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   Marcas en la infancia

Dilema de hierro
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
Hoy en día, los adolescentes y los adultos jóvenes que conozco, se están volcando con significativo entusiasmo a la política. No sólo a la política partidaria tradicional, sino hacia nuevas formas de militancia y de agrupamientos sociales. Y es probable que los treinta años de democracia no sean ajenos a ese entusiasmo. Tal vez no podamos referirnos a una juventud homogénea, ni a una ola que avanza sobre un espacio considerado, hasta hace muy poco tiempo atrás, interdicto para esa franja etaria, pero sí podamos aludir a una fragmentación de universos simbólicos que conforman un cuadro de múltiples juventudes dispuestas a cantar presente en el espacio ampliado de la polis. Son jóvenes que nacieron en plena dictadura militar, o muy poco tiempo después, y que atravesaron no sólo la dictadura económica que sobrevino envenenada de neoliberalismo sino, también, la catástrofe del 2001/2.
Uno de ellos (lo llamaré Andrés, actualmente de 37 años) me consulta por un mal de amores y de paso me vengo a enterar que es músico, que dirige una banda de reconocido prestigio y que lidera un grupo político afín al sector más progresista del gobierno. Digámoslo sin eufemismos: es de la Cámpora.

Andrés fue el primer pibe que analicé cuando en 1985 regresé de mi exilio cubano. De Andrés tengo presente su mirada celeste escrutando mi lugar y mi persona en esa entrevista inicial. Frente a mí estaba ese pibito rubio de 9 años, obediente, educadito. Se lo notaba turbado. Cuando nuestras miradas se entrecruzaban se ponía colorado, se ruborizaba como para dejarme entrever que no estaba cómodo, que no sabía qué hacer.
Andrés tenía poco menos de dos años cuando lo encontraron vestido, acurrucado en la bañadera, la puerta del departamento estallada, los estragos de la violencia militar por doquier y, desde entonces, la ausencia definitiva de los padres. Una vecina lo recogió y luego lo cuidaron compañeros de militancia de los padres, familiares… vaya uno a saber quiénes, hasta que, pocos meses después su abuela lo recibió, cuando aún no había aprendido a hablar, en lo que llegó a ser un confortable exilio parisino. De allí regresó a los nueve años, en marzo del ‘85, y aquí nos encontramos. Vivía, entonces, solo con su “mamá” (su abuela) y su único síntoma: una otitis crónica con perforación del tímpano, por lo que en invierno “hay que cuidarlo mucho y no dejarlo salir”… “por el frío, ¿sabe?”; en verano no puede ir a la pileta por aquello de meter la cabeza en el agua… Rápidamente entendí: nada de salidas.
Extrañaba París y al perrito que había dejado allí.

En nuestro segundo encuentro vacilante me dice: -Te voy a hacer un dibujo.
Y es un hombre con la camiseta del seleccionado argentino en medio de un camino absolutamente desolado. Mientras dibuja…
—En París tengo un amigo, Federico se llama. Federico también es exiliado, pero él se quedó allí. El perrito está con Federico. Vos también estuviste exiliado, ¿no?
Y es entonces cuando descubro que soy yo quien no sabe qué decir ni cómo callar. Pienso que llevo más de veinte años de oficio. Podría haber aprendido a ser más eficaz, me digo. Siento la misma precariedad de un novato. Y para colmo, allí está él incomodándome con su mirada cándida y su pregunta. No obstante, y para mi asombro, “exiliado” funcionaba.
Funcionó como clave articulante entre el perrito y Federico ausentes, y yo, un desconocido presente a encontrar. Solo que ese encuentro no estaba fundado en la competencia de mi práctica psicoanalítica –testimonio de un saber–, sino que partía de un equívoco de creencias: Andrés pensaba que podía confiar en mí, que yo podía entenderlo, más que como psicoanalista, como exiliado. Y yo pensaba que no era mi saber competente sino la incomodidad de mi silencio la que había habilitado el lugar para que sus dibujos y sus palabras comenzaran a fluir. Y lo cierto es que fluyeron. Así llegaron las sesiones, los juegos, los dibujos, las asociaciones y los sueños que versaron sobre cómo la pérdida y el dolor llevan a sentimientos de vergüenza; a esa vergüenza que es difícil de decir y que es difícil de callar.
A partir de ese momento Andrés se volvió animoso como la democracia del ‘85 y empezó a coleccionar calcomanías. Le parecieron lógicas –ya que su papá “desaparecido” se llamaba Ricardo– aquellas con la banderita argentina como fondo de “R. A.”. Con ellas intentaba ocupar (opacar) el vidrio de su ventana hasta que la habitación quedara prácticamente a oscuras. Juntaba, coleccionaba, acumulaba calcomanías y se lamentaba por no conseguir “de las de antes”, las que se habían perdido.

