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   Colaboración

JACQUES LACAN <> JACQUES A. MILLER
  Contrapunto - Segunda Parte
   
  Por Norberto Rabinovich
   
 
El síntoma y las otras formaciones del inconciente.

En Los signos del goce, Miller da prueba de no ignorar la dimensión del inconciente como escritura. Incluso reconoce que fue una articulación temprana de Lacan, pero le niega el valor de fundamento del inconciente que éste le otorgó desde el inicio. Como si Lacan no se hubiera dado cuenta del alcance de sus planteos al respecto.

No obstante, agregaba [Lacan] que con el síntoma –los remito a la página 426 de los Escritos, comunicación de 1957- se trata siempre de lectura y de escritura. Les citaré esa frase premonitoria: “Así, si el síntoma puede leerse, es porque él mismo ya está inscripto en un proceso de escritura.” En el fondo, hay necesidad de referir el síntoma a un proceso de escritura y no de palabra.
(…) Por el hecho que este efecto [de goce] está implicado en el síntoma analizable debe serle referido un proceso de escritura. Y aunque Lacan recién lo percibió con Joyce, ya lo encontramos en la pág. 426 de los Escritos.
Por eso, y desde siempre- aunque hacía falta un esfuerzo de pensamiento para destacarlo-, Lacan vinculó al síntoma con la escritura y no con la palabra. El sentido es lo que nos fascina en la palabra, pero no podemos decir lo mismo de la escritura, la cual solo compete al significante en tanto se distingue de los efectos de significado.
1

Estamos seguros que la letra no escribe el sentido, pero habría que hacer “un esfuerzo de pensamiento” para demostrar que es incompetente para escribir palabras. Veamos como continúa la cita:

Así pues, Lacan acentuaba la estructura de lenguaje del inconciente y, a la vez, ponía el síntoma en otro lugar, lo apartaba
.2

La tesis según la cual Lacan ponía al síntoma en otro lugar respecto al resto de las formaciones del inconciente es verdaderamente un malabarismo teórico. No se trata de un error tipográfico. Ante una evidencia textual (que fue sin duda detectada por Miller), para justificar sus prejuicios necesitó oponer el síntoma - o sea su novedosa comprensión del síntoma que incluye al fantasma- a las otras formaciones del inconciente. Llegamos así a una afirmación como la siguiente:

Cuando destacamos su inconsistencia, su fugacidad, las formaciones del inconciente –el sueño, el lapsus, el chiste- se caracterizan por su oposición al síntoma.
3

La oposición mencionada no atañe solo a la morfología clínica, sino también a diferencias topológicas y estructurales. Evidentemente, para Miller hubiera sido un serio obstáculo aceptar que las formaciones del inconciente comportaran esa dimensión del goce ligada a la repetición de lo real. Pero cuando aceptó reconocer aquello que estaba escrito en la fuente lacaniana, entonces torció la lógica rigurosa de Lacan en dirección a sus preconceptos. El siguiente es un pasaje que muestra el estilo del vale todo con el que Miller aborda los conceptos de Lacan.

El síntoma, en cambio, se sostiene allí donde solo hay S1, que se repite, y esto, a mi entender, es lo que quiere decir Lacan cuando formula que del inconciente todo es susceptible de escribirse con una letra. En otras palabras, en ese inconciente, solo hay Unos, pero todo lo que es Uno en el inconciente puede escribirse con una letra; o sea que bien puede no representar al sujeto. Lacan agrega que el síntoma opera de un modo salvaje una escritura con letras y a veces con partes del cuerpo. 4

Escuchando a sus pacientes, ¿Miller habrá encontrado en la repetición del inconciente un pedazo de intestino u otras “partes del cuerpo”? Poner lo real del significante en continuidad con lo real corporal es una extraña manera de entender a Lacan. Además, si como dijo innumerables veces Lacan, que el S1 representa al sujeto para el resto de los significantes ¿qué asidero tiene el agregado de que también puede no representarlo?

