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   Colaboración

Situación de Andrés. Un río sin calles
  Por Carlos Faig
   
 
Resumen del caso

Andrés, paciente del doctor Jaite, tiene veintidós años cuando acude a consulta. La comunicación del caso se produce a los cuatro años de tratamiento.
El motivo de esta consulta es una perversión sexual, ciertamente bizarra, que preocupa al paciente (cf. Crónicas de un análisis, de Mario Jaite, en Revista de Psicoanálisis (APA), tomo XXXII, nº 4, 1975, pp. 733-765, y esp. P. 734).
La perversión sexual es espectacular –razón por la cual el caso fue muy comentado en su momento–: “Era atraído por hombres. Especialmente `linyeras´. Su proximidad con respecto a ellos generaba en él un violento impulso sexual que lo llevaba a solicitarles que se dejaran masturbar o chupar (fellatio). Cuando lo lograba (muchísimas veces) hacía lo antedicho y él eyaculaba. Después de esto, se iba velozmente. Mientras más sucio, más excitante. Si estaba borracho y/o vomitado, mejor. Si era lisiado, también. Perfecto” (pp. 734-735).

El paciente comienza su análisis con tres sesiones semanales, poco después toma cuatro sesiones y luego cinco. No acepta acostarse en el diván –cosa que había hecho inicialmente– y permanece sentado de perfil al analista. Esto le permite mirar por la ventana hacia el río y el aeroparque. (Mario Jaite atendía en aquella época en un piso alto situado cerca de la avenida Las Heras y Ugarteche. Pero esta dirección no figura en el trabajo, donde aparece en cambio la dirección de la APA. Veremos que estos cambios de dirección tienen importancia.)
Jaite dice: “Él está sentado en el diván, mirando hacia una ventana que le permite ver el río, a veces veleros navegando a la distancia, o aviones decolando o aterrizando. Está de perfil (respecto de mí). Él mira la ventana, yo a él. En el curso del diálogo, con sólo girar la cabeza me mira de frente” (p.734).

Jaite se esfuerza por describir la situación analítica, hacerla patente; en la primera página del texto escribe: “Procuro ensayar una técnica de comunicación psicoanalítica que logre incluir dentro del campo visual y afectivo del lector al par analista-paciente...” (p. 733). Que analista y paciente sean vistos por el lector parece, si no una fantasía, por lo menos una ambición excesiva: todos los lectores viajarían en veleros (invirtiendo la situación, y pasando de la visión a la mirada, en un río sin calles). Jaite, en algún sentido, pretende mostrarnos lo que él mismo no ve.

Pero el interés de observar esto no es tanto el de señalar un equívoco o una fantasía de Jaite como el de subrayar su esfuerzo por situarse, ubicar la situación analítica (valga la redundancia), y proveer referencias espaciales y visuales.
En cuanto a las referencias bibliográficas, Jaite nos advierte a reglón seguido que las va a omitir. Los conceptos teóricos que utilizó –agrega– son conocidos por los lectores a los que va dirigido el artículo. La omisión indicada se contrapone y justifica en el perfil del lector y es necesaria. En efecto, cuando se lee todo el trabajo se advierte que las notas a pie no hacen falta. Pero entonces, ¿para qué decirlo? En un trabajo teórico o científico no se indican los ítems (innumerables) de los que el texto no hablará.
Por el momento, retengamos que hay lectores en los veleros, un consultorio con vista al río, cuya dirección no aparece, y referencias bibliográficas cuya inutilidad es innecesariamente recalcada.

Vayamos a la historia del paciente. El Dr. Jaite nos dice: “Su perversión se desarrolló durante años. Desde adolescente empezó a sentirse atraído por hombres y alrededor de los dieciséis años se arma la fenomenología perversa actual. No obstante recuerda juegos sexuales infantiles en los que fue espontáneamente pasivo. Sólo los `linyeras´ de las plazas o de las rutas de acceso a la Capital o pueblos vecinos eran su objeto sexual, y en términos de masturbación, reconocimientos corporales y fellatio” (p. 736).

