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   Infancia medicada

Violencia diagnóstica en la infancia:
  el movimiento sin sujeto.
   
  Por Esteban  Levin
   
 
Los padres de Ariel consultan por su hijo de siete años, quien posee un severo síndrome disatencional (ADD). Ellos afirman: “No presta atención, no hace caso, se mueve siempre, es muy huidizo. A veces –afirma la madre– da ganas de matarlo, te genera un odio terrible. Por suerte ya sabemos lo que tiene, el neurólogo nos dijo que era un problema eléctrico en la información neurológica. Esperamos que la medicación múltiple lo calme un poco, nos vuelve locos a todos. Él es adoptado, pero la verdad no sé por qué lo adoptamos. Si hubiéramos sabido esto...”. El padre agrega “yo estoy esperando que algún día se encarrile, estoy convencido de que es inteligente, hay que encarrilarlo. La medicación nos va a ayudar.”

El modo, la forma, la determinación y el poder con que se dictaminan y generalizan los diagnósticos y pronósticos en la infancia dramatizan la violencia con la cual muchas veces se estigmatiza al niño.
¿Cómo hace un niño en la actualidad para decir que está angustiado, cuál es el modo de poner en juego su malestar? Una de las maneras que encontraron los niños es justamente moviéndose, al moverse están presentes sin parar. Cuando el saber médico, terapéutico, clínico o educacional le coloca el nombre al mal estar, utilizan diferentes palabras para nombrar lo imposible, lo que se actúa, lo que se mueve sin imagen del cuerpo. Por ejemplo, colocan el nombre de “hiper-quinético”, marcando un exceso o “dis-atencional” en menos, marcando una falta. En Francia se utiliza para nominarlos el término “inestable”, suponiendo una estabilidad o también un exceso “hiper-activo”. Modos todos de nombrar lo que en el pasaje al acto de la motricidad no tiene nombre.

El síndrome “disatencional” parece estar de moda, como en otro momento estuvo lo que se denominó la “disfunción cerebral mínima”. Desde esta perspectiva muchas veces la escuela es la encargada de hacer el diagnóstico del denominado ADD (trastorno por déficit de atención y comportamiento perturbador). En los Estados Unidos y en Canadá, en algunos establecimientos educativos, una de las funciones del docente (enfermero educativo) es administrar le medicación de los niños, ya que a determinada hora los efectos que ella produce caducan. Para darnos una somera idea en Estados Unidos se prescribieron más de veinticinco millones de recetas con dosis mensuales de ritalina (metilfenidato) y otros fármacos diseñados especialmente para niños con trastornos de atención, problemas de aprendizaje, agresividad, impulsividad e hiperactividad. También se lo puede considerar asociado a futuras “conductas delictivas, y a anomalías en el gen 11 Rd4”.
El cóctel farmacológico puede estar compuesto por estimulantes como las anfetaminas, medicamentos coadyuvantes como antidepresivos a los cuales se les puede agregar anticonvulsionantes tendientes a adaptarlos, modificar la conducta y el comportamiento emocional. Imaginemos por un momento a un niño produciendo su experiencia infantil bajo el chaleco químico y farmacológico que lo controla, domina y aplaca.

Si la angustia en la infancia cuestiona el propio espejo, la propia imagen corporal, por lo menos al moverse y actuar a través del movimiento desenfrenado, conquista un modo de decir que están presentes. El movimiento alocado encarna la angustia sin nombre, se erotiza en más la motricidad; el goce, el sufrimiento, entra en juego en el movimiento corporal.

La angustia se actúa a través de la sensación cenestésica del movimiento constante, no sólo se sobre-erotiza la motricidad y el cuerpo del niño sino que se genera una imagen corporal sin cuerpo, desinvestida de historicidad, reniega de la diferencia. Por eso se reproduce en la indiferencia e indudablemente, marca la irrupción, el desborde del circuito de la pulsión motriz.
El goce sensorio-motor desbordante crea –como la modernidad actual– imágenes y sensaciones rápidas, fugaces, puntuales, cortas, eléctricas, intercambiables, deshechables, que se consumen a sí mismas, se actúan, rebotando sobre la misma imagen-sensación. El niño actúa esa sensación sensorio-motriz sin imagen del cuerpo. Permanece en ese ritmo frenético, sin dejar huellas que resignifiquen la historicidad que adviene a medida que se mueve, al jugar, al representar, al pensar.

El territorio de la infancia, en vez de estar habitado por lo infantil, lo está por el movimiento indiscriminado, donde ni el propio cuerpo (en tanto esquema corporal) le hace borde. El malestar ubicado en la motricidad, la torna gozosa y sobre-erotiza la postura y el tono muscular. Los niños, sin demandar, actúan. Ellos no demandan, se mueven, actúan su no lugar, sin resignificar en ese movimiento la historia que, en definitiva, lo causó como imposible. Es interesante pensar que los que demandan no son los niños, sino el otro, llámese escolar, social, médico o terapéutico.