Sabemos que todo S1 puede representar al sujeto…pero también puede no representarlo y escribirse con una letra
.5

No sería un error demasiado serio si solo se tratara, para Miller, de reencontrarse tardíamente con ciertos pilares incomprendidos de la enseñanza de Lacan. El problema es que al tiempo que reconoce la articulación del inconciente con lo real plantea que con ello se abriría una fundamentación nueva y diferente del psicoanálisis. Afortunadamente contamos con pasajes de Lacan que permiten leer la continuidad su pensamiento y diluir los efluvios enigmáticos que sugiere Miller. Sirva como ejemplo el siguiente:

“Sí, que el sueño sea un jeroglífico (rebus) dice Freud, naturalmente no es lo que me hará desistir ni por un instante de que el inconciente está estructurado como un lenguaje. Solo que es un lenguaje en medio del cual apareció su escrito.6

El goce del síntoma y el goce del fantasma.

Retomo el análisis del grafo por el matema S(A/). El significante de la falla en el Otro designa la Befriedigung del síntoma como efecto de verdad o efecto de significación o también llamado efecto de metáfora. Miller confunde, casi permanentemente, los efectos de verdad con los efectos de significado. Lacan definió el efecto de verdad que comporta la repetición de la letra en el discurso como un modo de alcanzar lo real. El efecto de verdad es de lo real. Los efectos de significado – imaginarios- son los que se plasman, por supuesto, en el campo del Otro.

El matema S/<>D, no escribe el montaje de la pulsión ni la totalidad de su circuito, sino el lugar donde lo real pulsional sale a la superficie, el punto donde el sujeto goza de la pulsión por desfallecer (S/) como objeto imaginario de la Demanda del Otro. Porque además del síntoma y la sublimación - que aportan satisfacción al fin de la pulsión por medio de la repetición literal, hay otro campo donde ese goce no cesa de no escribirse, por ejemplo, el que concierne al erotismo, las adicciones, etc.

Lo que no cabe duda es que en la perspectiva de Lacan, el goce del síntoma y el goce de la pulsión están ensamblados con la función del automatismo de repetición y alcanzan su meta más allá del principio del placer.

Por lo tanto, la gama de goces que podemos ubicar por debajo de la línea horizontal superior del grafo queda englobada dentro del principio del placer y por fuera de la ley de repetición. Quiero destacar particularmente, que el goce del fantasma, el denominado goce del Otro -sin barrar,- no fue incluido en el grafo por Lacan dentro del campo de repetición del goce sino del lado del principio del placer.

En el texto Una distinción clínica…, Miller había explicado que el fantasma es como una maquina de convertir el goce en placer. A mi juicio, es una buena definición. Concuerda con las explicaciones que Lacan dio sobre el fantasma, en tanto constituye una defensa frente al goce. Dicho de otra manera, el goce del fantasma no es otra cosa que una barrera frente al goce. Pero, ¿frente a qué goce? Pues el goce traumático que viene del lado de la repetición pulsional. Es cierto que se podrían encontrar en las explicaciones de Freud, algunas puntas para pensar que el fantasma, en virtud de su estructura esencial de carácter masoquista, es una vía de satisfacción de la pulsión de muerte. Sea como fuere en Freud, los argumentos de Lacan nos ponen de mil maneras en la pista de reconocer que la función del fantasma reside en sostener una pantalla para cubrir el agujero de la castración en el Otro y por consiguiente, asegurar el reinado del principio del placer. El goce del síntoma satisface al significante amo, al Uno, mientras que el fantasma trabaja para Otro amo.

Entonces, ¿en que se apoyó Miller para reunir síntoma y fantasma en una sola estructura? ¿Como entendió la relación entre el sinthome y la pulsión? Sería una tarea titánica encontrar los argumentos de todas las hipótesis que figuran en Los Signos del goce. Por lo general, mantienen una coherencia interna a su pensamiento aunque alejada de la de Lacan, pero otras veces, simplemente carecen de lógica. De todas formas, con las anteriores consideraciones ya entramos en el terreno del Nuevo Lacan, el que, entre otras cosas anunciaría la unificación del síntoma y el fantasma.

