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   Marcas en la infancia

Intervenciones ante el incesto
  Por Laura  Capacete
   
 
“La violencia convierte en cosa
a quien está sujeta a ella”.
Simone Weil

El incesto, tanto paterno-filial como fraterno, es un fenómeno que ha estado invisibilizado durante siglos; dicha invisibilidad estuvo más asociada a la ausencia de enunciación que al desconocimiento de su existencia. Siguiendo a Foucault,1 el régimen de verdad nunca está por fuera de las relaciones de poder y de saber de una época. Fue en las últimas décadas cuando se logró dar mayor visibilidad al fenómeno, así como diseñar estrategias de intervención ante estos casos. Éstas últimas, orientadas, tanto por la legislación vigente como por diversas producciones académicas, que posibilitaron, ambas, instituir un nuevo saber social, ligado a la necesidad de proteger a la infancia.
Sin embargo, en el trabajo de campo encontramos una fuerte tensión entre saberes ligados a representaciones anacrónicas, en las cuales la palabra del niño o de la niña carece de valor; y saberes que contemplan a los niños como sujetos de derecho y sujetos de deseo.

Ambos posicionamientos disputan el poder, cuestión que puede leerse tanto en el interior de cada caso, como inferirse diacrónicamente en las variaciones epocales. Como ejemplo de esto señalemos la modificación del lenguaje jurídico en las últimas décadas: el bien jurídico protegido en los delitos sexuales era inicialmente la honra, luego la honestidad, más recientemente la integridad sexual, para en la actualidad designar a la libertad sexual. Dicha sustitución significante no indica que hayan sido superadas representaciones previas; éstas siguen aún vigentes, tanto en el sistema jurídico como en el medio social. A modo de ejemplo, en un Seminario2 realizado en el DF (México), se hacía hincapié en guardar la confidencialidad en casos de niñas abusadas, en tanto ellas corrían el riesgo de ser segregadas por sus pares. Situación ligada a que en ese medio social se considera que dicha victimización derivaría irremediablemente en la prostitución como destino. El ataque a la “honra” las haría poco honradas.

Otro aspecto que abona la invisibilidad del incesto es la implementación de mecanismos renegatorios (que en otro trabajo3 describí como característico de las madres de estas familias) que inferimos en la actuación de profesionales y funcionarios. Esto deriva en una mirada de ciega complicidad, donde, al no tomar resolución alguna, se reedita el desamparo que el incesto causó.
Si bien la marca de lo traumático será analizada en la singularidad de cada caso, la casuística nos permitió inferir que lo que insiste es la vivencia de desamparo y orfandad.
Dicho desamparo está ligado en estos casos a la ruptura del orden genealógico, aquel que, según Legendre4, arma condición humana. Este autor plantea que nacemos dos veces: primero en el orden biológico y luego, en el institucional; en tanto lo que caracteriza lo humano es la palabra, instituir la vida es un hecho de discurso. Discurso que precede a cada sujeto y lo nomina en una categoría regulada por el orden genealógico. Esto canaliza las identificaciones del sujeto humano, ubicándolo en las categorías significantes de padre-madre-hijo, que son también categorías jurídicas.

Cuando se transgrede la ley fundante de la cultura, es necesario responder desde instancias comunitarias e institucionales. Entre estas últimas, el sistema jurídico tiene una función privilegiada, en tanto instancia que puede dar estatuto de verdad a la palabra del niño o la niña, y plantear resoluciones protectoras, ya sea impidiendo la continuidad del incesto, ya sea sancionándolo.

Veamos un ejemplo en el que no hubo respuesta alguna: Juan es criado por su abuela materna, quien lo golpea con frecuencia; presenta problemas de conducta y reiteradamente se fuga del hogar. A los 7 años es violado por su tío y a los 15 años es institucionalizado por violar –drogado– a un primo de 7 años. En la institución conoce a una operadora, quien solicita su guarda. En los años subsiguientes se suceden conductas hetero y auto agresivas que derivan en varias internaciones, ya sea por adicción a las drogas o por descompensaciones psiquiátricas. La operadora intenta reconstruir la historia previa de Juan y se comunica con su familia biológica. Le solicita a la madre que lo visite; ésta se opone inicialmente, pero luego asiste al encuentro, en el cual, tapándose la cara, dice: “No lo quería ver por miedo a que se parezca a…”. Nuevo desencuentro, la madre solo puede sentir odio por este hijo, lo rechaza; en tanto relata que ella fue, al igual que su hermano varón, reiteradamente violada por su padre. Juan es un hijo fruto de este incesto, lo cual ha impedido todo vínculo libidinal con él. A pesar de que su familia lo designa como un “monstruo”, él nunca verbalizó queja alguna para con ellos, sólo les teme. Obedece a voces que –desde dentro de su cabeza– lo conminan a los peores lugares: robar, drogarse, matarse, es decir, es obediente a los mandatos mortíferos de su genealogía. A veces alucina un ojo detrás de la ventana que lo acusa “de haber hecho tantas cosas malas”. Expresión de una culpa que no puede subjetivar y que manifiesta en los intentos de suicidio –allí se condena a muerte–, o bien deriva en la construcción delirante de una mirada acusatoria. No puede acusar a su genealogía, identificado con la nominación de monstruo, merece morir. Lo monstruoso es su historia: como prueba del incesto, solo puede ser odiado.
Vemos en la historia de Juan que el incesto ha quedado invisibilizado. Las instituciones que intervinieron sólo podían ver los efectos: fugas, conductas transgresivas, problemas de adicción. Probables intentos de maniobrar con la angustia ligada a una historia en la cual todo le fue negado.

