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   Los autismos

Autismo infantil: del cuerpo perturbado a los usos del cuerpo
  Por Luján  Iuale
   
 
Nadie sabe lo que puede un cuerpo
Ética. Baruch Spinoza

Es evidente que en los últimos años se ha puesto sobre el tapete, una discusión que a mi criterio, resulta estéril. Me refiero a aquella que, sostenida en la pregunta por la etiología del autismo1, señala la ineficacia del psicoanálisis para su tratamiento. En esta misma línea se propician abordajes farmacológicos acompañados de terapias cognitivo-conductuales, como el único tratamiento posible.
La problemática del autismo es lo suficientemente dolorosa tanto para el niño como para la familia que padece los efectos que dicha afección produce, como para entrar a pelear a brazo partido entre profesionales. En esta ocasión quisiera contarles mi posición al respecto. Por un lado, creo que el problema de la etiología no reduce por sí mismo, el abordaje psicoanalítico de estos niños. Digo esto porque con ese criterio no tomaríamos en tratamiento a un niño con síndrome de Down, por considerar que su cuadro tiene basamento orgánico. La pregunta que debemos formularnos, y en esto no seré original, es si es posible reducir toda la presentación de un niño a la organicidad. Obviamente, no. Resabios de una vieja disyunción nos presentan falsos problemas, puesto que en definitiva, de lo que se trata para el ser hablante es de subjetivar el propio cuerpo. En este sentido no deja de ser interesante, la verificación de efectos que se evidencian en el ámbito familiar, escolar y social, cuando un niño con patología grave es abordado a través de dispositivos que promuevan la subjetivación, evitando replicar la segregación que la patología misma produce. Así los logros obtenidos por vía indirecta, es decir aquellos que no se reducen al condicionamiento o a la exigencia externa, persisten en tanto el niño los hace suyos, manteniéndose aún en los cambios de contexto.

Por otro lado, hay que entender que el abordaje del niño autista requiere de formación. Esto es fundamental porque el tiempo que se pierde durante los primeros años, no se recupera. Es por ello que cuando uno escucha a algunos padres diciendo “el psicoanálisis no le sirvió para nada”, puede que tengan razón, si no se tomó en consideración la necesariedad de modificar el dispositivo para el abordaje de ese niño. Es preciso que en el encuentro con el niño autista haya un analista capaz de leer los signos de la presencia de un ser afectado por lalengua; y esté advertido respecto de que el niño autista responde de modo diverso si se lo requiere o no directamente.

Ahora bien, no podemos pensar que basta con el psicoanálisis para abordar una problemática tan compleja. Sí es importante sesgar lo específico de nuestra intervención, es decir, hacia dónde orientamos el tratamiento. El trabajo con otros no solo permite compartir una experiencia, sino pensar diferentes abordajes que se construyan según la necesidad de cada caso, y no que todos los niños autistas deban entrar en un programa específico, prefijado con anterioridad. Tampoco se trata de multiplicar espacios para “ocuparle el tiempo”; sino que la apuesta consiste en ofertar espacios de trabajo psíquico que promuevan el encuentro con otros, sin utilizar la vía del forzamiento.


Del cuerpo perturbado a los usos del cuerpo

El modo en que estos niños se presentan suele desorientarnos: como no nos miran, suponemos una falla en la percepción; como no responden a nuestros llamados, los creemos sordos; como no hacen lo que les pedimos, damos por sentado que no comprenden el código; como no nos hablan, terminamos por creer que no hay a quién dirigirse. En el campo de lo que está perturbado podemos deslizarnos rápidamente hacia una lectura deficitaria del niño autista. Es cierto que la perturbación del cuerpo, del lazo al Otro y de la relación al lenguaje, se destacan; pero la captura que produce dicha presentación deja en sombras algo fundamental: el modo en que cada niño se las ha arreglado para responder al trauma de lalengua.
Es crucial entonces discernir que no todo es disruptivo para el niño autista, sino que hay usos del cuerpo propios de cada uno, que es preciso localizar como tales. Dichos usos son respuestas subjetivas e implican un modo peculiar de apropiación del cuerpo que pueden prescindir del ciframiento inconsciente.


