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   Marcas en la infancia

Marcas de la Clínica
  Por Norma Manavella
   
 
El rasgo unario (einzeger zug) es marca fundante de la estructura.
¿Cómo te llamás tenés perro? Así decía incesantemente una niña de 5 años. Se encuentra con un conejo de peluche del consultorio, mirándolo dice su monocorde ¿Cómo te llamás…? Como analista corto y digo: Fufú se llama Fufú.
Rasgo unario, hito lógico fundamental, marca la estructura en tanto la funda. El rasgo unario hace aparecer al $ como aquel que cuenta. “Conté sho”, dirá luego la niña mencionada, intentando ponerle techo a la casa que arma para un perro. El perro ladra, muerde, asusta1.

Fundada la estructura, será la cadena significante la que ausentará al $. El rasgo unario asegura la repetición justamente por esta función que escapa a la identidad de su entorno. Unicidad, función de soporte de la diferencia.
El repitente crea la repetición, marca primera, trazo único que iniciará la serie. Ese estúpido palote, como lo nombra Lacan en el Seminario 9. Él se presenta en su lugar, su sitio, el del significante reprimido. El 1, el primero.
Lacan se pregunta en este seminario, cómo discernir lo que existe como diferente en lo Real y continúa, “no hay que decirlo, hay que marcarlo”. En Freud leeríamos hay que inscribirlo, como en el block maravilloso. La intervención del analista con niños graves al nombrar, marca.
Se tratará acaso, como dirección de la cura, de apostar al soporte de la diferencia. Situar la presencia del rasgo unario posible de ser leída en la natchtraglichkeit, o bien de su instauración. Considero que de eso se trata nuestra apuesta como analistas en esta clínica.

El significante es fecundo en la producción de significación, justamente por no poder ser nunca idéntico a sí mismo. El significante connota la diferencia en estado puro y la prueba es que su primera aparición, el 1 manifiestamente, designa la multiplicidad actual. Ese 1 como tal, en tanto marca de la diferencia pura, es a él al que hay que referirse para poner a prueba la relación del $ con el significante. Será a partir de él, no sin él, que habrá cadena significante. Fundada la estructura neurótica transitaremos la lógica freudiana de inhibición, síntoma y angustia.
La clínica deja marcas en los psicoanalistas. Haré un recorrido breve a través de una situación clínica que me marcó.

Recibo un llamado de una pediatra del Hospital Garraham, me pide la internación de un niño José Javier (JJ) de 11 años, en nuestro Servicio de Salud Mental del Hospital Evita de Lanús. Lo internaron en el Garraham “para descartar tumor de tronco encefálico. Presentaba ataxia, disartria posibles convulsiones tónicas”2. Las tomografías y evaluaciones neurológicas fueron normales. “Hace cosas raras”, dice la pediatra, “juega en las tumbas de un cementerio”. Viven en Lanús, por eso decidieron derivarlo a nuestro Servicio. Le explico a la pediatra que no tenemos internación de niños y le ofrezco atenderlo por Consultorios Externos.
Al día siguiente la Secretaria me avisa que llegaron unos padres con un “chico loco”. José Javier recorría la sala de espera a grandes pasos, con una bolsa al hombro diciendo: “Yo soy Papá Noel y vengo a internarme. ¡Dele chica intérneme!”. La cadencia de su voz era rara, como entrecortada, también decía palabras sueltas: Aldo, pajarito.

