, para ponerla a disposición de la oferta de medicamentos. En las dos últimas décadas desde la psiquiatría llegó una fuerte ola tendiente a promover la descripción de nuevas “enfermedades” para las que la industria química tiene una rápida respuesta, y el psicoanálisis, la liviandad de términos teóricos como el de resiliencia, con el que se pretenden explicar las ventajas de la adaptación social. De este modo, el psicoanálisis, que en sus comienzos tanto hizo para desdibujar el límite que separaba la salud mental de la enfermedad mental, corre el riesgo de deslizarse insensiblemente a la posición opuesta y terminar avalando, en el afán de disputar su lugar en el mercado de almas, las estrategias destinadas a describir patologías individuales que no hacen más que disimular los síntomas sociales, multiplicando hasta el exceso la nosología clásica y los dispositivos adaptacionistas. Lo que quiero decir con esto es que las políticas para la infancia en nada son ajenas a los determinantes económicos e ideológicos que tienen en la psiquiatría y también en el psicoanálisis su brazo ejecutor. Lo que quiero decir con esto es que el curso y el destino de las investigaciones específicas (neuro-endócrino-psicológicas) no surgen de un instinto epistemofílico a-histórico y esencial –de una candorosa y legítima curiosidad alimentada por la sed de conocimientos–, sino que se halla condicionada y está siendo construida por una complejísima trama de fuerzas instituidas que contradicen flagrantemente no sólo a la Convención Sobre los Derechos del Niño sino, también, a los principios éticos más elementales.

Ejemplo paradigmático de lo que aquí afirmo es el Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad que aparece en el DSMIV como F.90. En nombre del ADD-ADDH (Attention Deficit Disorder. Attention Déficit Hyperactivity Disorder) se incluyó a una multitud de niños y de niñas dentro del campo de la psicopatología y se promovió hasta límites escandalosos el consumo de metilfenidato. En la Argentina se calcula que 800.000 niños consumen ritalina, cifra nada alarmante comparada con la de los Estados Unidos. Allí 6.000.000 de niños, la mayor parte entre 2 y 4 años consumen ritalina.

Quienes sostienen la existencia de ADD-ADHD afirman que el índice de prevalencia es del 1 al 3 por ciento de los niños, que es más común en los varones, y que esta patología se debe a una hiperactividad del lóbulo frontal; pero las causas se despliegan en tan amplio como impreciso espectro: hereditaria, lesiones orgánicas, inhibición del lóbulo frontal, carencias y privaciones en edad precoz, conflictos sociales, etc. Eso sí: “el niño necesita estar en un ambiente calmo; usualmente pide que se le repitan las cosas; se distrae fácilmente; confunde los detalles; no termina lo que comenzó; oye pero parece que no está escuchando; muestra una gran impulsividad; grita fuerte y hace barullo; no consigue esperar su turno; habla excesivamente; molesta a los otros niños y su hiperactividad es casi continua.” (http:/www.buenasalud/newsletter/index.cfm El uso de psicotrópicos en niños y adolescentes)

Entonces, frente al ADD-ADHD, el uso de medicamentos se hace imprescindible. El de primera elección es el metilfenidato (Ritalina) pero, por si falla, ahí están los otros estimulantes: dextroanfetamina y pemolina. Y el consejo no se hace esperar: “Utilizando dos estimulantes diferentes, simultáneamente, la gran mayoría de los niños responde mejor, pues si uno de ellos falla el otro actúa con un 25 por ciento de probabilidades de éxito. Si la mejoría es mínima o parcial, existe la probabilidad de aumentar la dosis. Las drogas mencionadas reducen la actividad motora, la impulsividad, al tiempo que mejoran la capacidad emocional, aumentan la vigilia, la atención y la memoria de corta duración. El desempeño escolar y el comportamiento (de atención) están relacionados con la dosis del estimulante.” (http:/www.buenasalud/newsletter/index.cfm “El uso de psicotrópicos en niños y adolescentes”)

Pero resulta que el ADD-ADHD casi nunca se presenta solo. El ODD (Oppositional Defiant Disorder) ha llegado para acompañarlo. Y el Trastorno Negativista Desafiante tiene ya la pastilla que lo cura: la atomoxetina. No hace falta otra cosa que recurrir al DSM IV para confirmar que allí está. Allí está como F91.3 y allí estaba desde hace tiempo esperando que alguien lo descubra. El cuadro es simple. El ODD, el Trastorno Negativista Desafiante, se caracteriza por los siguientes síntomas: el niño o la niña a menudo discute con adultos, a menudo desafía activamente a los adultos y rehúsa cumplir sus demandas, a menudo se enoja y queda resentido, a menudo es rencoroso y vengativo, a menudo incurre en pataletas.

