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   Marcas en la infancia

Los niños y la identidad sexual
  Por Noemí  Lapacó
   
 
El modo en que nos nombran, antes de nosotros saberlo, nos representa ante los demás.
Es el modo en que los otros nos identifican y nos alojan, mucho antes de que tengamos, en tanto sujetos diferenciados, una identidad propia. Ese reconocimiento que viene del Otro en primer término, es el que cada uno de nosotros, alienado a ese decir “adopta”.

Es decir nos adoptamos como “mí mismo” a partir de algo que se nos dona en la palabra de otro, antes de nuestro nacimiento por lo general.
¿Quién de nosotros no preguntó a alguien que estaba en camino de ser padre o madre “¿ya tienen el nombre?”, o bien “¿todavía no tiene nombre?” como intentando saber anticipada e imaginariamente a quién esperar. Como si su identidad dependiera de ese nombre que le será donado por quienes van a recibirlo en este mundo social.
Y no estamos muy lejos de la verdad, los nenes chiquitos dicen “nene” y/o “nena” de sí mismos mucho antes de decir su nombre, que en general desconocen que sea el suyo en un tiempo primero de la vida.
Si siguiéramos por considerar la constitución de una identidad diferenciada, la posibilidad de decir “Yo”, es decir, de hablar de sí mismos en primera persona, está evolutivamente ubicada al menos alrededor de los dos años y medio, no antes.
Antes el niño se considera una parte indivisa del mundo que lo rodea… Todo el mundo es él y lo que percibe alrededor suyo.

Hay entre él y el mundo, para nosotros exterior, una continuidad que solo de a poco y por la intervención de la palabra adulta, se va circunscribiendo. Sus sensaciones aisladas, se van delineando como situaciones más complejas y conductas diferenciadas como consecuencia de esas intervenciones. Son la palabra y el contacto directo con los otros, sus actos, los que transmiten en ese primer tiempo un cierto orden acerca de qué es cada cosa y para qué sirve.
A los dos años de vida un niño apenas ha comenzado a nombrar las diferencias entre los objetos, entre las diferentes consonantes de la lengua materna, en el tiempo y su sucesión. Entonces… ¿qué sabría un niño de dos años acerca de qué clase de cosa es una princesa? ¿Cómo obtendría ese saber, que tampoco ha alcanzado aún a distinguir a nivel del lenguaje ni de la experiencia, salvo que alguien se lo dijera y muchas veces?

Podría ser que lo hubiera escuchado en un cuento leído, pero entonces… ¿cómo asociaría ese concepto lejano a su experiencia, a la compleja percepción de un Yo integrado, siendo que éste aún no está articulado en una “identidad” consigo mismo, con lo que él experimenta? Y algo más asombroso: ¿qué sabe un niñito de dos años de la diferencia de los sexos? ¿Cómo llegó al conocimiento de qué hay dos sexos y de cuál es el que será finalmente el suyo?
A esa edad ellos, los nenes, no saben si son nenas o varones, no se distinguen, somos nosotros quienes los distinguimos. La alternancia en la presencia/ausencia de pene no ha sido establecida todavía como universal, a nivel simbólico.
En el caso de que la experiencia la hubiera puesto a su alcance, las teorías sexuales infantiles acuden prestamente a desmentirla y a tranquilizar la angustia que la fantasía de pérdida, de castración induce. Los argumentos fantaseados como: “ya le va a crecer cuando sea grande” respecto del pene, tranquilizan a los varones y esperanzan a las niñas por esas épocas de sus vidas.
En esa etapa precoz, las sensaciones corporales eróticas, por vívidas que sean, aún no se asocian a la diferencia que hace de alguien “varón” o “nena”, simplemente porque esa diferencia permanece aún fuera de su registro simbólico.
Los niños ven una apariencia sin establecer una relación entre esa apariencia y una modalidad singular de goce sexual. La propia excitación o el placer erógeno de una zona corporal, es percibida por el niño sin asociarse con lo masculino o femenino, ni con lo activo o pasivo… solo se siente, sin representación de género que la legitime y la ordene.

Entonces no puedo menos que preguntarme:
• ¿cómo podría un niño de dos años, nombrarse a sí mismo César o Juana, o Lulú, es decir elegir autónomamente un nombre sino fuera porque alguien lo nombró así antes?
• ¿cómo podría llamarse “Yo”, usando gramaticalmente la primera persona, cuando aún no ha articulado, no ha concluido en la percepción de un Yo estructurado como tal por la incorporación de las diferencias con el otro y los propios límites, cuando no sabe aún qué es “Yo” y qué es “No-Yo”?
• ¿cómo podría atribuírse la identidad definida conceptualmente de “princesa” cuando no sabe aún nombrar, casi seguramente, ni la calle de su casa ni el oficio de su padre?
• ¿cómo reclama una sexualidad diferenciada cuando aún no tiene registro de que exista una estructura anatómica o un goce corporal que no sean los suyos, incluyendo la “teta” de mamá, que también considera suya muchas veces a esa edad?
Del infans que es conocido a través de la prensa como el de la pequeña Lulú, se dice que al año y medio decía “Yo Lulú, Yo princesa”. Es más razonable según lo que hemos expuesto, pensar que este reclamo, de cuya existencia no dudamos, resulte mucho más tardío que los dos años, que es cuando se le atribuye insistentemente.

A los siete años que ahora tiene, en cambio, es muy posible que haya tenido tiempo de percibir y “adoptar” el modo en que se lo nombró, y en qué lugar fue esperado conciente o inconscientemente por los otros.
Un niño crece alienado al lugar que le es ofrecido por la cultura, mediada por las personas de sus padres en sus dichos. Para alcanzar palabra propia, así fuera en la más absoluta aceptación de ese lugar ofrecido, debe recorrer un camino de identificaciones, renuncias y elecciones.

Cada sujeto va construyendo por partes, anticipada y trabajosamente, un esbozo del sí mismo que le gustaría alcanzar, su Yo Ideal al decir freudiano.
Es recién en la pubertad donde cada quien se las ve con lo que su sexo le hace desear, le exige como satisfacción. Estas modalidades de satisfacción sexual no se eligen voluntariamente en ninguna época de la vida. El sujeto se ve exigido a adoptar una posición sexual, a partir de condiciones de goce erótico singulares, que muchas veces él mismo desconoce y solo las pone en acto.
El sexo propio no es una imagen idealizada, no es una identidad aislada de lo real de la sexualidad efectiva y satisfactoriamente consumada. De ningún modo podemos asumir que antes de la pubertad esas preferencias estén decididamente definidas; solo están, como decíamos antes, esbozadas en la imagen y aún sin confirmación real a nivel del goce sexual.

Por otro lado la identidad legal de un sujeto en sociedad debería corresponderse a aquella que lo haga auténtica y subjetivamente feliz.
No quiero dejar de expresar mi preocupación acerca de que, en función de la aceptación de una legalidad vigente y oportuna, que asegura los derechos de quienes deciden asumir una identidad sexual autopercibida, y con la que acuerdo plenamente, se generalice esta posibilidad respecto de los niños pequeños, que aún no pueden tomar esa decisión ya que su autopercepción justamente no está del todo establecida en forma independiente y responsable.
La ley es una… habría que repensar, propongo, las condiciones mínimas para su aplicación para no caer en el error inverso a la rígida dependencia anatómica y de roles sociales indiscutidos, es decir, en el capricho de una elección sin bases que la justifiquen seriamente a nivel de la auto determinación subjetiva y preserven a cada sujeto, lo cuiden, de posteriores complicaciones.
 
 
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