El Nuevo Lacan

Comenzaré interrogando los empleos que hizo Miller de la categoría de goce, ya que se enfrenta a la soberbia tarea de crear la mixtura del goce del fantasma y el goce del síntoma. Asevera:

Evidentemente, desde el momento en que la satisfacción de la pulsión habita en el corazón del fantasma ….7

El primer desliz. Le resulta “evidente” algo que contradice la definición de Lacan, reafirmada en algún momento por Miller, de que el fantasma transforma el goce de la pulsión en goce del Otro. Pero como hace un “esfuerzo de pensamiento” para ponerlo en la misma bolsa con el goce del síntoma, introduce algunos retoques. Sigo:

Y lo que tienen en común [fantasma y síntoma] desde el punto de vista del analista, es el goce. Existe un gozar del síntoma, que fue con lo que Freud tropezó en el camino de la interpretación analítica-destinada a liberar el mensaje contenido en el síntoma- y llamó de diversas maneras: reacción terapéutica negativa, masoquismo primordial. Es decir, se topó precisamente con el goce del síntoma, que hace mal y que por lo tanto es contrario al deseo.8

No puedo dejar de mencionar que Lacan descartó radicalmente y en una época temprana, el concepto freudiano de masoquismo primordial. Aunque definió de masoquista la esencia de todo fantasma, la categoría freudiana fue dejada de lado porque el masoquismo primordial implicaba el problema de ubicar al fantasma del lado de los fundamentos de la estructura y no, como hizo Lacan, donde se plasman sus efectos imaginarios. En su retorno a Freud, Lacan rescató el concepto freudiano de Wiederholungszvang, para englobar los fenómenos de repetición del goce traumático y a-sexual, el goce “que hace mal”. Por otra parte, si para justificar su lectura Miller se viera necesitado de desexualizar el goce del fantasma, no sería suficiente un cambio de postulado sino empezar todo de nuevo.

Había pasado de largo una observación de Miller contenida en una de las primeras citas donde decía que después del seminario XXIII Lacan dejó de hablar de fantasma. Efectivamente, en las últimas épocas, Lacan ponía el acento en explicar que la función del fantasma era sostener la ilusión de que la relación sexual existe. Y pasó a hablar de relación sexual en vez de emplear la palabra fantasma. Paralelamente, del lado del automatismo de repetición, precisó los modos de fallar la relación sexual. En este camino, el último Lacan expresó que:

No hay relación sexual, ciertamente, salvo entre fantasmas.9

Respecto a la reacción terapéutica negativa, que Miller pone en continuidad con masoquismo primordial, en el Seminario V de Lacan figuran algunas páginas donde explica que el fenómeno descrito por Freud se limitaba a aquellos casos donde se manifiesta una profunda tendencia al suicidio, y es una respuesta diferente a la resistencia universal del sujeto a la cura analítica. Ni el fantasma ni la reacción terapéutica negativa, fueron jamás tomadas por Lacan como modelo de satisfacción sintomática. Pero nada detiene a Miller en la meta de aglutinar síntoma y fantasma.

Puesto que el fantasma determina el marco mismo de la realidad, podemos formular, siguiendo a Lacan, que el sujeto no goza sino de sus fantasmas.
Esto que acabo de recordarles me permite recordarles lo que tienen en común el síntoma y el fantasma; a saber – y no agreguemos más por el momento-, cierto goce
.10

Es una forma ambigua hablar de “cierto goce” en común entre el fantasma y el síntoma, porque de acuerdo a la tesis mayor del libro se trata de un solo goce. ¿Goce pulsional más allá del principio del placer? ¿Goce sexual masoquista? La superposición de hipótesis contradictorias oscurece el terreno para captar una orientación precisa. Un buen lector de Miller sería aquel que supone que sabe lo que dice, sin escarbar demasiado.