Puedo reconstruir, ahora, algo de lo que entonces le dije sobre su infancia perdida, como un tiempo lejano, inapropiable, opaco; algo sobre el dolor resultante de esa opacidad y sus esfuerzos por recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, esas figuritas donde él podía reconocerse.
—Sí, pero se me pierden (rezongaba). Nunca las encuentro. Si no las pego en el vidrio, se me pierden. Yo nunca encuentro lo que guardo. No sé dónde las pongo. Mi mamá dice que algún día voy a perder la cabeza.
Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿qué silencio le hace estallar el oído? ¿Qué no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano; pus que al escurrirse intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad que la causa? Pues si la cura esperada es que el agujero se cierre para posibilitar la salida (impedida en invierno “por el frío ¿sabe?”, y en el verano por el peligro de meter la cabeza bajo el agua) damos con la paradoja de que el agujero no lo deja salir; y se hace coherente, entonces, la culminación del proceso: cuando toda la ventana queda cubierta a fuerza de calcomanías “R. A.” cesa la supuración y cicatriza la herida.
Por primera vez en muchos años Andrés está cerrado; su oído, sano. Y, mientras dibuja aviones de despegue vertical y globos aerostáticos comenta, como telón de fondo, el juicio a los militares que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley fallida. Cuando, en Semana Santa, Raúl Alfonsín lo convoca para ser testigo de su desmoronamiento, Andrés, defraudado, dolido, despega las calcomanías y el vidrio de su ventana se hace transparencia y vacío.

Con el Presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos. Tiene miedo a la ventana abierta y al balcón. Cierra todo: postigos y cortinas. Es invierno y no importa, pero cuando llega diciembre y hace calor, Andrés prefiere soportarlo antes que abrir la ventana. Está doblemente aterrado: por la ventana abierta y por la irracionalidad de “eso” que le pasa. Y algo más. El viento: el rugido del viento. Ese silbido que lo asusta y lo angustia y que en un piso alto es inevitable.

Llega marzo-abril: primer aniversario de la Semana Santa trágica y el presidente –“lamentable”, me dice– habla por televisión. Le señalo, entonces, que a él le duele haber visto a Alfonsín “cayéndose”, y que él quisiera poder valorarlo más y también hacerse valer, volar y tener valor para salir al balcón sin temores. Entonces, Andrés abre sin miedo la ventana y sale triunfante al balcón como quien inaugura el espacio o debuta en el viento. Así parecería ser que iniciarse en los afanes por fortalecer la posición del padre, hacer valer al padre aunque sea a costa de tenerle miedo al espacio vacío, ventana afuera, se le impone como camino posible de la cura. Porque la ventana cerrada protege de la violencia exterior que derribara la puerta años atrás, y también del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto, no es el miedo al viento como objeto sino que es, mucho más, miedo a ser objeto del viento. Es el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: o traicionar la causa de sus padres para poder salvarse, o tener que inmolarse como ellos –y por ellos– para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo lleve el viento, engañado en su ilusión de volar, o caer ante la ausencia de una referencia paterna que le impida “zafar” del vendaval.

