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   Comentario de libros

Los tres tiempos del despertar sexual
  de Silvia Wainsztein (Letra Viva Editorial, 2013)
   
  Por Silvia Amigo
   
 
Pareciera que en el ámbito del psicoanálisis no pudiera encontrarse nada nuevo para decir sobre la sexualidad que no repitiera lo consabido. Pues no es así. Ya desde su título, al enumerar como tres los despertares sexuales, la autora sorprende descentrando el discours-courant, que a esas emergencias de la sexualidad en el hablante las cuenta dos. La primera, la de la primera infancia. La segunda la de la pubertad. Estas dos son necesarias, a pesar de poder no tener curso si el Otro, hostil a su emergencia, no permite al niño o al púber anudar lo real de la muerte con la sexualidad. Vivimos, tal como lo señalara Lacan, entre dos muertes: la que el símbolo le inflige a lo real, excluyendo La Cosa incestuosa, y la primera, que nos ha de llegar inexorablemente al final del viaje de la vida. La muerte nos flanquea y nos hace de pinza. Solo este nudo con la sexualidad permite a la dimensión trágica de la existencia tomar el espesor necesario que la prometa a una alegría que no sea chata, tonta. La autora adelanta una posibilidad, contingente, pero no por ello de menor importancia en la vida de quien llega a la así llamada “mediana edad”. Lejos de estar obligado a doblegarse por el peso de los años y el deterioro los climaterios femenino y masculinos, y dependiendo de la disposición subjetiva, estos pueden ser la ocasión de un tercer despertar a lo real del sexo, allí donde pareciera (hasta no hace mucho) inevitable un dormir y esperar tristemente la muerte.

La autora comienza recordando que en el fundamento de la estructura subjetiva está la falta (de ahí la mentada dimensión trágica). En la neurosis es la función paterna quien estabiliza esa falta y permite el nudo que la promete a la sexualidad. En otras estructuras que del Nombre del Padre carecen la falta aparece, sí, pero el ligamen a la sexualidad desamarrado no termina de establecerse. Tanto en neurosis como en otras estructuras hay forclusión del sentido creadora de lo real de la falta, pero sólo en la neurosis, vía Padre, este sentido retorna como fálico. De esa falta emerge la demanda pulsional, cuyo empuje constante debiera encontrar cauce, pero no siempre del todo, en el fantasma. Imperdibles resultan las discriminaciones de la autora entre repetición, compulsión a la repetición y pseudopulsión. Este último concepto, tenuemente introducido por Freud, es extendido por la autora al darle como origen el dolor que causa la hostilidad del Otro. Y al malestar que en el sujeto que lo padece produce lo llama ansiedad, a la que pertinentemente distingue de la angustia. Respecto del fantasma, desgrana una articulación novedosa entre las protofantasías y los tiempos lógicos. Correspondiendo el fantasma inconsciente “mi padre me pega” al protofantasma de castración. Respecto del tiempo hay también mucho para aprehender en este libro: la autora sale airosa del binario psicogénesis versus exclusivo tiempo lógico. Propone un nudo para el tiempo, nudo que no desconoce al tiempo cronológico. Los fenómenos de borde, adictivos (goce que no se aviene a ingresar en la ley del deseo regulada por el fantasma), el embarazo adolescente, la jerga con que los que transitan su segundo despertar se cobijan donde el adulto no pueda comprenderlos dan cuenta de una analista que no cree que haya una “especialidad” en adolescentes. Pero que sí testimonia cuánto avala a quien con ellos trabaja tener experiencia con esa práctica. De esta experiencia extrae el “semblante de diálogo” que quienes trabajamos también en esa franja etaria conocemos tan bien su eficacia. Recorriendo con soltura y originalidad los historiales de las adolescentes Dora y la así llamada “joven homosexual” (debemos decir que Freud no tuvo en cuenta que dos niñas apenas post púberes se trataba) la autora no se priva de señalar resistencias de Freud…y también de Lacan (lo que en nuestro medio no se estila) respecto de estos historiales. Respecto de la metamorfosis de la pubertad señala con agudeza el quiasma temporal con la que ésta se cruza con el estadío del espejo: en éste hay insuficiencia orgánica y suficiencia jubilatoria de la imagen. En la pubertad, a la inversa, la suficiencia orgánica (capacidad de coito y reproducción) aparece acompañada de una insuficiencia subjetiva de la imagen y la posición subjetiva. El libro que comentamos tiene su esperado broche de oro: su prometida tesis sobre el tercer despertar sexual. Este, contingente, puede sobrevenir si el sujeto puede impedir que el organismo (que comienza a tener tropiezos, a dolernos, a ya no ser tan elástico, ni firme, ni turgente, ni fértil!) se imponga por sobre el cuerpo libidinal, instrumento de cuerda que anuda lo real de la sexualidad con lo simbólico de la muerte. Silvia Wainsztein, haciendo gala del humor y la ternura con que trata este espinoso tema se permite recomendar un par de premisas. A los muchachos: ¡¡que no se achiquen!! A las chicas: ¡¡que no arruguen!! Este libro hace frente, de hecho, sin nombrarla jamás, a una amenaza que se cierne sobre el discurso analítico, que ha inaugurado un lazo social inédito en la cultura. Situación deplorable, dado este lazo (que podría perderse) y dado su poder de cura único, pues parte de la base de dar la palabra a quien sufre. No lo objetaliza. El discurso totalizante de la ciencia y el formidable negocio de la psicofarmacología están, y no podemos sino deplorarlo, ganando terreno en el mundo entero. Ya lo han ganado enteramente en el medio anglosajón. Ni Lacan ni los lacanianos nos opondremos jamás al avance de la ciencia. Ello equivaldría a adoptar una posición oscurantista, de la que Freud y Lacan abominaban. Se trata de que el discurso analítico es el único retén, aún siendo como lo es, hijo de las Luces, que a esas mismas Luces puede recordarles que no todo es iluminable. Al pensamiento, que no todo es pensable. A la mathesis, que no sabría ser universalis sin devenir totalitaria. Al medio analítico le hacen falta libros como éste. Rigurosos sin ser abstrusos, amables sin ceder un palmo a la pertinencia metapsicológica y clínica. Un libro que no opone impunemente a Freud versus Lacan. Ni a un primer Lacan que quedaría obliterado por un segundo, y éste por un tercero. Debemos aceptar cuánto, sin darnos cuenta, los lacanianos podemos contribuir a nuestro propio y lamentable descrédito. Siendo, como lo somos, los oficiantes de una práctica tan eficaz que, tal como este volumen lo demuestra, puede ser la catalizadora de la posibilidad de el tercer despertar al que el título alude. La invitación a recorrer sus páginas será, así lo creemos, agradecida por el lector.
Silvia Amigo
 
 
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