Desde su experiencia cotidiana a un analista le debería resultar muy forzado englobar en un solo bloque las dimensiones clínicas del síntoma y el fantasma: el goce del síntoma se caracteriza por irrumpir en la realidad fantasmática atravesando los diques de contención, concientes o no. Por el contrario, el goce del fantasma brinda estabilidad, constancia, seguridad. Aunque el yo se queje y rebele por los sacrificios que implica trabajar para el Otro que lo goza, no lo suelta fácilmente. Es una mezcla de placer y displacer diferente a la del síntoma. Por ello, hubiera tenido una importancia decisiva para la comprensión de las tesis de Miller, precisar las referencias clínicas en que apoya sus deducciones teóricas. Pero intentaré seguir el hilo conductor del razonamiento de Miller a fin de obtener una respuesta a la pregunta sobre las singularidades de ese goce sinto-fantasmatico que propone. En la página trescientos ochenta y uno de los Signos del goce encontramos la siguiente afirmación:

Dado que el rechazo del goce se produce en todos los casos, la cuestión es saber que lo domestica. Pues bien, el síntoma lleva a cabo esa contención. Por eso la función del padre es la función del síntoma.11

Este pasaje contiene una gran condensación de incongruencias teóricas. ¿Qué quiere decir “que el rechazo del goce se produce en todos los casos”? Si tomamos caso por caso, siempre vamos a encontrarnos con una infinita variedad de formas que adopta el conflicto entre lo que pulsiona desde lo real y lo que tiende a domeñar ese goce. De todas maneras, el rechazo universal al goce no es sino un sueño de moralistas endurecidos que no cesa de fracasar. Pues bien, Miller, no conforme con que el “rechazo del goce se produce en todos los casos” busca, de manera incomprensible, precisamente en el inconciente las herramientas naturales, por así decir, para domesticarlo. Y formuló que el síntoma lleva a cabo esa tarea de contener el goce. Como se puede observar al menos en este pasaje, la función del síntoma estaría de acuerdo a las coordenadas clásicas del fantasma: una barrera frente al goce. De este modo, en el último Lacan tanto el nuevo síntoma como las clásicas formaciones del inconsciente - que Miller había convertido en emisarias del deseo del Otro- tendrían la función de robustecer la instancia moral en los seres hablantes. Nada opera en el sujeto para salir de su alienación al Otro. Algo no anda bien en esta perspectiva.

Este vigor por la tarea civilizadora de domar el goce lo encontramos a cada paso de la enseñanza de Miller. Así por ejemplo, luego de haber explicado con llamativo desconocimiento que la técnica analítica del primer Lacan apuntaba a aportarle sentido al síntoma por medio de la interpretación, concluye que:

Falta aún entender como domesticar al síntoma a partir del equívoco y no del sentido.12

¿No insinúa que la misión del analista se da la mano con el gran censor? Siempre domesticador. Es suficiente leer el Escrito “Kant con Sade” para encontrar en Lacan una extensa explicación acerca de la disimulada intrincación entre la función moral y el fantasma. Por otra parte, cualquier psicoanalista puede advertir diariamente hasta qué punto los mandamientos superyoicos de sus analizantes están profundamente entrelazados con las exigencias derivadas de sus fantasmas. Este vínculo no impide que los puntos donde emerge la repetición, es decir aquello que los antiguos psicoanalistas identificaron como sintomáticos del inconciente, sean puntos donde fallan esas exigencias. Pero no podemos saber cómo procesa Miller la experiencia del análisis para arribar a la conclusión que ambos tiran del mismo lado.

Yo no digo que Miller se proponga voluntariamente amordazar al sujeto del inconciente. Una inmensa serie de declaraciones parecen sostener una posición de desafío a las convenciones y reivindicación del carácter subversivo de la verdad analítica. Pero esa posición moralizante es la que compruebo en su texto.

¿Y el “agente de la castración”?

