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   Marcas en la infancia

La respuesta del sujeto a las marcas de infancia
  Por Silvia Wainsztein
   
 
Acerca de las determinaciones. La práctica del psicoanálisis nos enseña la importancia de la recurrencia a la infancia, porque son los tiempos que fundan la estructura sin la cual no habría sujeto posible de advenir.
Sin las marcas del Otro no hay sujeto, pero sin la respuesta del sujeto a las marcas que lo instituyen no habría sujeto del deseo. Alternancia entre alienación y separación, operaciones que fundan el lazo social entre los seres hablantes.
Cuando el ideal de la autonomía y de la libertad absoluta funcionan en tanto imperativos categóricos, el obstáculo que encuentra el sujeto que lo padece pasa por prescindir de las marcas que lo constituyeron, sin advertir su implicancia en el savoir faire con ellas. Queda atrapado en la falsa opción de “libertad o muerte”.

La repetición, concepto fundamental del psicoanálisis, alude a esa diferencia sutil que se desprende del circuito de la pulsión y los goces que el cuerpo, marcado por el lenguaje, inscribe de otro modo cada vez. Cuando un niño puede jugar está esbozando sus respuestas, recursos, que va adquiriendo, siempre y cuando el Otro haya podido trasmitir su propia falta en relación a su deseo.
El trauma y su inscripción en el sujeto, cuando es relatado en análisis, se articula en el discurso bajo diversas modalidades que van desde el mito de origen, la investigación sexual infantil, el tránsito por el Complejo de Edipo, a la relación con los semejantes, en fin, tejiendo el sintagma “novela familiar”, versiones del sujeto que lo anudan a una filiación como así también a una pertenencia. Le cabe al analista tomar nota de esa diferencia, cuyo valor es inmenso para el advenimiento de lo inédito, que no es sin las marcas del Otro que las inscribe.
En el discurso del analizante la enunciación testimonia la posición del sujeto cada vez que se dirige al otro. La lengua materna deja su impronta libidinal que asegura la significación fálica de quien fuera el infans y devendrá sujeto del inconsciente, gracias a la apuesta del Otro que lo constituye.

Para ello es condición necesaria la transmisión del Nombre del Padre, que la voz de la madre entona en sintonía con su propio deseo de hijo, deseo articulado en distintos tiempos, a la espera de escriturar lo que el drama edípico dejó como marcas en ella. Se cumple así la ecuación freudiana: el niño equivale al falo. Marca que precisa de la intervención del padre del niño, o de quien lo encarna y cumple con la función esencial, función que trasmite la ley del incesto. Siempre y cuando esa madre sea también una mujer, en tanto objeto causa del deseo, para quien ocupa el lugar del padre. Marcas del Edipo, que hacen posible que la lógica fálica circule regulando las relaciones entre el sujeto y el prójimo.
El relato de la novela familiar teje las versiones de cada uno de los personajes que engendraron al sujeto, que en una cura requieren de la construcción del analizante, que la presencia del analista propicia gracias a la transferencia específica del análisis. El mito del origen tiene su eficacia gracias a la posibilidad de la ficción, cuya estructura de verdad funda la filiación de cada quien, que a su vez será trasmitida desde sus propias marcas a sus sucesores generacionales.
Los historiales freudianos testimonian la importancia de las marcas en la infancia, que el fundador del Psicoanálisis acentuó para que la cura tenga sus efectos. Marcas que fueron leídas en los análisis de pacientes que no eran precisamente niños. Aun en el caso del pequeño Hans, las sesiones se desarrollaban con el padre del niño. En cada uno de ellos leemos el recorrido de la teoría, sus tropiezos, sus hallazgos, nutriendo así la majestuosa obra que nos legara y su incidencia en la cultura, la ciencia y otras disciplinas. A modo de ejemplo, sostener que la sexualidad humana se origina en la primerísima infancia, escandalizó al entorno social de su época victoriana que, paradójicamente, generó una era fecunda en las artes, en la filosofía y en la creación del Psicoanálisis.

El ”Hombre de los Lobos”. “Historia de una neurosis infantil”, conocida como “El hombre de los Lobos”, es un testimonio ejemplar que Freud nos trasmite, gira alrededor del eje que pasa por el análisis del difundido sueño, cuya escritura se desprende de la marca del significante “lobos”.
El sueño relatado por el paciente en el análisis con Freud, le da pie a sostener la tesis acerca de la neurosis. Ésta es el efecto de la neurosis infantil, que en un análisis se atraviesa gracias a la transferencia que la temporalidad del apres coup propicia.
Freud insistió una y otra vez en trabajar exhaustivamente y en numerosas sesiones la importancia del sueño, por considerar la determinación del mismo en la estructura psíquica de su paciente. El testimonio que Freud nos legara en su texto es paradigma de la determinación de las marcas de la infancia en la estructura singular de cada sujeto. Su insistencia en descubrir la participación del niño en la escena sexual entre sus padres, es el efecto de constatar, a partir de este caso, la importancia que tiene la escena primaria para el devenir del sujeto y su relación solidaria con las protofantasías, que efectúan los tres tiempos lógicos, que culminan en el concepto fundamental del Psicoanálisis, la castración y su relación a la falta irreductible que funda lo propiamente humano, es decir, la división del sujeto entre el saber y el goce.

Todo el historial se centra en la neurosis infantil de este joven que consulta a Freud a raíz de una discapacidad producida por una infección blenorrágica. Llega al consultorio de Freud, en un estado de precariedad –narcisista podríamos decir– luego de haber sido diagnosticado como un paciente que padece una psicosis maníaco-depresiva.
Merece la pena mencionar algunos hitos de su infancia que Freud señala con lujo de detalles.
Fue un niño feliz hasta que su padre enferma de depresión y su madre padece dolores abdominales. Su hermana, dos años mayor, tiene rasgos perversos. Marca que tendrá consecuencias en la elección de mujeres degradadas socialmente, que Freud interpreta como el intento fallido de degradar a su hermana por haberlo torturado cuando ambos eran niños.