Los que son denominados niños dis-atencionales son interpretados y decodificados por esos otros que traducen lo irrefrenable del impulso motriz como agresión, disfunción, síndrome, colocándole un signo –unívoco– a su realización. A partir de estigmatizar estos signos actitudinales, conductuales, motores, práxicos, el saber-poder del otro adulto responde a través de medicamentos, técnicas de estímulo-respuesta, sanciones, premios y castigos.
¿Qué significa desde el punto de vista subjetivo esta pertinaz y eficaz respuesta que el mundo adulto ofrece a estos niños? Implica necesariamente colocarles un signo que estigmatiza su desarrollo a punto tal, que todo su hacer es leído y comprendido a partir de la acción, en estos casos de su ADD. Cuanto más el otro decodifica a los niños, los coagula en un gesto-signo, menos les posibilita representar, jugar, hablar, decir, acerca de su historia y su padecimientos. Al mismo tiempo, lleva al niño a construir nuevas defensas frente a semejante invasión. Es la puesta en acto del estar mal infantil.

Lo que está en juego en esta problemática, según lo que venimos conjeturando, está en relación con la noción y representación que los pequeños han podido construir o no acerca del origen, de la sexualidad, del amor parental (qué lugar ocupan él y los otros en el deseo de sus padres), de la muerte y de lo que hemos denominado: la función del hijo y el quiebre generacional, ligado fundamentalmente a lo que los tiempos modernos le ofrecen a la infancia.
Cuando un niño mira, esconde un toque; al hablar, oye la mirada; al moverse intuye un gesto; y al oler palpa el sabor. Ellos ponen en escena un verdadero goce corporal. Para los más pequeños el jeroglífico del tiempo se mide en proporciones de juego, en los cuales intuye la alegoría de sus pensamientos más asertivos y originales. Si un niño no puede parar de moverse deberíamos preguntarnos por lo que nos demanda en ese movimiento, por lo que nos da a ver cuando compartimos con él su sufrimiento.

La imagen corporal en escena: la “motuta” en movimiento: Detengámonos en un ejemplo reciente. Sentado en un bar observo la siguiente escena. Llega Juan, de 3 años, junto a su mamá y a su hermana –una beba de 6 meses–.
Llama la atención el rostro del niño, la poca expresividad, la dificultad gestual; las cicatrices dan cuenta de la problemática orgánica con la que el pequeño había nacido. La huella de esta marca –labio leporino– luego de la cirugía, no dejaba de invocar la mirada donde se hacía presente la organicidad en su rostro. Juan no paraba de moverse. Iba de una mesa a la otra. La madre y el mozo intentaron controlarlo pero no podían detenerlo. Juan se movía todo el tiempo. Sin embargo, el niño jugaba con una palabra que había inventado, la “motuta”. Sin dejar de moverse le decía a la mamá que iba a comer con la “motuta”. En un descuido se le cae el pan y afirma: “fue la ‘motuta’ la que lo hizo”. Se baja de la silla, sale corriendo y grita: “voy a buscar a la ‘motuta’ que se fue para allá”. La madre sale a buscarlo y le pregunta: “¿dónde está la ‘motuta’?” “Ahora se escondió”, le responde. La madre le insiste en ir a lavarse las manos y finalmente él accede diciendo: “lo que pasa es que la ‘motuta’ es chiquita y nunca quiere lavarse las manos; ahora voy con ella”. Cuando vuelve sigue hablando, discutiendo y jugando con la “motuta”. Afirma que va a dormir con ella, que lo va a acompañar a pasear, a comer y a dormir. “’Motuta’, ‘motuta’, dónde estás?” Sigue diciendo sonriente en una forma cantada y sin dejar de moverse.

En esta realidad infantil que acabamos de relatar cabría preguntarnos: Juan ¿podría ser diagnosticado de síndrome disatencional con hiperactividad y en su tratamiento ser medicado con Ritalina? ¿De qué nos habla en su motricidad? ¿Cuál es la imagen que lo sostiene?
Para Juan, ¿qué es la “motuta”? La “motuta” indudablemente es una invención, sirve para moverse, desear, bañarse, dormir, comer, tocar. Es también un comodín, una adivinanza, un jeroglífico y un acertijo. En realidad, crea en el otro un enigma, una intriga que no se puede descifrar. La “motuta” es una experiencia infantil de la diferencia, sugiere lo que no es y lo que podría ser en el mismo instante. La “motuta” da testimonio de un pensamiento; en realidad es la puesta en escena de una espacialización del pensamiento. Como una metáfora móvil, puede tener cualquier sentido, y el niño abre el espacio, crea una topología donde el pensamiento se pone en juego en imágenes sensibles. La experiencia infantil dramatizada en la “motuta” marca la aventura del saber, instala un modo de contornear lo real ambivalente y ambiguo a la vez; el pequeño hace uso de ella, y sin darse cuenta, produce lo imposible, crea un saber metonímico que nadie sabe; juega en el sinsentido y crea otros dando vida a un pensamiento por fuera de su problemática gestual y orgánica. La “motuta” habita en el niño en un espacio singular, tejido de deseos. Al crear la “motuta”, ella, paradójicamente, lo crea a él, y des-cubre la esencia originaria de la vida de las palabras.

