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   Los autismos

¿Autismos?
  Por Héctor Yankelevich
   
 
Trabajar con niños autistas, como todo lo que concierne al acto analítico, supone de parte de quien lo practica, pero en mayor medida aún, una fuerza constante en el sostén de su no saber. Lo que no significa desconocer la importancia fundamental de las últimas formalizaciones (topo)lógicas de Lacan, ya que la formación del analista es ante todo en la lógica del Inconsciente y el goce: aunque encuentre repeticiones de situaciones en el entorno familiar de los pacientes que recibe, éstas no le dan saber alguno sobre el enigma de cómo se articularon para tal madre en particular sus goces inconscientes respecto de ese hijo, que habrá que reconstruir pacientemente durante la cura.

Es cierto que en los casos de autismo, no necesariamente en otros, las mejorías eventuales del niño proporcionan una gran ayuda a la elaboración materna. El otro enigma, si los padres pueden ponerse del lado del analista, será qué tipo de cruzamientos entre registros podrán efectuarse durante la cura, ya que si bien el analista juega en la transferencia creando un lugar de escritura, no es el único, ni siquiera, ¡ay!, el prevalente, fuera del tiempo en que el niño despierta o vuelve a despertar a la vida como ser hablante. Frente a un accidente traumático de la madre: duelo por uno de sus padres o hermanos, pérdida de un embarazo, enfermedad o desaparición del padre del niño, y así de seguido, toda lista es forzosamente incompleta, todo catálogo incongruente, y no hay un pattern común a toda mujer (¿cómo podría haberlo?) ni una respuesta común en todo niño. El retiro en “sí mismo” (en el goce del cuerpo que queda en todo ser viviente, aún luego de la entrada en su cuerpo del significante que lo introduce al lenguaje, introduciéndolo a éste en él) representa una de ellas, no la única ya que cada “retiro” no es nunca igual a otro. Aún “dentro” de él, y protegido por él, el niño no es nunca una “fortaleza vacía”: aunque no hable ni demande (son sinónimos) hay en él un lugar que quedó en espera, mientras no sea demasiado tarde, de alguien fuera de la familia que no le exija ni lo eduque, que no le formule demandas sino que se dirija a él como a alguien capaz de entender y responder, cuando lo decida. El significante1 aparece o vuelve a aparecer nunca blandido por otro como orden sino evocado por la falta de quien habla, como deseo.

Ahora bien, los analistas, sean lacanianos, freudianos o kleinianos, sean cuales fueren las diferencias que tengan entre sí, importantes, en cuanto a la teoría del Inconsciente, las pulsiones, el encuadre analítico, tendrían que poder responder al hecho de que la formación médica actual, y en todo el mundo donde rige la medicina científica, considera que todo autismo es de origen genético y por lo tanto solamente susceptible de ser tratado por métodos educativo-comportamentales y arsenal farmacológico. Lo único errado es la palabra “todo”. Hay en efecto enfermedades congénitas y no hereditarias azarosas que aparecen durante la gestación y comprometen gravemente la vida psíquica del futuro niño, así como hay enfermedades congénitas azarosas y no hereditarias que pondrán en peligro o en minusvalía la vida orgánica. El psicoanálisis debe siempre aceptar los avances de las ciencias biológicas, que son un patrimonio de la cultura, pero sin embargo, como Freud, luchar por el significado de las palabras, que es la forma de mantener en pié la vigencia del discurso analítico, que nació con Freud para dar cuenta de aquello –sin existencia orgánica verificable– que la ciencia nunca podría explicar ni dar cuenta. Lo que las estadísticas norteamericanas relatan dramáticamente, un aumento incremental muy importante en el número de niños autistas en las últimas décadas, con su correlato de síndromes de hiperactividad y falta de atención en otra cohorte estadística de niños, sólo muestra que la sociedad siempre responde ¡Presente! al discurso que la rige. Hoy al discurso de la ciencia como antaño al de la brujería, aunque no sean equiparables. Pero no hay que confundir la biología norteamericana que dio a la historia de las ciencias y a la humanidad un Stephen Jay Gould, quien corona la teoría de la selección natural con la de evolución-desarrollo, uno de los más grandes científicos del siglo XX, con la propagación proliferante de las neurociencias que explican todo por el funcionamiento del cerebro, excluyendo forclusivamente al lenguaje.