Los hago pasar a un consultorio, los padres están muy preocupados. Hablan de la internación en el Hospital Garraham, los estudios, el temor, la incertidumbre diagnóstica. JJ no puede detenerse, va de un lado al otro, abre y cierra puertas de los consultorios, diciendo las palabras descriptas con esa modulación y cadencia extrañas, escandidas.
Me siento frente a él, y le digo: “Vamos a hablar”. Se detiene, me mira y dice: “¡Dele chica intérneme! Si usted no me interna, yo no me voy”.
—¿Internarte? ¿Dónde? –le pregunto.
Se detiene, me mira, parece haber escuchado.
—Vení mañana y vamos a seguir, hablando.
En esa ocasión regresa con su papá. No pudo dormir, se pasó toda la noche hablando, yendo y viniendo. En la escuela no lo reciben. “Parece un chico loco doctora”, dice el padre. “Cuando no me podía dormir, sentí como si me clavasen un puñal, acá en el pecho”, comenta JJ muy angustiado.
Quiere bajar una máquina de escribir que está arriba de un mueble, no puede, me pide que lo haga yo, tampoco puedo. “Es muy pesada para mí”, le digo. JJ propone pedirle al padre quien entra y la baja, entonces el niño pone un papel en la máquina que va traccionando con la mano en forma vertical para hacerlo deslizar, escribe perforando la hoja: “José Javier, éste soy yo, su hijo” (dice escribiendo y leyendo su escrito). “Este es José mi papá. Tuve miedo que se enferme y se muera, de tanto que se preocupa por mí. No me podía dormir sentía como un puñal acá” (señala su pecho).
Al día siguiente (lo atiendo diariamente), está algo más tranquilo. Encuentra un banquito que pone frente a él lo gira hacia un lado y hacia el otro en un movimiento que leo como un juego.
Hago el gesto de detener un colectivo.
—¡Dale! —dice entusiasmado mientras se pone mis anteojos de sol que dejé sobre el escritorio.
—¿Adónde va, señora? (Hace como si cortara el boleto).
A Chacarita.
Mientras maneja y yo voy como pasajera de su colectivo, me cuenta que su papá no siempre fue colectivero. “Antes trabajaba en Suchard, me traía chocolates, también Noel, chocolates Noel”.
Yo a veces tengo miedo que mi papá se muera, de tanto que se preocupa por mí.
Le digo (siempre como pasajera de su colectivo) que tal vez él se enoja con su papá y a veces quisiera que se muera.
Como Aldo que se murió, me regaló el pajarito.
Habla también de su primo que se murió. “Hablaba mal”.
Ah, ¿cómo vos cuando llegaste?
Él tenía labio leporino, lo operaron y se murió. Mis tíos me pidieron que lo cuidara, lo enterraron en el cementerio de Lanús, enfrente de mi casa. Por eso juego en las tumbas del cementerio, hago rondas con los juguetes.
¿Y cómo se hace para cuidar a un muerto, no sé, es raro, no?
. (Muy angustiado).
Le pido que nombre a su primo muerto. ¿Cómo se llamaba?
JJ está mejor, puede dormir, volvió a jugar con sus hermanos y amigos. Quiere volver a la escuela, la cual se niega a recibirlo por temor del cuadro clínico que había presentado. Temen que se repita.
Hablo con la escuela pidiendo su re incorporación, explicitando la mejoría clínica y el tratamiento de JJ, también el compromiso de sus padres.
Vienen pocas veces más, no tiene dinero para viajar, tampoco zapatillas. Dejan de venir.
Pasan varios años, una mañana subo al 32 P para ir al hospital. Saco el boleto.
—Permítame invitarla. Usted es mi invitada.
Era José, el papá de JJ. Mientras viajo como pasajera de su colectivo me cuenta que el niño está muy bien, pasó de grado, tiene amigos… cursa su infancia… ya el cuerpo empieza a estar marcado por su pubertad.
Hasta aquí el recorte clínico.
Niño en acting out, una de las manifestaciones clínicas de la angustia. “Actuar extrae la angustia su certeza” nos dice Lacan en el Seminario X. En JJ hay de la mostración, escena dirigida a otro (los padres, los médicos del Garraham, ahora del Servicio de Salud Mental del Lanús).
La dimensión significante en su ambigüedad “¿internarte, dónde?” parece detenerlo en su incesante movimiento. Se sienta, escucha. Como analista subrayo el valor de la palabra: “Vení mañana, vamos a hablar”.
Es interesante ubicar la diferencia entre el estatuto de “internar” en la conversación con la pediatra, respecto del primer encuentro con JJ. Con el niño la apuesta significante inherente a lo medular de nuestra práctica, se evidencia con nitidez. La magia del significante muestra la imposibilidad pero también la diferencia, nos dice Lacan en el Seminario XI.
El no poder bajar la máquina de escribir da paso a la llamada al padre. Es posible ubicar algo de la filiación cuando el papá acude al llamado. JJ lo nombra “padre”, él se nombra “hijo”. Además escribe los nombres, perforando la hoja. Su escritura hace marca, ubica lo generacional, escribe las funciones padre-hijo.
Aparece la dimensión del síntoma en su insistencia: “Sentí un dolor acá como si me clavasen un puñal”, dimensión claramente metafórica.
JJ mueve hacia un lado y hacia el otro el banquito, movimiento que leo como un juego. Hay juego si el otro lo sanciona como tal, nos enseñó (efecto de transmisión) Jorge Fukelman. Lectura que hace juego, sanción jugada. Considero que la mejor lectura y sanción del juego como tal, es precisa y específicamente: jugándolo.
¿Chacarita, por qué ese destino? Pareciera haber algo de un saber radical en la ficción. Saber no referencial sino de/en la transferencia, jugado allí. Efecto de verdad, fuera de todo cálculo. Saber, no sabido.
Como pasajera de su colectivo escucho el dolor, el duelo en su detención. Esas palabras sueltas que JJ decía al llegar: “Aldo”, “pajarito”, se encadenan.
Suchard, Noel, nombres de golosinas, lugares de trabajo de su padre, quien le traía aquello: golosinas, sabores de chocolate.
Tal vez hoy, como analista, no haría esas intervenciones en relación a su rivalidad con el padre. Creo que me habilitó la dimensión ficcional, la puesta en juego: escucharlo y hablar con el conductor del colectivo donde yo, era su pasajera.
Resultaba fundamental que la escuela lo reciba nuevamente, re instalando así su ámbito de pares. No vacilábamos, no vacilo en esas intervenciones cuando la clínica lo requiere. La “hiper-asepsia”, nos preserva a veces a los analistas de algunas jugadas decisivas. Jugadas que, a mi entender, remiten a una ética.
Me pareció divertida y también poética esa segunda vuelta (¿volver a rizar el rizo?). En otro colectivo, con otro conductor y también por qué no… con otra pasajera.

Bibliografía
FREUD, S., “El Block Maravilloso”, Obras Completas. Biblioteca Nueva.
FREUD, S., “Inhibición, Síntoma y Angustia”, Obras Completas. Biblioteca Nueva.
LACAN, J., El seminario 9: La Identificación. Versión inédita.
LACAN, J., El seminario 10: La Angustia, Buenos Aires, Paidós.
KREMENCHUZKY, J., y autoras invitadas, El desarrollo del Cachorro Humano. TGD y otros.
 — — Problemas. Pediatría e Interdisciplina. Noveduc 2013 (2da edición).
MANAVELLA, N., De niños y no tan niños/Trazos de la Clínica Psicoanalítica, Buenos Aires, Letra Viva, 2013.

Notas
1.    MANAVELLA, N., De niños y no tan niños/Trazos de la Clínica Psicoanalítica, Buenos Aires, Letra Viva, 2013, página 60.
2.    Ataxia: dificultad en la coordinación de movimientos.
    Disartria: dificultad en la articulación de la palabra.
    Convulsiones tónicas: en extensión, sin flexión.
 
 
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