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   Psicoanálisis y Género

¿Cómo se analiza un perverso?
  Por Luciano Lutereau
   
 
En las conclusiones de las “Jornadas del 8 y 9 de noviembre de 1975”, Lacan sostuvo una afirmación que podría ser considerada como paradigmática en su revisión de la cuestión de las perversiones:

“Es verdad, la perversión existe pero –cosa extraña– no sabemos cómo. Nosotros sabemos solamente que el neurótico aspira a encontrar allí su satisfacción.”1

La perversión se presenta en fuga. Así lo demuestra la obra sadiana, cuya escritura es un dispositivo de huida… y cuya última voluntad fuera que no quedase sepultura que fijara su identidad para la posteridad. Sade no fue el escritor que relató escenas horrorosas, sino el que puso en tela de juicio la función del autor para sostener el acto de escribir lo que no cesa de no escribirse. Y, entonces, fracasar.
Porque no se trata de creer que la perversión está más allá, sino en la fuga misma, en esta connivencia con la práctica de la letra. Sádico no es el que busca dañar a su semejante –situación que, eventualmente, podría reconducirse con mayor justeza a la agresividad del obsesivo–, pero tampoco es quien obedece mecánicamente una ley. En ciertas ocasiones, algunos autores han realizado esta interpretación, especialmente a la luz del trasfondo sadiano de la ética kantiana: el caso paradigmático sería el de A. Eichmann, quien alegara en su defensa (respecto del genocidio nazi) que sólo cumplía órdenes y, además, citara la doctrina del imperativo categórico. Esta coyuntura se ha prestado a las más diversas intervenciones y su adagio más célebre es la tesis de la “banalidad del mal”, expuesta principalmente por H. Arendt.2 No obstante, esta vía no es del todo acertada para pensar la posición perversa, ya que hace del perverso un mero apéndice ciego o ejecutante; esto es, para contrarrestar la versión imaginaria del “violento” se ofrece… otra versión imaginaria: el subalterno o funcionario (que, ¡en el fondo!, sería un perverso).

Es cierto que esta última indicación responde, al menos en principio, a ciertos puntos ya entrevistos: el sádico está al servicio del goce del Otro, al que ignora y responde como instrumento, etc., pero esta concepción no es suficiente para destacar el aspecto fundamental: que la voluntad de goce fracasa. Es de acuerdo con este punto que es preciso volver a pensar el modo en que el perverso se presenta en el análisis y dejar a un lado las versiones imaginarias del neurótico; porque si es seguro que los perversos también se angustian, que su deseo se sostiene con recurso al fantasma –al igual que en el caso de los neuróticos–, por lo tanto se trata de pensar el modo en que un perverso se acerca a la consulta y su relación con el dispositivo, en lugar de pergeñar elucubraciones acerca de lo que un perverso debería ser… para ser perverso.
En primer lugar, a pesar de cierta languidez de lenguaje, importa subrayar –como ya fuera dicho– que no es de la perversión como estructura clínica que se trata en este contexto. Aceptar esa condición para un debate implicaría ingresar en disquisiciones psicopatológicas que aquí no son las fundamentales. En todo caso, se trata de pensar el modo en que ciertos pacientes se presentan a la consulta desde una posición que no es la de la neurosis, cuya manifestación ocasional llega a darse incluso a través del acting out –que Lacan no dudó en llamar “perversión transitoria” en el seminario 4– y, por cierto, que a veces no es reducible a la de un síntoma potencial. El modo de aislar esta clínica no podría ser otro que el esclarecimiento de la intervención del analista y su posición, así como las coordenadas de la división subjetiva.

Esta última indicación puede parecer desconcertante. Acaso, ¿cabe hablar de división subjetiva en una posición perversa? Anteriormente hemos mencionado que la perversión no está exenta de la angustia; por lo tanto, ¿por qué los perversos no habrían de dividirse? No obstante, no se trata de la misma cuestión, ya que la vacilación de la escena en que un perverso se sostiene como objeto no alcanza para hablar de la producción de un efecto “sujeto”. Esta última referencia es particularmente importante porque permite realizar una salvedad al párrafo anterior, esto es, que en la perversión no habría síntoma. En la primera página de “La significación del falo” (1958) Lacan afirma lo siguiente:

“[El complejo de castración tiene una función nodal] en la estructuración dinámica de los síntomas en el sentido analítico del término, queremos decir de lo que es analizable en las neurosis, las perversiones y las psicosis.”3