La distribución, la prevalencia, la dominancia en una mujer y en una madre de un goce sobre los otros no es algo escrito por adelantado. No toda mujer perderá el investimiento de un hijo pequeño en un momento traumático o de duelo, otra sí, pero que ambas se encuentren en el registro de la normalidad neurótica no lo hace anticipable, aún estando en análisis. Si es el caso, éste, eventualmente la ayudará a salir de ese retraimiento, pero sólo cuando ella lo advierta, y decida contarlo. Contarse a sí misma, a su hijo y al padre de éste, y contar con el analista. Probablemente haya habido, más allá del mito forjado por las terapias conductuales y biológicas, una tendencia en el análisis –en la psicología del yo–, y vehiculizado por escuelas de pediatría, a responsabilizar a las madres por los cuadros autísticos de los niños, copiando hasta la náusea la “frozen mother” de ese gran analista que fue Bruno Bettelheim. Lo que hace posible que una madre pierda el contacto con su hijo que sólo la investidura fálica da, es precisamente lo que la hace mujer, esto es, su apertura a Otro goce del que no puede dar cuenta y que la hace más fácilmente presa del goce del Otro, no sólo materno como se dice demasiado rápidamente, sino de lo que pudo ser, en el mejor de los casos, una apatía de su propio padre en asumirse realmente como tal.

Al mismo tiempo, las consecuencias en un niño pequeño de una “ausencia”, real, imaginaria o simbólica de su madre nunca serán las mismas. Esta “ausencia” de una madre respecto de uno de sus hijos es una de las grandes dificultades de una cura; sólo si llegamos al reconocimiento de por qué pasó, simplemente, la madre podrá realmente volver a responder a su hijo a la altura simbólica que éste ahora le pide que se sitúe. Tan lejos como podamos remontar en nuestra práctica, tanto de consultas como de curas, cada niño tuvo un destino singular que nada hacía prever mientras lo seguíamos con sus padres o con una familia sustituta, regularmente o de tanto en tanto. Para cada uno hubo una contingencia, eutuxía o dustuxía, que el encuentro con el analista hizo posible o no pudo evitar. Ninguno siguió en el autismo, lejos de ello, cada uno continuó a su manera, seguramente sin saberlo y sabiéndolo al mismo tiempo, la frase sin comienzo o comenzada a escribir por el Otro, aún cuando ésta se hubiese súbitamente borrado entre las ondas movientes de una duna o bajo las olas de una marea no prevista en las tablas.

Freud fundó la posibilidad de pensar el inconsciente y la infancia haciendo del niño un equivalente en el Otro del regalo, las heces, el falo. Pero un niño no es el falo, salvo locura o perversión en el Otro, sino un objeto investido como un representante de esa falta, único investimiento que permite suponerlo sujeto antes de serlo. De ahí que el autismo sea consecuencia de una súbita pérdida de la capacidad de una madre de investir con uno de los nombres del padre a un niño y no una carencia que lo espera desde antes de su nacimiento para refrendar con ella su pertenencia al goce del Otro.