Para el pequeño la “motuta” encierra un saber fundamental: sabe que el otro (en este caso la mamá) no sabe qué es, ni cuál es su significado, ni tampoco para qué sirve. En esa incógnita radica el fantástico poder de la curiosidad y del no saber. Lo que usa el niño para intentar dominar y enfrentar al otro es justamente lo que no se sabe ni se entiende de la “motuta”.
La “motuta” puede ser usada para todo, para moverse, pegar, dormir, conocer, contar, hablar; es una palabra sensible y, por suerte, ininteligible para el mundo sensato y lleno de razones del adulto. Por eso, ella no es interpretable, se escabulle y escapa de un sentido ya establecido, más bien transgrede la significación, muerde la otra escena y, de modo huidizo, inaprensible, crea otro lazo, crea otro sentido; y en este camino, en este tropismo del lenguaje, se erotiza la “motuta” tornándose sensible a un nuevo sinsentido por venir.

Así como los símbolos nos miran y nos llaman constantemente a la vez que los miramos y los escuchamos, la “motuta” no deja de ser una palabra significante a partir de la cual el niño mira al otro, lo llama, lo interpela y le demanda. Él es el sujeto de la “motuta”, en la cual hace uso de su imagen corporal y dibuja la silueta móvil del sentido nuevo por venir.
La imaginación del pensamiento colocado en la palabra-personaje-“motuta” se estructura entre lo sensible y lo inteligible, entre lo visible y lo invisible, entre lo dicho y lo indecible. Cuando el cuerpo orgánico queda en una dimensión segunda con respecto al sujeto, el mundo imaginario del niño es plural; en él se producen transformaciones que nunca son anárquicas, tienen sus principios y sus fines, a partir de los cuales se olvida del cuerpo para introducirse en el campo de las representaciones.

No hay duda de que los niños se sirven de esas palabras raras, extraviadas e inventadas, pequeños tesoros, personajes que discurren y juegan en todo el paisaje infantil. Son parte esencial de su experiencia, diferentes a cualquier otra palabra, no figuran en ningún diccionario porque no responden a ninguna realidad unívoca ya definida; tienen, eso sí, la cualidad de mantener viva la imaginación, la ilusión y la impostura que no deja de sorprender. Son inasimilables a un código y, mientras están vivas para el niño y para el otro, es imposible eliminarlas.

En este caso, tras jugar el pequeño con la “motuta” –o es que ella juega con él–, la organicidad, la marca del labio leporino, se ha perdido en los efectos inesperados e insólitos que ella genera. La frescura infantil ilumina el rostro, su propio espejo más allá de la motricidad, la discapacidad y la cirugía. En ese terreno fértil gana la batalla la “motuta”.
La “motuta” genera confianza, no provoca ningún temor, sino lo combate. Es imposible distinguir en qué momento la palabra “motuta” recubre una realidad, y en cuál está allí como rebelión o como contrabando de un instante, pues se conforma según se dice en cada contexto. Ella se sumerge en el lenguaje infantil, confunde y conecta bajo su decir cosas e ideas dispares, cuyo único lazo es el poder ficticio de la imaginación en acto. Es una construcción de frontera, hace visible lo imperceptible y constituye una operación ficcional, y a la vez real, del pensamiento, una extensión de sentido que, quizá, legitima un deseo desenmascarado.

Perfecta la infancia, la “motuta” coloca en escena la verdad, la ficción, la peligrosa y extravagante aventura de aquellas palabras –nada ingenuas– usadas por el efecto de sentido que ellas producen. En ese espejo, la “motuta” ha vencido a la organicidad y a la denominada dis-atención, ella queda en un segundo plano, porque lo más importante es el efecto sujeto que ella, sin darse cuenta, genera.
Finalmente, en torno al denominado síndrome dis-atencional, tanto en el campo clínico como en el educativo, existen básicamente dos posibilidades: una es abordarla de acuerdo a la propia deficiencia, el pronóstico y su correlato el diagnóstico, los métodos y pautas necesarios para sanear el déficit en cuestión. En esta perspectiva nos encontramos con posturas que ignoran los enigmas y lo infantil de la infancia. Quienes las ejercen se presentan sensatos, saben los objetivos y contenidos a desarrollar, anticipan las posibles respuestas de los chicos, no se arriesgan a la aventura y mucho menos a la experiencia de la “motuta”.

La otra posibilidad, mucho mas difícil, ya que no depende de la dis-atención, ni de un plan, ni de una metodología prefijada, es crear con el niño una relación e inventar junto a él una experiencia infantil, como por ejemplo la de “motuta”, es decir, construir una escena para generar otro espejo donde el pequeño se reconozca como sujeto, y de este modo, producir lo infantil de la infancia en el cual pervive siempre el encanto de la “motuta”. ¿Seremos capaces de rescatar al sujeto que en el desborde corporal y motriz enuncia dramáticamente el sufrimiento que sin salida lo envuelve e invade? Tal vez, la “motuta” pueda venir a nuestro rescate.
 
 
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