Hay un punto clave en lo que vengo desplegando. Se trata de una fórmula de Lacan que recorre el Seminario XXIII: el síntoma es un descendiente del padre y encargado de realizar su misión, y más precisamente, que el síntoma es una “suplencia” del Nombre del Padre. Sobre esa conjunción Lacan asienta la cuerda del sinthome. Miller admitió esta relación que expresa así:

La función del padre se preservará como homogénea e incluso como idéntica a la función del síntoma. 13

Cabe subrayar un desliz conceptual en la frase citada porque si fueran idénticos no habría ninguna relación entre ellos. La mencionada “suplencia” de la que habla Lacan, no se debe a que el Nombre del Padre se retiró de la cancha, sino que el síntoma juega lo que él prescribe - ya que el Nombre del Padre nunca aparece directamente-. Pero cuando el Nombre del Padre está forcluído del equipo, en el lugar correspondiente al retorno sintomático de lo reprimido que caracteriza el mecanismo neurótico, “aparece en lo real”, ante el sujeto, un mensaje alucinado. Lacan explica este fenómeno alucinatorio como un intento de restituir la función del padre, aunque dicha restitución no cumple la misión de anudar los distintos registros de la estructura subjetiva. La cuarta cuerda del nudo borromeo, que enlaza al padre, al inconciente y la repetición sintomática en el orden de lo real, describe solamente la estructura neurótica. Cito a Lacan:

Y es precisamente en eso que consiste hablando con propiedad el sínthoma y el sínthoma, no en tanto que es personalidad, sino que respecto de otros 3 se especifica por ser sínthoma y neurótico.14

Pasando por alto la clara indicación de Lacan tanto como su fundamentación, el autor de Los signos del goce propone que con la elaboración de la cuerda del Sinthome Lacan establecía las bases para una nueva comprensión de la estructura del sujeto a partir de la psicosis. La siguiente cita expresa esta titánica afirmación:

Por eso, la última enseñanza de Lacan ya no toma como referencia la neurosis, sino la psicosis, y piensa el inconciente a partir de ella.15

En esta dirección Miller forjó el concepto de “forclusión generalizada” como mecanismo constitutivo del sujeto. ¿Cuál podría ser la necesidad de Miller para forjar esta tesis imposible de justificar? Lo único que puedo constatar es que después de haber forcluído al Nombre del Padre de su comprensión teórica de Lacan, la pretensión de incorporarlo lo empuja a reordenar a toda costa el estallido conceptual.

Que Lacan haga figurar al Nombre del Padre en lo real, y como soporte de la cuerda del Sinthome, no es ni más ni menos que la esencia de elaboración de la función paterna que hizo en sus primeros seminarios, la misma que desencadenó en el 63 la gran revuelta que terminó con su excomunión de la Asociación Internacional de Psicoanálisis. Después tomar sus precauciones, no se cansó luego de insistir que existe Uno en lo real que inicia el ciclo de repetición significante.

(…) es este “al menos Uno” en el que se soporta el Nombre del Padre
.16

No hay ninguna reducción radical del cuarto término,[ o sea que el anudamiento neurótico no deviene nunca en una psicosis] es decir que incluso el análisis, puesto que Freud no se sabe por qué vía - ha podido enunciarlo: hay una Urverdrängung, hay una represión que jamás es anulada. Es de la naturaleza misma de lo Simbólico comportar ese agujero; y es este agujero lo que yo apunto, que yo reconozco en la Urverdrängung misma.17

Miller pasó por alto que Lacan, cuando revisó el gran modelo explicativo freudiano del complejo de Edipo, concibió el fundamento de la función del padre en el campo de lo reprimido, de lo reprimido original y no a nivel de la instancia prohibidora. Una breve cita nos permite reconocer la precocidad de su elaboración:

El fin del complejo de Edipo es correlativo a la instauración de la ley como reprimida en el inconciente, pero permanente.18

Sin incluir esta referencia fundamental ¿cómo entender el hilo lógico que hilvanó el conjunto de sus desarrollos teóricos?