Chacha, la niñera que lo adopta como hijo por haber perdido el propio. Cuando ésta interviene con un mensaje de “castración”, la decepción que le produce lo conduce al padre, en búsqueda del castigo que mitigue la culpa por los ataques de cólera.
La neurosis infantil Freud la fecha a los cuatro años de su paciente, después del famoso sueño de los lobos. Sueño que activa la escena primordial de la cual dice que no es un recuerdo encubridor.
Cuando contaba con cinco años, la venta de las dos fincas de la familia, marcan un tiempo de inflexión en su infancia.
El cambio en su carácter, por la influencia de la institutriz inglesa debido a su arbitrariedad y alcoholismo. Los ataques de irritabilidad por haber nacido en Navidad y no recibir regalos dobles en sus cumpleaños.
La zoofobia que se manifiesta cuando la hermana le muestra la estampa del lobo erecto. Él grita de miedo y la hermana goza del terror que le genera. Objeto fobígeno que se desplaza a la mariposa amarilla, a los escarabajos, a las orugas, a los caballos.

La neurosis obsesiva, cuando se torna piadoso, reza antes de ir a dormir, al mismo tiempo que recuerda las blasfemias inspiradas por el demonio. Los rituales que exorcizan las ideas obsesivas. Intentos de una salida fallida a las fobias que lo atormentaban. Es a partir de sus ocho años que lentamente ceden estos síntomas.
La neurosis infantil fue tramando una serie que comenzó en la escena primaria, continuó en la escena de seducción, en la alteración del carácter, en la zoofobia, en la producción del sueño, en los rituales obsesivos que culminan en la religiosidad.
Freud decía que la fobia a los animales en los niños, es por la valencia de tótem que tiene el animal, en tanto representante de la figura del padre como agente de la castración. Lacan, el lector de Freud por antonomasia, afirma que la fobia es uno de los Nombres del Padre, función que interviene como Falo entre las fauces del cocodrilo, animal que por desplazamiento metaforiza el goce materno.

El Hombre de los Lobos, por El hombre de los lobos, es un texto que testimonia las memorias de quien fuera nominado de este modo, por la impronta donde lobo, en tanto objeto fobígeno, pasó a ser el significante Amo, significante que representa al sujeto para otro significante, y marcó una posición privilegiada en el análisis con Freud.
Sus Memorias las escribió cuando contaba con ochenta y tres años. Sin duda, conquistó un lugar de privilegio en la historia del Psicoanálisis. Tal privilegio no es ajeno a su idea delirante de ser el hijo pródigo de Freud. Si bien es cierto que la posición del analista en la transferencia con su paciente estimuló dicha idea delirante, los efectos de nominación que leemos en el relato del paciente nos dejan interrogantes que nos atañen a los que conducimos una cura.
El sueño de los lobos dibujado por el Hombre de los Lobos, fue su modo de producir una escritura, cuya función de suplencia restituyó los “títulos nobiliarios”, que la contingencia de la guerra le había usurpado. Respuesta del sujeto, fallidas en este caso por cierto, a las determinaciones que las marcas de la infancia imprimieron en su estructura, pero respuestas al fin.

El acto analítico y su incidencia en las marcas de infancia. La dirección de una cura avanza gracias al amor de transferencia, que requiere de los tiempos lógicos que, para cada sujeto y para cada analista, son exquisitamente singulares. La recurrencia a las marcas de la infancia, son del orden de lo necesario, siempre y cuando no se haga uso de las mismas como justificación de padecimientos, de síntomas inamovibles, o de inhibiciones irreversibles. La función “deseo del analista”, apuesta a la respuesta del analizante, promoviendo su propia escritura al modo de la invención. El acto psicoanalítico promueve una letra inédita y es del orden de lo inaudito. Cuando Lacan se ocupa de desarrollar el acto psicoanalítico en su seminario homónimo, cuestiona aquellas lecturas que afirman que el análisis transforma el texto previo del inconsciente al conciente.
Se trata del carácter creador que el acto efectúa. Es un comienzo cada vez que el efecto sujeto inscribe una nueva posición en el discurso.
El acto analítico está del lado del analista. En dicho Seminario encontramos el carozo de la estructura del acto: “Interpretación y transferencia están implicadas en el acto por el que el analista da a ese hacer soporte y autorización. Está hecho para eso”.1
Una analizante, que es la del medio de tres hermanas mujeres, relata un sueño: “Estábamos mis dos hermanas y yo, mis dos hermanas de un lado y yo del otro”. Cuando le pido asociaciones, dice: “Y… siempre lo mismo. Yo en el medio”. Le digo: “¿Pero cómo, no estaban sus hermanas de un lado y usted del otro?”. Ella se sorprende, porque el mensaje que recibe en forma invertida desde el lugar del Otro apunta a la ruptura de la identificación al lugar que le fuera asignado por el Otro. Confundía el lugar ordinal, ser la del medio entre dos, con la función de mediadora en los conflictos de otros, lugar que tuvo su peso en relación con el nombre propio, por la significación del mismo en el discurso común.
El efecto de este sueño, cuyo mensaje era cambiar de lugar, hizo que ella volviera a tomar el nombre de pila que le pusieran sus amigos en la adolescencia; nombre de pila con resonancia libidinal, respuesta del sujeto a las determinaciones de las marcas de infancia.
_______________
1. LACAN, Jacques, El seminario 15: El acto psicoanalítico, clase del 16 de diciembre de 1967. Inédito.
 
 
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