De este modo, el síntoma es “lo que es analizable”. Entonces, la inquietud anterior se reformula y asume los términos de una pregunta específica: ¿qué es lo analizable en la posición perversa? En principio, podría admitirse que la división subjetiva en este tipo de casos no asume la forma “clásica” de la neurosis, esto es, de conflicto con la sexualidad. La división subjetiva –o, para darle su nombre freudiano, “el conflicto” que supone la presencia de una “representación inconciliable”– no se plantea en función de un rasgo no asumido por el yo. Para el caso, podría recordar la circunstancia de un analizante que tenía la costumbre de ir a una plaza pública con su pareja para participar de la escena siguiente: un anónimo se acercaba y le practicaba sexo oral a su partenaire, mientras él encontraba satisfacción en la masturbación. Todo iba bien durante un tiempo, hasta que la pareja –evidentemente un neurótico– comenzaba a quejarse y, eventualmente, a encontrar un límite en la angustia. La pregunta que este analizante se formuló en el inicio del análisis podría resumirse en estos términos: “¿Cómo es posible que el amor implique una resignación tan grande al deseo? Es como si este último fuese un cuerpo demasiado grande para una puerta tan estrecha”. En efecto, la división no sintomática entre amor y deseo –“no sintomática”, porque la obsesión demuestra hasta que punto padece esa disyunción– es un rasgo propio de la perversión en análisis y, en muchos casos, un momento importante del análisis.

En este punto, podría interrogarse si acaso no es “incorrecto” hablar de división subjetiva en la perversión. Sin embargo, más allá de cierto afán convencionalista en psicoanálisis, sería más propicio explicitar qué denota el término en cuestión. De algún modo, la objeción sería adecuada, en la medida en que la perversión expone cierta “paradoja de la división subjetiva”: en posición de objeto, el perverso apunta a la división subjetiva en el campo del Otro; no obstante, la división que produce en ese punto se vincula al rechazo del traslado de la función de la causa al Otro. A diferencia del neurótico, el perverso no interroga al Otro por la causa de su deseo,4 no le demanda que le diga qué es lo que quiere (en el doble sentido de la expresión) y, en este punto, deja del lado del Otro la división, porque no se propone como carente o en falta ni apela a un saber. Porque, ¿qué es lo que sostiene la suposición de saber en un análisis? El amor. El neurótico pide al Otro un signo de su amor –posición que cabría reconocer como ¡masoquista!– mientras que el perverso prescinde de esta vía, de ahí que la división subjetiva quede desplazada y no asumida como tal: el amor requiere de la encarnación de una falta (de saber respecto del goce, del objeto del deseo respecto del objeto que lo causa, en fin, conflicto con los modos de aparición de la sexualidad) que el perverso recusa; pero eso no quiere decir que no se divida como sujeto. En todo caso, se trata de esclarecer cuáles son los términos de su división. En algunos casos, esta vacilación se produce cuando algo de la satisfacción conocida tiene que pasar de la escena privada al mundo público (algunos consultan cuando tienen que comunicar una decisión a sus padres y/o familiares, amigos del trabajo, etc.), en otros casos la división se sostiene en la búsqueda desencantada de un partenaire que condescienda a la práctica (cuando no es el amor lo que enlaza esta relación, sino alguna forma de “contrato”), eventualmente la desestabilización de la escena fantasmática se produce cuando la satisfacción se confirma (dado que la perversión es un ejercicio del límite en su carácter diferencial, respecto del cual el sujeto del placer funciona de modo conclusivo), etc. De este modo, la clínica de la perversión no se soporta en el análisis del amor de transferencia, sino que obedece a otro uso del saber.
Si la referencia al saber en el análisis del perverso no se constituye a través del amor, ¿de qué modo se sostiene? En la clase del 5 de mayo de 1965 –del seminario “Problemas cruciales para el psicoanálisis”– Lacan establece una referencia insoslayable:

“El perverso, para quien el deseo se sitúa él mismo, hablando propiamente, en la dimensión de un secreto poseído; vívido como tal y que como tal, desarrolla la dimensión de su goce, pero que es a decir aún de ese saber, que en primer lugar, se inscribe en esta subjetividad del ‘Yo no sabía’.”

Esta dimensión del saber poseído o reservado es un factor constitutivo de la posición perversa. Aunque no se trata de hacer una versión imaginaria del secreto como “misterio a develar” o algo por el estilo (he aquí la importancia del “Yo no sabía” que enfatiza Lacan), sino que esta posición refleja el modo en que el perverso avanza en el decir: buscando que el goce sea dicho, muchas veces parece una especie de “cumplidor ejemplar” de la regla fundamental, al no detenerse donde el neurótico suele hacerlo (en la timidez, la vergüenza, etc. y otras formas de división respecto de la sexualidad), dado que su compromiso con el decir es absoluto. Que sea dicho es el imperativo perverso por excelencia y el interlocutor muchas veces se interroga: “¿Por qué estoy escuchando esto?”; mientras que la orientación de la pregunta radica en advertir no aquello que se dice, sino el decir mismo. La clínica de la perversión se fundamenta en un análisis del decir y su resto, de lo que resta al decir y busca ser reintroducido en palabras; por eso podría reconducida a una clínica de la escritura,5 porque la letra es el resto al que el perverso se dirige como al límite de su relación con el dispositivo analítico.
En este punto, podría preguntarse si acaso no hay una declinación perversa en la fórmula lacaniana de L’étourdit: “Que se diga….”, esto es, ¡si la posición misma del analista no puede ser acusada de perversión! Esta indicación fue elaborada de modo consecuente por S. André en su libro La impostura perversa (1993), donde destacara la semejanza entre las fórmulas del discurso del analista y el fantasma sadiano:

“…alcanzar un decir que no deje ningún resto. La ambición de Sade es la de un decir que englobe aquello que, por definición, se plantea como exceso con respecto al decir, es decir, el propio goce. Y ahí está la paradoja. Pues al avanzar en la dirección de esta exigencia, Sade descubre que siempre es posible un nuevo exceso, siempre puede imaginarse un goce por añadidura. Y en consecuencia se ve condenado a seguir siempre escribiendo, enumerando, a proseguir su repertorio. Su ‘decirlo todo’ debería contener lo que supera al decir, el exceso, para demostrar que le exceso no está de más, sino dentro, y ya no hay exceso, no hay más allá del decir.”6

No obstante, ¿podría decirse que el analista empuja al cumplimiento de la regla fundamental en los mismos términos en que la cumple el perverso? Ya en sus Tres ensayos de teoría sexual (1905) Freud había ubicado que la vergüenza, la timidez y otros afectos de la división subjetiva podían ser motivos de la “insinceridad consciente” del paciente,7 y que el análisis debía ir más allá de esas barreras, aunque cabría añadir que no se trataría tanto de aislar esas formas de la división por sí mismas, sino como hilo conductor de la apertura del inconsciente. Si el analista no asume una posición perversa (lo que no quiere decir que no haya analistas perversos) es porque hace de la indeterminación del sujeto una huella y el camino en el afán no de decirlo todo sino de ubicar el límite intrínseco al decir, esto es, aislar ese punto en que el cumplimiento de la asociación libre implica la resistencia y el decir como acto, mientras que el perverso se deshace del acto en función de la metonimia del límite y del esfuerzo de decirlo todo:

“…no creo poder conformarme con la definición del perverso como el que pasa al acto, el que realiza su fantasma en la escena del mundo. No todos los perversos pasan al acto, y algunos neuróticos no pueden evitar hacerlo. Por el contrario, estoy convencido de que existe una forma perversa de enunciar el fantasma, sobre la cual Sade, a quien antes he mencionado, nos da preciosas indicaciones. La perversión es en suma una cuestión de estilo. Con ello quiero decir que donde el perverso empieza a pasar al acto es en su misma palabra.”8

De este modo, la perversión es un modo de enunciar que, eventualmente, asume un carácter mostrativo o provocador, en la medida que apunta a restituir lo que no puede ser dicho, mientras que el cumplimiento de la regla fundamental avanza en una dirección contraria: ubicar las condiciones del decir, situar a este último como acto, punto en el cual la perversión permite esclarecer un rasgo específico del dispositivo analítico a través de su puesta en marcha. Antes que una clínica específica, el análisis de la perversión reclama una radicalización de las circunstancias que hacen posible la experiencia analítica. El perverso puede hacer de cuenta que es el partenaire ideal de la asociación libre, pero sólo para defraudar su propósito porque cumplir la regla fundamental no es decir cualquier cosa (no sistematizar) ni el proyecto de decirlo todo (no omitir) y, en esta coyuntura, la perversión es una defensa contra el acto al igual que la neurosis. Este aspecto lo demuestra el estudio de ese caso de perversión que es el de la “joven homosexual” de Freud, quien fue aceptada en tratamiento en virtud de su aptitud aparente para cumplir con la regla fundamental…9
Para concluir, entonces, la clínica de la perversión enseña a la clínica de la neurosis qué es la rectificación subjetiva, en la medida en que no se trata de pedir una renuncia al goce ni de imponer una suerte de “hacerse cargo” –dos versiones contemporáneas del superyó–, sino de instituir un compromiso decidido con el más nimio de los actos: el habla; aunque también se trate del más aberrante –¡el que escandaliza incluso a los perversos!– porque “nada más temible que decir algo que podría ser verdad [porque] por ser verdad, no puede ya volver a entrar en la duda”.10

(Endnotes)
1 Cf. Lettres de l’École Freudienne, Nº 24, agosto de 1978.
2 Cf. Arendt, H., Eichmann en Jerusalén, Barcelona, Lumen, 1999.
3 Lacan, J., “La significación del falo” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 665.
4 Por eso el perverso es un “cruzado”, pero no un religioso en sentido estricto: “Digamos que el religioso le deja a Dios el cargo de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo…”. Lacan, J., “La ciencia y la verdad” en Escritos 2, op. cit., p. 851.
5 Lutereau, L., “El resto de la escritura” en El sujeto después de Lacan: escritura y clínica, Buenos Aires, EditUCES, 2011.
6 André, S., La impostura perversa, Buenos Aires, Paidós, 1993, p. 26.
7 Freud, S., Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora) en Obras completas, Vol. VII, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 15.
8 André, S., La impostura perversa, op. cit., p. 46.
9 Cf. Lutereau, L., “La ‘joven homosexual’ de Freud: ¿un caso de perversión?” en Revista Universitaria de Psicoanálisis, No. 11, Facultad de Psicología (UBA), 2011.
10 Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, op. cit., p. 596.
 
 
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