El superyó como heredero del padre, según la clásica definición freudiana, es un fiel retrato del Otro del fantasma. La pulsión es su gran enemigo y busca el sometimiento del yo para asegurar su goce, el goce del Otro que no existe. Pero si aceptamos que el síntoma es el hermano menor de la pulsión, eso quiere decir que el Uno es parte de esa misma familia, la familia del automatismo de repetición del goce. Ante tal conclusión puedo imaginar a Miller objetando: ¡es un absurdo poner en la misma bolsa al Nombre del Padre, responsable de la ley, con la endemoniada Wiederholugszvang! Miller explica:

En este sentido –vuelvo sobre lo que ya articulé- situamos el Nombre del Padre por su efecto de significación, que Lacan llamó significación del falo y que, en definitiva, es una civilización del goce.19

Esto huele a una definición del padre como garante de la ley moral, es decir, del padre como soporte del enunciado de una prohibición. Pero pasa soslaya que detrás, insabible, en lo real, existe el Uno responsable de la unicidad, de la pura diferencia. Es el Uno que corta lo que le sentido unifica. La intrincación entre el Nombre del Padre y el síntoma nos lleva a la otra orilla de la unificación, nos conduce a la función de corte, y en primer lugar, al corte castrativo de la sujeción del sujeto a la ley del deseo de la madre.

Si se toma en cuenta la tesis de Lacan que inscribe el Nombre del Padre en el inconciente, es sencillo deducir que el síntoma intervenga como representante del padre. Cuando Lacan definió en “La Tercera”, que “el síntoma viene de lo real” nos enredamos los pies sin tener en cuenta que viene del Nombre del Padre, especificado como significante en lo real. ¿Acaso no había definido Lacan, ya en el seminario de “Las relaciones de objeto”, al “Padre real”, pivote de la función del padre, que especificó como el “agente de la castración”?

No hay nada que contradiga las primeras formulaciones en los enunciados teóricos del “último Lacan”. Explicitar y profundizar a la luz de un nuevo modelo teórico una dimensión del síntoma que ya estaba articulada lógicamente con otras herramientas conceptuales, no es lo mismo que inventar un nuevo axioma.

Es relevante que la identificación del Nombre del Padre con el goce de la repetición inconciente haya quedado en penumbras en otras lecturas más o menos consagradas en el lacanismo de las que, evidentemente, Miller se hizo eco. ¡Cuantos disgustos se hubiera ahorrado Lacan con sus discípulos, de no haber introducido su conceptualización del Nombre del Padre!

Miller, aunque tardíamente, terminó por registrar esa conexión entre el padre y lo real. El tema es que hizo con ella porque lo vemos esforzado en conciliar lo irreconciliable en la medida que no alcanza a discernir la disyunción lógica que une y enfrenta al padre como Uno- que repite el goce traumático (castrador)-, con el Otro paterno como garante de la gran barrera frente al mismo.

En este punto puedo retomar una pregunta que dejé sin responder anteriormente ¿Por qué, en el grafo de la subversión del sujeto Lacan escribió Castración sobre la misma línea donde ubicó la función del significante del goce, ф? En Los Signos del goce hay pocas reflexiones acerca de esta notación, y las que hay son lo suficientemente ambiguas. Comentando la línea superior de grafo del deseo, Miller explica que:

El vector superior escribe de manera patente una elaboración: el goce se transfiere, queda transformado en castración. 20

¿De dónde se transfiere el goce? ¿Que significa que el goce queda transformado en castración? No puedo entender. Lo que sí, en cambio, no puedo negar, es el principio lógico establecido por Lacan de que la repetición de lo real siempre comporta algo traumático, vale decir castrativo. Un padre real es el que no cesa de escribir la castración. Dijo Lacan:

Lo que introduzco, lo que voy a enunciar de nuevo [respecto a los fundamentos freudianos de la función del padre] es que al emitirse hacia los medios de goce, que es lo que se llama saber, el significante amo no solo induce sino que determina la castración.21

Pero, a diferencia de la notación del Nombre del Padre sobre la cuerda del Sinthome, en el grafo figura la letra ф y no el padre de la castración. Como no quiero extenderme en largas argumentaciones; siguiendo el modo que vengo empleando predominantemente, prefiero puntuar las articulaciones teóricas para señalar las funciones lógicas. Un pasaje del último Lacan puede aclarar un poco más el asunto.