Destino complicado el de los hijos del incesto, encrucijada sin salida, en tanto la filiación es aquí estructuralmente imposible. Cuestión que algunos funcionarios desconocen, ostentado un “saber” desde el cual prescriben el natural amor maternal.
Cabe señalar que la intervención jurídica, si bien es necesaria, no es suficiente, en tanto, cuando el incesto se devela, se inicia un proceso que requiere respuestas de la comunidad toda, y un fuerte acompañamiento. En dicho proceso siempre será el niño o la niña quien nos guíe, incluido el momento de denunciarlo jurídicamente.

Veamos otro ejemplo: conozco a Lucía a los 8 años, cuando recién había develado –en la institución que la alojaba– el abuso por parte de su padre. Presenta una seria sintomatología dado que padece terrores nocturnos, se golpea la cabeza contra la pared, casi no habla. Consideramos –en tanto en la institución estaba a resguardo del padre– postergar la formulación de la denuncia jurídica, e iniciar un análisis. Varios meses después, es su hermana mayor, portavoz del grupo fraterno y también abusada por el padre, quien dice: “Otros chicos del hogar tienen un papel que prohíbe que vean al padre; a nosotras nos falta ese papel”; pedido en el que demanda al otro la ley para que las proteja, y a partir del cual la Justicia pudo operar como espacio de alojamiento y protección. La jueza las recibe personalmente y reconoce su valentía, a la sesión siguiente me dice con tono seguro: “Mirá que yo ya tengo una jueza”. Dicha operatoria coadyuvó en esta etapa a remitir su sintomatología. Lo cual dio indicios de que la denuncia se había formulado en el tiempo oportuno.

En síntesis, se trata de diseñar estrategias caso por caso para reparar la orfandad, en las cuales las vivencias de terror e inermidad puedan ser simbolizadas; y a su vez operar a partir de las versiones que los niños traen, ligadas éstas al segundo tiempo de la resignificación del trauma. Tiempo en el cual, por causación retroactiva, la primera escena –carente de sentido– intenta cubrirse con algún sentido que el velo de la fantasía ofrece. Se trata entonces de rastrear a través del relato, el juego o el dibujo, la incipiente resignificación lograda, para desarmar las versiones que los fijen en posicionamientos sacrificiales.
Por otra parte, el incesto fraterno es una temática menos desarrollada teóricamente que la anterior, lo cual a veces deriva en que se utilicen las mismas categorías conceptuales, desconociendo su especificidad. Para señalar sólo algunas diferencias, cuando son los padres quienes abusan, ésta tiende a ser una práctica crónica, que se desarrolla durante meses o años; por el contrario, las prácticas abusivas en los jóvenes –sean o no intrafamiliares– no presentan esta cronicidad, sino que aparecen más ligadas a la impulsión, a actings o pasajes al acto. Otra cuestión que los diferencia es que cuando se trata de los padres, éstos no suelen responsabilizarse por el acto y difícilmente lleguen a un analista. Por el contario, los adolescentes que han abusado de sus hermanas o hermanos experimentan una fuerte angustia, y pueden habitar –no sin dificultades– el espacio analítico.
Antes hablábamos de la circulación de los saberes y sus efectos. Ciertos saberes formulan diagnósticos con efectos estigmatizantes. Por ejemplo, cuando se infiere una estructura perversa a partir de todo acto abusivo, lo cual supone utilizar categorías psiquiátricas. Sabemos que desde el psicoanálisis, arribamos al diagnóstico a partir del discurso y de la transferencia, y no desde la cartografía de las conductas. Consideramos éste aspecto problemático, especialmente con los jóvenes, etapa de plena construcción subjetiva, y donde está todo por hacerse.

Por último, podemos señalar que, cualquiera sea la práctica incestuosa, ésta supone una encerrona trágica, tal como F. Ulloa5 la conceptualiza: situaciones en las que alguien, para vivir (amar, educarse, estar sano), depende de otro que lo maltrata o lo destrata, negándolo como sujeto. Quedan en la escena un dominador y un dominado, sin un tercero mediador a quien apelar, todo al imperio del más fuerte. Considera dichas encerronas como un factor epidemiológico habitual en el ámbito social, y menciona que éstas presentan la rigidez propia de la cultura de la mortificación.
En tanto en las víctimas la captación en estas encerronas ha tenido lugar, sería esperable que la respuesta social e institucional no repita esa forma vincular, sino que instaure otra posibilidad, aquella que arme condición humana. De lo contrario, la compulsión a la repetición será el destino. Compulsión observable en la frecuencia con que el incesto se trasmite intergeneracionalmente, es decir, éste ha acontecido en generaciones precedentes, en las cuales ha quedado silenciado e invisibilizado. Por ende, apostar a intervenciones protectoras posibilitaría armar otra historia: una historia.

Para concluir, si toda práctica incestuosa supone cosificar, negar genealogía, se trata entonces, de intervenir para posibilitar otra posición. Esto requiere diseñar estrategias interinstitucionales que contemplen la singularidad de cada caso, en las que será necesario revisar ciertos saberes, que a veces circulan acríticamente, en función de garantizar la protección a la infancia.
________________
1. FOUCAULT, M., Microfísica del poder, Madrid, Ed. La Piqueta, 1979.
2. 8º Seminario de Violencia intrafamiliar, UNAM, D.F., México, 27 .11.09.
3. CAPACETE, L., “La renegación materna en el incesto paterno-filial”, en Culpa, responsabilidad y castigo, Volumen IV, Buenos Aires, Letra Viva, 2012.
4. LEGENDRE, P., El inestimable objeto de la trasmisión, Madrid, Siglo XXI, 1996.
5. ULLOA, F., La novela psicoanalítica, Buenos Aires, Del Zorzal, 2012.
 
 
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