Un caso clínico


Salvando las distancias que nos separan de la elaboración teórica de Bruno Bettelheim, considero interesante recoger la experiencia llevada a cabo en el tratamiento de un niño llamado Joey. En este caso es palpable cómo la mecanización del cuerpo, la cual desde algunas perspectivas puede ser leída como una perturbación, opera como soporte para hacerse un cuerpo. Joey diseña artefactos que luego conecta a su propio cuerpo y, la animación del mismo y el despliegue de sus funciones quedarán mediatizados por las maquinarias que monta. Así, “…cuando hacía algo parecía funcionar por control remoto, un ‘hombre mecánico’ movido por máquinas creadas por él y ahora fuera de control”.2
Comienza con el interés por los ventiladores, a los cuales podía armar y desarmar con absoluta agilidad siendo aún muy pequeño. Esta fascinación por los ventiladores, surge a partir de su interés por las hélices de los aviones, y se enlaza a un rasgo del padre, quien era aviador. Luego él mismo va a transformarse en el ventilador, haciendo girar su cuerpo y emitiendo ruidos similares a un motor, pero con posterioridad esa maquinaria comenzará a construirse por fuera del cuerpo, y es allí donde nos interesa situar una diferencia entre la mera automatización a una maquinización que operará como ortopedia libidinal.

Joey armaba hilos imaginarios que conectaba a tomas igualmente imaginarias de energía eléctrica, a las cuales “se enchufaba”. Necesitaba de tales conexiones para hacer cualquier actividad como leer, dormir, jugar. Bettelheim no deja de resaltar el contraste que había entre la presentación de ese cuerpo endeble que parecía quebrarse, y el impulso megalómano que obtenía de las máquinas. Incluso había armado en el respaldo de su cama con hilos, cartón y cinta adhesiva una máquina a la cual se conectaba en las noches. Solía andar con lamparitas que alimentaban la máquina, teniendo por momentos irrupciones donde las hacía “explotar”. Ahí sobrevenía la desesperación.
Es posible armar una secuencia:

– Joey se interesa por las hélices. Puede pasar horas haciendo él mismo el ruido de las máquinas: su ser y su cuerpo se abrochan comportándose él mismo como un ventilador.
– Construye una maquinaria exterior a él, a la cual debe conectarse para que su cuerpo funcione. Las bombitas eléctricas le dan energía al sistema. Monta un aparato libidinal exterior al cuerpo que le permite regular las funciones corporales.
– Se enlaza por primera vez con otro niño. La maquinaria empieza a modificarse cuando entra en escena Ken, a quien ve defecar. Joey sanciona que cuando esto ocurre, ve un resplandor y una explosión que asocia al hecho de que este niño ha de tener una lámpara más poderosa que la suya. Nombra entonces a Ken y su lámpara Kenrad; y luego lo apellida “Conflicto”. Bettelheim señala que es la primera vez que nombra a alguien por fuera de sus cuidadores. Ken será el depositario de todos los impulsos agresivos, de modo tal que él dejará de atacar su cuerpo, o querer dañarlo. Todo lo malo quedaba en Kenrad. Vemos aquí la constitución de un imaginario donde se produce un primer adentro-afuera: todo lo que es malo, no-yo queda en Kenrad; todo lo bueno, yo; queda del lado de Joey.