Lo que más nos sorprende siempre, y no deja nunca de hacerlo, es el investimiento perceptivo que el niño en su retiro, que el Otro cree inexpugnable, hace del otro que se ocupa de él, y cómo percibe sus cambios antes que éste mismo se de cuenta. Por otro lado, ¿Por qué un niño hablaría si no sabe si el Otro escucha cuando le habla, por qué hablaría correctamente si el Otro no oye lo que dice cuando lo escucha? ¿Por qué miraría si el Otro no lo ve, o sólo como cosa entre las cosas? ¿Y esa soledad, ese dolor, cómo decirlo? En nuestra experiencia hay dos modalidades fundamentales y contrapuestas. La primera consiste en el rechazo de toda (nueva) herida de goce fálico cuya amenaza se presentifica en toda palabra que se le dirija o que lo aluda, el rocking y los golpes autoinfrigidos son su forma más espectacular y generalizada. El primero, sin embargo, no por conocido es menos enigmático. Dejará de serlo si observamos que el niño pega fuertemente el dorso de su lengua contra el velo del paladar, de modo de impedir la entrada de sonidos articulados por sus oídos (tal como ocurre por unos segundos cuando bostezamos profundamente) y al moverse veloz, rítmica y circularmente acude a una experiencia de goce vestibular, magnificándola (tal como los niños se la procuran hamacándose lo más alto posible, y los adultos haciendo surf, esquí, y otros deportes que ponen en juego el equilibrio). Los dos movimientos del cuerpo, sincronizados, impiden que éste sea afectado por la palabra y el goce que ésta acarrea, y crean un espacio vertiginoso de aspiración por el goce del cuerpo, aquí goce del Otro que barre no sólo el acceso del fálico sino también del goce de los sentidos que de algún modo es una experiencia intensiva del cuerpo como superficie unilátera y conjunto de orificios.

El peligro, bien conocido, es que el rechazo del cuerpo de la lengua materna como ente extraño lo lleve a no poder, nunca más, reproducir los sonidos que oye con los movimientos correspondientes del aparato fonador. Aún así, si está en transferencia, movido por el investimiento que él conoce antes que nosotros producido en su madre, entenderá perfectamente lo que decimos y se arreglará para respondernos.
Lo que Frances Tustin llamaba “el agujero negro de la psique”, aludiendo a esos objetos intergalácticos que, por su supermasividad, atrapan todo otro objeto sin dejar escapar nada, es, para nosotros, ese goce del cuerpo, inquebrantable, que no permite la formación del Inconsciente, ya que éste sólo puede pensar, sin sujeto, el goce fálico. Y a partir de éste, escribir el del Otro.

La otra modalidad, antagónica de la primera, para decir el dolor de la ausencia del Otro es aceptar la nueva herida del goce fálico, incorporar la palabra que seguirá siendo un lugar electivo de formación de síntomas, para dirigirse a ese Otro que falló diciéndole (experiencia clínica con muchos niños) su sentimiento de estar o haber estado muerto. Al salir del autismo el niño tiene en su acervo de sujeto una experiencia vivida de un lugar al que otros sujetos no pueden acercarse, a pesar de que ese lugar esté efectivamente escrito en ellos, salvo que primordialmente reprimido, inaccesible. Todo trabajo analítico como tal, que no se degrade en terapia o pedagogía, tendrá que tener en cuenta que ese niño posee un saber del que sus padres y él mismo como sujeto carecen, al mismo tiempo que tendrá que negociar con un inconsciente que comienza a funcionar, cuál será el destino de ese lugar imposible de ser olvidado pero tal vez pasible de entrar en un juego en que el semblant lo reduzca, quedando a su vez imborrablemente marcado.

El trabajo analítico hará avanzar al niño en la transferencia hacia la producción de fantasmas, pero el analista no deberá olvidar que en estos casos el avance efectivo se hará con lo que la familia y el entorno le permitan. Si uno de los fantasmas prevalentes de la primera infancia es, como se sabe, la frase “¿Pueden perderme?”, para el niño que abandonó el autismo, esperanzado en la promesa de una palabra proferida que se dirigió a él buscándolo en su encierro como nadie antes lo había hecho, no es un fantasma sino una realidad vivida que no lo dejará nunca tranquilo, hasta que invente, solo y al mismo tiempo con el analista, un lugar en donde, con el instrumento de un goce fálico que deberá ser conquistado como propio, pueda mermar el goce del Otro, ya que su primer intento defensivo consistió en confundirlos.
 
 
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