El paciente “pertenece a la clase alta del noroeste argentino. Descendía de personajes ilustres. Su familia vivía de la explotación de propiedades heredadas. Sus cuatro hermanos casáronse con equivalentes sociales y consolidaron una potencia social y económica significativa” (p.737).
El Dr. Jaite nos dice también, cuando presenta a su paciente, que éste “no sabía el nombre de “las calles que circundaban su domicilio”; y además: “No había viajado nunca en subterráneo ni colectivos” (p.737).
Y es aquí que la cuestión empieza a tomar forma para nosotros: la dirección de Jaite está sustituida, se pide al lector que se imagine una película o se instale a bordo de un velero, se nos advierte que las referencias no van a aparecer y de pronto el paciente está allí sin saber dónde está, ni siquiera conoce el nombre de las calles que rodean la manzana en que vive.

Pero continuemos todavía un poco más con la historia del paciente. La madre de Andrés murió durante la adolescencia del paciente. Con el análisis Andrés pudo aceptar una verdad que nunca había querido saber: su madre se había suicidado (p.738). Mario Jaite escribe: “Un día al notar que hacía mucho que no salía de su habitación y que la puerta estaba cerrada con llave, Andrés y un hermano la violentaron y encontraron a la madre muerta en el piso. Muy cerca del placard. Como si hubiera estado buscando algo. `Pose grotesca para un muerto´, llegó a decir circunstancialmente” (p.738).
La madre había tenido una vida matrimonial muy desgraciada y desavenida. Andrés era su segundo hijo.

El Dr. Jaite consigna en este punto una fantasía delirante infantil “compartida por Andrés y su madre en la que él es un príncipe a caballo blanco y con una túnica brillante`” (p.739).
Más adelante el artículo se refiere a la drogadicción del paciente (que surge como continuación de la de la madre, y que supone alguna identificación) en tres puntos. El primero de ellos es el consumo habitual de marihuana. El segundo remite al consumo de cloruro de etilo (un anestésico local) que produce “una fuerte y espectacular situación alucinatoria acompañada de crisis de hipotonía muscular y eventualmente pérdida súbita y transitoria (segundos) de la conciencia” (p. 745). El tercer punto es el consumo de LSD. A raíz de un episodio en el que el paciente pone en peligro su vida (maneja con dificultades perceptivas ocasionadas por la ingestión de LSD) el Dr. Jaite comienza a pensar en su internación (pp.747 -748): “Durante semanas el tema (del análisis) fue internación/no internación...” (p.748).

A continuación el autor aborda el amor de transferencia: “El espectro de las actitudes de Andrés conmigo es casi total” (p.749). Obviamente, si están todas las conductas en juego es imposible delimitar o definir un estilo o un modo de conducta de Andrés. Es pues muy difícil predecirlo y situarse frente a él. Jaite teme, por ejemplo, el acting in-session: “(Se dieron) momentos de claudicación de esta última barrera (o de agotamiento) (la rigidez obsesiva como defensa y tentativa de control de algo confuso, indiscriminado, sincrético, delirante) que dieron lugar a momentos de perplejidad, continuados por crisis intensas de angustia, con fantasías regresivas hacia sí mismo o hacia mí, casi límites con el acting in-session” (cf. p. 741).

Así llegamos a los tres años de análisis: “En este momento de su vida, de su análisis y de este acercamiento a las figuras sociales-sexuales previamente evitadas, en pleno receso analítico de febrero, muere su padre, víctima de un accidente automovilístico” (p. 754).
A este respecto Jaite agrega más adelante: “La muerte del padre lo encontró rodeado de amigos y un profundo sentimiento de soledad. La fantasía de extinción familiar se patentizaba diciendo que era el único de su familia en esta ciudad. El nacimiento de sobrinos, sobre todo varones, mitigaba esta idea de fin del clan y del apellido. Era claro para mí, que se estaba refiriendo a la autoevaluación de sí mismo como padre eventual. Como si la extinción del apellido dependiera de su impotencia sexual” (p. 755).