Pero, en fin, no es sólo bajo este ángulo que enfoqué la metáfora paterna. Si escribí en alguna parte que el Nombre-del-Padre, es el Falo — ¡y Dios sabe qué estremecimientos de horror ha provocado esto en algunas almas piadosas! — es precisamente porque en esa fecha yo no podía articularlo mejor.
Lo que está claro, es que es el Falo, desde luego, pero que es de todos modos el Nombre-del-Padre
.22

Muchas veces al abordar algunos aspectos de la cuestión del Nombre del Padre Lacan dirige desdeñosos calificativos sobre aquellos de sus discípulos que se muestran reticentes a adoptar su conceptualización. Desde ya, este señalamiento no demuestra nada, sin embargo, no deja de ser una buena brújula para que el lector de Lacan pueda al menos localizar los puntos de su teoría más resistidos. La cita nos permite volver a verificar la continuidad que Lacan reconoce entre sus últimas elaboraciones y las primeras en relación al significante primordial. La referencia al Falo en el contexto de la cita no remite a los efectos de significación fálicos, ni al pene, ni al objeto imaginario falo, sino a su causa real, el Significante Falo, que se puede reemplazar sin alterar el producto por el Nombre del Padre. Es el mismo operador que logifica con la proposición “existe al menos Uno que dice no a la función fálica”. En “dice no a la función fálica” resuena su oficio de agente de la castración.

No hay otra causa que lo real que determine la castración simbólica. Por fuera de la recuperación imaginaria del goce perdido que responde al principio del placer, la repetición del goce es equivalente a la efectuación de la castración.

¿Por qué es tan fácil de olvidar? Es sobre lo que insistiré siempre, es ahí [en la Befriedigung] donde está todo el resorte de lo satisfactorio, en lo que por otra parte, subjetivamente, se traduce como castración.23

Esta relación entre goce y castración es lo que está indicado en la línea superior del grafo. No son dos procesos diferentes o sucesivos, ni la permutación de una cosa en otra; el goce y la castración son dos dimensiones diferentes y simultaneas de la insistencia de lo real donde se conjugan el padre y el síntoma. Miller entendió al revés esta articulación.

La operación del padre eso no quiere saber nada sobre el goce que no es satisfecho por la función fálica
.24

Si leemos con atención veremos que estamos frente a la misma contradicción que antes: que el Uno, aunque lo haya reconocido como el significante de la excepción que niega la función fálica, en la lectura de Miller, es el que dice “Si” a la función fálica; es el que niega lo que no sea el goce fálico. En otras palabras, llegamos a la insensata conclusión: el agente de la castración tiene la función de preservar el narcisismo del sujeto ante el peligro de la castración. En la misma dirección Miller despega al S1 de su función de corte y lo redefine como soporte de la alienación al Otro.

S1 es un operador de la alienación, y, como tal, es colectivizante.
(…)Entonces, cuando ponemos en tensión S1 y a, notamos que se trata simplemente de lo que, por un lado, es colectivizante, idealizante, incluso universalizante, y por el otro, de lo que es particular.
(…)Tenemos así, del lado del S1, el lazo social y, del lado del a, el goce en tanto desocializado. 2
5


La clínica milleriana

Aquí donde los operadores del corte, siempre de lo real, quedan confundidos con los ordenadores de la alienación ¿en qué dirección avanza la cura psicoanalítica? Si tuviera que definir en pocas palabras como entiendo el nervio vivo de la experiencia analítica, diría: se trata de ayudar al analizante a confrontarse con la verdad inconciente y avanzar en esa dirección que implica necesariamente ir cortando los lazos que lo mantienen alienado al deseo del Otro. En última instancia, operamos siempre en el seno de la dialéctica de alienación y separación. Esta dialéctica expresa la división del sujeto ante el goce, razón por la cual resulta decisivo saber distinguir aquellos fenómenos que apuntan a consolidar su posición alienada en la vía del fantasma y los actos de corte tributarios del automatismo de repetición. Por ello, el acto analítico se circunscribe a un modo de intervención significante que tiende a redoblar aquello que el acto sintomático realiza, esto es un S(A/). Tendría que agregar, que, cuando se instala la transferencia, el analista en tanto Sujeto Supuesto Saber pasa a ocupar el lugar del Otro, y el analizante reactualiza o reproduce con él (un mecanismo diferente a la repetición) una nueva alienación. Por ello, el horizonte de todo acto analítico apunta a desligar al sujeto de su dependencia al deseo del analista, operación indicada en la eficacia de su interpretación: la emergencia de la verdad revela que el sujeto supuesto saber no existe. Esta simplificación esquemática, es sin embargo la base sobre la cual se montan innumerables factores y complejas relaciones. Pero si no podemos distinguir claramente el campo de los fenómenos que refuerzan la alienación del sujeto al Otro de aquellos otros que insisten en repetir un corte, no entiendo como se puede evitar entrar a la deriva y quitarle al análisis los principios de su eficacia. Tal vez en la siguiente cita encontremos una pista clara de la orientación clínica de Miller:

El acto analítico es la condición para que eso adquiera sentido, para que emerja el sujeto supuesto saber. El acto no es del sujeto, el sujeto supuesto saber es su consecuencia. 26

No considero necesario ningún comentario más allá del contrapunto que me limito a exponer:

La pregunta es: qué deviene el sujeto supuesto saber? Voy a decirles que el psicoanalista en principio sabe lo que él deviene. Ciertamente él cae.27

...el analista llega al final del análisis a soportar no ser más nada que ese resto, ese resto de la cosa sabida que se llama objeto “a”. 28
Exactamente al revés, Miller afirma que:
El S1 (… ) es reducido en el final del análisis a desecho.29
Dicho en otras palabras, Miller explica que la meta de la cura reside en que el sujeto llegue a perder la llave de la verdad del inconciente y al mismo tiempo consolidar la suposición de que existe Otro que nos garantiza el saber, el analista. Para lograr este fin es necesario acotar el goce de la indómita repetición de lo real.

Buenos Aires, febrero de 2013



1 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit ., p. 277
2 Ibíd. P 277
3 Ibíd. P 394
4 Ibid p., 349
5 Ibid p, 349
6 J. Lacan. Seminario XVIII. De un discurso que no sería del semblante. Clase 5. 10 de marzo de 1971. Trad. R. R. Ponte. P. 19 Cir. Int. EFBA.
7 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit pag 407
8 Ibíd.., P. 270
9 J. Lacan. Seminario 25. El momento de concluir. Clase 3. 20/12/1977. Trad. Pablo Kania. Inédito
10 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit, P. 277
11 Ibíd., P. 381
12 Ibíd., P. 395
13 Ibíd.., P. 365
14 J. Lacan, Seminario XXIII. El Sínthoma, Clase 3. 16 de Diciembre de 1975. Trad. R.R.Ponte. Circ.int. EFBA.
15 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit P. 413
16 Lacan, J., El saber del psicoanalista. Clase 2. Buenos Aires, ENAPSI, 1971, p., 112
17 Lacan, J., Seminario XXIII. El Sinthoma. Op. Cit. Clase 2, 09/12/1975.
18 Lacan, J. Seminario IV, La relación de objeto (…). Barcelona, Paidos,1994, p. 213
19 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit., P. 391
20 Idíd.,p 357.
21 J Lacan, Seminario XVII, op. cit. P. 23
22 Lacan, Jacques, Seminario XVIII: De un discurso que no sería del semblante (1971) Clase 10 del 19/6/71. Trad. R.R. Ponte. Circ.Int.EFBA.
23 Lacan. Lógica del fantasma, Seminario XIV (1966-67), op.cit., clase Nº 13 del 8/3/1967
24 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit . 377
25 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit . p. 24
26 Ibid op cit. P., 445
27 Lacan, J., Seminario 15. El Acto psicoanalítico. clase 6. 17 de enero de 1968.Trad. “DISCURSO FREUDIANO”
Escuela de Psicoanálisis. Olga M. de Santesteban
28 . Ibid. Clase 5. 10/1/68
29 J.A. Miller Los signos del goce, op.cit. p., 227
 
 
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