– Comienza a envolver su cuerpo con mantas y a acunarse, al tiempo que exprime un biberón. Se presenta como un papoose, forma en que los indios de América del Norte nombran a los bebés, y empieza a dibujarse como un papoose eléctrico. Bettelheim dice: “Totalmente encerrado, estaba suspendido en el espacio vacío conectado a la energía eléctrica sin cables, y movido por potencias que actuaban desde el exterior, desconocidas y nunca visibles”.3 Construye una envoltura para el cuerpo a partir de la cual el cuerpo mismo comenzara a afectarse de otra manera. Habla del “papoose de Connecticut”; al cual define como “una persona con cristal alrededor”4. El autor ubica que allí empieza a constituirse algo del sí mismo. Jugando con la homofonía Connecticut se desplaza de ser un estado a Conect-I-Cut, “conecto-yo-corto”5. Se constituye una frontera que separa un interior de un exterior, y que comienza a tener un agente de la acción. El sujeto mismo se constituye entre ese par conectar-cortar. A partir de allí aparece la masturbación, la cual primero pasó igualmente por la maquinización ya que manipulaba su pene como si fuese una palanca. Decía “poner en marcha el pene”.6
– Entra en escena Mitchell, a quien sueña defecando. Ahora lo bueno y lo malo quedará distribuido entre Mitchell y Kenrad respectivamente. Arma a la familia Carr (homofonía de auto) donde se incluye él mismo y a Mitchell y empieza a hacer una relectura de sus propias trazas: identificar una cicatriz en su brazo con un accidente acaecido estando con su familia cuando era pequeño. Se arma una filiación a partir de la cual puede nacer, casando a Wanda –una enfermera del servicio– con Mitchell. Camina como Mitchell, se viste como él, quiere ser como él. Hay por cierto un desplazamiento desde las máquinas hacia la constitución de un partenaire que le oficia al modo de prolongación libidinal. De hecho cuando este niño se va de la institución Joey se ve compelido a recurrir nuevamente a la maquinización durante un tiempo.

– Crea a Valvus, un compañero imaginario que era “un chico como yo”7. “Valvus no era ni totalmente bueno ni totalmente malo. Igual que una válvula, podía abrirse o cerrarse según le conviniera o le fuera necesario; en una palabra, podía arreglarse por su cuenta”8. A partir de aquí comienza a hacer uso de su cuerpo sin recurrir a la maquinización. Esa válvula que regula la libido en el cuerpo, nos señala la suplencia que este niño se armó a los fines de resolver el problema que la no extracción del objeto a, le produjo. Debió realizar un largo recorrido hasta poder cernir en un objeto ese goce. Un objeto que estando en relación con el cuerpo le permitiera condensar el goce fuera de él: goce fuera del cuerpo, que pacifica. El cuerpo se afecta de otro modo: siente dolor y molestias.

Ya adulto, Joey estudia electrónica y visita a Bettelheim, llevando una máquina que él mismo ha construido: la misma troca la corriente alterna en corriente continua.
Está claro que, sin ese pasaje por la maquinización, no hubiese sido posible la constitución de esa válvula que le permitió a Joey modificar la relación al propio cuerpo. También es cierto que esa maquinización debió desplazarse de algún modo hacia la relación al otro, para que otra afectación del cuerpo se produjera. El caso nos enseña del trabajo laborioso que este niño hizo para dar cuenta de lo que es tener un cuerpo, cuando no se cuenta con el lenguaje como aparato de goce. Tuvo que valerse de otra maquinaria que le hiciera de soporte, para armarse un artificio a partir de las trazas que lalengua había dejado en ese cuerpo9. ??
_________________
1. Aquí se plantean hipótesis biológicas que asocian el síndrome autista a factores genéticos, agresiones intrauterinas, trastornos perinatales, etc. (fragilidad del cromosoma X, trisonomía del cromosoma 15, entre otras). También se lo ha atribuido a causas exógenas que afectaron al del sistema nervioso e incluso la predisposición genética, consolidada por un factor noxante ambiental (citomegalovirus y rubeola en el embarazo); sepsis, anoxia neonatal, etc. Ver Tallis, Jaime: “La hipótesis biológica del autismo” En Autismo infantil: lejos de los dogmas. Miño y Dávila editores. Madrid. 1988.
2. Bettelheim, Bruno. La fortaleza vacía. Autismo infantil y el nacimiento del yo. Paidós. Barcelona 2001, p 330.
3. Ibidem p. 420.
4. Ibidem p. 421.
5. Ibidem p. 421.
6. Ibidem p. 424.
7. Ibidem p. 434.
8. Ibidem p. 434.
9. Iuale, Lujan: Detrás del espejo. Perturbaciones y usos del cuerpo en el autismo. Letra Viva. 2011.
 
 
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