Entonces se ilumina. Tiene que hacer un dibujo conmemorativo del Primero de Mayo y sabe, claro está, de los mártires de Chicago. Pero…, no. Elige una escena porteña: un gran cartel en medio de la calle: “HOMBRES TRABAJANDO” y detrás, un policía blandiendo el “bastón de abollar ideologías” sobre la cabeza de un “laburante”. Se divierte haciéndolo en la sesión y le sale “copante”. No obstante a la sesión siguiente me cuenta que cambió de opinión y que no lo presentó. En su reemplazo hizo otro menos político.

-Vos sabés. No me conviene que el profesor de dibujo –que es medio “facho”– se ensañe conmigo, ni es bueno que yo me regale así no más.
Si propongo este fragmento clínico, para estimular la reflexión, es porque en la presencia elemental del síntoma de Andrés, en la supuración de su oído, en la fobia a la ventana, en el miedo al viento, todo se anuda, la trama confluye y hace inútil la pretensión abarcativa de comprender psicoanalíticamente –o solo psicoanalíticamente– el síntoma y su destino.
El tímpano y la ventana soportan la angustia, que a su vez condensa una historia individual y social, que en el proceso terapéutico me incluye y torna interminable su análisis. Sería esquemático y simplista establecer una continuidad entre el fantasma y lo social. Todo se superpone. En la historia de Andrés las dos vertientes hacen coalescencia o telescopan las escenas. Y esta escena me incluye y me interpela.
Si propongo este fragmento es para buscar en su lectura, como quien lee un diccionario compacto y minúsculo (cuerpo infantil), el trazo elocuente de nuestra historia de hoy: historia de un país, de una familia, de un niño. Ese trazo histórico, ese latigazo encarnado, ese sujeto hecho síntoma es, claro está, núcleo de verdad histórica. Testimonio mortífero. Marca de violencia. Violencia que ocupa, prepotente, el lugar protector, habilitante, de la ley. Violencia que lo dejó huérfano, que lo arrojó al exilio y que hace retorno en el cuerpo agujereado y supurante; en el miedo a la ventana abierta por la que, acaso, pueda caer o se cuele el viento.

Pero, ¿qué violencia? ¿La del terrorismo de Estado que hizo desaparecer a sus padres, o la de sus padres que, al desafiar al poder, lo abandonaron? ¿Actualización contingente, a los doce años, de sus fantasías parricidas, o sufrimiento por tenerlas vedadas? ¿Desajuste o esfuerzo de adaptación transformadora de un casi-francesito en migración, desexilio que “vuelve” a una patria a la que, se sabe, uno nunca vuelve, siempre va, porque ya es otra?
Más de un cuarto de siglo ha pasado desde nuestro primer encuentro, aquél de las miradas anhelantes y turbadas. Cuarto de siglo en que, tal vez, más que pensar los contenidos pertrechados de mi doctrina importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar donde Andrés pudo jugarse y decirse, y donde yo pude escucharlo.
Andrés terminó su análisis en 1989 y, desde entonces, nos hemos vuelto a ver, ocasionalmente. Una de ellas por una crisis de angustia en ocasión del decreto que indultó a los militares. Otra, en circunstancias de su iniciación sexual. Una vez más, ahora.

El saber de mi quehacer, con todo, me invita a reflexionar no tanto como necesidad teórica, sino para definir la naturaleza de lo que asumo como terapeútico y justificar la ética y la ideología que sostiene mi posición. Justificación que, por supuesto, está muy lejos de la neutralidad que me empeño en preservar o defender.
Decir que Andrés interpela mi función, mi historia personal, la de mis hijos, es decir bien poco. Decir que Andrés y yo estuvimos juntos en este proceso terapéutico y que también nos unió la violencia y el exilio, que nos arrastró la turbulencia, el torbellino, la vorágine de la historia es algo más, pero no todo. Nos une o nos separa un mismo latigazo. Nos une o nos separa una misma fobia. Fobia nuestra a ir para donde vaya el viento. Culpa nuestra por la sobrevida. Intento mutuo de expiar sufriendo. Pero también, y por qué no, empecinado esfuerzo para no repetir. Irreductible ilusión por la esperanza.
 
 
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