Andrés establece una relación amorosa con Jacqueline. Esto renueva su problema de siempre: “Atracción, prohibiciones, fantasías castratorias, evasiones tipo actuaciones homosexuales, angustias, fantasías suicidas, desconocimiento sexual, masturbaciones compulsivas, marihuana y alcohol, cocaína, L.S.D. Todo junto, con más violencia que antes, con confusiones, con modalidades obsesivas incrementadas, pero en cierto sentido inútiles y más cortas” (p.756).
Jacqueline, nos dice el Dr. Jaite, surgió casi como un accidente (cf. p. 756), y nos cuenta que “(de regreso del sur) en la ruta de los linyeras y los pordioseros (se produce), la erección fálica. Nunca en su vida le había sucedido frente a una mujer. Sintió deseos de relacionarse con ella. Se besaron en plena marcha, el auto hizo zigzag (“¡Se mata, justo al querer hacerlo se mata!”, fantaseaba durante el relato)” (p.757).
El próximo paso es una nueva erección en un palier: “Fugaz pero evidente; Andrés se altera (circunstancias límites entre poder o no)” (p.757).
Más adelante el esperado evento se produce al fin: “Y luego, en circunstancias en que era inminente la llega de un amigo de ambos al departamento en que estaban (el de Andrés), Jacqueline y él tuvieron su primera relación sexual con penetración” (p.758).

En las sesiones siguientes el paciente cuenta un sueño en el que se ve viviendo en un departamento con vista al río (cf., el relato y la interpretación de Mario Jaite, pp. 758–759).
Llegados a este punto, Jaite nos dice: “Como lo aprecia el lector, no sé si las cosas terminan o empiezan” (p. 760).

El artículo termina abordando, bajo el título Comentarios generales, tres puntos: La pareja analítica, Naturaleza de las influencias y Problema de la analizabilidad. En todos ellos volvemos a encontrar el tema de referenciar, situar algo (especialmente, en este caso, el psicoanálisis) (pp. 760-765).
Además, a este relato debemos agregar cuatro o cinco interrupciones que Jaite impone a su narración y donde se expresa en una larga serie de preguntas que ponen en duda la seriedad del tratamiento, interrogan su riesgo, dudan de continuarlo, evidencian la perversión del vínculo analítico, demuestran que es difícil saber quién es el paciente, etc.

COMENTARIO
El punto decisivo de este análisis, si se quiere establecer su eficacia terapéutica, es la falta de referencias de Jaite respecto a él. Jaite está desorientado la mayor parte del tiempo: no sabe si hace bien o mal, si seguir o interrumpir, ni siquiera sabe qué cara poner (cf. pp. 742-743).
Y justamente por eso el paciente se cura. La transferencia se establece en el objeto fálico, a raíz de su nuliubicuidad. Es lo que el analista recibe sobre sí.
Señalamos antes una serie de cuestiones presentes en el material que ahora van a converger:
–Jaite nos advierte que no habrá referencias bibliográficas;
–Omite su dirección;
–Ve el río con su paciente y nos pone –lector in velero, como se dice lector in fabula– sobre un velero;
–El tono del relato es de desubicación del analista;
–El paciente no sabe el nombre de la calle donde vive;
–Su objeto sexual es un ciruja –que encuentra en plazas o rutas–, anónimo y que conserva su anonimato y a quien no volverá a ver;
–Las conductas manifestadas por el paciente terminan por dejar a Jaite sin respuesta; etc.

La dificultad para entender este caso radica en que si uno busca la posición del analista, aquí esa referencia no está presente. Algo que debería aparecer en positivo se halla en negativo: se nos dice que ese análisis tal vez no existió, o que no hay nada que buscar. El “engaño”, el aspecto ilusorio que toma la cuestión consiste en que Jaite cree estar advertido de ello.
Lo paradigmático del caso es que el “sin posición” determina la transferencia y es el punto sobre el que gravita la eficacia terapéutica.
En la medida en que lo que se presenta en primer plano, en la posición de Jaite, es la ectopia, la metonimia y la nuliubicuidad del falo, las fantasías concomitantes son de castración (el pene está fuera de su lugar). Estas fantasías son especialmente visibles en el fin del análisis (como era de esperar) cuando el paciente intenta penetrar a Jacqueline por primera vez.
 
 
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