Como en el caso de ADD-ADHD, tampoco las causas de ODD son muy precisas. Parecería ser que “son el resultado de una combinación de factores sociales, familiares y genéticos, desequilibrios químicos cerebrales heredados que los predisponen a padecer de este trastorno.” Pero, para su diagnóstico, para otorgarle un carácter más serio y riguroso a la clasificación, ya apareció un test que permite ubicarlo con exactitud. El Test de la Cooperación (DPOC) que, según sus creadores es central para entender las interacciones sociales, consiste en una versión para computadora del Dilema del Prisionero que permite evaluar el índice de cooperación. Al incluir al niño en un dispositivo simulado de intercambio social es posible, dicen, diferenciar aquellos que padecen ODD de los afectados por otras patologías. En los que padecen ODD se hacen evidentes los problemas derivados de una excesiva competitividad y una tendencia al dominio y al ejercicio del poder que prevalece por encima del beneficio material de los otros y que generan claros problemas de cooperación. En cambio, en trastornos como la esquizofrenia y la depresión no aparecen problemas de cooperación salvo en fase de desorganización conductual por estar atravesando el período agudo de su enfermedad. (Francisco Montañés Rada. Departamento de Psiquiatría, Fundación Hospital Alcorcón, España)

Y, para el tratamiento del ODD, ya se sabe: terapia cognitiva-conductista que, “como a veces presenta resultados poco favorables”, hacen necesario el uso de medicamentos como atomoxetina, clomipramina (Anafranil) y fluoxetina (Prozac), asociados para una mejor respuesta. El tratamiento de segunda línea indicado en casos más leves, se basa en antidepresivos como la desipramina (Norpramin), imipramina (Iofranil), amitriptilina (Tryptanol) e inhibidores de la monoamino oxidasa. También se pueden usar cafeína y clonidina (Atensina). Como medicación de tercera línea, o cuando hay otra enfermedad asociada, se pueden usar neurolépticos, haloperidol y risperidona, anticonvulsivantes, carbamazepina y valproato, los ansiolíticos como la buspirona y los timolépticos, como el litio. Y, en caso de que el ODD coexista con ansiedad, el cuadro reclama benzodiazepínicos. Los más comunes: Diazepan, Flurazepan, Clonazepan.
Es decir: ¡TODOS!
Desde la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry (http://www.aacap.org) hasta la American Psychiatric Association (http://www.psych.org) pasando por las innumerables referencias que la red ofrece...1 todos coinciden en ¡todos! los psicofármacos para los ODD.
¿Es necesario recordar aquí que la industria farmacéutica factura anualmente en el mundo una suma que es superior al doble del Producto Bruto de Argentina con una rentabilidad que aventaja la de cualquier otro tipo de producción, mayor aun que la industria bélica o la del petróleo? Los grandes laboratorios tienen el poder necesario para promover golpes de Estado o amenazar a aquellos países que ponen obstáculos a su despliegue. Se arrogan el derecho a violar el consentimiento informado de pacientes sujetos a experimentos, de negar la iatrogenia de sus productos, de fraguar estudios clínicos y de manipular investigaciones “científicas”, pero ocurre que, del otro lado están los niños, y los niños se ajustan mal a los sistemas clasificatorios. La diversidad, la multiplicidad y la singularidad de “casos”, resiste indoblegale a cualquier intención de cristalizar las categorías de asistidos.

Los niños, las niñas y los jóvenes son a menudo –sucesiva y simultáneamente– un poco desatentos, un poco desobedientes, un poco transgresores, un poco vagabundos, un poco repetidores o desertores escolares. Un poco de todo, y nada de eso. Ninguna de esas etiquetas les viene bien. Rara vez se instalan permanentemente en alguno de esos territorios. Circulan de un lado al otro, de un código al otro. Participan de redes de sociabilidad diferenciadas y se escabullen, inaprensibles, de los diagnósticos y de las instituciones. Las trayectorias de infancia vuelven estériles, así, cualquier intento de perfilar los rasgos de una identidad que los caracterice. Para bien o para mal, frente a esta inestabilidad, la vocación de servicio de los profesionales y de las instituciones destinadas a ayudarlos, se muestran impotentes. Y es entonces cuando se los fuerza para incorporarlos en categorías que los confirman, los aprisionan, los convierten definitivamente en ADD, en ODD, en depresiones infantiles, en drogadictos, en delincuentes o en disléxicos, por que entonces sí se sabe adónde hay que llevarlos y cómo hay que tratarlos.

Tal parecería que hubiera que someterse al imperativo de clasificarlos, de encasillarlos, de etiquetarlos para someterlos a la piadosa competencia profesional propia de cada “patología”. Es entonces cuando la tentación por la nominación, la pasión por la nomenclatura nos desliza, insensiblemente, a la hiperproducción de un sistema clasificatorio destinado a capturar los movimientos pulsionales, a neutralizar las rebeldías que alientan a estos pibes. Guiados por este afán de correspondencia, nos vemos empujados a adjudicar a cada patología, la pastilla que le corresponde y la población de especialistas y de instituciones específicas que les toca. Por eso pienso que, tal vez, ha llegado el momento en que los psicoanalistas debamos empezar a reflexionar acerca de qué es lo que hacemos y qué es lo que deberíamos hacer con la infancia. Antes que tomar la infancia como objeto de estudio y de asistencia deberíamos pensar la “desatención” y la “desobediencia” como un analizador de esta cultura y, sobre todo, preguntarnos que es lo que el Sistema, el Sistema de Salud y hasta el dispositivo académico hace con nosotros. Qué se nos demanda. Síntoma de qué, somos. Tal vez ha llegado el momento en que nosotros, los psicoanalistas, debamos empezar a pensar la infancia por fuera de una intervención convencional: aquella que evite deslizarnos al lugar común que clausura, justamente, lo que el síntoma individual que dice siempre algo del síntoma social, intenta abrir.


1. http://biblioteca.consultapsi.com/DSM/Dsmadd.htm
http://www.healthsystem.virginia.edu/UVAHealth/adult_mentalhealth_sp/odd.cfm
http://www.aacap.org/publications/apntsFam/sfff72.htm
http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/healthtopics.html
http://www.sepsiq.org/
 
 
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